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Cambio de oficio

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Todos dicen: Es glorioso ganar una batalla. Pero yo digo que es más glorioso perderla.

León Felipe

En alguna época pensé que las grandes cosas de la vida podían sucederme sin que las provocara. Entonces era más joven (¿o menos viejo?) e imaginaba que sería rico y famoso escribiendo para prestigiadas editoriales al tiempo que cultivaba el oficio de fotógrafo. Mis héroes entonces eran Cortazar, Donoso, Fuentes, Alvarez Bravo, Helmut, Hamilton, Angulo, Pomar y en la pura admiración de sus obras esperaba una recompensa, que en mi estado de paciente espera, sólo podría caer del cielo. Eran tiempos de cursos de esto y lo otro, de retroalimentarse con las opiniones e ideas de los demás.

Tomaba un curso de fotografía, al que asistía puntualmente todas las mañanas de cada sábado, en un viejo edificio de la Zona Rosa a escasas dos calles del Paseo de la Reforma.

Una de esas mañanas me encontraba tendido en un prado del Jardín del Arte de San Rafael, disfrutando el sol mientras meditaba sobre el maravilloso fenómeno de la luz. Pensaba que el mundo es físico gracias a ella, que los colores existen porque ella los contiene y que la luz está asociada a conceptos tan grandiosos como la vida ("..y dijo Dios, hágase la luz"), la divinidad (en todas las culturas la luz es creación de dioses) o su asociación con el conocimiento (luz del entendimiento, idea que ilumina, iluminismo como sinónimo de sabiduría). Recostado sobre el césped me sorprendieron unos pies huesudos que se descalzaron de unos zapatos bajos para sentir el frescor de la hierba. Seguí el perfil de aquellos pies juguetones y me encontré con unas piernas muy delgadas, unos muslos fuertes, delgaduchos pero bien formados, que se perdían bajo una minifalda blanca. Mi vista siguió ascendiendo hasta toparse con el gesto coqueto de Adriana, una compañera del curso de fotografía con la que ya había tenido conversación y un ligero escarceos erótico, una ocasión en que viajábamos con los cuerpos muy pegados dentro de un vagón del metro atestado de pasajeros.

Adriana se sentó a mi lado y dijo: -Luces muy a gusto aquí. ¿Estás listo para la clase?

-Sólo me faltabas tú -le respondí

Durante la clase, no dejamos de mirarnos y hacernos señas mientras el profesor insistía en una lección que había repetido incontables veces. Quise aprovechar esa situación para divertirme con mi compañera recurriendo al viejo recurso de los recados.

-¿Qué vas a hacer esta tarde? -le escribí en el primer papelito.

-Varias cosas. -me contestó de manera escueta.

-¿Hay lugar para una cosa más?

-Depende.

Por un momento pensé que no debía involucrarme con esta mujer que a veces parecía de hielo, pero decidí abandonarme al juego de la seducción, sólo porque Adriana realmente me gustaba, así que le escribí:

"Adriana, quiero pedirte que seas mi modelo. Deseo fotografiarte, registrar cada detalle de tu cara, cada línea de tu cuerpo. Necesito a una mujer como tú, decidida a sacudirse el yugo familiar, a hurgar en el mundo, a dejarse subyugar por el arte. Te lo pido en nombre de la Estética."

La sonrisa fresca que iluminó su cara al leer mi recado fue una enfática aceptación.

Hablamos de fotografías, libros y cine; de las cosas que nos pasaban cuando cámara en mano, recorríamos las calles de la ciudad en busca de la "gran imagen". A través de sus palabras, gestos y ademanes, entendí que Adriana era una chica en busca de su identidad como mujer, pero con una indiferente actitud respecto a la sexualidad. Comprendí que con ella podría tener algunos escarceos, pero también que no sería fácil seducirla para meterla en la cama. Y lo pensaba porque sentía que entre los dos existía una atracción mutua.

Muchos días compartí mis tardes con Adriana; conocí a sus amigas y aún, a sus amigos; discutimos sobre el rumbo que podrían tomar nuestras vidas. Muchas tardes la acompañé hasta su casa, andando un buen trecho. A veces nos deteníamos en cualquier calle a observar a la gente, buscando una geometría en todo lo que nos rodeaba intentando descubrir lo singular de la realidad, inventando lo abstracto y creando en el surrealismo.

