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El discreto encanto de las horas punta

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Hacía mucho, mucho calor. Cuando sudaba tanto, mi sexo olía siempre de una forma especial; aunque acabara de salir de la ducha. Olía a almizcle, a hendidura salada en la piel, una sal casi dulce brotando entre rizados pelos desde poros recónditos, zumo de mi cuerpo, una humedad íntima y penetrante que excitaba mi deseo. Me gustaba olerme cuando estaba solo en casa y el bochorno se cerraba sobre la ciudad. Hubiera querido poder abrir mi bragueta y aspirar un golpe de mi propio olor que borrara el resto de los olores humanos -excepto el de ella-, que se entretejían en la atmósfera viviada del autobús, formando una masa calculada de aire en la que dejaban sus residuos, de desodorantes o de inmundicias corporales, todos los ocupantes del vehículo anulando el mío. Mi olor perdido, indefinible y obsesivo olor a sexo, que la presencia de la mujer sin duda estimulaba a ser producido desde mis glándulas.

Ella también sudaba, aunque el aroma que desprendía su cuerpo aún dejaba ligeras evidencias en el aire de algún perfume caro y duradero. Yo tenía la polla firmemente pegada a su trasero, como todos los días, a las dos y media de la tarde, desde hacía dos meses. Justo desde que se echó encima de la región aquella ola de calor. Subía al autobús dos paradas después que yo. Siempre a esa hora punta, cuando iba tan lleno de gente que el ambiente era irrespirable y uno perdía la noción de sus propias emanaciones corporales entre las de aquel tumulto de personas cansadas, sucias y sin resuello, que volvían a casa después de una dura jornada de trabajo o de estudio.

Yo subía en la parada de la facultad, y ella un kilómetro más abajo, frente a un núcleo de edificios altos e impersonales de oficinas, tiendas exclusivas bancos y empresas contables. Podía ser una oficinista, la empleada de alguna boutique o una secretaria, quizá una ejecutiva reacia a usar su propio coche, quién sabe, podía ser cualquier cosa, hasta un ama de casa aburrida que salía por la mañanas a hacer compras o a engañar a su esposo. Nunca la había visto en mi linea de autobús hasta dos meses atrás, justo cuando comenzó el calor.

De lo que no tenía duda es de que tenía clase, esa elegancia que se resiste a desaparecer aún cuando quien la posee adopta posturas ridículas e indignas, como las de la fornicación o la evacuación de los intestinos, que no deja de hacerse patente ni cuando, esa misma persona, se deja sobar anónimamente en un rincón maloliente de un autobús urbano, rodeade de ocupantes vocingleros y vulgares, fatigados. Tenía clase. Y elegancia. Alta, de pelo suelto castaño y suave. Cada día un vestido diferente. Y un culo precioso.

Se habría paso hasta el final del autobús, donde yo aguardaba su aparición todos los días laborables. Mis ojos oteaban con impaciencia por encima de las cabezas amontonadas en los pasillos y asientos, y no suspiraba tranquilo hasta que, después de reiniciarse la marcha en la parada donde ella subía, la veía avanzar dificultosamente hasta mí, a golpe de caderas, balanceándose premeditadamente sobre sus tacones en la estrechez del pasillo congestionado de gente. En una ventanilla, al lado de la última puerta del fondo del vehículo, se colocaba delante de mí, de espaldas a mi cara, y agarraba con fuerza la barra del techo con su manoderecha mientras con la izquierda sostenía un enorme bolso cuadrado sobre su hombro. Yo comenzaba a acercarme a ella, muy lenta y morosamente los primeros días, hasta que advertí su evidente complicidad en el juego y traté de no perder el tiempo con preámbulos inútiles.

La raja de su trasero se amoldaba perfectamente a mi paquete, parecíamos hechos el uno para el otro. Yo la olía, desde su cuello manaban pequeños glóbulos rebosantes de su olor. Perfume francés mezclado con las emanaciones de su ropa algo arrugada, ajada tras una mañana agotadora, y las de su propio sudor en la canícula del mediodía.

El autobús trotaba, daba saltos y vibraba; y nuestros cuerpos se agitaban al unísono a merced del vaivén del vehículo. No podías oir ni tus propios pensamientos entre la algarabía de conversaciones, toses, murmullos y exclamaciones de los viajeros, y el ruido exterior del tráfico infernal de las horas punta.

La verosimilitud de aquel culo, su asequible corporeidad me había turbado desde el comienzo de nuestra extraña aventura. Al principio sólo fueron roces, apretones silenciosos y furtivos, tan fugaces que dejaban sobre mi sexola sensación de un vacío inmediato tan frustrante que la misma caricia era casi dolorosa. Mi pene temblaba con pequeños latidos de voracidad, de insatisfacción, y debía aguardar a llegar a casa para masturbarme en el lavabo, aferrado al recurdo de los tactos insuficientes que se habían producido entre mi bragueta y el culo de la bella desconocida.

