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El sueño de la rubia salvaje

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

¿Quién no ha soñado alguna vez con tener una aventura con una mujer ardiente en un paraje exótico?. A veces, la imaginación alcanza hasta los más remotos lugares y descubre las más insondables cuevas del placer.

La manada de leones descansaba plácidamente al lado de un charco. Había cuatro machos y diecisiete hembras. Las crías, siete para ser exactos, jugaban subiéndose por encima de los adultos. Un león destacaba del resto. Era un metro más grande y su rubia melena era mucho más larga que la de los otros machos. Las viejas leyendas africanas contaban que protegía todo su hábitat, procurando que nunca hubiera exceso ni defecto de animales, y que tenía quinientos años. Las leonas, e incluso los leones, le cuidaban y cazaban por él. Sólo tenía que defenderles. Todos ellos eran llamados Leones Sagrados.

Una caravana de hombres se instaló a pocos kilómetros de los leones. Al frente iba Sarah, actualmente la mejor conocedora de África. Había pasado media vida recorriendo desiertos y selvas; trabajaba para zoológicos y televisiones de todos el mundo. Ahora se sentía preparada para capturar vivo a uno de los Leones Sagrados, su gran obsesión. Montaron el campamento y investigaron la zona. Encontraron gran variedad de especies animales. Pronto localizaron a los Leones Sagrados. Eran más grandes que los leones de otras zonas y parecían mucho más fuertes. Sobre todo el gigante rubio. Lo que más impresionaba de él no era su tamaño, sino su mirada; profunda y misteriosa. Los filmaron un par horas y luego volvieron al campamento.

Sarah se metió en su tienda. Había dejado al resto del grupo acabando de montar el campamento o mirando lo filmado. Al fin al cabo ella era la jefa y quería un poco de tranquilidad. Puso agua en un plato y lo dejó en el suelo. Rápidamente su perro, el único que la acompañaba en todas las expediciones, fue a beber. Ella se tumbó en la cama hasta la hora de la cena. Prácticamente ya había anochecido cuando el grupo empezó a cenar. Eran diez personas, siete hombres y tres mujeres. Se sentaron formando un corro y hablaron del trabajo del día siguiente. Tenían que estudiar todos los movimientos de los leones para que, si alguno de ellos se separaba del grupo, poder capturarlo.

Terminaron la cena y se fueron a sus tiendas. Sarah se hizo acompañar por uno de los hombres. Se llamaba Mohamed e iba a ser el compañero de Sarah esa noche. Entraron en la tienda y Sarah le desnudó rápidamente. Era muy moreno y tenía el pelo largo y rizado. Era bastante delgado. Lo echó al suelo y empezó a chuparle la polla. Le sabía a sudor y le encantaba. Se la chupó rápidamente y Mohamed tardó poquísimo en correrse. Sarah, que prácticamente no le había ni saludado, le miró enfadada. Parecía decirle con la mirada - ¿Te parece bonito?. Rápidamente se desnudó. Dejó al descubierto sus voluptuoso cuerpo, de grandes pechos y gran culo; así como su coño poblado de pelo. Entonces se puso de rodillas encima de la cara de Mohamed y éste empezó a chupárselo. Lo hizo tan mal que Sarah ni se corrió. Lo único que hizo fue empezar a insultarle duramente, gritándole lo mal que lo había hecho. Cuando terminó de insultarle lo levantó del suelo. Era unos centímetros más alta que él y pesaba por lo menos diez Kilos más. No le fue muy difícil levantarlo y mucho menos volver a tirarlo al suelo. Entonces ella comprobó que su pene volvía a estar firme y se sentó encima de él. Los veinticinco centímetros la llenaron muy satisfactoriamente pero, como antes, tardaron poco en correrse.

Sarah, indignada, lo echó a patadas de la tienda. Cogió su rifle y empezó a dispararle a los pies. Mohamed salió corriendo del campamento y Sarah fue detrás de él disparando al aire. Vio una hiena a lo lejos y le disparó. Muerta.

