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Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

El repartidor de butano, el policía municipal y el senegalés que vendía collares subieron juntos en el ascensor hasta el piso de Tadzio, pues él mismo les había avisado de que sus padres estarían fuera toda la tarde. Tadzio era un fauno adolescente, con unas líneas corporales suaves, en "sfumato", y unos miembros elegantes y gráciles, que movía con donosura. En sus facciones destacaban unos ojos verdes, de largas pestañas, y unos labios frutosos y acorazonados, tras los cuales se ocultaban dos hileras de dientes de graciosa imperfección, con los incisivos separados. Una raya partía su rubia melena en dos crenchas iguales. Los tres sementales que ahora volaban a su encuentro, mirándose sonrientes y cachondos, ya habían gozado de él por separado en diversas ocasiones, pero esta vez habían sido convocados a un "gang-bang".

Tocaron el timbre. Tadzio, vestido con un quimono de seda, abrió la puerta y les mandó pasar. Los visitantes se miraron unos a otros sin decir palabra y comenzaron a relamerse por anticipado. El chico se abrió el quimono, mostrando la ensortijada cabellera de su pubis. Al instante, en un frenesí de botones saltados, de cinturones aflojados, de mangas y perneras agitadas como banderolas, los tres recién llegados se despelotaron. La pujanza automática de sus erecciones sacó chispas de las pupilas de Tadzio, que se arrodilló bajo ese pabellón de fusiles unidos por las bocachas, bajo ese vivac de exasperadas masculinidades. A una señal del negro, la pirámide se desmoronó y las tres chorras empezaron a bastonear desordenadamente la cara del muchacho, que perseguía los relámpagos de carne con la lengua fuera, implorante y voraz. La troika, sin dejar de batir el parche, avanzó por el recibidor con Tadzio debajo, gateando, y entró en la cocina. "Miradlo, parece un perro detrás del hueso. Quieres comérmela, ¿eh, chucho? Ahora vas a comérmela a gusto", dijo el butanero, que era quien tenía el nabo más gordo, y, sacando un yogur de la nevera, folló el envase hasta vaciarlo y penetró en la ávida boca con todos sus grumos pegados. El africano, siempre mudo, se untó los testículos de miel y los sumergió en la misma cavidad, granizada de restos de Danone. El madero, con el capullo más arrimado al ombligo que nadie, se lo bañó en chocolate líquido y comenzó a pintarrajear la cara de Tadzio, que quedó convertida en un cuadro abstracto, blanco, dorado y marrón, después del intenso chapoteo.

Enardecido, el vendedor de baratijas levantó en vilo al chaval y lo tumbó de espaldas en la mesa. Con una manga de pastelero trazó sobre su cuerpo la palabra PUTA, y luego extendió la nata como si fuese crema Nivea, recreándose especialmente en el inflamado pito, de un tamaño muy notable para su edad, y en los suculentos quesos de sus nalgas. Un reguero de almendra molida y unas guindas completaron la tarta nupcial, lista para devorar. Como tres jabalíes enloquecidos por el hambre, blasfemando, gruñendo, entrechocando las jetas, los convidados se pusieron a hozar bestialmente en el indefenso cuerpo, que se contorsionaba gozoso bajo las bocas desencadenadas. Mientras uno sorbía su lengua, o ametrallaba con salivazos de guirlache sus mejillas y sus párpados, o marcaba un "hicky" tras otro en su blanquísimo cuello, surcado por venas azules, otro le mordisqueaba los diminutos pezones, o le arremolinaba la jalea y la pasta de mazapán en los sobacos, o tiraba dentelladas a sus flancos de ciervo acorralado, y otro le mamaba el barquillo de la entrepierna con sus dos piñones, o le regurgitaba encima una pasta de turrón y se la metía a lengüetazos en el recto, o clavaba los colmillos en los apretados bizcochos de su culo y dibujaba en ellos la divisa del ganadero.

En una confusión de abrevadero, de pocilga, de festín de buitres, aquellos tiarros iban levantando un "soufflé" casi digerido sobre la piel de Tadzio y, al mismo tiempo, masturbaban por debajo del tablero sus inmensas pollas, lubricadas con Baily's y mantequilla de cacahuete. "Así, así -gemía el feliz guayabo-, comedme entero, hasta los tuétanos. No dejéis de mí ni las raspas..., ni las peladuras... Tú, Marko -se dirigía al del butano-, métete esas frambuesas en el culo y cágalas en mi boca... Tú, Jabbar, negrazo mío, acerca tu ojete a mis labios, que te las voy a pasar dentro... Tú, Leandro, madero, cepíllate a Jabbar y dame a chupar el zumo de frambuesa". Y así lo hicieron, como él se lo pedía. Luego Jabbar se puso a joderle a fondo con su lengua de jirafa y a comerse vorazmente el "nüssli" que él, entre suspiros de deleite, iba defecando. "¡Uf, mi 'amol', qué lengua tienes! Dale, dale..., húrgame con tu matasuegras, animal, hazme jiñar bien a gusto... ¡Aj, qué adentro se mueve, cómo la siento andar por ahí!".