Pero hasta las quimeras toman forma tangible. Lo que uno ha gustado en un sueño, por un instante, puede tomar cuerpo un día en un sinfín de repetidas sensaciones inesperadas, por un regalo del azar. Y así me ocurrió a mí.

Yo me estiraba hacia arriba, era más alto que ella, le sacaba toda la cabeza y aprovechaba mi estatura pra empinarme y, después, deslizarme lenta, muy lentamente, hacia abajo por su cuerpo, rastreándola con la pelvis, como si la tela de mi pantalón poseyera papilas gustativas, sensibilidad olfativa, don de la geometría sobre su espalda y sus glúteos. Al bajar, hacia su cintura, me apostaba en ella unos instantes, me rebullía y apretaba contra la mujer. Mis testículos se aplataban como blandos caramelos de cera, porosos y huidizos, y mi polla se estiraba hacia arriba, con grandes dificultadas, bajo mi bragueta. Ella mantenía firme el cuerpo y curvaba ligeramente la espalda, dejándose hacer como una mansa gatita, podía sentir los ronroneos de placer de su cuerpo, vibrándole por dentro, haciéndose eco y golpeándola en el costado, al otro lado de donde yo la tocaba de una forma incansable y secreta.

Su mirada permanecía fría, absorta, indiferente. A veces podía ver su perfil y nada denotaba que se sintiera ardiendo por dentro, pero, evidentemente, lo estaba. Yo lo sabía. Podía olerlo. Su ansia, su impaciencia, su indolencia complaciente de mujer ardiente pero distante. Nadia alrededor, en la masa confusa de cuerpos por el movimiento irregular y salvaje del autobús, parecía darse cuenta, excepto yo, de que estaba deseando un hombre. Tal vez a mí.

Cuando el conductor tomaba una curva a demasiada velocidad, yo la comprimía con mi peso contra el cristal de la ventana de socorro, y sus tetas se pegaban al vidrio plácidamente, igual que arcilla inestable. Mi sexo se endurecía entonces, se abultaba, la codiciaba a ella sin vestido, sin prendas interiores, sólo con su piel sudorosa, con la espalda desnuda, con la cara frente a mi cara, echándome el aliento entre los dientes y mezclándolo con mi propio aliento.

Algún día me la imaginé provechosamente ataviada con un sostén sin pezonera, con dos garbanzos de carne rosa y jugosa asomando en el centro justo de la prenda, pidiéndome, rogándome que la mamara, con las piernas muy abiertas, sus labios íntimos irregulares, de piel clara y curiosamente retorcida, mezclados con mis labios, y mi lengua tentándola apasionadamente, entre mis muelas su sabor, su olor a perfume de lujo, su coño de lujo entendiéndose con mi boca. Las bragas tiradas por el suelo de un apartemento exquisito, que quizá yo había visto por casualidad en algún anuncio televisivo, y que acudía absurdamente a mi memoria como el escenario natural donde la mujer se me entregaría. Sus axilas sin vello y sus brazos largos rodeando mi cuello. La había soñado pidiéndome locuras. Yo la complacía incesantemente. Ella y yo perdidos en el tiempo, los dos aislados en algún lugar inconcreto, encerrados entre nuestros olores y nuestros ávidos sexos. Ella se ponía a cuatro patas delante de mí y agitaba en culo. Yo la tomaba por detrás. Rápido. Fuerte. Rodábamos por el suelo, y le mordía el cuello, le dejaba la piel maltrecha con mis incisivos debajo de la nuca. Luego tocaba sus pechos, su sujetador agujereado. La chupaba hasta lo intolerable, gemía de gozo entre sus pechos acogedores y olorosos, sanos, con la piel transparente y una fina película de sudor tibio cubriéndolos.