Con frecuencia juntábamos nuestros rostros para alzar la vista e intentar ver los cambios de luz al atardecer; entrelazábamos las manos y nos besábamos. No me dejaba, sin embargo, llegar más allá.

Un día conseguí por fin, llevarla a mi casa, donde me había improvisado un estudio. Le mostré mi pobre material fotográfico y le ofrecí una copa de tequila. Ella bebió, sorbió y al terminar se pasó la lengua por los labios como saboreando el lápiz labial. Le ofrecí otra copa y una más antes de colocar un disco de Ela Fitzgerald.

Al quitarse la falda y la blusa lució una delicada tanga que hacía juego con su brassier de color champagne, tan finos ambos que parecían de hojaldre. Mientras le tomaba fotografías no dejé de repetirle las trilladas frases de siempre: "Luces maravillosa", ¡qué artística! y payasada y media. La capté sonriente, seria, adusta, con tacones, descalza, de pie y recostada. Ella se movía como pez en el agua. Pero cuando le pedí que se desnudara, únicamente sonrió y de inmediato se vistió dejándome solo con mi cámara, luces y deseos.

Durante semanas intenté conquistarla. Le tomaba cientos de fotografía y a partir de ellas, elaboraba alguna composición tan densa o ligera de acuerdo a mi estado de ánimo en ese momento. Por las noches recorría una a una sus fotografías, descubría defectos, imaginaba posibilidades; con ellas en la mano, me dormía. En ese tiempo salíamos al cine, a los parques, discotecas, recorríamos pueblos, parábamos en mi estudio y juntos imprimíamos cientos de fotografías en donde Adriana aparecía invariablemente. Algunas de ellas las envié a diversas revistas, pero todas me fueron devueltas.

Habían pasado casi seis meses cuando conseguí que posara semidesnuda, nuevamente para mí. Esa tarde hacía tanto frío que su piel se erizaba. Las última tomas en traje de baño nos dieron ocasión para un descanso. Nos acomodamos en el sillón cubriéndonos con la misma frazada. Bajo la cobija se produjo un agradable calor alentado por las canciones de la Fitzgerald y la vista de docenas de ventanales que nos observaban el hotel que se levantaba impetuoso frente a mi departamento. Entonces, me animé a pasar la mano por su cintura y la besé. Sentía el calor de su piel, la suavidad de su vientre; sus mejillas se encendieron y entonces supe que al fin la vería desnuda. Y así fue.

Al terminar la sesión nos besamos con la fuerza de una pasión brutal que nos embriagaba de placer. Adriana ya estaba desnuda y me ayudaba a despojarme de mis ropas; pues yo, con la urgencia que me provocaba el poseerla, no atinaba ni a desabrocharme la camisa. Con las yemas de los dedos recorrí su espalda y con los labios húmedos besé la extensión de su cuello. Cuando me jaló de la nuca para ofrecerme sus pechos, me apoderé de ellos, los estreché delicadamente recorriéndolos con mi lengua, con el mismo deleite que sentí al llegar a su círculo umbilical. Ella se entretenía acrecentando mi deseo entre sus dedos; cuando lo besó bromeó diciendo que tenía olor a talco y sabor a menta; yo la dejaba hacer libremente, sintiéndolo crecer entre sus labios. Nuestros siguientes encuentros aumentaron en frecuencia e intensidad al límite de lo salvaje. Sentía la satisfacción de contar con una estupenda modelo y una insuperable amante. Era una relación profesional y amatoria perfecta, con cada uno de nosotros ofreciéndonos por completo.

Entre juegos y risas, aprendimos a amarnos, pero al poco tiempo nuestra pasión demandaba mayor fuerza.

En una de tantas sesiones fotográficas en que Adriana lució particularmente relajada y sensual después de una recia batalla sexual, logré algunas de mis tomas más memorables.

