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Carnavales

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Esta no es una historia mía... como sabía la autora que me gustaban las historias... espero que os guste tanto como a mí.

Eran carnavales, ¡cuánto juego dan los carnavales! Ser quien no eres y esas cosas. Pero no se equivoquen, los dos protagonistas de esta historia eran quienes eran cuando hicieron lo que hicieron, y puedo asegurarles que sus disfraces no tuvieron que ver... más que en un pequeño detalle; una cuestión de tapas.... ¡Ah, cuánto, cuánto juego dan los carnavales!

Él llevaba un traje de Capitán Garfio, con unas mallas negras, unas botas, una casaca roja prestada y un sombrero de cartón. Una barba puntiaguda y un bigotito fino, además de una espada en el costado completaban el cuadro, que quedaba un poco desvirtuado porque el garfio había sido sustituido por un destornillador. Dejemos a un lado el cambio de identidad que debiera haber adoptado el pobre capitán y pasemos al disfraz de ella.

No era Gwendoline, como se podría esperar, ni tampoco una sirena. Iba vestida del hermanito pequeño, ¿cómo se llamaba?, ese que se pasa todo el cuento vestido con un pijama rojo de culo colgante y un osito en la mano. Un poco de maquillaje, una coleta, unos mocasines y el consiguiente oso y, colocada al lado del Capitán... Herramienta, no podía confundírsela con otro personaje.

Habían quedado con unos amigos y cogieron el metro para llegar al lugar. Entraron en el vagón riendo y bromeando, conscientes de las miradas que atraían. No estaba abarrotado pero ya algunas personas viajaban en pie sujetas a las barras, de manera que se quedaron apoyados contra la pared que separaba de la cabina del conductor.

No lo habían planeado pero la verdad era que resultaba genial ver al malvado Capitán Garfio besando dulce, que no castamente, al hermanito pequeño de Gwen, y a éste disfrutando ávidamente de tan antinaturales caricias. ¡Si Peter Pan bajara de la penúltima estrella a la derecha y los viera!, ¡polvos mágicos les iba a dar!

Pero, como ya advertí, esta historia no tiene nada que ver con los personajes que interpretaban; y además, eso hubiera sido de muy mal gusto. Lo que ocurrió fue que, a veces, las cosas no salen en el instante en que uno las ha planeado, los acontecimientos se precipitan y uno resulta atropellado por su propia fantasía.

Estaban abrazados, ella contra la pared. No hacían nada, simplemente se sostenían mutuamente, con las cabezas apoyadas en el hombro del otro. él paseaba sus manos tranquilamente por la cintura y la espalda de ella; de vez en cuando sus dedos pasaban por encima del tacto frío de un automático. El pijama que llevaba ella era un mono seguido, de los que les ponían antes a los niños, cuya trasera se desprende al soltar unos clips, para poder cambiar el pañal.

Apartó la cabeza para poder verla. Estaba muy graciosa y su sonrisa debió ser contagiosa porque ella se la devolvió. Había cierta picardía en el fondo de sus ojos que no supo interpretar pero que le hizo perder la serenidad que disfrutaba momentos antes. Acercándose más a ella y atrayendo su cuerpo hacia él, la besó el rostro, suavemente para no correr el maquillaje. La sintió juguetear con las manos escondidas bajo su casaca y, animado por la jovialidad del momento, deslizó una mano, la sana por supuesto, por debajo de la tapa del pijama.

La chica se separó bruscamente y abrió mucho los ojos, justo en el momento en que él alcanzaba sus glúteos y tocaba... ¡piel!. Le sintió apartar la mano como si se hubiera quemado y, al ver en su rostro una cómica expresión escandalizada, no pudo evitar reírse de él.

Entonces fue cuando las cosas empezaron a precipitarse. Por su cara pasaron, seguiditos, el escándalo, la sorpresa, la extrañeza y, por último, una sonrisilla tan cargada de malicia, o más, que la que ella le había dedicado momentos antes. Ella sabía perfectamente lo que él estaba pensando, evidentemente, si no no iría tan fresca por la calle: Odiaba profundamente sus bragas. Le gustaba verla en ropa interior y reventaba de placer cuando tiraba de la prenda y descubría lo que había debajo; pero luego quedaba toda la pierna, desprenderlas de los tobillos..., era todo un engorro; a él le hubiera gustado que su ropa interior fuera como la de los stripteases, tiras del velcro y sale todo de una vez.