El gran león abrió los ojos y levantó la cabeza.

Al día siguiente Sarah todavía estaba enfadada. Mató varias aves y un par de pequeños mamíferos. Estuvo a punto de matar a un león, pero sus compañeros se lo impidieron. También espiaron a los Leones Sagrados. Por la noche, Sarah se llevó a su habitación a otro del grupo. Era alemán. Su pelo era rubio y era muy alto. Estaba totalmente rojo por el sol. Sarah tuvo más suerte con él que con Mohamed. El germano se corrió cinco veces y le procuró el triple de orgasmos, pero al final ella todavía quería más y él no se lo podía dar. Sarah, al día siguiente, volvió a matar.

Al acabar la jornada se llevó a dos a su tienda. Hizo con ellos lo que quiso: que le chuparan los dos el culo y el coño, que se la metieran por el culo, que se la follaran por el coño, que se la metieran los dos a la vez... pero no consiguió que la dejaran exhausta. Otra vez más se habían cansado ellos antes que ella. Llevaba años buscando un hombre (o varios) que pudieran follársela hasta que ella dijera basta, pero todavía no lo había encontrado. Siempre que montaba una expedición escogía nueva gente, pero todavía no había elegido al hombre o mujer ideal. También había follado con muchos de los habitantes de los poblados por donde pasaba, pero tampoco lo había encontrado allí.

Por la mañana, temprano, fueron a espiar a los leones como de costumbre. Descubrieron que uno de ellos salía a cazar siempre a la misma hora y siempre solo. Iba a un lago que había a un kilómetro de donde estaban sus compañeros. Para llegar a él tenía que pasar por un camino muy estrecho en el cuál podían ponerle una trampa. Por la tarde la pusieron. Era muy simple: sólo había que hacer un agujero y taparlo.

Por la noche Sarah escogió dos hombres y una mujer. Nunca tenía problemas para escoger la gente puesto que todos estaban ansiosos por follar con ella. Aparte de que era bastante guapa, todos querían probarse ellos mismos y ver si podían aguantar su ritmo. Los hombres eran bastante diferentes entre sí. Uno era muy gordo y debía tener unos cuarenta años y el otro tenía veinticinco y era un tipo bastante atlético. La chica era la menos agraciada de las tres que habían en el campamento. Tenía un buen cuerpo, pero su nariz era muy grande y la afeaba considerablemente. Simplemente la había traído por que sabía que era lesbiana. Sarah no lo era pero no le importaba utilizarla mientras sus dos hombres se recuperaban.

Esta vez solo la penetraron los dos a la vez en una ocasión. Prefirió ir alternándolos y que así durara más la noche de sexo pero tampoco consiguió quedarse satisfecha. Sólo le gustó uno de los polvos que echó con el gordo y las pajas que le hizo la chica. El gordo la verdad es que se la folló muy bien. Tenía la polla pequeña pero muy gorda y cuando la sodomizó pareció que la iba a partir en dos. Y además, como tenía los huevos enormes, se pegó una corrida monumental. La chavala no lo hizo mal. La verdad es debía haber comido muchos coños en su vida.

El Sol salió una hora después de que se hubieran ido a dormir. Iba a ser un día importante. El día que cogerían a un león sagrado. Sarah montó dos grupos: uno con Mohamed y el alemán y otro con ella y el gordo con el que había pasado la noche (Frank). Su grupo iría a vigilar la trampa y el otro a hacer el seguimiento del león desde que saliera de la casa. El resto de la expedición se quedaría en el campamento.

Una hora más tarde ya estaban cada uno en sus puestos. La trampa estaba puesta en un trozo del camino en el cuál era obligatorio pasar por él porque a los lados habían rocas y pequeños árboles y cactus. Sarah y Frank se pusieron detrás de estos árboles para vigilar que el león cayera en la trampa y en caso contrario dispararle una bala sedante. Esta última opción no era muy recomendable porque no sabían si le haría efecto ni si pudiera ser perjudicial para el león. Llevaban dos escopetas, una con balas sedantes y otra con normales. En el poblado de leones todo transcurría con normalidad. Los leones descansaban y varias leonas habían salido a cazar. Atentos para cuando saliera el león buscado estaban Mohamed y Richard, el alemán.