Ese día hacía mucho calor, más que nunca, o eso parecía. Agarré los libros en la mano izquierda, apoyé mi hombro derecho contra la pared del autobús y pasé descuidadamente la mano por debajo de su axila. Ella apenas se movió, pero pude notar como sus hombros se relajaban bajo el efecto de una espiración conmocionada. Allí estba, como yo lo había imaginado. Redondo y mórbido, pero firme, cabía en la palma de mi mano. Me acerqué más a ella desde atrás, rodeándola contra mí. Desde la acera, al parar en un semáforo, pude ver los ojos entusiasmados y sorprendidos, algo escandalizados también, de un viandante de mediana edad que se fijó accidentalmente en mi maniobra, y que me miró, entre envidioso y reprobador, y continuó su camino finalmente. La tenía en mi mano. Podía sentir su respiración suave, casi imperceptible, en las yemas de mis dedos. La tela de su blusa era fina, de tacto delicado, como de seda, y el dibujo de otro tejido, el de su sujetador, se trapasaba por ella hasta mis dedos como un mapa en relieve de unas islas remotas y exóticas. Busqué el pezón y mi dedo pulagar lo halló al momento, substancial, sensitivo, circular cual una canica pequeña y elástica. Se arrugó y endureció igual que un escarabajo que se protege de un contacto inesperado encerrándose en sí mismo, redondeando su masa hasta ser una esfera dura y mínima. Lo acaricié formando pequeños círculos con la punta del dedo y el cuello de la mujer se estiró por un instante, su pelo rozó mi nariz y mis labios, y mi pene buscó una salido urgente en el pantalón.

Una señora rezongó cerca de nosotros y, para protegernos de las miradas curiosas, puse los libros, a manera de escudo, entre sus caderas y las mías, mientras que ella hacía otro tanto con su bolso en la parte superior de su cuerpo. Alejé la mano de su seno, y pospuse tan delicoso objetivo hasta unos instantes más tarde. Con la misma mano tanteé en su falda, buscando una cremallera o algo que me facilitara un rápido acceso a su piel, a su trasero adorable. Encontré el camino después de palpar a ciegas, la cintura era elástica y fue fácil penetrar dentro de la prenda. Mirando disimuladamente a mi alrededor por si alguien advertía lo que hacía, metí la meno y encontré su culo contraído y redondo, como un melocotón partido dulcemente por la mitad, sudaba y su piel era resbaladiza. Acaricié la raja del culo hasta el coño, debajo de las bragas, con dos dedos, los saqué y los olí. Incluso allí olía a perfume, junto a ese olor femenino a sexo tibio y anhelante.

Me abrí la bragueta con precuación y saqué mi polla. Traté de colocar a la mujer, sus pies sobre mis pies para que se elevara un poco, ligeramente inclinada hacia delante para facilitarme el acceso a su coño. Ella se dejaba hacer, ininmutable y aparentemente tranquila. Sólo un leve jadeo la delataba de cuando en cuando. Su cintura se doblegó, mimbreña y dócil, como la de una muñeca articulada. El constante traqueteo del autobús dificultaba enormemente mis maniobras, pero hacía a la vez más emocionante la operación pues, las trepidantes oscilaciones a que nos sometía, sustituían al meneo lógico de dos cuerpos que se acoplaban y nos evitaba, al menos a mí, el tener que agitarnos voluptuosamente. Era una furza motriz tan erótica como la de mi pelvis hubiera podido serlo. Cuando conseguí cogerle el truco al movimiento del vehículo, y pude ser capaz de adaptarlo amis intenciones, incluso me sirvió de ayuda u, en un bache inesperado, el salto que dimos me hizo penetrar a la mujer con un impulso seco y definitivo. Los libros y su bolso parecían suficiente escudo protector contra los intrusos que nos rodeaban y bufaban a nuestro alrededor y, en cualquier caso, estábamos tan cerca y tan apretados unos contra otros que hubiera sido casi imposible distinguir lo que ella y yo hacíamos, de costado contra el metal del autobús, aún más calientes que el resto de los viajeros, muy juntos uno contra otro.

La tenía dentro y ella simulaba doblarse bajo un peso imaginario en sus espaldas, para hacer más fácil la postura. La marcha del autobús nos mecía, accionaba mi polla dentro de ella. No me atrevía a sacudirme por temor a salirme, después de todo el trabajo que me había costado entrar, y opté por dejarme llevar por el balanceo del coche. Pero la mujer, aquien yo mantenía agarrada por un pecho, comenzó a contorsionarse a izquierda y derecha, podía ver la tensión acumulada en su cuello, parecía que su piel estallaría en un momento de forma inesperada y, por algún intrincado mecanismo, los dos nos derrumbaríamos al unísono, como dos marionetas que penden del mismo hilo, ya roto.

Su brazo se cerró sobre mi antebrazo y yo supe que debía aumentar la presión de mi dedo sobre su pezón, irritarlo en círculos infinitos, cansinos, inagotables, para que ella sintiera una corriente de placer desde el pecho al cerebro, dimanando en finos alfileresde una sensación electrizante, humectante y hermosa.

La postura era tremendamente forzada e incómoda, casi todo el peso de la mujer pendía de mi brazo, permitiéndole así concentrarse únicamente en el esfuerzo de su satisfacción, que la tensión física de ayudarme a mantener nuestra posición hubiera disminuído.