Hoy, sin embargo, había decidido satisfacer su morbo y disfrutar de la sorpresa pintada en su rostro. Con lo que no había contado era con su curiosidad y ahora él estaba apoyado de lado contra la pared, observándola atentamente como maravillado, mientras ella trataba de simular indiferencia.

Sintió una mano apoyada suavemente sobre la tapa de su pijama, le lanzó una mirada severa, pensando que él obedecería. Pero el chico, guiado sólo por cierto tipo de instinto, jugueteó entre una nalga y otra, probando su peso y su movimiento ahora que no tenían ningún sostén. Ella permitió que él experimentase durante un rato, después de todo, ahora que la había descubierto, no podía pretender que se mantuviera indiferente. Justo cuando iba a decirle que se estuviera quieto notó y escuchó cómo uno de los automáticos que cerraban su tapa se abría.

Lanzó una exclamación baja de advertencia pero era tarde, él ya había desabrochado el segundo botón, sólo quedaba uno y la esquina derecha de la tapa había empezado a descubrir lo que estaba escondiendo. Su mirada ya no era severa sino incendiaria. Ahora era cuando su fantasía iba a atropellarla.

Efectivamente la mano de él se instaló entre sus nalgas y se quedó quieta un momento disfrutando del contacto. Ella miró desesperada al resto de la gente del vagón, nadie parecía percatarse de nada porque los pantalones eran anchos y no se veía la tapilla colgar. Aún así, no podía evitar que la gente los mirase puesto que iban disfrazados, de manera que respiró hondo y trató de mantener la compostura para que nadie advirtiera lo que estaba sucediendo; porque, muy a su pesar, debía reconocer que le agradaba cada uno de los movimientos que él hacía a escondidas. Si, por lo menos él no la hubiera sentido excitada, quizá la hubiera dejado en paz; pero lo cierto era que, al introducir su mano, había derrapado velozmente por su piel, al contacto con su humedad y, animado por este hecho, había continuado su tarea.

Él bordó su papel de malvado. Estaba impávido, por su rostro no pasaba ninguna expresión. Le resultaba divertido ver los esfuerzos que ella hacía para no alterarse, ambos sabían que no podría separarse de la pared hasta que él no abrochara los botones. Pero lo mejor era la situación, el disfraz, la ropa interior, o más bien su ausencia, el vagón; cada movimiento que hacía con su mano se reflejaba en su bragueta, haciéndole sentir algo parecido al vértigo. Sus dedos daban vueltas al rededor del pequeño nudo que sentía vibrar entre las yemas; separó y juntó los dedos, abriendo y cerrando sus labios, tirando de su piel para incrementar la tensión, luego colocó la mano, plana, sobre su entrepierna inflamada, por el puro placer de sentir el latido que se producía debajo. Ella era blanda, suave, resbaladiza, acogedora, cálida..., y toda aquella ternura se cobijaba ahora bajo su mano.

Ella suspiraba en silencio. Se la veía quieta, serena pero él sabía, y sentía, lo que sucedía en su interior, mientras miraba al suelo con los ojos entornados disfrutando de lo que nadie más sabía que pasaba. En ese momento sintió, en algún lugar deslocalizado de su interior, algo que reconoció como atracción, no física, sino... personal. Deseó cogerla, abrazarla y besarla, mimarla; de su entrepierna llegó un alegre mensaje de absoluta conformidad, pero instándole a continuar. Se vio a sí mismo tocando su rostro..., pero en la otra mano llevaba un destornillador, así que se abstuvo de hacerlo. Se esforzó en continuar, luego habría tiempo para mimos.