Una de las leonas parecía estar en celo y se acercó al gran león. Se puso de espaldas a él y le ofreció su sexo. El gran león apartó a una cría que tenía encima de él y se levantó. Saltó encima de la hembra y la montó. La agarró bien con las patas delanteras y empezó a mover el trasero.

Sarah y Frank llevaban ya un buen rato estirados en el suelo esperando. Ella empezaba a cansarse y, recordando la noche anterior, empezó a tocarle la polla a su compañero. Éste se resistió al comienzo pero acabó por sucumbir a las caricias de Sarah. Frank se desabrochó los pantalones y se los quitó. Se bajó los calzones y empezó a sacudirse la polla para que adquiriera consistencia. Sarah, mientras tanto, se abrió la chaqueta marrón que llevaba y dejó al descubierto sus grandes y morenos pechos. Frank empezó a chuparle los pezones y a bajarle los pantalones. De un tirón le rompió las bragas. Apartó todo lo que había en el suelo y la tumbó. Le separó las piernas y se la metió. El león buscado miró como fornicaban los dos leones y se alejó del poblado. Mohamed avisó por el walkie a Sarah pero Frank lo había roto hacía unos segundos y no pudo oírlo. Decidieron no seguir al león y que fuera lo que Dios quisiera. La polla de Frank estaba taladrándola por completo. Era muy gorda y cada sacudida le proporcionaba grandes oleadas de placer. Encima de ella, aplastándola, estaba el gordo resoplando y babeando, sudando cada sacudida. Lo mejor estaba a punto de llegar. La polla se contrajo y empezó a vomitar oleadas de semen.

El gran león eyaculó dentro de su hembra y rugió ruidosamente.

El león buscado estaba a cinco minutos de la trampa. Sarah se incorporó rápidamente y chupó ávidamente los últimos espasmos de Frank. Después le lamió el tronco de la polla y se la metió en la boca. Era una cosa pequeñita pero muy gorda Le parecía bastante curioso. Cuando, en un par de minutos, volvió a ponerse firme se la sacó de la boca y se puso a cuatro patas. Apoyó la cara en el suelo y con las manos se separó los labios vaginales, mostrando a Frank un hermoso espectáculo. Éste empezó a palparle las nalgas, introduciendo levemente un dedo en el culo. Sarah gimoteó en voz baja. Luego se lo metió en el coño y empezó a moverlo en círculos. Sarah cerró los ojos y empezó a disfrutar del momento.

A pocos metros de ellos el león buscado observaba la trampa. Le extrañaba que allí hubiera ese tipo de hojas.

El gran león volvió a fornicar con su hembra. Los leones fornican veinticuatro horas al día cuando están en celo y él no iba a ser menos.

Frank, ciego de pasión, la cogió fuertemente de las tetas y le clavó su polla en el coño. Empezó a moverse compulsivamente y a resollar ruidosamente. Sarah jadeaba cada vez con más fuerza. El orgasmo estaba a punto de llegar.

El león buscado oyó los jadeos y miró hacia ellos. Volvió la cabeza hacia la trampa y la saltó.

Sarah se corrió intensamente y abrió los ojos. Vio como el león había saltado la trampa. "¡Mierda, mierda, mierda!, se nos escapa" gritó mientras se apartaba de Frank. Con una mano cogió una escopeta y fue corriendo al borde del camino. Frank, arrodillado en el suelo y en mitad del orgasmo, se masturbaba violentamente. Sarah apuntó y disparó. El león cayó fulminado.

El gran león interrumpió el coito. Salió de su hembra y rugió dolorosamente.

