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El fetichista

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Si alguien me hubiera contado alguna vez, que algo como lo que me ocurrió, puede ocurrirle a alguien, no lo hubiera creído.
No hacía demasiado tiempo que me había separado, aún no tenía conciencia de mi nuevo estado. Preparaba aquél día en casa toda la documentación pertinente para la legalización de mi nueva situación civil, poco podía imaginar lo que me iba ocurrir aquella misma mañana.
Ocupado en recopilar todos los certificados, cédulas, convenio, etc., descuidé demasiado mi aspecto, tampoco mi ánimo estaba en su punto álgido, por tanto aquella mañana no estaba para ligues, era lo que menos me interesaba.

La jodida mañana estaba por hacerle el juego perfecto a disposición de ánimo. Había dejado el coche la noche anterior en el descampado que hay frente a mi casa, había llovido, en este caso sobre mojado. En el coche, me fije como quedaban dibujadas las huellas de mis pies embarrados sobre la alfombrilla de moqueta - bien empezamos, barro pegajoso que deja rebabas alrededor de los zapatos-, cualquier otro día esto habría supuesto que de mi boca salieran todo tipo de improperios y juramentos, pero no estaba ni para cagarme en la leche.
Dispuse mi aliento en dirección al ayuntamiento, tenía que conseguir el preceptivo certificado de empadronamiento. Aparcar junto a un edificio oficial es tarea ardua, así que deje el coche unas cuantas calles más allá, espacio suficiente como para poder limpiar de barro mis zapatos paseándolos por los charcos que encontré por el camino y dándoles un último toque de limpieza en el césped del "parterre" de la puerta de la junta de distrito del barrio.
Un sinfín de caras aburridas en una fila interminable fue lo que encontré al traspasar la puerta del oficial edificio. Algunas señoras se quejaban y proferían insultos en voz baja que dirigían al partido del Gobierno, tenía que aguantar aquello, era necesario.
Una hora más tarde, no me podía quejar, me encontraba en el tercer turno para ser atendido. Al mostrador se acercaron dos funcionarios, un funcionario macho y un funcionario hembra. El cómo todos, con cara de pocos amigos, ella como ninguna, bellísima, con unos grandes ojos negros, cabello también negro y unas piernas de aquellas que, a cualquiera hacen volver la mirada. Por turno debería haberme correspondido el funcionario, pero regalé mi turno a un señor mayor que quería arreglar algo de su pensión -tengo que justificarles que estoy vivo, será que no me ven- y le quedaban dos días. Iba a conseguir ser atendido por aquella beldad y yo con esas pintas.
La tenía frente a mí, podía fijarme no solo en sus ojos, y me fije, también pude observar una fila perfecta de dientes enmarcados dentro de dos preciosos, rojos y carnosos labios; mirando lugares más interesantes vi su apellido, Garrido, expuesto en una de esas insignias identificativas que, prendidas en el pecho de algunos funcionarios del estado, nos dan en ocasiones la seguridad de estar hablando con personas con nombre y apellidos, por cierto, al suyo le precedía la letra m mayúscula y un puntito.
Aquello era soñar por soñar, ella no podría nunca fijarse en mí, menos en un día como aquél, daba enteramente la sensación de haber discutido violentamente con mi asesor de imagen o de no tener espejos en casa.
La señorita M. Garrido sin saberlo, estaba consiguiendo cambiar del todo mi ánimo. Tenía el pensamiento puesto en vaya usted a saber que lugar, cuando noté que alguien me empujaba por la espalda, se trataba de una señora que con su bebé en brazos me increpaba para avanzar, -he dejado a una vecina para que me recoja al niño del colegio y no puedo perder más tiempo, me dijo, y se me coló delante. Escasos cincuenta centímetros me separaban del mostrador, algo interminable. Avanzaba como a cámara lenta, viendo a aquella hermosura que incandescente me sonreía, mostraba abiertamente aquella perfecta dentadura mientras que acariciaba entre sus dedos un bolígrafo; pude comprobar que estaba mordido en la parte superior, la sensación que sentía acercándome hacia ella, era la misma que cuando aprendiendo a nadar, nunca veía el momento de agarrarme al borde de la piscina, nunca llegaba al mostrador. Una vez allí frente a ella, no articulé palabra, me limité a alargarle los papeles que traía y que quedaron desparramados por aquél pedacito de madera de color blanco. Un vistazo rápido y dijo señor Alonso espere, acabo con la señora y enseguida estoy con usted, señor Alonso, como podía conocer mi nombre?, tan rápido había leído aquellos papeles?, no era de extrañar, con esos ojos!.
