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LA ESTATUA (El semen que lubrica la ciudad)

Publicado por Gonzo el 17/12/2014

Llego a una banca de la plaza, ahí me siento a descansar cómodamente. En eso llegan unos chicos y se sientan en la banca de enfrente, risueños y juguetones no paran de hacer bromas entre ellos, por su lozanía imagino que aún no debieron haber terminado el secundario. Y en forma burlona charlaron de la siguiente manera:

- Así me lo he dejado, aún estaba parado y su borde seguía lechoso. Pronuncio esas palabras mirando entre sus piernas.
- Deberías de seguir.
- No, para qué. Carcajearon, se levantaron y se fueron bromeando.

Poco más de un rato, llamaba la atención, y no sólo la mía sino de cada transeúnte, otra escena alrededor de la fuente, propiamente entre las estatuas de bronce que decoraban la plaza. Otros dos muchachitos mucho más jovencitos que los anteriores, se encontraban jugando en uno de los leones de bronce.

El más burlón de los dos ya se había montado encima de la estatua poniéndole encima su regordete culo, en tanto que el otro, entre las gradas que dan a esa esfinge, le estaba mirando precisamente eso.

El burlón encaramado encima del león, levantaba el culo y se lo meneaba al otro en dirección a sus ojos, se lo arrimaba en son de juego para que se lo viera justo en medio, con las nalgas bien separadas. Mientras que el otro, sin quitarle los ojos de en medio del culo, se iba tocando el miembro de tal modo que en poco ya lo tenía bien rígido.

Hasta que no se aguantó, y subiendo los escalones con una agilidad felina, embistió y metió la cara en medio de las nalgas del burlón; y éste dejo que se mecieran sus nalgas a los costados a merced de la embestida que el otro le estaba haciendo. Grandes y chicos nos quedamos a apreciar el espectáculo, cual si se tratara de un show circense de dos cirqueros callejeros.

En eso, viendo y sintiendo orgullo de que todos los vieran, el burlón agarro al otro por la nuca con una mano y se lo metió más en el culo, y cabalgó, y hasta relinchó acomodado encima de la estatua con la quijada apoyada en la mollera del león, su pecho pegado en la melena de esa bestia de bronce, las rodillas temblorosas pegadas a los costados, la espalda bien erguida y el culo apuntando hacia afuera, para que el otro se lo siguiera humedeciendo con la lengua.

Pero luego el otro también se levantó y se acomodó para montar la bestia de bronce por detrás del burlón, agarro a éste entre sus brazos, lo abrazo pegando su pecho con la espalda de éste. Y exponiendo su gran miembro crecido, con furia de jinete embistió al burlón por el culo haciéndole lanzar un grito que se escuchó en toda la plaza, empezó a jinetear dominando a voluntad el culo en el que había estado metido antes de rostro entero. Tenía al burlón aprisionado entre sus brazos y los dos jinetearon encima de la estatua de la plaza.

Jinetearon y jinetearon hasta que sus gotas de sudor cayeron sobre el bronce haciéndolo brillar con el sol, brincaron encima del león como bestias y en medio del calor de sus embestidas se los oyó gemir, agitarse hasta quedar sin aliento y jineteaban aún más, como maquinas sincronizadas en la fricción de sus cuerpos, se batían uno detrás del otro y copulaban, sus miembros comenzaban a lanzar chorros de semen sobre el bronce dejándolo salpicado de gotas blancas, chorreaban aun encima de sus cuerpos y no dejaban de jinetear. Y aquello no acabo sino hasta que quedaron exhaustos encima de la estatua, totalmente relajados.

Luego todos los que ahí habíamos disfrutado del espectáculo, grandes y chicos, procedimos a retirarnos uno a uno, lentamente a continuar nuestro recorrido.

Si quieres leer completo éste y otros lujuriosos relatos incluidos en mi libro digital: “El semen que lubrica la ciudad” escríbeme a mi correo: ellibrodegonzo@gmail.com

 

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