Sarah llegó al campamento cabreada consigo mismo y con toda la humanidad. Tantos años esperando el momento de capturar un león sagrado y cuando tiene la oportunidad la desaprovecha follando. Y no sólo eso, sino que además coge la escopeta equivocada y lo mata. Sin hablar con nadie se lavó y se fue a dormir.

A las tres de la mañana un hombre entró en su tienda. El pelo, de color rubio oscuro, le sobrepasaba los hombros. Era alto y su cuerpo no tenía ni una pizca de grasa; los músculos parecían querer rasgar la piel almendrada que los recubría. Estaba desnudo y su miembro apuntaba firme al frente. Debe medir - pensó ella - por lo menos treinta centímetros. Sarah se levantó del suelo y se acercó a él. Le besó y le cogió firmemente del pene. Pasó la mano por sus huevos. Él se la apartó. La cogió por nalgas, la levantó y la ensartó en su enorme pene. Ella gimió por primera vez.

Afuera diecisiete leonas rodeaban la tienda de campaña, impidiendo la entrada a cualquiera de la expedición. La gente miraba atónita.

Ella empezó a botar. Quería sentir bien ese pene dentro de ella, quería sentir el roce divino que la transportaría al séptimo cielo. Y lo estaba consiguiendo. El pene era tan enorme que a los pocos saltos ya estaba corriéndose y gritando de placer. Él no gritaba, no gemía, no se corría. Sólo estaba de pie aguantándola. En un momento dado el gigante rubio la levantó con los brazos y la lanzó al suelo. Sarah cayó a cuatro patas. Entonces él saltó hacia ella y la penetró bruscamente por el coño, como un animal. Empezó a culear rápidamente, hincando profundamente su enorme verga. Golpeaba tan fuerte con las nalgas que Sarah tenía que hacer fuerza con los brazos para que no la empujara hacia delante. Sarah notaba como el enorme trozo de carne que tenía dentro suyo se estaba inflando por momentos y , por primera vez en su dilatada vida sexual, no estaba segura de que tuviera cabida dentro de ella. Lo único que podía hacer era esperar al desenlace disfrutando al máximo de cada instante. Efectivamente, el miembro se estaba hinchando. El semen comenzaba a llegar y, con él, el momento del orgasmo del macho. La verga se había dilatado por lo menos un centímetro de diámetro y parecía que la vagina de Sarah lo estaba soportando. La verga empezó a bombear semen a espuertas mientras el gigante gemía levemente. Estaba manando tanto líquido que el coño de Sarah pronto no pudo contenerlo. El semen empezó a desbordarse y a caer al suelo. Cada vez culeaba menos pero las sacudidas eran mucho más intensas que antes, provocando en una de ellas que Sarah se alejara tanto como para que la poderosa polla se saliera de su cubil, pero no que dejara de eyacular. El esperma todavía salía con fuerza y salpicaba el culo, el coño, las piernas, la espalda, la cabeza, de la hembra que acababa de llenar.

Sarah esperó tumbada hasta que las gotas dejaron de caer sobre ella. Se giró y se sentó para mirarle. Estaba de pie. Sus ojos, verdes, la miraban fijamente. No había expresión alguna en su rostro. Ni dolor, ni placer, ni reposo, ni nada de nada. Todos los músculos de su cuerpo estaban tensos y su pene estaba tanto o más erecto que cuando lo vio por primera vez. Parecía como si no hubiera pasado nada en los últimos minutos. Sarah se miró la entrepierna y vio un pequeño charco de semen debajo suyo. Estaba totalmente llena de semen y el que se lo había inyectado estaba tan fresco. Perfecto. Es lo que había estado buscando toda su vida; un hombre con el que follar horas y horas sin que se cansara. Decidió aprovecharlo.

Afuera, la gente de la expedición la llamaban. Le preguntaban si estaba bien. Le decían que no sabían lo que ocurría, que la tienda estaba rodeada de fieras leonas que rugían cuando alguien se acercaba y que habían matado a Frank cuando disparó a una de ellas. Ella simplemente gritó que estaba bien, que no pasaba nada. Tenía cosas importantes que hacer.

