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Playa de ardiente arena

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

I La suave brisa marina le acarició el rostro cuando Eva se asomó al pequeño balcón de su apartamento. Desde allí, la joven muchacha de diecisiete años podía ver la inmensidad del Mediterráneo, como una mancha inmensa y azul. La playa abarrotada de gente, se veía invadida por miles de sombrillas de colores chillones y divertidos. Eva sentía el suave y reconfortante tacto del sol en su piel, y le dio la sensación de que la llenaba de energía positiva. Esbozando una sonrisa, la joven estudiante dejó resbalar la fina bata hasta el suelo, y su cuerpo, cubierto únicamente por unas bragas de color blanco, se embriagó con el sol y la brisa del mar. Así, se tendió sobre una hamaca que había en el balcón y cerró sus inmensos ojos negros. Sin apenas moverse, permaneció en esa posición casi una hora, relajándose y disfrutando del agradable calorcillo que acariciaba su esbelto cuerpo.

Entonces cayó en la cuenta de que no había desayunado, y el hormigueo que surgía de su estómago así se lo estaba confirmando. Se levantó y sin recoger la bata del suelo entró en el apartamento; sus pechos desnudos se balancearon ligeramente mientras caminaba, libres de toda atadura, moviéndose al compás de las caderas. Tras ducharse, se puso unos pantalones cortos y una camiseta azul. Con el cabello castaño aún húmedo, bajó por las escaleras camino de una cafetería.

El local estaba lleno hasta los topes. A Eva le pareció desde el primer momento un sitio agradable; el intenso aroma de café recién hecho invadía la estancia, y la joven muchacha sintió una extraña sensación de alegría, casi de euforia. Eva, con tan sólo diecisiete años había decidido tomarse unas vacaciones por su cuenta, lejos de sus padres y sus amigas de siempre. En el fondo nunca supo qué es lo que le había llevado a gastar todos sus ahorros en aquel viaje a la costa mediterránea, y sobre todo qué es lo que le impulsaba a no ir acompañada por nadie. Pero en cualquier caso, ahora se alegraba de haber tomado esa decisión; estaba sola, en un sitio precioso, dispuesta a disfrutar de aquel clima encantador.

Después de desayunar, salió de la concurrida cafetería y volvió a su apartamento. Una vez allí, sacó del armario un diminuto bikini de color rosa y mostrando una pícara sonrisa se apresuró a ponérselo ante el espejo de la habitación. Realmente le quedaba muy bien, y ensalzaba aún más su esbelta figura. El cristal le devolvió la imagen de una chica menuda, con un cuerpo precioso y muy proporcionado. Su piel era algo pálida, y eso remarcaba aún más la profundidad de sus inmensos ojos oscuros; sus cejas se arqueaban cuando se mostraba curiosa, y las largas pestañas mostraban intermitentemente la belleza de aquella mirada azabache.

Ahora, cubierta únicamente por el bikini rosa, su imagen, a ojos de cualquier mortal, mezclaba lo angelical de una hermosa muchacha aún virgen, con la irresistible tentación de tomarla y hacerle el amor una y otra vez, entrando por primera vez en su cuerpo virginal. Los pechos se alzaban rebeldes; eran moderadamente grandes, generosos, turgentes; tras la fina tela, se rebelaban los pezones, anchos y redondos. Los labios vaginales se dibujaban en la prenda inferior, y un ligerísimo abultamiento informaba del vello que poblaba aquel monte púbico, aún por explorar.

El culo estaba delirantemente bien dibujado, increíblemente perfecto; el pequeñísimo bañador quería escurrirse entre aquellos glúteos sugerentes y suaves.

Eva se miró una última vez, y tras ponerse una camisa de verano muy amplia, que hacía de complemento, salió por segunda vez del apartamento. En el hombro colgaba una bolsa donde llevaba una toalla grande, bronceador y otras cosas. Calzada con unas zapatillas de deporte de color blanco, la muchacha se dirigió con paso firme hacia la playa, que distaba apenas unos metros de su vivienda de alquiler. II

Cruzó la calle y se encontró en el paseo marítimo. Tras bajar unos escalones, Eva se descalzó, y sus pies sintieron la caricia de la arena ardiente de la playa. Así, avanzó unos pasos, rodeada de gente en bañador, con sus correspondientes sombrillas, que tomaban pasivamente el sol, o se relajaban haciendo un crucigrama.

