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Nueve semanas en medio

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Este relato, más breve que el anterior, continúa la serie empezada por Mis enredos... no sólo desde el punto de vista de tener también un titulo que ironiza al de una película famosa, sino que además por estar protagonizado por Wanda, la escultural fémina que participó en el otro. Asimismo, el título de éste denota la distancia temporal que en mis fantasías hubo entre ambos encuentros.
Como dije, pasaron nueve semanas desde que sucedió aquel espectacular icono de desenfreno, en las que no tuve ningún tipo de noticias de ella, ni siquiera por intermedio de Julio, su vecino. Hasta que un día de esos en los que me encontraba barriendo el hall vestido, a falta del mameluco característico, con un pantalón jean y una remera manga corta gastados de modo similar, ella entra con el clásico apuro de alguien absolutamente desbordado de trabajo, dirigiéndose sin escalas hasta el ascensor que justo en ese momento se abre, descendiendo de él un pequeño contingente de vecinos entre los que se contaba este Julio a quien ella no saluda en su carrera al interior. Julio, al verse ignorado al igual que yo, me comenta de pasada: ¡Mirá que tiene laburo la quia! y se va, saliendo por la puerta tan pronto que no me da tiempo a que le responda. Como a mí no me importó que se fuera pues no tenía muchas ganas de entablar una conversación con él, hice caso omiso de esto y continué mi tarea en el sector que seguía, el cual coincidió con el piso a las puertas del ascensor que para entonces ya había llegado al piso de Wanda, o al menos tendría que haberlo hecho, si no fuera porque siento que de pronto se abre su puerta a mis espaldas y una mano me agarra de la remera y me jala hacia adentro con tal fuerza que fui a dar de espaldas al espejo de medio cuerpo que hay sobre un costado.
Apenas tuve tiempo de reaccionar a tal embiste, cuando escucho la voz de quien había tirado de mí, que no era otra que Wanda, que incitante dice: ¡Quiero que me pruebes lo que me dijiste!; yo, que no salía de mi aturdimiento, esbocé un suave ¿A qué te referís?, a lo que ella, mirándome con algo de extrañeza respondió: A lo de hacer maravillas en poco tiempo. No alcanzó a terminar esta frase que ya se había deslizado hacia abajo, desabrochando y bajando mis jeans y boxers con una velocidad tan envidiable que no le había dado oportunidad a mi verga a que alcanzara toda su firmeza, cosa que no pareció importarle lo más mínimo ya que presta como estaba se dispuso a inducirla con la lengua y esos labios levemente coloreados. De más esta decir que no requirió mucho par que tal cosa se logre, dado que apenas mi verga sintió el roce de su candente lengua viniendo a cortar el breve frescor de la libertad se irguió como resorte, ofreciéndose a los mimos y tratos varios que tanto ésta como sus dientes, labios y, de a momentos, mano izquierda le suministraban sobre toda su extensión. Yo sólo atinaba a colocar mis manos sobre sus cabeza y seguir el movimiento que ésta comenzó una vez que sus labios habían rodeado por completo el tronco, ni siquiera procuré inducirle un ritmo específico, sólo dejé que ella manejara eso sola pues era más que evidente que sabía como.
Después de que su cabeza fue y vino unas cuantas veces, aunque menos que la vez anterior, paró de pronto y, sacando mi verga de su boca para recorrerla unas dos veces por completo y en todas las formas posibles con la lengua, se incorporó en el preciso momento en que el ascensor que ya hacía rato había llegado a su piso era llamado desde abajo, abrió la puerta interior porque ella, una vez que me tuvo cerca, apoyó sus delicadas manos en mis hombros y me haló hacia debajo de modo de quedar yo de rodillas y con la altura suficiente como para que ella, subiendo sus piernas de a una en ellos, me estampara su chorreante vagina en la cara, dando mi nariz contra la tundra de su entrepierna.
Yo, sin esperar que me dijera ni A comencé a hacer lo que correspondía en esa situación, pasando mi lengua por todo el largo de esos carnosos labios, deteniéndome a veces en ese clítoris que surgía como un tercer pezón por entre ellos, firme y apetitoso por demás, para luego de incluir mi mano derecha en el recorrido, iniciar una expedición con la lengua hacia el interior, entrando y saliendo cada vez más impregnado de la miel que fluía de ella como un río que de tanto en tanto tiene crecidas, que en su caso coincidían con los instantes en que sordos gemidos escapaban por entre sus labios, y en los que mi boca no alcanzaba a contener tal aluvión. Aún más si tenemos en cuenta que en tales ocasiones, que en total habrán sido tres o cuatro, su mano izquierda, que entonces se encontraba sobre mi cabeza, me tiraba hacia sí de los pelos; entretanto, su derecha, como pude apreciar esporádicamente, estrujaba su monumental seno izquierdo al cual sostenía, llevándoselo de tanto en tanto próximo a la boca para pasarle uno que otro lengüetazo al punzante pezón. Sus ojos cerrados daban señas de goce intenso.
