Categorías

Relatos Eróticos

Fantasias

El Tatuaje

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Era de noche. Las cuatro o las cinco de la mañana. Yo volvía para mi casa y ella estaba en la parada del autobús. La vi de lejos. Iba vestida de forma estrafalaria. Zapatos de suela alta. Pantalones azul brillante. Camiseta naranja fluorescente. Pelo rubio platino, muy corto. Me miraba.

Cuando estaba a cinco metros de ella me sacó la lengua. Yo podía haber pasado de ella, desde luego, pero no lo hice. Al contrario, me acerqué más. Me puse frente a ella. Sólo nos separaba el cristal de la parada. Me fijé en su lengua. Llevaba tatuado un dragón. Parecía tener vida. Y que me mirara. Fascinante.

Ella pegó su lengua al cristal. Ahora se veía mejor, si cabe, el tatuaje. Yo, totalmente anonadado por la belleza del dibujo, besé el cristal. Estuve así un minuto. Y dos. Y tres. Recuperé la lucidez y fui a por ella. Sin mediar palabra la besé lúbricamente. Nuestras lenguas se entrelazaron en un torbellino de pasión. La agarré por el culo y se lo apreté fuerte. Mi verga rozaba su pubis a través del pantalón. Podía habérmela tirado allá mismo, pero vino el autobús. Daba igual. Podría esperar un rato.

Su mano abrazó la mía y me llevó al autobús. Estaba casi vacío. Un par de borrachos y cuatro viejos madrugadores. Pudimos escoger sitio. Al final de todo, por supuesto. Ella se sentó en el lado del la ventana. Yo, muy pegado a ella. Nadie nos veía, todo el mundo estaba a la suya. Sobretodo yo. La besé y empecé a meterle mano en los pechos. Eran normales, nada del otro mundo. Incluso más bien pequeños. Levanté su camiseta y metí mi mano por debajo. Tenía el estómago blandito. Subí mi mano y manoseé sus pechos, libres de cualquier sujetador. Mientras tanto ella me acariciaba la polla por encima del pantalón.

Media hora después bajamos del autobús. Caminamos hasta su casa. Un primer piso. Había dos habitaciones. La más grande hacía de cocina y comedor. La otra era muy pequeña, apenas había una cama y un escritorio. Rápidamente fuimos hacia ella.

Desnuda por completo se tiró encima de la cama. La tenía. Era mía. Esperaba, totalmente despatarrada, que la penetrara. Yo me desvestía muy lentamente. Quería hacerla sufrir. Zapatos, pantalones, calzoncillos, calcetines, camiseta. Cada prenda que me quitaba la ponía cuidadosamente encima de la silla. Ella me miraba mientras lo hacía, con ansiedad. Acabé y me quedé plantado delante de ella, con mi verga apuntándola. Ella me la miró y se mordisqueó el labio lascivamente. Me acerqué a ella y me acosté al lado suyo. La besé muchas veces. Besos cortos, sucesivos, rápidos. Ella me cogió la cabeza y me paró. Sacó su lengua, tan tatuada y tan hermosa, y me lamió la cara. Luego bajó lamiéndome, dejando un rastro de saliva por todo mi torso, hasta mi polla. Se la metió toda en la boca y empezó a mover la cabeza. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Sorbió todo el semen que le eché. No se le escapó ni una gota.

Volvió a subir. Ahora estábamos cara a cara de nuevo. Me sacó la lengua. Yo se la lamí. También se la mordí con mis labios. Y estiré, como si quisiera traerla conmigo para siempre. Luego la solté. Y ella me tocó la polla. Todavía estaba fláccida. Me pellizcó la bolsa de los testículos. Y me descubrió el glande. Se salivó el dedo y me sobó el glande hasta que la polla volvió a estar firme como antes. Me agarró el pene y me atrajo a ella. Quería que la penetrara de una vez.

Yo todavía no quería metérsela, mejor que sufriera un poco. Metí mi cabeza entre sus piernas y empecé a lamerle la concha. Con fuerza, como si fuera un perro. Ella no gemía, ni nada por el estilo. Le mordisqueé el clítoris, pero ni siquiera se estremeció. Parecía que no le gustaba. Pero yo seguía lamiéndola. A todas las mujeres le gusta, pensaba. Pero a ella no. Me levantó la cabeza y me miró. Me ordenó que se la metiera de una vez por todas.

Obedecí. Le abrí bien las piernas y se la metí. Empecé a mover mis caderas rítmicamente. Al principio estaba muy seca, pero a las tres o cuatro culadas empezó a lubricarse. A cada nueva culada más lubricada estaba. Lo mismo pasaba con su actitud. Al penetrarla no dijo nada, simplemente me miró fríamente. Estuvo un rato así, parecía que aquel polvo no fuera con ella, que sencillamente era una muñeca hinchable debajo mío. Pero, a medida que a mí me llegaba el orgasmo su semblante empezó a cambiar. Cada vez disfrutaba más. Lanzó unos cuantos gemidos al aire, suaves pero gemidos al fin y al cabo. Y pude ver su lengua de nuevo. El tatuaje seguía estando pero ya no era tan brillante como antes. Eyaculé en su interior. La llené de semen. Ella lanzó el gemido más fuerte que había oído en mi vida.

Salí de ella y fui a por dos cigarros. Me tumbé a su lado y los encendí. Le di uno. Fumamos en silencio, mirando al techo. Ella lo apagó por la mitad y se recostó dándome la espalda. Yo seguí fumando. Y mirando detenidamente su espalda. Estaba un pelín rellenita. Y su culo no era perfecto, sin duda, pero no estaba mal. Terminé mi cigarro y la abracé. Pegué bien mi polla a su culo. Ésta empezó a hincharse de nuevo y ella no se sintió indiferente. Me dijo que si quería hacerlo de nuevo, a lo que contesté que sí, por descontado. Me ordenó que le mamara el coño. Yo me extrañé, puesto que antes no había querido, pero obedecí.

Metí mi cabeza entre sus piernas y comencé a lamerle la concha como había hecho antes. Primero fuerte y rápido, luego más lento, jugando con su clítoris. No se podría contar la cantidad de gemidos que soltó mientras yo le sorbía los jugos y le lamía el coño ni en un millón de años. Qué cambio había experimentado en unos minutos, pensaba yo, satisfecho con mi labor.

Después de haberla hecho gozar un buen rato decidí que era mi turno. Saqué mi cabeza de entre sus piernas y subí. La besé en los labios y le mordisqueé los pezones. Cogí mi polla con una mano y se la hinqué bien adentro. No sentí nada. Que extraño, pensé. Moví mi culo un buen rato pero seguía sin sentir nada. Notaba que estaba dentro de ella, eso sí, pero la sensación no me producía placer. Ella, en cambio, si que parecía disfrutar. Me tenía agarrado por el culo y me empujaba dentro de ella, acompañando las culadas con intensos jadeos. En un momento dado noté como mi verga se hinchaba, más si cabe, y expulsaba mi semen dentro de ella. Pero yo no sentí nada. Totalmente confundido la dejé tumbada en la cama con los ojos entornados y me fui al baño. Me lavé bien la polla mientras pensaba en lo ocurrido, en la falta de placer. Después me lavé la cara y abrí la boca para mirarme una muela que me dolía desde hacía unos días. Lo que vi fue mucho peor que una muela cariada.

El dragón.

El dragón de la chica estaba ahora en mi lengua.

Fui corriendo a por ella. Le ordené que sacara la lengua.

El tatuaje no estaba.

'Lo siento' - me dijo.

 

¿Ganas de SEXO? No desesperes, descubre quien más quiere sexo en tu zona!