Eva colocó sus bártulos en el sitio que consideró más idóneo, y se desprendió de la camisa. Después de sentarse sobre la toalla, la joven sacó un bote de bronceador de la bolsa y le quitó el tapón hábilmente. Extendió algo del espeso líquido sobre su mano derecha, y comenzó a acariciar su cuerpo para que la crema se filtrase por su piel aún no preparada para el sol. Primero protegió sus hombros, y luego sus brazos; unas gotas más se encargaron de cubrir la piel de la nariz y los pómulos. Su cuerpo se insinuaba, perfecto, insultantemente joven; su piel brillaba lubrificada. La imagen, de una muchacha tan hermosa extendiendo, con incitante y culpable parsimonia, la crema sobre su cuerpo prácticamente desnudo, resaltaba, justa o injustamente, con la de las mujeres que se encontraban cerca de ella, acompañadas por sus maridos. Eva era un destello cegador de fantasía, de belleza inaccesible, de erotismo intocable.

A pocos metros de ella, una mujer gruesa, que pasaba de los cincuenta años, mostraba sin pudor sus pechos gigantescos y caídos, sin vitalidad alguna; la grasa y las varices en las piernas invadían su cuerpo. La mujer sostenía entre los dedos amarillentos un cigarro humeante, que acercaba a su boca cada cierto tiempo. Las uñas, largas y pintadas de rojo, querían ser un inútil instrumento de seducción que ningún éxito debía tener ya. El pelo, teñido de rubio, se recogía en una larga cola de caballo que caía sobre su espalda. Aquella mujer, pensó Eva, tenía la imagen de la típica prostituta ya vieja a la que recurren los más desesperados en busca de experiencia, un precio asequible a sus bolsillos y una voz ronca, a causa del tabaco, que les dijera: <>.

En cualquier caso, la descorazonadora diferencia que separaba a las dos féminas, no había sido ignorada por el hombre que acompañaba a la gruesa mujer. Era indudablemente su marido, un hombrecillo escuálido y paliducho, que apenas alcanzaba el metro cincuenta, y que tapaba su incipiente calva con una gorra que le debieron regalar en alguna tienda; bajo la nariz, grande y casi deforme, quería crecer un bigote como signo poco creíble de virilidad. Desde que Eva había aparecido, el hombrecillo no le quitaba ojo de encima. Y pensándolo bien era comprensible.

La muchacha se había percatado del hombre del bigote, que la observaba. Eva sintió un irrefrenable deseo de provocarle, de tentarle. Junto al hombrecillo, su esposa encendía otro cigarrillo que aferraba entre sus dedos amarillos. La muchacha descubrió una leve sonrisa en el rostro del hombre que la observaba sin disimular apenas. Sentados en dos sillas de playa, el singular matrimonio permanecía en silencio, sin dirigirse la palabra el uno al otro, como si no se conociesen de nada, o como si ya se lo hubiesen dicho todo.

Eva, consciente de su atractivo, sintió lástima por él: <> se dijo a sí misma la irresistible virgen.

La sensación de poder se iba apoderando inevitablemente de Eva. Al fin, la muchacha se dejó vencer por la malsana tentación de hacer sufrir al triste y sufrido marido con sus artes más golosas. De este modo, se giró ligeramente hacia el matrimonio, para asegurar al hombre una visión perfecta, y sentada como estaba en su toalla irguió su pecho cubierto apenas por un retal de tela. La piel aún pálida brillaba humedecida por la viscosa crema solar. Entornando los ojos, Eva miró descaradamente a su hombre. Éste se estremeció ante la actitud directa de ella.

La esposa también se percató y durante unos segundos quedó perpleja ante la evidente insinuación de aquella desconocida hacia su marido.

