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Gárgolas, ahí estaba yo sentado en un bar

Publicado por Leonardo el 24/12/2015

Ahí estaba yo sentado en un bar, escribiendo fragmentos al reverso de unos exámenes médicos que me habían entregado hace unas horas. Escribía sobre aquel lugar que se promocionaba virtualmente como “straight by day, gay by night”, escondido en una de las galerías de la avenida Nueva Providencia, antigua 11 de septiembre. Quedarme ahí, intentando plasmar cualquier cosa sobre papel, me servía como excusa para no retornar a casa. Un pelado musculoso y polera sin mangas atendía en la barra, haciendo una mueca idiota con su boca cada vez que le tocaba saludar a algún caballero. Le pedí un mojito y me dio dos, esa era la promoción permanente del local. En una de las mesas del fondo un grupo de hombres de camisa, corbata y zapatos lustrados cada cierto rato se reían explosivamente, recordando tal vez alguna antigua y repetida anécdota laboral. El ruido del choque de copas y vasos se mezclaba con antiguos hits de Depeche Mode, Erasure y Eurythmics. No pude escribir más que un par de líneas. Sólo pensaba en unos brazos grandes y velludos que me aprisionaran por la espalda, una respiración agitada en el cuello y pelos de barba rozándome los hombros, tal como había estado con un masajista durante esa misma tarde. Ya no deseaba escribir. Pagué y salí sin despedirme.

Caminé un tanto desorientado por la Costanera, a un lado de la ribera del río Mapocho. Sin detenerme, saqué mi pipa y me puse a fumar. Sentados en alguna banca, apoyados en un árbol o afirmados en la reja que daba al cauce de excrementos, se encontraban los hombres que deambulan por la ciudad cuando cae la noche, moviéndose sin rumbo y alejándose siempre de los focos de luz. Pasé cerca de uno de ellos, retrasé un poco el paso y busqué su mirada. Me miró de reojo por un instante. Caminé un poco más y me di la vuelta. El individuo se había acercado a un árbol para orinar, mirándome mientras sacaba su pene del pantalón. Terminó y se mantuvo ahí, moviéndolo de un lado a otro, en círculos, hacia arriba y abajo mientras yo miraba concentrado sus maniobras y me mordía los labios. Me hizo un gesto con la mano y al segundo ya se lo estaba chupando. Estando ahí me preguntaba por qué lo hacía. Me lo saqué de la boca y miré hacia arriba: vi un rostro desfigurado, con los ojos inyectados en sangre y la piel llena de cicatrices. Seguí mamando al monstruo, pero a los pocos segundos me levanté y me despedí diciéndole que en realidad sólo andaba de paso. “No hueí, quiero tocarte”, expresó rompiendo el silencio con una voz que asemejaba a un infante, mientras una mano firme y peluda me intentaba agarrar el pene. Le di un no rotundo y continué mi camino.

“No piense tanto, bonito”, me dijo el masajista luego de darme un último beso al salir de su departamento en el centro. Detectó que los dolores en mi espalda venían de la mente. “¿Estás enfermo de algo?”, me preguntó mientras pasaba sus manos por mis escuálidas piernas. “No lo sé”, le repliqué. Me pidió que me girara para darme la última parte del trato. Me empezó a masturbar. Yo quería tocarlo, lamer su cuerpo, pero eso no estaba incluido en el servicio. Era un poco menor que yo y tenía bonito físico pero unos ojos apagados, que igualmente me parecían atractivos. Como no lograba eyacular, empezó a respirar agitado en mi oído y besarme el cuello. Sentía mucho placer, pero no lograba acabar. En un momento nuestros labios estuvieron tan cerca que nos empezamos a besar. Él se subió a la camilla y me abrazó mientras hundía su nariz en mi nuca. Unos mensajes por Whatsapp fueron los que interrumpieron la escena. Se incorporó a contestarlos y con eso ya se daba por terminado nuestro encuentro. Volví a recordar su beso de despedida cuando me di cuenta que había caminado hasta el Parque Forestal, cerca del sector de Bellas Artes.

