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Mi dulce tia

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Estaba feliz con la beca que la universidad me había conseguido en la Argentina. Además de poder conocer el gran país del sur por primera vez, tenía la oportunidad de realizar una pasantía sobre medicina clínica en un conocido hospital. Alistadas mis pocas valijas, ropa y textos de estudiante, llegué a instalarme en la casa de una hermana de papá - la tía Clotilde - que vivía en el barrio de Caseros, en la provincia de Buenos Aires.


Hasta llegar a su casa y a punto de tocar el timbre de la entrada, muy poco sabía de mi tía argentina. Papá me contó que ella tenía unos 50 años, era viuda desde hacía unos siete y que vivía sola y tranquila, gracias a una pensión militar que su marido le había dejado al fallecer. Por comentarios de papá, la tía Clotilde estaba feliz de poder hospedar a su desconocido y joven sobrino recién egresado de la carrera de medicina.


Sonó el timbre, escuché unos pasos en el pasillo y de pronto, abriendo la puerta, apareció mi tía Clotilde. Era una bella mujer, de mediana estatura, más bien bajita, de piel blanca y cabello canoso, muy bien cuidado. Pese a tener sus 50 años, me llamó la atención su físico, ya que ostentaba un enorme par de tetas, fina cintura y un trasero grande, redondo, cuyas nalgas bailaban al compás de sus pasos. Ese día tenía puesto un florido vestido de algodón, algo apretado, que marcaba su maduro cuerpo de mujer.
Alegre y emocionada, la tía no tardó en abrazarme y besarme, diciendo que ya era hora que un hombre llegara y habitase esa gran casona solitaria donde vivía. Rápidamente pude comprobar que la tía además de un perro ovejero alemán y dos gatos siameses, no tenía más compañía en esa casa.


Me invitó a acomodar mis valijas en un bonito y amplio cuarto de la planta baja, pasamos luego al living de la casona y como era obvio, nos pusimos a platicar de la familia. Nos sentamos en un cómodo sillón, mientras hablábamos ella sostenía mis manos y aprovechaba cualquier ocasión para abrazarme y besar mis mejillas. En varios de esos abrazos, logré palpar sus voluminosas y mullidas tetas, como así también, notar la extraordinaria blancura y suavidad de su piel.


Hablamos unas cuatro horas como mínimo, confieso que estaba cansado por la ansiedad del viaje y el trajín de mudarme de un país a otro, cuando la tía sugirió que me vaya a dormir y descansar. Me guió nuevamente al cuarto, abrió el ropero y sacó una frazada por si tenía frío a la noche y estampándome el beso número setenta del día, se despidió feliz y cerró la puerta de mi habitación. Yo estaba tan cansado que apenas me senté en la cama para acomodar algunas cosas, caí en el colchón vencido por el sueño.


Supongo que sería ya entrada la madrugada cuando me despertó el frío del cuarto. A tientas en la oscuridad, busqué la frazada que la tía Clotilde me había dejado, cuando escuché que alguien abría la puerta de mi habitación...


Me hice el dormido, amparado en la poca luz que ingresaba por la ventana, y pude notar a contraluz, que era la tía vestida en camisón, que se acercaba lentamente a mi cama. Primero se dirigió a encender una pequeña estufa de cuarzo que había en la esquina del cuarto, cuyas ardientes lámparas rojas dieron al instante a la habitación, un agradable tono carmesí. Luego, ella se acercó a la cama y me tapó con la frazada. Por fracción de segundos, con los ojos entreabiertos, pude ver como dentro de su camisón semiabierto, colgaban muy cerca mío dos hermosas tetas blancas, cada una del tamaño de un melón, con pezones puntiagudos y rosados. Eso me excitó muchísimo, al punto de poner como una dura barra mi verga debajo de la frazada. Después, no sé si producto de mi calentura o de mi joven imaginación, la tía me besó con la boca abierta, húmeda, muy cerca de mis labios, y se fue...


Al otro día, repuesto del cansancio del viaje, me levanté temprano para darme una ducha. El baño era amplio, tipo colonial, con una hermosa tina en el medio y sin cortinas. Me desnudé, abrí el agua, llené la tina con agua caliente y me metí desnudo a descansar...