Entonces Eva decidió echar toda la carne en el asador: muy lentamente llevó sus manos a la espalda y deshizo el nudo que sujetaba el top del bikini a su cuerpo. Cuando sus dedos hubieron liberado esa atadura, Eva miró al hombrecillo directamente a los ojos y sonrió pícaramente, ladeando suavemente su cabeza. El azorado marido no pudo dejar de mirarla, y entonces Eva se quitó bruscamente las manos de la espalda, y, sonriendo aún más, dejó que la tela que cubría sus pechos juveniles cayera sobre su regazo.

La atónita esposa no daba crédito a lo que veía; y su marido mucho menos.

Las pupilas de él se clavaron en aquellos senos turgentes y provocativos, de pezones duros y redondeados, que se desnudaban para él. Eva abrió de nuevo el bote de crema solar y con mucha lentitud llenó la palma de su mano con el líquido blanquecino. Después acercó la mano a su pezón derecho y comenzó a acariciarlo, untándolo de crema. Algunas gotas resbalaron por el seno, recorriéndolo, excitándolo. Luego repitió la operación en el otro pecho. Mientras, el cabello le caía sugerentemente por la cara, y Eva introdujo un mechón en su boca, acariciándolo con su lengua.

Los dos espectadores notaban la sangre agolparse a sus sienes; él por deseo, ella por rabia.

Entonces Eva cesó de magrearse los pechos, y dobló las rodillas hasta el pecho, mirando al matrimonio con una sonrisa maléfica.

Lentamente su brazo se dirigió a la braguita del bikini. Con parsimonia, y sintiendo una excitación que jamás había experimentado, la joven muchacha jugó su última carta y con habilidad introdujo parte de la tela del bañador entre sus labios vaginales. Así, se descubría el vello de su sexo, e incluso los apetecibles labios vaginales. Eva, muy alterada en su interior, comenzó a jugar con sus dedos en su sexo, ante el estupor de los otros dos.

La esposa, encolerizada, estaba a punto de armar un escándalo, pero entonces Eva se levantó y se alejó por la orilla del mar, orgullosa de haberse insinuado de una forma tan irresistible ante lo que ella había calificado de <>.

III

La siguiente media hora, la disfrutó caminando por la orilla salada del mar, regocijándose con su hazaña. ¡Qué increíble placer era el provocar a un hombre como aquel, tan triste y feo, que jamás podría poseer a una mujer perfecta como ella era! Para Eva estaban reservados los chicos más atractivos, inteligentes y galantes y, desde luego, que además de tener dinero, supieran hacerla disfrutar en la cama. Sí, algún día, cuando ella se entregara a un hombre, éste debería tener un cuerpo fuerte y atlético, y grandes dotes como amante. Pero sería muy exigente, ya que cualquiera no tendría ese derecho supremo. <> Estos pensamientos nublaban la mente de la joven de diecisiete años, que había descubierto la magia de la seducción.

Absorta en sus maquinaciones, Eva caminaba despistadamente por la mojada arena. De pronto, algo le llamó poderosamente la atención: un grupo de ancianos conversaba lacónicamente bajo unas sombrillas, junto a un pequeño chiringuito de playa donde servían bebidas refrescantes. Un pensamiento casi escatológico se cruzó en su linda cabeza, y sus piernas le acercaron al grupo de viejos.

Muy cerca de ellos, Eva se tumbó en la arena. Los ancianos parecieron no percatarse de su presencia. Con los pechos todavía desnudos, la belleza de la muchacha era indiscutible; la braguita del bikini remarcaba su apetecible cuerpo.

Eva se estiró descaradamente y extendió sus brazos y piernas; el cabello quedó esparcido, suelto sobre la arena. Uno de los ancianos, giró la temblona cabeza y apretó los párpados para agudizar su visión. Eva le observó y sonriendo le guiñó un ojo. Después, llenó la palma de sus manos con aquella finísima y ardiente arena, y lo dejó caer poco a poco sobre sus senos, como si su cuerpo fuese un inaudito reloj de arena.

Ya no quedaba un solo viejo que no la mirase, casi babeando. Eva echó aún más arena sobre su vientre, y comenzó a masajearse todo el cuerpo con la arena. Las miradas de ellos estaban clavadas en la muchacha, como atraídos irremediablemente.