Después del cuarto orgasmo inducido, eso espero, oralmente, el tirón de pelo del que fui objeto fue tal que, debido a que lo seguí con el cuerpo, yo terminé de pie con ella todavía subida a mis hombros, al menos en principio, ya que, una vez que me había parado por completo, ella deslizó sus piernas por sobre ellos llegando al borde y continuando el deslizamiento hacia abajo con su espalda contra la pared hasta el punto de quedar cara a cara conmigo y con mi verga completamente engullida por esa rezumante cueva a la que hace instantes nomás me había estado dedicando. Una vez allí, la aplasté aún más contra la pared, de modo tal que sea yo quien tomara las riendas, al menos por el momento. Ella no pareció en nada ofendida por eso y se dejó hacer lo más campante; es más, colocó sus brazos entrelazados tras de mi cabeza, apoyó la suya contra la pared y se dedicó a disfrutar el mete y saca que prontamente me di el gusto de empezar. No fue para nada lo desenfrenado de la vez anterior, aunque su grado de locura tuvo una vez que yo, luego de haber disfrutado lo que es poner mi cara entre esas inmensidades y disfrutar los masajes que me proporcionan gracias al vaivén de nuestros cuerpos conjuntamente con el bamboleo que yo pudiera inducirles con mi cara horadando ese sudoroso valle con un frenesí cada vez mayor, recogiendo con la lengua uno que otro rastro de sudor que descendía por ahí, las tomase con mis dos manos que antes se hallaban sirviéndole de apoyo a su cuerpo asidas de sus nalgas a las que abrieron escasamente en el ínterin, aferrándose de ellas y estrujándolas, al tiempo que mis labios, que mientras tanto se habían encargado junto con mis dientes alternadamente de esos peñones que las coronan, se dirigían a los suyos para libar la dulzura que le es propia y entablar entre nuestras lenguas un combate cuya duración iba a ser menor a la que en ese momento tenía en mente, al menos en un principio. Ni bien habían pasado unos minutos en esta posición que ella, apartando su boca de la mía, se impulsó hacia atrás con sus piernas ceñidas entorno a mi cintura hasta que mi verga que pulsaba violentamente se encontrara por completo en el exterior, lo cual provoc&o exprimiéndome la verga en busca del preciado néctar que gracias a la increíble capacidad de aguante que tuve esa vez se hacía rogar; es más, yo nunca creí que bajo esas condiciones de excitación y desenfreno, a lo cual hay que agregar el grado de estrechamiento al cual mi verga era sometido, y que dicho sea de paso, y no es que quiera agraviar a Wanda ni mucho menos, me pareció raro teniendo en cuenta la experiencia que dicen que tiene- parte de la cual me la ha confesado ella -, hubiese aguantado lo que aguanté.
Aún así, fuera de toda maravilla, el final tenía que venir, y lo hizo... ¡y en que forma!. El zarandeo nos proporcionaba una imagen alucinante, en especial a mí: sus senos bamboleándose sin control ni dirección, aún cuando tanto mi boca y mis manos como las de ella de a ratos cortaban brevemente éste para, tomando posesión del que fuera, proporcionarle uno que otro trato preferencial, mordiéndolos junto con su pezón, recorriéndolo íntegramente con nuestras lenguas, las cuales, de coincidir ambos sobre un seno, terminaban entrelazándose fuera de nuestras bocas en una pelea sin vencidos, amasándolos o apretándolos, pellizcándoles sus furtivos pezones rígidos y punzantes. Era algo que estábamos disfrutando y en forma, y que gozamos hasta que mis huevos, junto con mis ojos, dieron señales de que estaban a punto de descargarse, tras lo cual Wanda, con la misma velocidad con la que se había despojado de su bombacha, volvió a impulsarse de mi cintura hasta liberar completamente mi verga de su interior, para luego deslizarse del mismo modo que lo había hecho de mis hombros y quedar de rodillas frente a mí; inmediatamente después, aferrándose de mis nalgas con las manos y jalándome hacía sí de modo tal que mi verga quedase sobre sus senos, los elevó escasamente y, cerrándolos entorno a ella, comenzó a darme una paja con ellos tan frenética que no pasó mucho hasta que la cabeza emergiendo de entre esas inmensidades comenzara a escupir chorro tras chorro de semen, yendo a impactar violentamente contra su cara y boca, en donde se alojó la mayor parte de la descarga, siendo tragada sin dilación alguna por parte de ella. La imagen que tuve una vez que bajé la cabeza lo decía todo: mi verga que recostada sobre esas moles sudorosas y jadeantes en estado semiflácido escupía débilmente y desparramaba las últimas gotas sobre ellas, su lengua ávida recogiendo todo rastro de semen que haya quedado en sus labios, al tiempo que éstos también se afanaban por dejar limpios los dedos de sus manos que traían la parte de la carga que se hallaba desperdigada por su cara y senos, sin olvidarme de sus ojos que al encontrarse con los míos daban muestras de una gratitud que fue puesta en palabras una vez que, terminada la “limpieza”, ella se incorporó y se arregló la ropa, tras lo cual, luego de darme un corto beso, se dirigió a la puerta externa, la destrabó y salió. Lo último que escuché antes de que el ascensor se cerrara por completo y comenzara a bajar fue: “¡Lo probaste!”

 

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