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Llámame puta, que me encanta y me da placer

Publicado por Marea el 05/12/2015

Estaba un poco mareada por el alcohol y el porro. Había mucha gente en el lugar y el hecho de sentir cómo los chicos me codiciaban y que cada vez pasaban más cerca mío hasta rozarme, me volvía loca. Además, la música estaba a todo lo que daba al punto de sentir vibraciones en todo mi cuerpo. Cerré los ojos un segundo y los bajos de la electrónica me hizo recordar situaciones similares.
Santiago. Atlético, tez dorada, morocho y de ojos café. Cuando había ido de vacaciones con mis amigas al sur a acampar, un día habíamos decidido ir a andar cuatriciclos. Fue un espectáculo para los dos. Santiago sabía muy bien lo que hacía. Me estaba enseñando a cómo manejar un cuatriciclo, él detrás mio manejando y yo adelante. Sintiendo su verga parada pegada a mi culo y sabiendo que cada vez que aceleraba, más vibraciones y más placer sentía en mi concha. Mojada era poco. Sin embargo, me había dejado con las ganas, solo se divirtió con eso un rato. Seguro cuando llegó a su casa y se echó una paja pensó en mí que, probablemente en ese mismo momento, yo estaba haciendo lo mismo. Explorandome a mí misma y aguantando gritos de placer que quería expresar, para que mis amigas no lo escucharan y pasara desapercibido.
De repente, abrí los ojos exaltada - y excitada - al sentir cómo un flaco me acababa de agarrar el orto al pasar por al lado mío. Lo miré y él me miró. Me guiñó un ojo y le tocó el culo a otra chica. Era un estúpido, un egocéntrico, que al hacer eso solo hacía que... me calentara más. Yo tenía puesto un short negro, el cuál era tan corto que la mitad de mis cachetes estaban expuestos. Lo había combinado con un top blanco, sin corpiño, que dejaban entrever mis pezones totalmente erectos. La rubia a la que le tocó el orto, también lo miró cómplice e increíblemente me generó celos. Un grabe problema que tengo es que siempre creí que las rubias eran más lindas que las morochas. Hoy tenía que demostrar todo lo contrario, si, al fin y al cabo, las gomas, el orto, la cara y lo de puta, me hacía ganar ventaja.
Esperé a que apareciera y me sacara a bailar para después terminar en el patio del boliche cogiendo. Pero no. Los minutos pasaban y él no aparecía. No sé porque me tenía que encaprichar con un chico, cuando había cientos igual de sexys. Pero así tenía que ser. Tal vez porque me hacía acordar a Santiago y quería sacarme las ganas. O porque jugó conmigo y con otras chicas al mismo tiempo. Como sea que estuviese jugando, estaba ganando. Y no podía ser de esa forma.
Comencé a caminar hacia él. No me importó que estuviese hablando en ese preciso momento con otra mujer. Me subí más el short, me pellizqué los pezones para que se notasen mi excitación y pasé entremedio de los dos, tomándole el bulto en mis manos y apretujándolo muy fuerte antes de seguir camino hacia la barra, haciéndome la indiferente. La tenía parada.
No voltee hacia atrás en ningún momento. Simplemente esperé. Cuando ya casi llegaba mi turno para que el barman tome mi pedido, la misma mano grande que antes me había tocado, lo hacía de nuevo. Simplemente apoyó su mano en mi culo y no la movió de ahí.
- Francisco.- Se presentó. El muy hijo de puta ya sabía que estaba totalmente entregada. Tampoco me importaba demasiado.- Lindas manos.-Agregó con una sonrisa, de esas sexys.
- Lo mismo digo.- Le contesté sin despegarle los ojos de encima.
El barman nos atendió y él sólo pidió un botella de agua. Abrí la boca sin entender. Había creído que me iba a invitar un trago y luego la historia de siempre en un boliche. Claramente esta no era una historia de siempre. Francisco tomó el agua y al abrirla, antes de tomar, se me quedó mirándo.
- ¿Pasa algo?- Me preguntó, con una sonrisa inocente en la cara. De repente, se me acercó al oído y me susurró.- Pensé que como estabas tan mojada, más agua no ibas a querer. Pero si no es así, adelante.
A continuación, vació el medio litro de la botella en mi top. Mis pezones, que ya de por sí se dejaban notar, ahora se encontraban pegados a la tela blanca, que los pretendía ocultar sin éxito. No me importaba nada.
- ¿Ves que sos una putita?- Agregó.
- ¿No te gusta? - Le respondí desafiante.
- Me está volviendo loco.- Despacio fue deslizando sus manos hacia mis pechos. Los cariciaba. Los pellizcaba. A ninguno de los dos nos importaba que nos viesen. - Vamos a bailar.