Eva, sonrió otra vez y se humedeció los labios con su lengua tibia y excitante. Volvió a llenar su mano de arena y lentamente la introdujo bajo la tela de su bikini; un escalofrío invadió a los ancianos, cuando vieron a la hermosa chica masturbarse ante ellos, acariciando su sexo con la mano; la arena se escapaba de la braguita, mientras la muchacha frotaba sus labios vaginales y su clítoris.

Uno de los ancianos comenzó a respirar entrecortadamente, sin poder retirar sus cansados ojos de aquella escena delirante. Los otros ni siquiera le oían. Eva sí, ella lo había notado, y sin poder reprimirse decidió acelerar aún más el corazón del viejo, y por eso comenzó a gemir fingiendo un orgasmo.

Los otros ancianos se sorprendieron cuando su amigo, su compañero en las partidas de dominó y tertulias taurinas, lanzó un ahogado gemido y se desplomó de su silla. Cuando quisieron darse cuenta, la joven virgen había desaparecido.

IV

Eva se sentó sobre su toalla. El horrendo matrimonio ya se había ido de la playa. En su mente aún retumbaba la imagen del anciano desplomándose ante sus insinuaciones, y la de los otros hipnotizados por su belleza. <> pensó. Sin embargo, no sintió remordimientos ni nada parecido. Al contrario, fue para ella la confirmación de su poder de seducción. Eva había visto los problemas del anciano al alterarse, y había forzado la máquina de su provocación hasta ver que el viejo no resistió tanta emoción y había muerto. Muerto por ella.

Una risa nerviosa se apoderó de la muchacha. Estaba feliz, eufórica. Así, se tumbó boca abajo en su toalla, y se dispuso a tomar el sol. A los pocos minutos, se había quedado dormida. Y comenzó a soñar.

V

Tuvo un sueño extraño, agobiante, casi febril. Ante ella discurrían los últimos acontecimientos, de forma rápida y frenética. Era como una película reproduciéndose al doble de su velocidad normal. Podía ver al matrimonio y a los ancianos, en una playa repleta de rostros deformados y grotescos que parecían hablarle sin que de sus bocas surgiese sonido alguno. Y allí estaba el anciano muerto, con el cuerpo putrefacto, devorado por unos gusanos gigantescos y elásticos; el horrendo cadáver, con las cuencas de los ojos vacías, y el rostro descarnado, mostrando la blanquecina calavera, no cesaba de abrir y cerrar las mandíbulas. Eva, aterrada, trataba de huir, de correr, pero algo la clavaba a la arena de la playa. El malogrado viejo se puso en pie, y arrastrando renqueante sus despojos se acercó a la joven. Presa de pavor, Eva escuchó un leve y agudo gemido; el anciano repetía una y otra vez: <>

Sobresaltada, con el cuerpo empapado en sudor, la hermosa muchacha se despertó al fin de la terrible pesadilla. Un alivio indescriptible le invadió cuando se vio tumbada sobre su toalla, sobre la arena de aquella playa tan bonita. ¡Todo había sido un sueño, una cruel ensoñación! Eva se incorporó, y sentada como estaba, se pasó la mano por la frente para secarse el sudor frío que la empapaba. <<¡Qué tonta soy!>> -pensó la muchacha sonriendo levemente -<> -se dijo a sí misma. Y mucho más relajada, como si se hubiese quitado un peso de encima, volvió a recostarse sobre su toalla. Sin poder evitarlo, le invadió un sopor irresistible, y la joven virgen, otra vez, se durmió. Así, su cuerpo de piel clara y suave quedó inmóvil boca abajo, con el hermoso rostro apoyado sobre sus manos; la irresistible silueta se dibujaba sobre la arena de la playa.

El cabello castaño se esparcía, algo revuelto, y conducía la vista hacia una espalda que se curvaba ligeramente hacia adentro, para finalizar en el bikini. Los senos se mostraban parcialmente bajo su cuerpo, aún pálidos, pero muy generosos. Las piernas, brillaban por la crema solar, perfectamente lubricadas. Ligeramente entreabiertas, mostraban su sexo, escondido bajo la tela del bikini. Mientras, los glúteos perfectos enseñaban la belleza de la virginal diva. Una pulsera plateada adornaba uno de sus tobillos.