Se levantó y caminó hasta su amante. Le dio un ardiente beso y empezó a palparle cada centímetro de su cuerpo. Notó una piel dura y gruesa, muy tensa y fuerte, especialmente en sus brazos y piernas. Le gustó su trasero, más firme que el de aquel jugador de fútbol con el que se había acostado una vez, pero lo que más le gustó fue su polla. La podía coger con las dos manos, parecía no tener fin. Se la metió en la boca y se la chupó brevemente, lo justo para saborear los restos de semen que tenía de antes, porque le daba la sensación de que iba a morir ahogada por aquel falo gigantesco. Seguidamente le invitó a tumbarse en el suelo. Él no dijo nada, simplemente obedeció. Sarah se sentó en el falo y volvió a botar, como al principio. Se corrió tres, cuatro y cinco veces antes de que el rubio se corriera tan copiosamente como la primera vez. De nuevo, una vez la había llenado por completo, la polla del gigante seguía tan firme como al principio. El titán ni siquiera se había movido. Sarah le puso el coño en la boca y empezó a comerle de nuevo la polla. El titán empezó a lamerla y a meterle levemente sus grandes dedos mientras ella le lengüeteaba el tronco y la punta de su polla. Cansada de lamérsela decidió que lo mejor sería hacerle una paja tradicional. Le cogió el príapo con las dos manos y empezó a sacurdírsela. Cuando vio que se iba a correr, cubrió el capullo con su boca y se bebió todo el semen que eyaculó. Quedó harta.

La polla todavía seguía alzada. Sarah le preguntó por qué, pero no obtuvo ninguna respuesta. Ninguna expresión. Decidió beber un poco de agua de la cantimplora y descansar unos minutos. Cuando creyó estar recuperada se sentó a su lado y lo recorrió con los dedos, sintiendo una vez más esa piel tan fuerte y tan tersa. Se detuvo en su pene, para admirarlo una vez más, tan grande y tan firme como nunca imaginó. Se lo volvió a meter en el coño y volvió a correrse como tantas veces antes. Sudada hasta los huesos se tumbó a su lado, dándole la espalda, esperando una reacción cariñosa por parte de él: un abrazo, un beso en el cuello, una caricia... Sí, recibió un abrazo, pero no de amor sino de lujuria. Pasó su brazo por el pecho y con la polla empezó a entrar de nuevo en ella. Por suerte lo hizo muy lentamente, porque Sarah ya estaba un poco dolorida y podía notar cada centímetro que entraba por su coño. De este modo, en posición decúbito lateral, él empezó a follarla de nuevo. Él gruñía y ella gemía. Él se movía y ella recibía, pasiva, todo lo que él le daba. Cada vez estaba más y cada vez le dolía más el coño.

Al acabar ya ni siquiera volvió a mirarle la polla. Sabía que estaba firme como la primera vez. Mejor que me lo haga ahora por el culo, - pensó - que tengo el coño quemado. Se puso en cuclillas y se esparció un poco de semen por la entrada del culo. Luego se lamió el dedo anular y empezó a introducírselo muy lentamente por el ano. Se lo metió hasta el fondo y lo dejó allí dentro un par de minutos para que el ano se dilatara un poco. Luego se lo sacó y repitió la misma operación pero con el dedo de su follador, mucho más gordo que el de ella. Primero se puso a cuatro patas, con el culo bien en pompa, y después le chupó el dedo. Luego lo guió hasta la entrada y ella misma se lo introdujo, muy lentamente por supuesto. Estuvieron en la misma posición unos minutos. Cuando Sarah creyó que estaba bien dilatada le sacó el dedo y le chupó un poco la polla, para lubricarla incluso más de lo que estaba. Entonces le dejó hacer a él. El gigante situó su polla a la entrada del culo. No estaba muy convencido de que pudiera entrar. La desproporción entre su grandísima polla y aquel agujero tan pequeño era enorme. No obstante metió con mucha delicadeza la puntita de su polla. Ella gritó de dolor. El grito se oyó a kilómetros del campamento. La gente de fuera se asustó. Uno de ellos intentó entrar, pero las guardianes de la tienda se abalanzaron contra él, provocando su huida.