Me senté en uno de los bancos donde las señoras del barrio descansan por las tardes con sus perros enanos y las jóvenes parejas hacen una pausa con sus hijos que comen cabritas o algodones de azúcar. Estaba frente al museo, al lado de una escultura gigante con diversos seres alados. A mi lado se sentó un ser alto, de canas y de severa expresión. Me preguntó en qué andaba. Le dije que simplemente caminaba. “Yo quiero que puro me chupen la corneta”, dijo de pronto. “Yo feliz, pero aquí no se puede”, le respondí. Propuso pasar por su casa que quedaba a la vuelta. Terminé aceptando. Era un inmueble antiguo y espacioso que quedaba al frente del cerro Santa Lucía. Llegamos a su pieza, se sacó la ropa y se acostó en su cama, a la vez que buscaba una caja de cigarrillos en la cómoda. Me miraba fumando mientras yo pasaba mi lengua por todo su envejecido cuerpo.

“¿Le gusta hijo mío?”, expresó de pronto.
“Sí, me encanta”, le dije.
“¿Le gusta la pichula del papito?”
“Sí”
“¿Sí qué?, señaló cortante.
“Sí, papá”, dije complaciente.
“Muy bien mi niño lindo, ¿quién manda en la casa?”
“Usted, papito”
“¿Está rico o no? Por ahí fue que lo engendré con su mamita”.
“Yo soy suyo, tóqueme”, le decía mientras me abría de piernas y le mostraba el ano.
“Te quiero, hijo mío”, me decía pegándome fuerte en las nalgas.

Seguí chupándoselo por un rato más hasta que su pene empezó a convertirse en una masa amorfa, cada vez más insignificante. Se había quedado dormido. Me quedé ahí un poco más, pero luego preferí vestirme. Pensé en robarle algo de su pieza, en compensación, pero sólo vi cuadros de caballos, cruces, libros cristianos y fotografías antiguas. Lo desperté para que me fuera a dejar abajo. Nos despedimos de la mano.

Llegué hasta Miraflores con Moneda, donde un tipo venía atravesando la calle. Yo no me atreví porque sabía que los vehículos descienden de imprevisto por aquella curva. Pasó por mi lado y me tocó la entrepierna, diciéndome fugazmente que tenía que cruzar no más. Me di vuelta y lo observé. Joven, pelo negro peinado hacia arriba, buen cuerpo. Follable. Me preguntó con voz de ebrio si tenía un cigarro, pero le dije que no fumaba eso. Le ofrecí pitos y pareció especialmente emocionado. Fuimos a una parte más escondida y comenzamos a quemar. Se voló al instante elogiándome a cada rato lo que le había convidado. Caminamos un poco más y le dije que me gustaba recompensar a la gente de mi agrado. Respondió que entonces también tenía que recompensarme de algún modo. Con descaro le miré el bulto del pantalón. Se dio cuenta y me sonrió. Le dije que pasáramos a un motel, yo pagaba. Justo andaba con diez lucas en el bolsillo. Llegamos a McIver y entramos al Príncipe, en el cuarto piso de un pequeño edificio ubicado al lado de un café con piernas. En la última puerta había que tocar un timbre. El piso parecía imitar al mármol, una pequeña pileta de piedra se emplazaba en uno de sus rincones y las paredes tenían grandes espejos circulares con marcos dorados. El lugar era atendido por unas amables señoras, algunas ya muy ancianas, encargadas de limpiar las sábanas de los fluidos esparcidos por sus niñitos promiscuos. Llegamos a la pieza y el sujeto se acostó tapándose los ojos con los brazos. “Estoy muy volao hermano, la cagó”, señaló entre confundido y agradecido. Apagué la luz y me encargué de desvestirlo lentamente. Luego mi boca se encargó de recorrerlo por completo. Saboreando su pedazo de carne, lentamente, para después de golpe llevarlo hacia el fondo de la garganta, donde el hombre aprovechó de presionar con fuerza con una de sus manos en mi nuca, tan fuerte hasta sentir ganas de vomitar, no de asco sino porque ya no puedes respirar, comienza a doler, sientes que un líquido más espeso se empieza a acumular en tu interior, y las arcadas son cada vez más intensas. Me pregunta si me gusta, le dije que me encantaba, como siempre. Estuve también por un buen rato inserto en sus peludos testículos hasta que decidí seguir bajando. Le pasé la lengua lentamente por el culo y fui entrando entre sus paredes de a poco. Comenzó a gemir, en tono grave, alargando cada sonido. Todo esto lo hacíamos no estando completamente despiertos. De repente, me tomó de la cintura para introducir su pene erecto, acto que me sacó del estado de ensoñación que me encontraba para llevarme al dolor placentero. Su virilidad me hacía enloquecer. Sentía su barba cálida cuando nos decidimos a besarnos. Después de un rato acabó y se quedó dormido.

