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Ultimo día de trabajo en el hospital

Publicado por Sonia la Banda el 16/07/2015

Mi último día en el hospital. Esta noche todos los que acabamos las prácticas nos vamos de cena para celebrar que desaparece de nuestra frente el cartel de “novato”. Dos meses más y el título en nuestra mano…¡por fin!

Esta es también mi última ronda en la planta; detrás de las chicas de la limpieza allá voy yo con mi ridícula bandeja de medicamentos, repartiendo sonriente por las habitaciones según las indicaciones de la siempre malhumorada supervisora. Algo parecido a esto debe de ser lo que siente Papá Noel cuando llega la Navidad.

Mientras sonrío por mi ocurrencia, compruebo ante una de las puertas cuáles son las pastillas que debo dejar allí. ¡Vaya! Sólo una de las camas está ocupada y, a juzgar por la medicación, un recién operado. Dejo la bandeja sobre la cama vacía y tomo con cuidado un pequeño frasco de antibiótico que debo conectar a la vía del paciente. Normalmente no se nos permite hacerlo, pero decido aprovechar el error y hacerlo yo misma sin avisar a la enfermera ¡Ni que fuese tan complicado!

Tiene toda la pinta de haber sido un accidente: sus dos brazos están escayolados en una postura un tanto cristiana y un collarín mantiene erguida su barbilla. La vía se la han colocado en el pecho.

Al acercarme no puedo evitar mirarlo. Es un chico, parece joven. Todavía duerme pero imagino que ya no tardará en despertar. Me acerco un poco más con el antibiótico en las manos. Pero si… No, no creo. A ver… ¡Sí! ¡No puede ser! El mismísimo Roi es quien duerme apaciblemente ante mí. No me lo puedo creer. El chico más guapo del Instituto, el causante de todas mis lágrimas adolescentes por no darse cuenta de que, mientras se tiraba a más de la mitad de las alumnas, yo bebía los vientos por él, esperando una romántica oportunidad que nunca llegó.

Y ahora aquí estás, soñando con sabe dios qué angelitos, mientras yo estoy a punto de manipular tu vía subcutánea para calmar tu dolor. Sonrío. Coloco el antibiótico con cuidado y admiro su hermoso pecho depilado. ¡Vaya, qué suave!

Deslizo suavemente la sábana hasta la cintura y dejo que mis dedos jugueteen describiendo círculos alrededor de su ombligo. Justamente aquí termina el fabuloso trabajo de depilación; a partir de aquí un sugerente camino más oscuro que su piel parece indicarme por dónde debo seguir.
Sin pensarlo desabrocho un botón de mi bata inmaculada y miro descaradamente mi escote; sin duda, mi aspecto no tiene nada que ver con el que tenía en los tiempos del instituto. Me desabrocho el siguiente botón, dejando al descubierto el encaje del sujetador. Mi mano se desliza por dentro de mi bata hasta alcanzar mi ombligo y mis dedos empiezan a jugar del mismo modo en que antes lo había hecho con Rai. ¡Madre mía! Me he puesto a cien sólo con tocarlo.
Retiro un poco más la sábana que cubre a mi amor juvenil y recuerdo que los pacientes del hospital no llevan ropa interior. Mi dedo recurre su vello púbico y mi lengua recorre mis labios humedeciendo de paso las partes de mi cuerpo que aún permanecían secas. Dejo de tocarme inmediatamente al ver cómo su pene reacciona a mis caricias. ¡Ay, madre! Pero, qué estoy haciendo… Pero ya es tarde. Una oleada de calor pone mis pezones tan tensos que temo por mi bata, mientras desciende al segundo siguiente por mi ombligo y algo se moja en la parte más baja de mi vientre. Sin darme cuenta estoy chupándome el pulgar y todavía me caliento más.

Mi mano decide solita agarrar el pene de Rai y empieza a deslizarse arriba y abajo con un sensual compás, mientras la otra abandona mi boca para acomodarse entre mis bragas. La expresión de su rostro parece cambiar pero no me detengo, ya es un poco tarde para eso. Levanto mi bata y me quito las bragas. Todo lo despacio que me permite el calentón, subo a la cama y lo monto a horcajadas. ¡Uff! Me gusta, arriba, abajo…mientras mis manos acarician mis duros pezones. Arriba, abajo, mmm… sujetándome sobre su pecho, esperando lo que ya viene. Sí, sí, sí… y algo se rompe sobre mi clítoris que me hace estallar en bufidos hasta que acaricio el cielo. ¡Uff!

Abro los ojos y me sonrojo levemente al ver que Rai ha despertado. Sus ojos me miran con un extraño tintineo que no logro identificar, aunque no parece molesto. Todavía está dentro de mi, pero tampoco sé si lo sabe.

- ¡Vaya! Me gusta la atención de este hospital con sus pacientes.

 

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