Fue metiéndola lentamente, con largos espacios de tiempo entre centímetro y centímetro llenos de alaridos por parte de Sarah, la cuál sufría lo indecible. Una persona normal no habría podido aguantar tanto dolor pero ella, ninfómana insaciable (al menos hasta la fecha), podía soportarlo. La verga entraba lenta pero de forma constante y al poco rato estaba ya toda dentro. El hombre volvió a hacer lo que había estado haciendo todo el día: culear. Sarah arañaba el suelo, gritaba desgarradoramente, gemía de placer. Aquella cosa la estaba partiendo por la mitad pero le gustaba. Llegó el momento de correrse. La inundó. Su gran culo se vio inundado de semen blanquecino y cuando el titán sacó su polla ensangrentada el culo también vomitaba semen. Había llegado al límite. Sarah estaba destrozada. Sarah se tumbó en el suelo y se quedó dormida. Nunca antes le había pasado. Siempre eran ellos los que se quedaban dormidos. Esta vez había encontrado alguien más fuerte que ella: aquel misterioso hombre de pelo largo que entró por en su tienda cinco horas antes.

El hombre la dejó dormir media hora. Luego la despertó lamiéndole el coño. Ella abrió los ojos y le miró. Basta ya, por favor - le dijo. Pero él no la hizo caso. La levantó y la tumbó en la cama. La lamió por completo, quitándole la arena, el semen, la sangre, el sudor. La dejó prácticamente nueva. Podía pasar por recién salida de la ducha sino fuera porque tenía el pelo muy sucio y muy despeinado Después se la volvió a tirar. Ella no tenía fuerzas para nada, solo quería dormir y descansar. Parecía que estuviera muerta y estuviera siendo violada por algún vulgar necrófilo. La única diferencia entre una muerta y ella es que ella respiraba y de vez en cuando ella soltaba un pequeño gemido.

Se la folló cuatro veces más. En el último polvo ella pensó en la muerte. Siempre había pensado que moriría follando, pero no tan joven. Su gran sueño había sido follar con todas las razas del mundo y capturar uno de los grandes leones. Ahora ya no le parecía tan importante. Ni una cosa ni la otra. Pensó que si salía de esta volvería a su casa a descansar. Habían sido muchos años en África, en safaris, y había ganado mucho dinero. Se dedicaría a gastar ese dinero. Disfrutaría de la vida con mucha más calma. Con menos mal humor. Con menos sexo. Tampoco le parecía muy importante la idea de cazar a un león gigante. Si nunca nadie les había capturado por algo sería.

El hombre que tenía encima suyo, penetrándola desde hacía muchas horas, le empezaba a parecer un león. Su melena. Su fuerza. Su potencia. Su tamaño. Ese hombre no podía ser humano, era demasiado incluso para ella. Se desmayó. El hombre misterioso se corrió por última vez y se salió de dentro de ella. Bajó de la cama y, a cuatro patas, bebió agua del plato del perro de Sarah. Las leonas guardianes de la tienda empezaron a expandir el círculo que formaban. La multitud retrocedió asustada. De dentro de la tienda salió un león enorme. Cuatro de ellas, las más viejas, le miraron. El macho asintió con la cabeza y empezó a caminar fuera del poblado. Todas las leonas le siguieron. Ningún humano movió un dedo.

Al día siguiente el campamento se desmontó. Volvieron a casa sin matar ningún animal más. Sarah vive actualmente en una isla en medio del océano. Tiene mucho mejor humor que antes y su vida sexual ha cambiado radicalmente. Como ya encontró lo máximo ahora se dedica a intentar darlo ella. Cuando folla se preocupa más del otro que de ella.

El reino del gran león vuelve a estar tranquilo y así procurará mantenerlo por los siglos de los siglos. Sólo tiene que darle a cada persona lo que desea.

 

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