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Placer prohibido

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Tengo 30 años y estoy casado desde hace un par de años, durante ese tiempo vivimos solos en un departamento, ambos trabajamos por lo que en cuanto nos enteramos que esperábamos familia empezamos a analizar la situación. Ya que ambos trabajábamos debíamos recurrir a una nana que viera a nuestra hija. Allí empezó el problema, con las historias de nanas regalonas que andan circulando por ahí, nos volvimos algo paranoicos. Afortunadamente mi suegro me ofreció instalarnos en el segundo piso de su casa y sin mucho pensarlo optamos por realizar la mudanza.
El hecho de que las parejas recién casadas vivan en casa de los padres no es extraño pues no todos pueden darse el lujo de afrontar los gastos de adquirir una casa o rentar una. En este caso contábamos con ambientes de acceso totalmente independiente al primer piso, lo que facilitó la decisión.
Para esto, mi esposa tiene 2 hermanas, una de ellas es su mayor y la otra su menor, las 3 (incluyendo a mi esposa) son simpáticas y con buenos cuerpos, especialmente las tetas, que es el distintivo de la familia. Como todo hombre, no era ajeno a este hecho sino más bien estaba muy al tanto de tan bellas figuras.
Si bien cada piso es independiente, compartíamos la azotea en lo que respecta a área de lavado y secado de ropa. Fue así como entré en contacto con una faceta hasta ese entonces desconocido de mis cuñadas: sus gustos en ropa interior. Cuando ocasionalmente iba a recoger la ropa, aprovechaba y echaba un vistazo a los calzones y sujetadores, diminutos y de colores y diseños bastante excitantes, lo cual me hizo concluir que no se trataba de unas mojigatas sino de mujeres muy femeninas y modernas.
Ahora, cada vez que las veía con sus minifaldas o jeans apretados, dejaba volar la imaginación tomando como insumo los pliegues de las truzas que se dejaban ver por debajo de ellos. No puedo negar que más de una vez no perdí tiempo y calmé mis deseos solitariamente, imaginándome que las hacía mías, pero todo no pasaba de allí.
Llegó el día en que mis suegros salieron de viaje así que toda la familia los acompañó hasta el aeropuerto, era de noche y ya que había yo sentido algunos malestares propios de un resfriado y que no había quien se quedara con mi hija (aunque ella dormía placidamente pues era de noche), opté por quedarme y me despedí de ellos en la casa. Luego que hubieran salido noté que la puerta que daba a la cocina de mis suegros no estaba cerrada con llave y tras esperar unos quince minutos- no fuera a ser que regresaran por algo que hubiesen olvidado- me aventuré a ingresar. Encendí las luces y me dirigí al cuarto donde duermen mis cuñadas, entré y empecé a buscar aquello que mi enfermizo deseo requería hasta que finalmente lo encontré: el cesto donde colocaban la ropa a ser lavada.
Rebusqué entre las prendas y mientras era presa del miedo a ser sorprendido y de la ansiedad por lo prohibido de mis acciones, encontré unos calzones, no podía saber exactamente de cual de ellas era pero, para que está la imaginación? No perdí el tiempo y una a una las fui acercando a mi rostro y las olí, la sensación es indescriptible pero a quienes ya lo hayan hecho sabrán darme la razón, es algo realmente único, la excitación era grande así que mientras observaba y olía los calzones empecé a masturbarme, sin temor a equivocarme puedo afirmar que fueron los mejores orgasmos de toda mi vida, hasta me sentí tentado de robar una de las prendas y tenerla un tiempo en secreto para prolongar mi prohibido placer, pero la razón se impuso y opté por dejar todo en su lugar, satisfecho mi deseo y ante el temor de ser sorprendido me retiré, dejando todo como lo recordaba, las puertas cerradas y las luces apagadas. Desde luego las cosas siguieron normalmente entre todos, pero ahora con la diferencia de que conozco más íntimamente a mis cuñadas, literalmente hablando.

 

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