La señora tenía un problema de tiempo, necesitaba alguien que cuidara de su marido mientras ella trabajaba y su bebé también, y no sé si era la niñera la que tenía que quedarse a comedor en el colegio con una beca, o el marido el que tenía que cuidar de la señora para que esta comiera. Lo que en ese momento me preocupaba, mi "aquí y ahora", era saber que significaba aquella puñetera M de la "galletita" de plástico del pecho de la Srta. funcionaria M. Garrido. Ya estoy con usted señor Alonso, oí. Las aletas de mi nariz no daban abasto para absorber aquél aroma que de su boca provenía, era un olor frío, si es que el olor tiene temperatura, suave, si es que tiene textura, que me hizo imaginar el interior de su boca como una cavidad grata, delicada y tranquila. Mirándole los ojos volví a quedar embelesado y sin palabras. El sonido de un teléfono cercano me hizo reaccionar y como pude le expliqué lo que allí me había llevado, me indicó que pasara por detrás del mostrador. En un pequeño y vacío despacho, sobre una mesa, puso todos los documentos que yo le había entregado, los repaso y comenzó a ponerles claves y notas sobre alguno de ellos. No podía de ninguna manera retirar la mirada de aquella mujer, observaba sus manos de uñas finas y bien cuidadas, pintadas en un rojo fuego que realzaba aún más el moreno de su piel. Simpática pero muy funcional, me indicó que el trámite de esos documentos era lento, que me entregaría una copia compulsada de la entrega de todos ellos en un momento. Ella no se estaba fijando en mí. Se levantó, no me dio tiempo a reaccionar, cuando quise darme cuenta ya había pasado por mi lado en dirección a la puerta y me había dejado allí solo.
En la habitación no había más que una mesa, dos sillas, un sillón, un teléfono y un bolígrafo, su bolígrafo, ¡su bolígrafo!. Nunca entenderé porqué se siente tanto cariño por un bolígrafo mordido y casi consumido. A su vuelta, la Srta. M. Garrido enseguida lo echó de menos, me preguntó por él sin demasiada intención pero acto seguido se puso a buscarlo desesperadamente por todo el despacho.
Sentada en el sillón de su mesa, uno de esos que llevan ruedas, comenzó a moverse nerviosa en todas direcciones, en uno de esos movimientos, al abrir las piernas para darse impulso, pude observar que no llevaba ropa interior, que lo que intuía como unos pantys, eran de esas medias que llegan hasta la mitad del muslo, que el color de su piel en aquella parte de su cuerpo, libre del color oscuro de lycra de las medias, también era de un tono moreno, que el negro de su melena no era su color natural, que estábamos en pleno invierno, que las vacaciones de los funcionarios de estado casi siempre tienen lugar en los meses de verano e, imaginé a aquella desconcertante belleza tomando rayos de una de esas lámparas solares que anuncian en televisión, completamente desnuda.
Había dado por fin por perdido el dichoso bolígrafo y alargándome la mano me dijo: señor Alonso, espero haberle servido de ayuda, que tenga un buen día. ¡Vaya si me había servido de ayuda!, ya lo creo, me había cambiado del todo mi ánimo y lo que no sabía es que había creado en mí el hábito por el que ahora creo ser el mayor poseedor de bolígrafos que en algún momento han pasado por las manos de las más estupendas mujeres.
Conseguí ver sus partes más íntimas, no conseguí averiguar el significado de la puñetera m mayúscula de su dichosa galletita, pero gracias a ella ahora soy el único y más importante coleccionista-fetichista de bolígrafos del mundo.

 

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