Los tres amigos voltearon a Tadzio como una estera arrollada y, después de cruzarle las ancas a bofetones hasta sacarles brillo, empezaron a arrojar sobre su espalda lechuga, olivas, rodajas de tomate, yemas de espárrago, aros de cebolla, y aliñaron la ensalada con aceite, vinagre, "ketchup", mostaza de Dijon y "mozzarella" fundida. Dos de ellos se abalanzaron sobre los tiernos lomos del chico, que se contrajeron en un escalofrío de placer, y el otro sobre sus omóplatos condecorados. El pesebre bullía de briznas, hebras, migajas, espumas y babas.

Marko arrancó un muslo de pollo y lo introdujo por la parte del hueso, chorreando salsa, en el túnel de amor de Tadzio, que se contoneaba como Mata-Hari. "Prueba esto -gruñía el butanero-, degenerado, vicioso. ¡Ah, gatito, qué mariconazo eres! Te derrites de gusto comiendo por donde cagas... No te preocupes, que vamos a trufarte igual que al pavo de Navidad. Ya veremos si te ríes cuando notes dentro las tres pichas juntas y una docena de nueces". El mocito ondulaba sus caderas de bailarina para engullir todo el bocado. Por fin, el pringoso muslo se hundió entre gorgoteos, pero volvió a asomar varias veces, en un juego de succiones y evacuaciones con el que Tadzio buscaba aumentar el apetito de sus tres amantes. Y, en efecto, cada aparición de la cúpula del muslo a través de su ano desataba una acometida de los voraces predadores, que iban desgarrando la carne como pirañas hasta dejar el esqueleto mondo.

Aprovechando que Tadzio continuaba de bruces en la madera, Jabbar lo revistió con los despojos de un lechoncillo asado y, tras ponerle una manzana entre los dientes y un ramo de laurel a manera de corona, lo enculó sin piedad, embravecido por sus gritos de socorro. Con los pies sobre dos taburetes para dar más impulso y regodeo a sus cornadas de rinoceronte, el senegalés topaba una y otra vez con las acodaduras de la fogosa caverna intestinal, meneaba las caderas como una sambista brasileña para desenrollar la tripa del muchacho al paso de su sable napoleónico, le hacía derramar por los fruncidos bordes de su copa una mezcolanza de jugos nutritivos que salpicaba el terrazo, las paredes y las fauces abiertas de los otros dos verracos.

Mediente una ceremonia que conjugaba la sodomía, el bestialismo y la necrofilia, Jabbar iniciaba a su joven siervo en los tormentos de la crucifixión yoruba. La pausada majestad de emperador bizantino con que el negro le encajaba su cimitarra, apretando los huevos contra el ojete y dilatándolo a culazos hasta que brotó la primera sangre, era algo que Tadzio nunca olvidaría. Mientras todo su ser se resquebrajaba dentro de la carcasa del cerdo, Leandro y Marko le sustituyeron la manzana de la boca por un puñado de fresas y uvas, que acto seguido apisonaron implacablemente con sus vergas.

La boca chorreaba mosto, el ensartado trasero destilaba compota y macedonia, el costillar asado del puerco temblaba y se cuarteaba a cada cipotazo de Jabbar. "Vamos, "habibi", desfóndalo -le animaban los sementales blancos-. Demuéstrale cómo rompiste el coño a todas las vacas de tu padre... Nadie te había tratado nunca así, ¿eh, princesa?... ¡Ah, no, nunca habías sentido dentro las pollas de tres tíos cojonudos, con leche retenida de meses!... Ufff, qué bueno estás... Así, guarrilla, así..., trágate esta pieza de carne sin rechistar..., ¡y abre los ojos!". Marko tiró de la sedosa melena a Tadzio, lleno de lágrimas por las náuseas que le producía aquella tranca monstruosa al rozar su campanilla, y le obligó a mirarlo. Luego zarandeó su cabeza para jodérsela a fondo, como a una muñeca hinchable, mientras le enseñaba la lengua vibrátil, glotona, entre gestos indecentes. "Eso es..., quiero que te fijes bien en mi cara cuando esté corriéndome dentro de tu estómago..., que veas cómo me descojono de gusto mientras me vacío y te inundo de leche...".