Ajena a lo que la rodeaba, Eva dormía acariciada por el sol y la brisa marina, los únicos que podían tener acceso a su apetecible cuerpo.

Un levísimo golpe de viento revolvió su cabello, jugando con sus mechones.

Minutos después, las nubes taparon lenta y progresivamente el sol. Eva dormía profundamente.

Poco después, el cielo quedó completamente encapotado y los rayos solares perdieron toda su fuerza. La amenaza de la inminente lluvia obligó a las personas que estaban en la playa a abandonarla rápidamente. Los bañistas salieron del agua y todos recogieron sus bártulos. En breves minutos, Eva quedó tumbada sobre su toalla, completa y absolutamente sola...

VI

Las primeras gotas cayeron sobre su espalda desnuda, y su cuerpo sintió la fría temperatura. Comenzó a chispear, y casi instantáneamente empezó a llover ligera pero insistentemente. La suave brisa se convirtió en viento que peinaba la dorada arena de la playa. Eva sintió las gotas heladas de agua estrellarse sobre su espalda desnuda y entreabrió los ojos. Cuando trató de levantarse, un extraño presentimiento le apretó el corazón. Al querer darse la vuelta miró hacia arriba, a su espalda; un ahogado gemido se escapó de su garganta.

A sus pies, tras ella, permanecía de pie, con el bañador bajado hasta los tobillos el hombrecillo del bigote. Una sonrisa enloquecida le iluminaba el rostro paliducho. Los ojos aterrados de la joven virgen descubrieron dos piernas delgaduchas, blancas como la leche, en las que se marcaban los tendones y los músculos envejecidos; los pies eran huesudos, con las uñas largas, rugosas y amarillentas. Entre las piernas colgaban los testículos peludos; un pene, pequeño y retorcido hacia un lado, se alzaba goteante. El miembro estaba poblado de venas y diminutos vasos capilares, que se llenaban de sangre para lograr la erección.

La muchacha trató de huir, pero dos manos poderosas y fuertes le sujetaron los hombros con firmeza. Eva descubrió a la esposa del hombrecillo tratando de retenerla. Pataleó, se revolvió, lloró y gritó, pero no obtuvo resultados. La gruesa mujer le tapaba la boca mientras el otro se le acercaba. Eva, boca abajo giraba sus ojos aterrorizada vigilando las acciones del escuálido marido. Éste se había arrodillado con parsimonia, y estaba acariciando la pulsera que adornaba el tobillo de la joven.

-Preciosa, es preciosa... -murmuró el hombrecillo, jugueteando con sus dedos en la pierna de Eva.

-¡Vamos Manuel! -le gritó enfadada su mujer, cansada por el esfuerzo de inmovilizar a la muchacha- ¿No decías que te gustaría metérsela a esta putita? ¡Pues ya la tienes! ¡Métesela!

El hombrecillo babeando, presa de una risa frenética y nerviosa, agarró con las manos temblonas el bikini rosa de Eva, y tras observar durante unos instantes su culo redondeado, tiró fuertemente del bikini hacia atrás. La muchacha trató desesperadamente de mantener sus piernas cerradas pero no pudo. El debilucho agresor se tumbó sobre la muchacha.

Ésta sintió su cuerpo asqueroso sobre ella; las rodillas huesudas se le clavaban dolorosamente en las piernas. De pronto sintió unos dedos fríos acariciar casi sin tocarla sus labios vaginales. El hombrecillo se inclinó aún más sobre ella, y recostó todo el peso de su cuerpo sobre el de Eva. Después, trató de penetrarla. Eva notaba los movimientos desesperados de él, luchando por encontrar la entrada de su vagina. Sintió los golpes de su pelvis queriendo conducir el desviado y pequeño miembro al interior de su sexo, donde nadie jamás había estado. El glande se estrelló un par de veces contra sus ingles y sus labios vaginales, demostrando una torpeza estúpida.