Me quedé en silencio, en posición fetal. Luego lo abracé y cerré los ojos pensando en que en ese mismo lugar había estado hace tiempo con Vicente, un día en que después de hacer el amor lloramos ante la posibilidad de perdernos mutuamente (cosa que sí ocurrió finalmente). Recordé que era invierno y que sólo llegábamos ahí para poder abrazarnos y hacernos cariño debajo de las usadas frazadas. Yo le prometí que nunca lo olvidaría (eso sí lo cumplí). Me acosté en el pecho del desconocido, mientras me cubría con uno de sus brazos. Despertamos con el sonido del teléfono al lado de la cama, donde una de las señoras nos avisaba que ya se habían cumplido las tres horas. Entré al baño y me lavé la cara. Me vi al espejo y me encontré delgado en extremo. Cuando salí el hombre ya se había ido.

Bajé y volví a caminar hacia la Alameda, desviándome en dirección al cerro Santa Lucía. Mientras subía veía a hombres escondidos entre los árboles, detrás de los basureros con el insigne logo de la municipalidad y las esculturas de piedra. En una parte más peligrosa hice también uso de las manos para continuar. Me vi sentado en el pasto con mi antiguo amor, cuando lo observaba por horas pensando en que me encontraba frente a la persona más hermosa de este planeta. Me vi besándolo con ternura, tomarle las manos y acariciarle el pelo. El sonido de cascada me hizo aterrizar.

Caminé a duras penas y llegué hasta la torre más alta, donde el viento me golpeaba con violencia a la cara. Allí arriba se veía, en las escalinatas de piedra, entre los matorrales, atrás de un negocio, a hordas de hombres entregando cada parte de sus cuerpos a algún solitario compañero. Uno de ellos se acercó introduciendo al segundo su miembro erecto en mi boca. Me sumergí entre sus vellos sudorosos. Luego llegó otro, con el pene más grueso y húmedo, quien mientras me lo metía en la boca comenzó a besarse con el otro sujeto. Sentí que por detrás alguien me estaba bajando los pantalones, escupiendo en uno de sus dedos para introducirlo en mi ano. Después ya no tenía una de mis zapatillas porque otro hombre me estaba lamiendo los pies. Cada vez aparecían más y más penes, manos, culos y bocas por todo mi cuerpo. Pasaron los minutos y mientras cerraba los ojos escuchaba masculinos gemidos, para luego sentir chorros de semen caliente que caían sobre mí.

Lo último que recuerdo es haber esbozado una sonrisa antes de sentir cómo todos mis músculos comenzaron a apretarse con violencia. Las caricias se detuvieron. Escuché unos gritos previo a que sintiera que me daban vuelta con violencia, me despojaban de toda la ropa y me separaban las piernas. Sentí una lluvia de escupos, fecas y orina caliente sobre mi cuerpo. Entre confundido y extasiado, vi mi sombra en el reflejo del suelo formado por la luna. Me hicieron palanca en una de mis extremidades hasta que cedió, me arrojaron piedras por la espalda y marcaron mi desnudez con cigarrillos encendidos. Uno de los especímenes me atravesó el ano con un palo largo y afilado, repetidas veces mientras mis gritos eran apagados entre varias manos. La sangre comenzó a descender rauda por las colinas hasta inundar las calles de la ciudad.

 

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