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Aventuras morbosas

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Desde que compró la revista y la guardó en un rincón de su despacho, se quedaba hasta más tarde y cuando se iba todo el mundo, se recreaba contemplándola, excitándose con las fotos que contenía.
Siempre que la miraba, la humedad acudía a su rinconcito y algunas gotas pugnaban por salir de su escondite habitual.
Era una de esas pocas mujeres que se "corría" literalmente. Para no mancharse, se quitaba la falda o los pantalones, para sentirse más cómoda ponía un toalla sobre la silla, evitando el contacto del pegajoso "skay" y no tardaba en masturbarse con esmerada dedicación.
Siempre estaba "húmeda" y cuando culminaba sus orgasmos expulsaba una considerable cantidad de deliciosa "cremita". Con el tiempo supo que eso agradaba a los hombres y consiguió cultivar una inusual habilidad para controlar esas "eyaculaciones" a su antojo.

No era lesbiana, puesto que se masturbaba hasta alcanzar el orgasmo con la visión de un apetitoso pene en erección, pero mirar el "coño" de una mujer le producía una gran excitación, a ella también le gustaría que la mirasen con lujuria y se masturbaran con los ojos fijos en su entrepierna, la idea del exhibicionismo la subyugaba.



Ya hacía algunos meses, siempre después de haber comprado la revista, que no llevaba bragas. El juego había comenzado cuando, tras comentar algo referente a la sexualidad de las personas y las diferentes manifestaciones y gustos de las gentes con Margarita, una de sus compañeras de oficina, ésta le dijo que se sentía muy liberada desde que no las usaba y que el hecho de no llevarlas le producía una agradable excitación. El principio consistió en ponerse un minúsculo tanga, finalizando por ir a pubis descubierto. En los comienzos de esta experiencia, Rosamary solo se atrevió a llevar pantalones, luego pasó a falda por debajo de la rodilla y hacía ya un mes, se arriesgó a ponerse una mini. Primero, aunque se moría de ganas de enseñarlo todo, disimuladamente claro está, no conseguía separar los muslos y tal era la fuerza con que, sin darse cuenta, apretaba, que se "corría" un par de veces por día, a causa del gustito que le producía el roce de los muslos entre sí, mojados por el líquido viscosillo que manaba de su siempre ardiente rajita.



A sus 21 años no le gustaba "follar", si bien lo había hecho unas pocas veces. Lo suyo era masturbarse recreándose en sus fantasías y utilizando todo tipo de objetos. Últimamente encontraba un morbo especial en "hacérselo" en la oficina, a media mañana, en el aseo y lo hacía todos los días. Estaba segura que más de uno de sus compañeros se había dado cuenta de ello, alguna vez salió temblorosa y sonrojada. Luego, un día, al quedarse por primera vez sola para terminar unos encargos del director, descubrió en el despacho del jefe una colección de películas porno, que la ponían a tope. A partir de ese día buscaba una excusa para quedarse. Más tarde acompañaba las películas con revistas XXX durante sus sesiones masturbatorias. Finalmente, las revistas de contactos la excitaban puesto que las fotos pertenecían a personas como ella, exhibicionistas por placer y no a profesionales que lo hacían por dinero.



Aquella tarde, ya hacía bastante rato que sus compañeros se habían marchado, quedándose sola en su despacho de secretaria de dirección, su íntimo reducto en la inmensa oficina. Abrió el cajón y sacó CONTACTAR CON. Aquellas mujeres y hombres, que de forma espontánea, mostraban su sexo a quien quisiera verlo, sin más pago que la satisfacción de sentirse admirados y, como mucho, el saberse causa de más de una buena "paja", no dejaba de obsesionarle. ¿Si ella se atreviera?.



Sin darse cuenta su mano bajó hasta la entrepierna y sus dedos buscaron el húmedo pliegue, mientras soñaba con su foto en aquellas páginas. Se veía sentada en una silla, abierta de piernas, sin bragas, enseñando su precioso chochito a todo aquel que quisiera verlo y sentía miles de ojos clavados en su ardiente vulva, miles de miradas penetrándola.



En sus éxtasis sexuales, cuando se ponía a tope, se masturbaba con todo lo que encontraba. El micrófono del teléfono de Roberto, el jefe, y que, en un de esos éxtasis, una vez se lo metió hasta el teclado y por azar, en el mete y saca, se marcó un número y al oír la voz de un hombre que decía - diga -, no lo pudo resistir y gritando de gusto - ¡ME CORRO!-, le respondió con una eyaculación tal que inundó, con sus jugos, todo el micro. ¡Con que entusiasmo llamaba Roberto al día siguiente!. Ella no le quitó los ojos de encima y ¡Hasta creyó ver que lamía el micro, con cara de agradable sorpresa!. También había utilizado los pomos de plástico de los sellos de goma. Los "urgente", "certificado", "es copia", ... todos, absolutamente todos, bien por delante bien por detrás, sabían de sus eróticas intimidades. Pero pocos, muy pocos hombres "en directo". Lo suyo eran sus hábiles dedos, aunque también utilizaba pepinos, plátanos, velas, zanahorias, consoladores. Una vez, preparando un cocido en la cocina de su apartamento, al trocear la media gallina para añadirla al caldo, al coger el cuello, imaginó que era una "linda pollita" y sin pensarlo dos veces, se lo metió coño adentro, empujándolo con los dedos para que entrara todo entero. consiguiendo una inmediata corrida, luego jadeante de placer, dejo que saliera por propia inercia y sin más lo metió en la cazuela. Granos de uva, fresones, y los botes de nata comprimida. Aplicando el dosificador a la entrada de su chochito, dejaba que la nata penetrase y penetrase. ¡Que tremendo placer le proporcionaba sentir como entraba la espuma de leche, inundando toda su vagina. ¡Se sentía "llena" a reventar. Que orgasmos tan tremendamente salvajes, cuando, mirándose al espejo, veía como volvía a salir cuajada como esperma, cuando ella "hacía fuerza" hacia afuera. Se había metido de todo, y cada día depuraba más y más sus técnicas y ensayaba nuevos métodos para auto satisfacerse al completo. Y su culito también sabía de las más sabrosas experiencias, por ese lugar también había entrado de todo, menos la verga de un hombre. Y una cosa más; aunque parezca mentira, nunca había tenido una experiencia sexual con otra mujer.