Pude darme cuenta de que apretaba fuertemente sus piernas, la una contra la otra, contrayendo todos sus músculos para provocar el orgasmo. Su vulva se cerró sobre mi pene igual que una flor carnívora huyendo de la luz, noté la contracción de su carne envolviéndome, su culo se endureció y el sudor aumentó por su piel a consecuencia del esfuerzo. Contuvo la respiración, por segundos fue como una estatua caliente e inamovible, paralizada en un gesto de ansia desesperada, concentrada en la tarea de dejar brotar por el cuerpo su ardor, de ayudar, poniendo en ella cada uno de sus nervios, a que emergiera el placer desde su vientre, placer enmarañado, vehemente, extendiéndose por toda ella.

Luego sus hombros se aflojaron, abatidos, y su cuello se volvió débil ante mis ojos, descargado por fin del esfuerzo a que había sido sometido minutos antes. Supe que se había corrido, sin apenas necesitar más movimiento que el del autobús viejo, de mala suspensión, ruidoso, ajeno a nuestro acoplamiento y cómplice involuntario de él.

Nunca pronunciamos ni una sola palabra. Ni un murmulla, ni una frase morbosa rezongada entre dientes, ni una pequeña señal que delatara que lo que sucedía era real, que ambos existíamos el uno para el otro. Nada. Una total mudez. Como dos esclavos adversarios que se ignoran mutuamente mientras se aman para diversión de su amo.

Un hombre mayor se apeó a duras pensa, al final de un grupo de viajeros, usando la puerta ante la que la mujer y yo estábamos apostados. La empujó un poco a ella que se apretó contra mí. Mis pelotas se rozaron y lastimaron contra la cremallera abierta del pantalón, y la polla se me escabulló de su envidiable y huidizo escondrijo. La restregué contra la cintura de la mujer de forma desordenada, lánguida, husmeando lentamente sobre el final de su espalda por el gusto del roce, de la caricia, del simple contacto. No esperaba mucho para mí, dos paradas más adelante la mujer se bajaría del autobús, pero me sentía satisfecho con la satisfacción de ella, con su placer. Con aquello me bastaba. Por eso decidí entretenerme explorándola con mi miembro, sin prisas, buscándola con la punta, dejándole mi olor sobre la piel como un recuerdo, un tatuaje volátil, tierno y fragante. Mi olor.

Sin embargó su mano se estiró hacia atrás y penetró entre su culo y yo. Se arregló la falda como la fue posible, remetiendo la blusa por dentro de la cintura, y, después, se dedicó a tocármela. La estiró con unos dedos sorprendentemente fríos, de tacto anfibio casi, unos dedos que provocaron en mí una sensación equívoca, una especie de escalofrío sofocado. Sus dedos atraparon mi sexo, lo arrebujaron y comprimieron, apretaba y soltaba, y volvía a apretarme con una fuerza inaudita. Su mano delica me amasó, me torturó refinadamente, como nunca se me hubiera ocurrido que pudiera ser tocado. Fue mi delicia. Eran unos dedos mansos y fríos, sabios.

Conseguí arrancar la polla de entre ellos justo a tiempo para atrapar mi esperma en mi propia mano. Hinqué la cabeza en su cuello y allí suspiré, le ofrecí el sonido de mi goce, mi respiración honda, contenida, al ritmo de mis espasmos de placer. La mujer se mantuvo quieta y segura, soportando mi peso desmoronado sobre su hombre. Mi aliento mojándole suavemente la oreja. Y mi mano empapada humedeció mi bolsillo.

Quise darle un beso, un beso interminable en el cuello, pero no pude.

Sin darme yo cuenta nos habíamos situado cara a las puertas automáticas del autobús, puestos en fila los dos, uno detrás del otro como diponiéndonos a bajar en la siguiente parada. Mi cuerpo apretaba con fuerza, pues me sentía agotado y flojo, pesado como un saco de arena. Empujaba a la mujer contra las puertas que, inesperadamente y para sorpresa e incredulidad mía, se abrieron de golpe.

Yo conseguí asirme a tiempo a una barra lateral y, por fortuna, no salí despedido. No así la mujer.

Traté de gritarle al conductor que, sin darse cuenta de lo ocurrido, volvió a cerrar las puertas y a reanudar su marcha como si nada hubiera pasado.

Recuerdo que, en aquella última imagen que guardo de mi bella desconocida, caída de bruces sobre una acera polvorienta, con el culo al aire, enseñando la bragas y con el pelo alborotado, sí se echaba en falta algo de su antigua elegancia.

Los pasajeros, a mi alrededor, comenzaron a lanzar improperios contra los transportes públicos y yo, abstraído de todo lo que acontecía, tuve conciencia de que se iniciaba una nueva etapa de mi vida: la de manoseador de culos en metros y autobuses. Pues nunca jamás volví a encontrarla a ella.

 

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