No sé si sucedió así, porque Adriana nunca me lo dijo, pero me parece que conmigo aprendió a explotar sus instintos, a dejarse inundar por el deseo, a empaparnos con nuestros respectivos líquidos acuosos, cálidos y agridulces; a no pensar sino en presente.

Yo le había platicado (y no sé si lo hice por convencerla o porque realmente lo creía) que las caricias plenas y los orgasmos intensos desembocan en buenos sentimientos, en amor hacia tu pareja y la gente cercana alimenta su espíritu con ese amor. Como sea, eso ya no me importaba mucho, pues ahora Adriana tenía plena conciencia de su cuerpo y de lo que deseaba hacer con él. Muy pronto me lo demostraría.

En tanto, aún me deleitaba con saberla cerca. De día, me extasiaba en su cuerpo; de noche, en la contemplación de sus fotografías, imaginando la siguiente sesión, registrando defectos y detalles. Cerraba los ojos para seguirla viendo y así me dormía.

Soñaba más con su imagen fotográfica que con su cuerpo. Al evocarla, invariablemente llegaba a mi memoria e forma de fotografías, así, inanimada, hierática, fría y excitante a la vez. Podría reconocerla más fácilmente en papel que en persona.

Pasó el tiempo ( el tiempo siempre pasa). La personalidad de Adriana se fue definiendo; empecé a vender muchas de la fotografías producto de nuestras ardientes sesiones. Pudimos darnos el lujo de viajar placenteramente con el dinero de las ventas. Severos críticos elogiaron mi trabajo creativo; algunos calificándolas de fino erotismo, de realismo sensual, de esteticismo depurado. Yo sólo sabía que era el resultado de mi atenta mirada al contorno de su cuerpo, producto de mi admiración por sus largas piernas, sus pechos redondos y el sensual triángulo que separa sus piernas.

La fotografié en una ocasión a frente al mar, caminaba al atardecer desnuda de espalda sobre una arena blanca entre dos lenguas de agua y al fondo, un horizonte intensamente azul bajo un cielo con tonalidades de fuego. Amaba esa fotografía de Adriana. Todavía cuando la observo me extasío en ella -no se si en la foto o en el recuerdo de Adriana-.

Mis fotografías se fueron haciendo cada vez más atrevidas, más creativas y por tanto, más famosas. Capturé su rostro en el mismo instante del orgasmo; la retraté desnuda en sofisticadas recámaras antiguas plagadas de espejos barrocos envuelta en penumbras rosadas mientras yacía tendida sobre divanes de satín con acabados en hoja de oro; congelé su imagen en los ríos bajo el manto de una cascada, en las montañas escarpadas y en los desiertos de Sonora.

Modelo y fotógrafo encontraron en el juego un medio de subsistencia. Juntos creamos la publicidad fotográfica para revistas de modas, comerciales o para promocionar hoteles y restaurantes. Nos pagaban por la diversión. Nuestro trabajo, pronto obtuvo una demanda que apenas podíamos satisfacer. Entonces empezamos a cotizarnos más y más caro cada vez. Adriana y yo formábamos un binomio perfecto e indivisible. Fue así como otras modelos me empezaron a buscar; a ella, otros agentes de publicidad.

En cierta ocasión, un amigo me dijo que las grandes mujeres en la vida son fugaces. Adriana es de esas. Un día me confesó que aunque entendía mi obsesión por lo estético, en lo cotidiano, ella se sentía desplazada por sus propias fotografías. Aceptó las ofertas para modelar que le ofrecían y yo, por un tiempo quise recuperarla a través de otras modelos.

Ella perdió el encanto y la frescura al modelar. Y abandono el oficio.

Yo, jamás pude volver a captar una imagen digna de publicar.

En un ritual signado por la nostalgia, quemé negativos y fotografías. Todas, menos aquellas donde miraba desnuda hacia el mar. Abandoné así para siempre el oficio de la fotografía. Ambos, habíamos claudicado.

Me contenté pensando que siempre hay oportunidades si uno sabe buscarlas. Esto es algo que aprendí con Adriana al paso del tiempo en que sólo esperé que las cosas sucedieran. Mañana, al publicarse mi cuento, tal vez Adriana encuentre en él, la mejor de sus fotografías.

Aventureramente

 

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