Habrán pasado cinco minutos cuando golpean la puerta del baño, y así, sin más preámbulos, mi tía ingresó sonriente con un par de toallas. Quise taparme con algo, pero la tina no tenía cortinas. Mi tía sonrió y dijo: "No te preocupes, que he conocido desnudos a más hombres de lo que crees. Y son todos iguales".


Ella vestía el mismo camisón que a la madrugada, pero ahora, a la luz del día podía verse su menudo pero rubicundo cuerpo totalmente desnudo bajo el tejido. Mientras acomodaba las toallas y algunas cosas del tocador de pared, puede apreciar su enorme culo con un agujero negro en el medio, que se veía a través del camisón. Mientras caminaba sus tetas se movían y cuando me trajo shampoo para lavar mi pelo, pude ver la abundante mata de pelo que coronaba su raja.


En la tina, mi verga ya empezaba a reaccionar y faltó poco para que, en plena erección, mi prepucio asomara del agua. Yo no sabía qué hacer porque había poca espuma en el agua y se transparentaba todo.


En eso, mi tía acercó un banquito de madera y poniéndose un poco de shampoo en las manos, dijo: "Déjame lavarte el cabello. A tu tío siempre se lo hacía...". Me senté un poco mejor, recosté mi cabeza en el borde de la tina y ella comenzó a masajear suavemente mi pelo. Mientras tanto yo sentía mi verga palpitar de excitación, sabiendo que detrás mío, estaba ella sobándome el pelo y viendo seguramente la enorme barra de carne que casi asomaba del agua.


Podía sentir el olor de su raja humedecerse, ya que la tía había abierto sus piernas para acomodarse mejor detrás de mi cabeza. Era un olor profundo que impregnaba todo el baño. Casi sin quererlo, cerrando los ojos y dejándome llevar por la excitación, llevé por debajo del agua mi mano hasta la base de mi verga y, lentamente, comencé a pajearme. Mientras lo hacía, las manos de mi tía en mi cabeza, acompañaban el ritmo de mi mano bajo el agua. Sentí su aliento caliente, febril por encima mío. Hasta podía intuir el leve movimiento de caderas que ella hacía cada vez que masajeaba mi cabello. Y ahora el masaje incluía mi cuello y parte del pecho. Sentía como sus suaves manos enjabonabas, temblorosas, palpaban cada centímetro permitido de mi joven cuerpo...


Presa de una calentura especial, ya que nunca me había montado a una mujer de sesenta años, me animé y le agarré las manos, giré sobre mi cuerpo y allí, arrodillado frente a ella, le abrí el camisón y comencé a besar sus tetas. Eran grandes, blancas y blandas... le llené los pezones de saliva mientras con mis manos acariciaba por detrás sus nalgas. Inclusive, le llegué a meter un dedo entero en el culo, que me sorprendió por la facilidad que entraba.


Notando que respondía a mis caricias con suaves jadeos, me levanté de la tina, le quité el camisón mientras ella me propinaba profundos besos de lengua, la alcé y llevé en brazos hasta la cama.


La puse de espaldas y ella presintió lo que yo deseaba, ya que se puso en cuatro, bajó su pecho hasta el colchón, empinó su cintura hacia arriba y, con sus manos se abrió lo más que pudo sus enormes nalgas, dejando a mi vista un ojete negro, peludo y exageradamente dilatado. Me asombró ver ese agujero abierto, por lo menos, unos dos centímetros. Se lo chupé despacio, profundo, pasando mi lengua alrededor del sabroso agujero. Cada tanto, le clavaba la lengua y se la sacaba, haciendo que mi tía tiemble de placer...


Una vez que el ojete quedó brillante, apoyé la punta de mi verga allí y poco a poco, se la enterré hasta el fondo. Mi tía, ni corta ni perezosa, se había comenzado a masajear el clítoris. La habré cabalgado unos quince minutos, hasta que no pudiendo más, le llené de leche caliente y espesa sus tripas... Luego, ella tomó la iniciativa. Quitó con su mano la verga que tenía enterrada en el culo y así, sin vueltas, me la mamó hasta dejarla totalmente limpia y sin una gota de semen.

 

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