Jabbar envainaba y desenvainaba su tremendo espadón con energías redobladas, lloviendo sudor por cada uno de sus poros. A una metida ceremoniosa, en "tempo lento", rematada por un trepidante choque de las pelotas contra el ano, le seguía una traca de demolición, que arrancaba aullidos sofocados y encarecidas súplicas a Tadzio, ya convertido en una longaniza. "¿Sufres, Tadzio? -se burlaba Leandro-. Así te harás hombre. Vamos a sacarte los dientes por el culo, pervertido, marrano. Querías saber lo que eran tres machos para ti solo, ¿eh? Te va a parecer que se ha corrido dentro de ti un regimiento de caballería".

El guardia retiró su virilidad de la atascada garganta, como si fuese a tomar carrerilla, y, sacudiéndosela vigorosamente a dos manos, entró en erupción con el poderío de un búfalo. Sus torbellinos de semen, disparados entre insultos y rugidos, sellaron los párpados y las narices del chico, cubrieron su rostro de cortinones blancos y viscosos, que chorreaban hasta el suelo, y le sembraron la rubia melena de palomitas, medallas y cordones, dejándolo como una ninfa de los prados. Tadzio suspiró de felicidad y, mientras recolectaba entre sus dedos los tibios y enmarañados grumos para aplicárselos por todo el cutis a manera de crema de belleza, recibió en su garganta otra eyaculación abrumadora, la de Marko, que se corrió en oleadas, retorciendo las orejas del chaval y soltando juramentos, estimulado y ordeñado por un pepino colosal con el que, segundos antes, se había estado dilatando el ano.

Toda la besamel que no se había precipitado en cascada por la barbilla abajo, encharcando las baldosas, pasó al estómago de Tadzio, que tosía y se atragantaba, sin dar abasto para deglutir ese diluvio. El mozo se relamía las boqueras, irreconocible bajo su casco y su antifaz de cuajada, orgulloso de los pendientes y lentejuelas que adornaban su anatomía entera. "¡Ah, tíos, qué de puta madre me violáis! -gritó Tadzio-. Habéis traído las ubres a reventar, cabrones, pero no saldréis de aquí hasta que os exprima la última gota. ¡Así, así, Jabbar, destrípame como a una merluza..., sácame los hígados!... ¡Uh, cómo me chinga este gorila!... Siento tu rabo clavado hasta el alma... ¡Ah, qué gusto me das, maricón!... Vamos, vamos, empuja..., machácame..., destrózame...".

Jabbar animaba sus propias embestidas con gritos de patrón de remo. La estrechez del culito de Tadzio, su ardor de perra en celo, la sabrosa sopa de menudillos que se cocía en sus entrañas, todo le impulsaba a acelerar sus empujones de presidiario desesperado. Finalmente, la mesa se astilló y la bestia de ocho patas acabó en el cenagoso suelo de la cocina, donde el africano, aullando como un guerrero triunfador, regó con generosidad interminable los abismos de su rendido esclavo. Cuando quedó escurrido por completo y desenchufó su manguera, Leandro y Marko acercaron a Tadzio una merluza fresca para que se abrazase a ella y, con un salmonete en cada mano, descargaron sobre la espalda del chico un diluvio de golpes hasta dejarlo revestido de escamas. Luego lo cogieron en brazos y lo depositaron en el fregadero, donde lo rasparon con las uñas de las manos y de los pies, con la dentadura y hasta con las pollas resucitadas.

Mientras Jabbar se reponía, el guardia y el butanero iban limpiando a Tadzio, sin olvidarse de colocar su relajado y escocido ano bajo el grifo del agua caliente. Las expertas caricias de sus sementales, a los que ya se unía Jabbar con una nueva erección impresionante, de una rotundidad caballar, conmovían todas las fibras nerviosas de Tadzio, lo descoyuntaban de placer. Cuando los tres cachas se metieron juntos en el fregadero, su putillo, incrustado entre esos cuerpazos de gladiadores, debatiéndose en un apretado corral de curvas contundentes y resbaladizas, que se entremezclaban deliciosamente con sus propias protuberancias y las volvían a embadurnar de grasa y de semen, tuvo un empalme espectacular, digno de un burro. Marko, Leandro y Jabbar se aproximaron aún más entre sí, gruñendo con los dientes apretados, para encapsular a Tadzio.

Al poco, los templados y violentos borbotones de un géiser de crema salpicaron los cuerpos de los cuatro, que luego se esparcieron aquel néctar restregándose entre sí. Tadzio se había corrido como nunca en su vida. "¡Buena espumada, Tadzio! -dijo Marko-. Nunca te había visto tan lechero. Se nota que te hemos puesto a tono, ¿eh?, que te hemos pasado por el exprimidor. Toma, prueba tu mayonesa". Y Tadzio, mientras comía un coágulo que se había quedado prendido en el vello púbico de Jabbar, sonreía feliz.

 

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