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Ensalada de pepinos

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Desde pequeño me gustó la sensación que me producía el estar desnudo, correteando libre por el amplio patio y sintiendo el calor del sol en la piel. Recuerdo como, en las siestas de verano mientras todos dormían, yo me quitaba toda la ropa y me iba a los fondos de mi casa a jugar en libertad. Evidentemente todo esto lo hacía con la mayor ingenuidad e inocencia, dada mi corta edad. Pero a medida que fui creciendo, esa sensación también fue madurando conmigo. Ya no era el mismo placer simple que me proporcionaba el sentir el viento sobre la piel lo que me gustaba, sino un cierto e indefinido cosquilleo que me recorría todo el cuerpo cuando tenía la oportunidad de desnudarme y andar a mis anchas.


Recuerdo que en una ocasión, cuando ya tenía 14 años, mis padres salieron de casa una tarde a visitar a unos parientes; yo me excusé diciendo que quería ver un programa de televisión. Después de unos regaños me salí con la mía, que era la de quedarme solo en casa. Los vi alejarse en el auto desde la ventana del dormitorio y luego de dejar pasar un tiempo prudencial de unos minutos (no fuera a ser que regresaran por algún motivo y me sorprendieran haciendo lo mío...!), en cuanto comprobé que no volverían por un buen tiempo, salí casi corriendo hacia el patio. La excitación por las ideas y fantasías que estuve pensando mientras esperaba escondido junto a la ventana a que mis padres se fueran me había provocado una calentura inaguantable, a tal punto de que mientras iba para el patio me iba bajando los pantalones y comencé a acariciarme la pija, las bolas y a meterme el dedo en el culo.


En cuanto llegué al patio me dirigí a un pequeño galpón que quedaba en uno de sus costados, donde había cachivaches y cosas viejas guardadas. Allí mi madre solía guardar las herramientas de la huerta y algunas cosas que no cabían ya en casa. Entre ellas había un viejo colchón, con el forro roto y desgastado, apoyado contra una pared. Verlo y tirarlo al piso fueron una sola cosa; me desnudé por completo y comencé a pajearme sin ningún reparo, disfrutando de la libertad de gemir, retorcerme, putear y decir malas palabras que me calentaban aún más. Sin embargo, algo me faltaba. Es verdad que me gustaba hacerme la paja, sentir la leche caliente fluyendo de mi verga, y después desparramarme el semen por el culo y las nalgas; pero la desventaja (pensaba yo) era que el placer de pajearse duraba muy poco: tan sólo unos pocos segundos de intenso orgasmo y luego ...muchas gracias y buenas noches... Me parecía realmente injusto que algo tan lindo durara tan poco, por lo que me propuse tratar por todos los medios de prolongarlo lo más posible; pero... ¿cómo hacer para disfrutar de un orgasmo sin eyacular?


La respuesta me la dio un pepino de la huerta. Justo al frente del galponcito donde me estaba pajeando estaba la huerta, y allí, reluciente, se destacaba un inmenso y verde pepino. Al principio lo miré como si tal cosa, pero a medida que lo miraba más detenidamente empecé a ver en su forma, su grosor y su textura una perfecta forma para gozar... sí... eso era! ¡si me lo metía en el culo podría disfrutar todo el tiempo que quisiera sin riesgo de acabar!, y además la novedad aportaría una variante apetecible a mis pajas.


Diciendo y haciendo, dejé de pajearme y me dediqué al pepino. Lo corté, lo lavé cuidadosamente, con cariño, como si estuviera lavando una pija de verdad, y lo unté hasta la mitad de sus hermosos 24 cm en un pote de vaselina espesa. Hirviendo de excitación, lo llevé al colchón, y sujetándolo con una mano lo mantuve en posición vertical bajo mi culo, que ya estaba mojadito ante la perspectiva de tener todo eso adentro. Lentamente, me fui sentando sobre él, estremeciéndome de placer al sentir su punta tocar mi ano, y luego sentir cómo me iba abriendo el culo, era casi como una violación. Con paciencia dejé que mi ano se fuera acostumbrando a sentirlo adentro y se dilatara, y una vez que sentía que lo había logrado, me movía suavemente arriba y abajo, clavándomelo cada vez un poquito más adentro. De esa forma logré meterlo unas dos terceras partes, saboreando las sensaciones que su rugosa piel me producían en mi culo al entrar y salir.


Estaba tan absorbido por la delicia de tener el culo completamente abierto por un pepino que me había olvidado de la pija. Para mi sorpresa, cuando miré para adelante mi pija parecía una barra de hierro; la tenía totalmente parada y más dura que la piedra. La cabeza se había puesto de un color rojo morado intenso, y las venas hinchadas destacaban en grueso relieve a todo lo largo de su tronco. Noté también que en la punta aparecían unas gotas de líquido parecido al semen, pero más claro, y que esas gotas salían en mayor cantidad cuando el pepino se clavaba profundamente en el culo. Imposible explicar cómo estaba gozando con eso ¡¡cada metida del pepino me producía un delicioso orgasmo!! Con el tiempo descubrí que al hacer eso me estaba estimulando mi punto G, pero en ese entonces no lo sabía. Así seguí hasta que de pronto, en una metida del pepino más profunda y fuerte que las demás, sin siquiera haberme tocado la pija, sentí un calor abrasador en mi verga, mi culo se cerró violentamente apretando con fuerza el hermoso y grueso vegetal y de mi verga completamente erecta saltó un chorro potente y continuado de leche que casi alcanza la pared de enfrente. Este orgasmo, a diferencia de mis pajas anteriores, duró lo que me pareció una eternidad, con mi verga regando semen con cada contracción, mis huevos duros como piedras, y mi culo cerrándose y abriéndose rítmicamente alrededor del pepino. Cuando todo acabó, debí quedarme acostado unos cuantos minutos, completamente exhausto y rogando que a mis padres no se les ocurriera volver precisamente ahora, pues no tenía fuerzas ni para levantar un dedo. Estaba agotado, sí, pero feliz como nunca antes.


Desde ese día me decidí a practicar más frecuentemente el placer de estimularme analmente antes de pajearme; es más, confieso que a veces ni siquiera me pajeo, simplemente me limito a sentir mi culo penetrado. También he cambiado el instrumento de placer, probando cualquier cosa que fuera capaz de entrar en mi ano, y por supuesto que no hay nada mejor que una pija de verdad, bien parada y manejada por un tipo experimentado, pero... esa es otra historia que les contaré en otra oportunidad.

 

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