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Sombras en la playa

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

La arena estaba fría, pero siempre que venía una ola se hacía más cálida y negra, y cuando el agua se retiraba se la sorbía de debajo de los pies y de entre los dedos, y ella se hundía un poco. Llevaba los pantalones remangados por encima de los tobillos, casi hasta arriba de las pantorrillas, y se veían como rocas grandes y pesadas, pues los pantalones eran de hombre y además tenían vuelta. La camisa también era de hombre, pero se la había arreglado con un nudo estrecho al vientre y subiéndose las mangas hasta los codos. Tampoco el propietario de la camisa era persona muy corpulenta. Y ella era más alta.


Iba caminando por la playa, a la orilla del agua, y parecía, por la expresión curiosa y divertida de su cara, que todo lo sintiera por primera vez; las olas cálidas que le daban en los tobillos, las ásperas algas muertas que notaba en los pies, la arena, y el viento le revolvía el pelo, y el sol templado en la frente y en los párpados entornados.

Cuando llegaba a la altura de la caseta que había a la orilla, daba media vuelta de puntillas, como una bailarina, y caminaba en sentido contrario unos pasos. De pronto sintió ganas de despojarse de todo, quitarse la camiseta y los panatalones y zambullirse en el agua. No era la primera vez que lo hacía, aunque sí allí, en la isla, y de esa forma. Y sobre el mar, prefería que hubiera luna y no sol.


Al verlo llegar se detuvo y con una mano se protegió los ojos. Una ola más impetuosa le mojó los bajos del pantalón.
Pareció que el ni si quiera la hubiera visto. Pasó a distancia, de largo, hundiéndose en la arena, con el cuerpo inclinado hacía delante, la chaqueta al hombro y sujeta con un dedo . Y entonces se detuvo, cómo si hubiera notado en su nuca la mirada sostenida que ella le dirigía y tuviera que volverse.
-Perdón -dijo poniéndose enseguida la chaqueta, no la había visto bien. Vestida así me pareció que era un pescador.


Ella no dijo nada. Le tendió la mano y mientras se acercaba siguió mirando, viendo divertida su expresión dudosa.
-Perdón otra vez -dijo él, en una playa tan pequeña como esta parecerá estúpido decirle que me parece haberla visto antes y no conocerla.
-Me vio anoche, aunque queda usted justificada. Yo estaba muy lejos, al final de la gruta. Soy la mujer del ingles.
-El del restaurante -dijo él.
-Si.


Sonrió al verlo agacharse hacia su mano, y aunque él no llegó a acercar su boca ni aun para notar el aliento, ella cerro los ojos, como si le hubiera tocado de verdad la piel con los labios y fuera la primera vez que lo hacían.
-Pero yo sí sé quién es usted. Usted es el vigilante de la playa.
-Es usted más lista que yo -dijo el vigilante, dando un brinco hacia atrás para apartarse de la cresta espumosa de una ola.


En ese momento, al bajar la cara, durante un instante había visto por debajo de la camiseta una delgada franja de piel clara y en ella la sombra algo más oscura del ombligo. Entonces la miró para observarla mejor: una mujer larguirucha, descolorida y flaca, con la cara afilada y la nariz aguileña, una gran boca y el pelo revuelto. Y cuanto más tiempo la miraba, mejor iban perfilándose sus facciones y su silueta, y ya no resultaba larguirucha y flaca, sino esbelta, ni el rostro era afilado, sino un óvalo suave realzado por unos pólumos altos y ojos rasgados.

Ni la nariz era aguileña, o sí lo era, pero proporcionada, firme y en perfecta armonía con aquel rostro, igual que la boca, no grande, sino de labios carnosos. Ni su pelo estaba revuelto, sino que era decabellos rubios y rizados, bucles cerrados y vertiginosos que le llegaban a los hombros. Y no es que su piel estuviera descolorida, sino que era de una tonalidad clarísima, y estaba moteada por una lluvia delicada y espesa de pecas. El detalle le recordó a su novia, y enseguida, avergonzado de lo que sintió de pronto, una turbación intensa que se parecía mucho al deseo, desvió la mirada.


La oía caminar detras de él, con aquellos bastos pantalones de hombre que raspaban. El olor a sal traído por el viento se hizo más intenso, tamizado por la tela humedecida de sudor de la camisa blanca. Un sudor cálido y algo salado, como agua hirviendo. El vigilante vo de pronto tras a ventana de la caseta una silueta que por un momento le pareció crresponderse con la figura del ingles. Y con mucha cautela de que le viera salió de la playa. Ya casi había salido de la playa cuando el viento le llevó un último rastro del olor ardiente de la mujer del ingles.

 

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