Los ojos de Eva se inundaron repentinamente de lágrimas tan saladas como el mar que les acompañaba; al mismo tiempo, un gemido sordo surgió de los labios del hombrecillo. Apoyado sobre sus delgaduchos brazos, había logrado, al fin, que su pene entrase en el cuerpo tibio de Eva. Y así permaneció unos instantes, sobre la muchacha desnuda, tendida en la arena de la playa, y sujetada ferozmente por la mujer de él. Eva sentía algo dentro de sí, algo palpitante y caliente.

Entonces, el culo paliducho del hombre comenzó a empujar sobre la indefensa joven. Ella apretó sus músculos y sus glúteos se pusieron duros. Sin embargo, le era imposible zafarse de su violador, y sólo le quedaba esperar a que el hombre que la estaba penetrando, recostado sobre su espalda, como un animal en celo, se satisfaciese a su antojo.

Con la boca entreabierta y la mirada perdida, el hombrecillo ni siquiera la miraba. Comenzó a mover su pelvis adelante y atrás, metiendo su pequeño falo todo lo que podía en la vagina ardiente de la joven; los testículos se balanceaban con esos movimientos, y acababan chocando contra el cuerpo de la joven. Ella sentía el pene dentro de sí, frotándose en su vagina, y los golpecitos que aquellos testículos producían en ella. Lo que más la repugnaba era sentir la tibia temperatura de aquel miembro dentro de sí.

El marido parecía desfallecer penetrando una y otra vez a Eva; apretaba los dientes, pero a duras penas tenía fuerzas para follar a la muchacha en aquella posición. Su respiración era entrecortada y las venas del cuello se le marcaban cada vez más. Completamente ido, el hombre gemía bruscamente sin dejar de entrar dentro de Eva.

Por un instante, la joven logró zafarse de las manazas de la esposa y trató de incorporarse, girándose sobre sí misma. El hombre profirió un grito de dolor cuando ella hizo ese movimiento con el pene dentro. El miembro, duro como una piedra, palpitaba excitado. Eva le propinó una patada y él cayó sobre la arena, con el bañador aún sobre los tobillos. Pero sólo fue una falsa esperanza. De pronto, la esposa le agarró del pelo y tiró con brusquedad hacia abajo. Eva se sintió otra vez una prisionera.

Pero esta vez su cuerpo desnudo permanecía boca arriba, mostrando los grandes pechos. -¡Venga, acaba de una jodida vez, Manuel! -vociferó encolerizada la mujer.

Su voz sonó ronca.

Él se apresuró, y agarrándose el pene con los dedos de su mano derecha se reclinó sobre Eva. Ahora le sentía y le veía ante ella. Con una inoperancia similar a la de la primera acometida, el hombrecillo tardó unos segundos en penetrarla. Pero al fin, halló el camino, y gimiendo como un perro retomó su cópula.

Tardó poco. Unas pocas acometidas más, y Eva vio la sangre agolparse a las sienes de él. En un segundo, aquella cara enjuta y deforme se congestionó y los ojos parecieron cegarse momentáneamente. Eva cerró los ojos fuertemente, sin poder moverse, y apretó todos los músculos de su hermoso y vulnerado cuerpo; trataba de evadirse de lo que estaba a punto de pasar.

Sintió el pequeño y excitado pene crecer, palpitar, hacerse más grueso por un instante. Eva quiso desaparecer entonces, porque sabía que el hombrecillo iba a eyacular dentro de su cuerpo. Apretó aún más sus párpados, con la boca entreabierta, esperando el momento fatídico. Pero entonces, notó cómo él se retiraba de su vagina. Cuando quiso reaccionar y entreabrió los bellos ojos negros, descubrió al hombrecillo de rodillas ante su cabeza, moviendo la piel de su miembro adelante y atrás rápidamente. Trató de apartar la cara, pero ya era tarde: dos viscosas, tibias y espesas efusiones de semen se estrellaron en su boca y sus pómulos, para acabar escurriéndose por su cuello de cisne. Cuando miró de nuevo a su violador, éste seguía moviendo su mano sobre el pene ya flácido, completamente absorto, sin ser consciente ni siquiera de que ya se había corrido. Al fin, completamente agotado, cayó de rodillas, ante sus dos mujeres.

 

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