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Unos bonitos pies

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

La atracción que siento por los pies femeninos se remonta a la época de pre-adolescente cuando asistía con mis padres todos los domingos a una Iglesia Cristiana en la ciudad donde vivía. Recuerdo muy bien a una hermana de la congregación muy bonita, guapa y sensual. Recuerdo que le gustaba ponerse un vestido rojo con flores y unas sandalias destalonadas con tacón, de varios colores como rojo, amarillo y verde, que dejaban a la vista sus preciosos deditos. Ella en ese tiempo calculo que tendría unos treinta años. Era bellísima, blanca y cabello castaño. Pero lo que más me impresionaba eran los pies tan sexys que tenía. Cuando andaba en la Iglesia, me acercaba a ella solo para observarle los pies. Sentía erecciones exageradas y hasta mojaba el pantalón creandome fantasías con ella. En ese entonces yo creía que mi adicción por los pies femeninos era algo anormal, que yo estaba enfemo mentalmente, etc. Lo cierto es que desde que yo me acuerdo la mujer que me gusta debe tener los pies bonitos, de lo contrario, la considero como de segunda categoría.
Una de las ocasiones que más tengo en la mente en que el ser pie-fetichista fue el factor determinante para poder cogerme un culito es la siguiente historia, prestén atención: Trabajo como tramitador de préstamos y se acostumbra a que en ciertos casos, ejecutivas de cuentas de ciertos Bancos inversionistas acudan a las oficinas a aprobar préstamos especiales. Esta ejecutiva en particular es una bomba: rubia, bonita, cuerpo proporcionado, tirándole a rellenita, piel rosada. Es un culo de chuparse los dedos y encima de todo tiene unos de los pies más bellos que he visto en mi vida. Cada vez que me llamaba que iba a llegar a la oficina, yo preparaba el salón de conferencias y le ponía una silla especial para yo poder disfrutar del mejor de los paisajes: sus pies y piernas. Yo creo que ella sabía que lo hacía a propósito, ya que a veces, mientras ella chequeaba el expediente y yo sentado frente a ella en mi escritorio, sencillamente me preguntaba algo y al mismo tiempo cruzaba sus bellas y gruesas piernas. Sus zapatos negros, de tacón alto, abiertos del frente, dejaban ver sus lindos y bien cuidados deditos, recién manicurados y pintaditos de rojo vivo. Ante tal espectáculo, yo me quedaba saboreandoselos, la boca haciéndome agua y la verga bien parada goteándome en el pantalón. Un día me llamó como a las cinco de la tarde y me preguntó si todavía era tiempo para poder llegar, yo por supuesto le dije que no había problema. Bien recuerdo que me preguntó si todavía iban a estar los demás y yo le contesté que no sabía, que probablemente una o dos personas. De hecho, ya todos se habían retirado. Cuando llegó, en aquel verano con la temperatura cerca de los 100 grados, tan solo me vió en el escritorio de la recepcionista y de plomazo se sentó frente a mí en el sillón para las visitas. Por mi parte, yo ya estaba bien encandilado, esperándola y deseando que llegara con zapatos abiertos. Mi sorpresa fue grande: andaba vestida elegantemente, con zapatos negros como yo los esperaba y un vestido corto. Cada vez que cruzaba las piernas no podía evitar que mis ojos vieran para abajo y tratar de captar lo más que pudieran. Después del saludo de rigor, se disculpó por llegar tarde, que muchas gracias que todavía la estaba esperando, que el calor estaba insoportable y que estaba en realidad cansada. Al decir esto, estiró sus piernas y pies, y movió su cabeza hacia atrás como estirándose todo el cuerpo. Esto lo hizo como tres veces, siempre diciendo que estaba cansada. Por mi parte, le ofrecí una soda a lo que respondió afirmativamente. Cuando regresé de la cocina ella mantenía su posición de estiramiento y dándome las gracias me pidió permiso para quitarse los zapatos explicándome que le molestaban. Yo vi el cielo abierto. Sentí calor en todo el cuerpo y aprovechando la coyuntura y sin pensarlo mucho le disparé a quema ropa: No te gustaría que te diera masaje en los pies? pregunté algo dudoso, pero ya con una mano en el talón de su pie derecho y con una cara de hambriento. Ella solo se me quedó viendo con asombro y me respondió: De veras? Tú eres tan lindo! Creo que cuando oí esas palabras me vine la primera vez. De inmediato manos a la obra y con la misma dándole instrucciones que se relajara, que había tenido un día bien movido y que no se preocupara. A comenzar mi rutina iba, cuando me jaló el pié y me dijo: Echale llave a la puerta! Sin contestarle y con una mirada de cómplice, hice lo que me ordenó. Ella por su parte, ya estaba echada hacia atrás nuevamente y con los ojos cerrados esperando por el placer. Nuevamente me hinqué y comencé a dar uno de los mejores masajes que ha dado en mi vida: le tomé con ambas manos el pié derecho y comencé a sobarle la planta de los pies. Con la mano derecha le sostenía el ta minutos de agarrarle ambos pies y de decirle lo bellos que eran, que eran los pies de una princesa, abrió los ojos solo para darme una sonrisa de satisfacción y poniéndome el otro pié un tanto encogido sobre mi pierna y por supuesto dejando un poco al descubierto la gran piernota rosada y el gran tortón cabello castaño que se miraba a través de la tanga blanca con hollitos al frente que ella vestía. Fue entonces, que le dije que le iba a proceder a darle masaje profundo y sin mayor trámite me aventé a besarle los pies, metía mi boca en sus deditos lindos, le besaba el torso y la planta, el talón y el pie completo. Ella por su parte, solo gemía, ya no tan suavemente, diciendo: Qué rico! Ay, ay, ay, ummmm qué rico! Y por ratos se revolvía en el sofá. Después ella sola se levantó el vestido, sin hablar ni una palabra me volvía a sus pies, a la piernas y ella me jalaba y comenzó a decirme que ya no aguantaba más y que se la metiera. Empecé a bajarle el calzoncito bien empapado, lo dejé a la altura de la rodilla para comenzar a mamarle la gran torta que tiene, le besaba los pies que ya los retorcía, la pantorrilla y las piernas para luego mamarle el clítoris. Yo ya estaba con los pantalones abajo y la verga de fuera. Solo la jalé para que su espalda quedara sobre el asiento del sofá y su torta al aire y comencé a metérsela. Ella gemía y se agarraba del sillón. Le dí los puyones que pude hasta que me vine.
Después de esta sesión tan intensa, los dos quedamos satisfechos: ella sobre el sofá y yo tirado en el piso. Después de unos minutos y sin mirarme a los ojos me dijo que era una de las experiencias más maravillosas que jamás había tenido. Nunca nadie se había atrevido a ofrecerle un masaje en los pies y que había sentido el máximo del placer. Se puso su tangita, fue al baño descalza y al regresar nos dimos el único beso de la tarde en la boca.

 

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