Sin embargo hoy iba a dar un gran paso.
No tenía conciencia de ello, pero así iba a suceder.



Había empezado a leer el último número de "CONTACTAR CON" y en sus páginas, mientras "se acariciaba" con dedos habiles, vio un anuncio que, aunque habitual, no dejo de interesarle. Era el de un hombre de 45 años, que buscaba correspondencia con mujeres para contarse sus fantasías porno y sus formas de masturbarse. Pedía fotos y cartas muy fuertes.



Quería probar a mantener esa correspondencia, puesto que desde hacía bastante tiempo, sentía la necesidad de comunicar sus sueños y deseos a otras personas. Desde el primer día que se atrevió a ponerse la falda sin nada debajo, se había despertado en ella el deseo de exhibirse. Día a día aumentaba esa necesidad de sentir su entrepierna sin la molesta cobertura de la braga y experimentar el placer de despertar los apetitos sexuales en los mirones. Solo pensar en ello la "mojaba" por completo y no podía resistir la tentación de meterse los dedos en la rajita, hasta calmar aquel cosquilleo con una buena "corrida".



Hacía unas semanas que pensaba en ello.
Decidida, bajó a la tienda y compró una "Polaroid", luego volvió al despacho, se sentó en el sofá del jefe y mientras su imaginación corría al encuentro de aquel hombre y lo veía masturbándose mientras contemplaba sus fotos, reemprendió su "paja" donde la había dejado momentos atrás. Metió los dedos hasta el fondo. Ni siquiera se levantó la faldita cuando disparó la primera foto. En realidad tampoco hacía falta, esta era tan corta, que al sentarse su cuidado chochito casi quedaba al descubierto, normalmente debía andar con cuidado si no quería estar mostrándolo permanentemente, por lo que al abrir las piernas para tocarse y fotografiarse, todo su precioso mejillón quedaba al descubierto. Lentamente la foto fue tomando color, mostraba parte de la delicada rajita rodeada de deliciosos rizos negros y dos dedos metidos en ella, hasta los nudillos.



Rosamary se había convertido en una experta en la técnica de la autosatisfacción. Mientras se recreaba en aquella primera foto de su sexo, muy suavemente y mientras el clítoris iba aumentado su tamaño y titilaba rítmicamente al recibir el dulce castigo de los pellizquitos y retorciditas que sus dedos índice y pulgar le proporcionaban, empezó a introducir su dedo medio en el conducto del "chochito", completamente lubricado, moviéndolo y encogiéndolo, con la yema hacia arriba, lo que la proporcionaba una excitación superior. Las paredes vaginales brillaban y empezaron a latir suavemente. Su matriz palpitaba al unísono de su corazón.
El magnífico orgasmo se acercaba. Separó sus rodillas tanto como le fue posible. Con los dedos índice y anular separó los labios exteriores tanto como pudo mientras el medio penetraba en la ardiente y rezumante cueva.
Abrió su coño, apretó hacia afuera, y otra foto. Esta sí era espléndida y el color perfecto, realzando, hasta el último detalle, su esplendoroso monte de Venus. Podía apreciarse con toda claridad y perfección, cada uno de los rincones de su abiertísimo sexo. Perfecto, deseaba que aquel hombre se masturbase hasta la saciedad, que de su polla salieran chorros y más chorros de cremoso y nacarado semen en un brindis a su salud, en su honor. Si además pudiera verlo, aun sería más excitante.



Sin saberlo, ya se estaba despertando en ella el deseo de "voyerismo", la necesidad paralela a mirar y ser vista.



Había dejado la cámara sobre la mesa para poder masturbarse con las dos manos, se había separado de ella para poder fotografiarse sin estorbos. Estaba de espaldas a la pared y frente a la puerta del pasillo que enlazaba con el almacén, con las piernas totalmente abiertas, la minifalda arrugada a la altura de las ingles y la blusa desabotonada, que dejaba ver como sus pechos, pequeños y duros, se agitaban al compás del movimiento de sus manos en el rítmico movimiento de aquel mete y saca de los dedos en su vagina. Pronto su coño se dilató de nuevo y de él empezaron a rezumar los jugos de nuevo, producto natural de sus orgasmos encadenados, jugos que en ella eran muy abundantes. Además y como ya ha quedado dicho con anterioridad, desde que se dedicaba a la autosatisfacción, sabiéndose rica en esos néctares, se esforzaba en controlar el momento. El alto grado de concentración mental al que había conseguido llegar a centralizar, única y exclusivamente en su órgano sexual, la habían llevado a poseer un control absoluto de éste, de tal manera que era capaz de producir y expulsar verdaderos chorritos de flujo, algo así como mini eyaculaciones, que le resbalaban muslos abajo y que, muchas veces, la habían puesto en evidencia, sobre todo en estos últimos tiempos en que se atrevía a llevar minifalda sin braguitas. Algunas veces, sus néctares habían llegado por la parte interior de los muslos hasta las rodillas y tenía que buscar un lugar discreto para secarlos con el pañuelo.

 

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