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Una experiencia inesperada

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

¿No has sentido nunca envidia de tu mujer? Sí, me refiero a esos momentos en que la tienes debajo, cosiéndola a pollazos, y ella húmeda, chorreante, con los ojos en blanco, ahogando los gemidos con la almohada para no dar espectáculo a los vecinos...¿No tienes la sensación de que ella se lo está pasando cien veces mejor de cómo te lo estás pasando tú? ¿No te apetecería cambiarte aunque solo fuera una vez por ella y sentir lo que se siente cuando otro cuerpo entra en tu interior y se derrama en tus entrañas?

Yo ya había tenido alguna experiencia con alguien de mi mismo sexo. Fue durante la adolescencia, con un amigo, en esa época en que las hormonas están desbordadas y uno se tiraría hasta al lucero del alba. No teníamos chicas, luego nos organizábamos entre nosotros. La verdad es que no pasamos nunca de hacernos pajas. Nunca probamos la penetración y la verdad es que ahora me arrepiento de no haberlo intentado. Muchas veces me he masturbado recordando aquellos momentos y fantaseando con que hacía lo que nunca llegamos ha hacer.

Aunque como dicen, nunca es tarde si la dicha es buena. Ahora, en la madurez, estaba decidido a recuperar el tiempo perdido y me lancé a buscar un amigo con el que probar aquello que me producía tanta curiosidad. Ningún medio mejor que Internet para encontrarlo. Me conecté a un chat hasta que di con un tío con puntos de vista parecidos al mío, también casado y con mis mismas fantasías.

Durante un tiempo nos limitamos a comunicarnos por email. La idea era conocernos bien antes de intentar un contacto real, entendíamos que esto facilitaría el encontrarnos menos cortados en esa primera cita.

Después de unas semanas de charla decidimos que era el momento de poner en práctica nuestras fantasías. Además, surgió la oportunidad, ya que su mujer había salido de viaje dejándole la casa libre.

Me dirigí a su casa, y al tocar el timbre de su puerta mi corazón estaba al cien por cien. Una mezcla de sensaciones de ansia y nerviosismo atenazaban mi estómago. Al momento de abrir la puerta mis temores cedieron; Juan era una persona de aspecto agradable y me resultó el tipo ideal para vivir una experiencia tan especial.

Parece que él también se encontraba a gusto conmigo y resultaba evidente que los dos nos moríamos de ganas por pasar directamente a la acción. Para irnos poniendo a tono nos sentamos en el sofá y nos pusimos a ver una película porno.

Al poco, unos considerables bultos destacaban en nuestra entre pierna bajo los pantalones. Quizás lo inmediato hubiera sido lanzarnos a la faena, pero a ambos nos apetecía estirar el deseo y sazonarlo con un poco de morbo. Decidimos desnudarnos quedándonos sólo con los calzoncillos. Los suyos eran tipo slip; los míos tipo boxer. Curiosamente, a pesar de que mi modelo era más amplio mi polla abultaba mucho más. Luego descubriría que él la tenía mucho más pequeña que la mía, y lo que para Juan era casi motivo de vergüenza para mí resultaba extraordinariamente seductor.

Seguimos viendo nuestra película mientras nuestro deseo se iba desbordando. Entonces Juan tomó la iniciativa y deslizó su mano por debajo de mi trasero, por dentro de los boxer a la vez que levantaba el culete del sofá invitándome a hacer lo mismo. Su mano era grande y suave, con unos dedos interminablemente largos. Fue moviendo su mano por la rajita de mi culo hasta llegar a poner la yema de su dedo bajo mi agujerito. Ese fue un momento mágico, notarlo ahí, moviéndose suavemente, casi sin presionar, alimentando mi deseo de ser penetrado.

Yo le imitaba acariciándole el suyo y seguimos así un rato, prestando cada vez menos atención a la película. En un determinado momento Juan aumento la presión y la falange de su dedo entró en mi interior. No pude evitar lanzar un gemido de placer. Yo le penetré también a él y nuestras miradas se cruzaron plenas de deseo.

¿Me la chupas?- Me dijo. Sin dudarlo me incliné sobre su slip, se la acaricié desde fuera con mi nariz y mitad con la boca, mitad con mi mano libre se lo bajé hasta las rodillas. Tenía una polla preciosa; bastante pequeña, de unos 10 cm, delgadita, muy tiesa y con una glande brillante que le asomaba ligeramente por su prepucio. Sus huevos, por el contrario eran considerablemente más grande que los míos; menudas corridas tenían que producir.

La tengo muy pequeña - dijo Juan. – Es preciosa. Estoy deseando tenerla dentro- le contesté, y sin más dilación me lancé a por ella. Primero se la acaricié con mis mejillas, dejando que me las manchara con el líquido preseminal y percibiendo su delicioso aroma a sexo caliente. Después, sin tocársela con la mano la engullí bajándole con mis labios completamente el prepucio y saboreándole el glande como si fuera un caramelo. Una buena dosis de líquido preseminal inundo mi boca. Era la primera vez que me comía una polla y su sabor me resultaba peculiar aunque en absoluto desagradable.

