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A la salida del Bar de copas

Publicado por Sonia la Banda el 16/07/2015

No tenía por qué quedarme allí después de que todas mis amigas se hubieran marchado hacía ya un buen rato. Y mucho menos tras un vistazo rápido a mi alrededor para comprobar que, si en algún momento de la noche había existido alguna esperanza de ligoteo con final feliz, ahora sólo quedaban monigotes borrachos o risueños casados despidiéndose de una noche de soltería regalada.

Miré en silencio una vez más el peculiar vaso en que me habían servido mi penúltima copa –está muy mal visto eso de decir “la última”- y lo solté con resolución sobre la barra, decidida a recuperar la compostura y abandonar aquel garito con la fingida dignidad de quien se va sola porque quiere, no porque no pueda tener compañía.

- ¿No vas a tomar la penúltima?- sonó tan inesperadamente que me hizo perder la pista de la manga tres cuartos de la chaqueta de lentejuelas que había escogido cuidadosamente para brillar aquella noche.

- La penúltima la acabé hace ya rato- contesté sin mucho interés hasta que mis ojos por fin localizaron al dueño de la voz. El simpático pero regordete camarero que nos había servido toda la noche se había transformado en un maduro cincuentón con un ridículo flequillo que peinaba hacia un lado, imagino que con la esperanza de que le quitase algunos años. Permanecía allí, sin dejar de mirarme, hipnotizándome con su aspecto serio, sin permitir que yo me atreviese a mover absolutamente ningún músculo de mi cuerpo, salvo quizá algún pestañeo involuntario.

Mientras mi estado hipnótico se mantuvo, una nueva copa apareció ante mi como por arte de magia, suficiente para dar permiso a la comisura de sus labios para dejar nacer una media sonrisa. Tras mirar mi vaso unos segundos, me asomé a sus ojos y salí de allí con la cabeza tan erguida como la tasa de alcohol que circulaba por mis venas me permitía.

El ángel y el demonio que se posaban sobre cada uno de mis hombros se perdían en una singular conversación: “pero tú estás loca, ¿has visto lo bueno que está?”, “no, no, muy bien, demasiado fácil aceptar una copa así sin más”, “oh, venga ya, date la vuelta y entra de nuevo”, “ni de broma, ya volverás mañana, que se quede con las ganas”,… Y, mientras, yo escuchaba con atención sus razonamientos, con un cigarro en la boca, improvisando una especie de cueva con mis manos que protegiese el fuego del mechero contra el viento que se había levantado.

De cara a la pared en la entrada del callejón vecino al garito que ya formaba parte de mi pasado, una alerta general recorrió todo mi cuerpo con una sacudida al notar las dos manos que inspeccionaban mi trasero con una pericia inusual en los varones que suelen acompañar mis aventuras sexuales.
El cigarro cayó al suelo inevitablemente cuando mi boca entreabierta dejó escapar el primer gemido. Mis manos acudieron al encuentro de las del atrevido desconocido que habían avanzado ya hacia la base de mis pechos, mientras mis dedos se entrelazaban con los suyos, cómplices de aquel improvisado festejo de suspiros.

Todo su cuerpo se pegaba a mi espalda, empujando el mío contra las frías piedras del oscuro edificio que nos cobijaba. La idea de que alguien pudiese observarnos desde una ventana hizo que volviese en mi bruscamente y me revolviese prisionera apenas unos segundos; incapaz de articular palabra, cerré los ojos nuevamente, perdida entre sus brazos, completamente a su merced. Su aliento en mi nuca hizo que una descarga eléctrica me calentase todas las extremidades para concentrarse inmediatamente bajo mi ombligo e ir bajando hasta mi entrepierna, un calor que me seguía azotando mientras él metía sus dedos en mi boca, sin dejar de juguetear con uno de mis pezones con la otra mano.

Aquello hizo que me abandonase por completo a la cascada de sensaciones que acababa de desencadenarse. Su mano derecha abandonó mi pezón dolorido para abordar los botones de mis vaqueros y hacerlos saltar con una habilidad sorprendente. Mis manos apoyadas sobre la fría piedra me ayudaban a encontrar el roce contra su cuerpo, buscando una sintonía de movimientos con él, mientras mi lengua jugaba con sus dedos con el ansia de quien quiere más. Con los pantalones todavía puestos, su mano comenzó a abrirse camino por dentro de mis bragas mojadas por el deseo, su lengua recorriendo mi espalda mientras todo mi vello se eriza.

Inconscientemente, mi pelvis se desata en un rítmico contoneo para facilitar el recorrido de sus dedos sobre mi clítoris. Mis gemidos regresan con más fuerza, siento un calor húmedo que recorre toda mi piel. Intento girarme ofreciendo mis labios sedientos, pero su cuerpo pegado al mío me lo impide sin que me importe lo más mínimo. Sus dedos giraban y giraban alrededor de mi clítoris mientras tiraban de él al mismo tiempo que de uno de mis pezones. …sí, sí, sí… su lengua buscando lasciva la base de mi cuello, volviéndome loca.

Bajé mis manos de nuevo buscando agarrarme a él y él bajó mis pantalones hasta los tobillos, separando mis piernas con una de las suyas. El desasosiego que había empezado a sentir cuando sus dedos abandonaron mi entrepierna desapareció con la primera de las embestidas con que sacudió todo mi ser. Sujeté sus nalgas con fuerza atrayendo su pene más adentro mientras me acoplaba a sus bruscos movimientos.

De mi boca entreabierta salían descontrolados jadeos cada vez más profundos, más seguidos…ah…ah..ah, mientras él me follaba empotrándome contra la fría piedra cada vez que me embestía…ah..ah..sí, sí, sí…

Se dejó ir después de que yo lo hiciera, apoyando por completo su pecho sobre mi espalda, resoplando todavía sobre mi nuca sudorosa, al tiempo que yo trataba de contener el temblor de mis rodillas en el frío y oscuro callejón.

Con la delicadeza de un novio subió mis pantalones y dejó un casto beso en el lóbulo de mi oreja.

- ¡Joder!- acerté a decir mientras abrochaba mis vaqueros y me daba la vuelta. El callejón seguía siendo frío y oscuro, pero algo lo hacía diferente al callejón de hacía unos minutos. Allí no había nadie.

No he vuelto por aquel bar, al menos no por la noche. Pero cada mañana paso por delante de su puerta cerrada de camino a mi trabajo, con el maletín de mi ordenador en una de mis manos y una sonrisa en la otra.

 

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