Me arrastró hacia la pista de baile y comenzamos a bailar muy pegados el uno del otro. Acercaba mi cola a su erección. Me daba media vuelta y bajaba lentamente hasta tener mi cara tan cerca de su bulto que seguro que podía sentir mi respiración. Los flacos que pasaban al lado nuestro nos miraban. Me codiciaban. Tenían ganas de estar en su lugar. Más de una vez sentí un manotazo que no provenía de Francisco. Tampoco le importaba a él.
Cada mano que me acariciaba en mi zona de más ´placer me hacía tener más ganas de tenerlo dentro mío. Ya. Le agarré su mano y la llevé por debajo de mi ropa interior. Sintió toda la humedad que se encontraba retenida allí adentro. Primero comenzó a mover lentamente su dedo índice en círculos por mi clítoris. Luego, con otro de sus dedos, me lo metió bien adentro. Revolvió ahí adentro muy bien y mucho rato que me hacia deleitar de placer. Volvió a acariciarme el clítoris, cada vez más rápido, que ya me sentía por acabar.
De repente paró. Sacó su mano y me miró, con esa sonrisa que ya era tan suya.
- Creo que es mejor ir saliéndo. ¿Vos que decís?
- ¿No te parece que ya no estoy lo suficientemente puta para que me deje de hacer de todo? - Le contesté pícara. Se mordió el labio. Había conseguido el efecto que buscaba.
Cuando salimos afuera del boliche, nos dirigimos los dos inmediatamente a un callejón sin salida a una cuadra de allí. Los dos conocíamos perfecto el lugar y los dos sabíamos dónde podíamos coger.
Cuando llegamos, me dio media vuelta y me puso contra una pared. Comenzó a meter su mano nuevamente por debajo de mi short y a volver a estimularme. Nunca había estado tan mojada en mi vida.
- Sí que sos putita, eh.- Me susurraba al oído, mientras con su lengua jugaba por mis orejas, por mi cuello. Me tomó del pelo, jaló de él y me hizo girar y arrodillarme, para quedar justo en frente de su miembro.
- Si tan zorra sos ¿Por qué no me la chupas? - Me encantaba que me llame puta. Me calentaba más. Abrió su cremallera y dejó salir su verga. Creo que hasta ahora, sigue siendo la más grande que vi en mi vida.
Jaló nuevamente de mis cabellos y me hizo entrar toda su pija en mi boca. Se sentía tan bien. Él gimió de placer y eso solo me incentivaba a seguir chupándosela y metermela más adentro.
- Mirame. Dale, mirame.- Mientras se la chupaba a un ritmo constante no dejaba de observarlo a los ojos. Veía su placer que, potenciado, no tardó en llegar. Sin siquiera avisar, de un momento a otro mi boca se llenó de su semen. El mismo caía por mi boca y con mi lengua, mirándolo a los ojos, me lo lamía y lo saboreaba. Seguí chupándo su pija para quitar todo resto y a continuación, me paré, lo miré a los ojos y tomé con mi dedo índice el semen que había recorrido mi cuello y chupé mi dedo. Su pija seguía parada.
Comenzó a deslizar su mano nuevamente hasta mi concha y seguía acariciándomela. Todavía yo no había llegado a un orgasmo, siempre había hecho esperar. Me dio media vuelta y sentí un azote en mi culo. Una chirlo que me hizo sentir un placer descomunal. Nuevamente me pegó de nuevo. E inesperadamente, de repente el golpe lo sentí en mi zonas íntimas. ¡Que placer me generaba! No podía dejar de gemir.
- Cogeme.
- ¿Querés que te coja? - Me preguntó nuevamente, mientras recibía otro chirlo en mi cola. Su pija se acercó a mi concha y comenzó a acariciarla suavemente.- ¿Segura que queres que te coja?
Yo ya no podía más, en cualquier momento llegaría al cielo. Era tan linda la espera, pero al mismo tiempo, tan tortuosa.
- Quiero que me cojas.- Francisco comenzó a masturbarme con su miembro, cada vez más rápido. Iba a acabar. Iba a acabar. Iba a aca...
- ¿Segura?
- ¡COJEME! - le grité desesperadamente. Al momento de sentir su miembro adentro mío, estallé de placer. Él comenzó a cogerme a un ritmo constante, mientras ocasionalmente me pegaba algún que otro chirlo. Una de sus manos estaba por debajo de mi top, maltratando a mis pezones. Con la otra, me masturbaba.
No tardó mucho tiempo para que los dos, al mismo tiempo, pudiésemos acabar por una segunda vez. Sus flujos con los míos en una explosión de calor dentro mío se sentían tan bien. Mis concha se dilataba, feliz. Su semen caía lentamente, como en una caricia, por mis piernas.
Francisco se subió los pantalones. Yo hice lo mismo.
- Nos vemos.- Me dijo. Para nunca más, volverlo a ver.

 

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