Mientras me mantenía inclinado sobre Juan, comiéndosela, su dedo se fue hincando profundamente en mi trasero. El placer era inmenso. Mientras le acariciaba su inmensos huevos con mi mano libre se la mamaba con absoluta fruicción, disfrutando de su textura, su sabor, su aroma. ...Y su dedo dentro de mí haciéndome sentir la gloria....

A él tampoco le debía disgustar la situación, por que sin tardar mucho me separó la cabeza de su ingle con un simple – para, para, que me corres-. Me quede mirándole y Juan aproximó su cabeza, juntó sus labios abiertos a los míos y me regaló un apasionado beso. Nunca me había besado con un tío; de hecho era algo que no me apetecía hacer. Pero quizás mi estado de excitación, exaltado por su dedo que seguía jugando dentro de mí me hicieron aceptar su lengua en mi boca. La verdad es que tras unos instantes iniciales de repulsión comencé a disfrutar de su beso y de su lengua que recorría la mía arrancándome los restos de sabor a su polla que yo acababa de degustar.

Mi deseo ya estaba absolutamente desbordado. Me sentía como una putita loca por que su macho la monte. No pude más y se lo pedí: - fóllame-.

Juan me sacó el dedo del culo, se incorporó, me metió la mano por delante y agarrándomela tiró de mi arrastrándome a la habitación conyugal. – Vaya pollón que tienes. Luengo me la tienes que intentar meter, aunque no creo que me entre entera. Pero no te preocupes. Que primero te follaré yo-.

Entramos en la habitación y me tumbó sobre la cama. Me bajo los boxer y me dijo: - ábrete de piernas, guarra-. Yo, obediente, elevé mis piernas, abriéndolas y sujetándolas con mis manos, ofreciéndole toda mi intimidad. Juan se situó entre ellas, agachó su cabeza y comenzó a acariciarme el culo con su lengua. Esta era para mí otra experiencia nuevay, por cierto, deliciosa. Relajé al máximo mi trasero y al poco podía sentir su lengua apretando y penetrándome ligeramente por detrás. Me sentía como si me estuvieran comiendo el coño; quizás como se sienta la mujer de Juan cuando éste se lo hace en esta misma cama.

Me había puesto en sus manos y dejé totalmente que él tomara la iniciativa. Se dirigió al cajón de la mesilla y cogió un tubo de crema lubricante vaginal, que suele usar con su pareja. Se untó completamente la polla e impregnó igualmente mi ano. Se montó sobre mí, le ayudé a colocarla contra mi agujerito y simplemente empezó a presionar.

Primero fue la puntita. -¿te hago daño?- No, me encanta, sigue- Luego poco a poco entró hasta el fondo. Me la había clavado hasta los huevos. Un espejo situado en el lateral me permitía contemplarme abrazando su cuerpo con mis piernas, en posición del misionero y con su miembro insertado profundamente en mi interior.

Mientras me tenía penetrado Juan empezó a morrear conmigo. Está vez sus morreos me resultaron deliciosos. Con su peso encima me sentía como se debe sentir su mujer cuando se la folla. Poco a poco comenzó a moverse. La penetración pasiva se convirtió en un mete y saca. Primero muy lento; después, según iba dilatando el ritmo se aceleró hasta tomar la velocidad de un polvo normal. Me estaban follando. Por fin conseguía sentir lo que sienten las mujeres en ese momento y ahora entiendo la cara de inmenso placer que muestran en esos momentos.

Alargué mis manos alcanzando el culo de Juán. Mientrás él me montaba yo me las apañé para introducirle un dedo en el ano. Le encantó porque de inmediato empezó a acompañar con sus gemidos a los míos.

Una penetración más profunda, un espasmo que le hizo abrazarse fuertemente a mí y el sentirme inundado de su abundante semen me indicó que había empezado a correrse. Me llamó la atención la nitidez con la que percibí sus chorros de leche inundando mis entrañas. Era delicioso. Tan delicioso que unido a la sensación de sentir mi polla apretada entre nuestros dos cuerpos provocó que yo también empezara a correrme.

Tras la corrida nos quedamos abrazados. No me resultó incómodo ni desagradable. Al contrario, era tan intenso lo que acababa de experimentar que preferí incluso que no se apartara de forma inmediata. Tras un ratito de reposo nos apartamos y nos fuimos a la ducha.

Las palabras de Juan me dejaban clara cual era su intención para lo que quedaba de tarde. – Bueno, ahora tenemos que intercambiarnos los papeles. A ver como te las apañas para hincarme ese instrumento. ¿Te apetecería que me vistiera con la ropa de mi mujer?

 

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