El vagón traqueteaba en cada curva y el fragor de las ruedas la ayudaban a mantenerse en pie y apoyada contra la pared. Otra curva y su cabeza rodó hasta quedar apoyada en el pecho del chico. El gesto parecía pedir tregua y ella sintió cómo él aligeraba su insistencia y la acariciaba dulcemente. Abrió los ojos y vio la abultada delantera de su pantalón. Instintivamente quiso cubrirla con su mano pero era demasiado visible de manera que decidió estarse quieta; luego penso un poco fríamente en la forma en que ambos habían llegado a esa situación y pensó, rencorosa, ¡jódete!

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, en ese momento, él hizo un movimiento brusco y fuerte sobre su clítoris. Ella se incorporó, emitiendo un sonido como si se tragara el aire que estaba respirando, y así había sucedido de hecho. Ambos estuvieron a punto de decir, ¡Shhhhhh! De pronto ella no pudo reprimir la risa, volvió la cabeza para no ver la cara de circunstancias de él y no reírse más, porque si alguien se sentía incómodo en ese momento, con varias personas tratando de averiguar porqué se reía tanto esa pareja que iba tan callada, ese era él.

Notó que la oprimía con toda la palma de la mano, como si sellando unos labios pudiera callar a los otros. Ahora se lo estaba pasando en grande y se daba cuenta de que le importaba muy poco lo que la gente pudiera pensar, ya sólo pretendía que nadie le viera el culo.

Se dirigían hacia su última estación. A ella le faltaba ya muy poco para liberarse de la tensión y quedarse a gusto. Pero, naturalmente, él decidió que no iba a dar tiempo, así que comenzó a abrochar los indiscretos automáticos y se dirigió hacia la puerta. Ella estaba totalmente ofuscada y el oso casi despeluchado. Se sintió resbaladiza mientras caminaba por el andén, su compañero tampoco parecía caminar de una manera normal y casi le pareció que hasta se sentía culpable.

Ella trató de hacerse la ofendida, él el indiferente, y ambos fracasaron estrepitosamente. La gente miraba pasar a una extraña pareja compuesta por un Capitán Destornillador que agachaba la cabeza y se arropaba todo lo que podía con su casaca, y un "niño descarriado" con un elocuente rubor en las mejillas que iba más allá del maquillaje.

Tenía que haber alguna forma de deshacerse de aquella espantosa sensación pero su cabeza estaba totalmente embotada o, más bien, su cerebro se había escurrido por su espina dorsal y habitaba ahora en un lugar que no era precisamente su cráneo. Lo único que podía pensar era en la urgencia que sentía crecer por momentos. Quizá fue eso lo que la ayudó a decidirse. El intercambiador estaba abarrotado de gente mientras se dirigían hacia las escaleras mecánicas, muchos llevaban disfraces, de manera que nadie vio al "niño descarriado" entrar en el cuarto para los utensilios de limpieza y tirar fuertemente de la casaca de su capitán.

Cerraron la puerta y se miraron, sin saber muy bien qué hacían allí. El mono que llevaba ella no permitía que se quitara los pantalones sin que se quitara también la pare superior y, después de todo, estaban en un lugar donde cualquiera podía entrar fácilmente, no era cuestión de que la pillaran totalmente en bolas. Soltó rápidamente los botones y se volvió buscando un sitio donde apoyarse. Sabía que él la miraba expectante y se sintió extrañamente fuerte en aquel momento, casi como se había imaginado que se sentiría si los acontecimientos se hubieran desarrollado como ella los había planeado. Encontró un aparador para guardar bidones y botellas de limpieza y se dirigió hacia el. Tuvo que volver sobre sus pasos para traerle porque él se encontraba como embobado mirándola. Le acercó al aparador, le besó durante unos momentos, él reaccionó agradablemente, sin embargo los dos volvieron a estar de acuerdo en que los mimos... luego.

El mueble llegaba justo por debajo de los huesos de su cadera pero, aún así, ella se alzó sobre las puntas de sus pies para que el borde quedara un poco más abajo, luego arqueó la espalda, de una forma nada accidental, al tiempo que se inclinaba hacia delante y disfrutaba, casi perversamente, de la exclamación ahogada que llegaba desde su espalda. Sonrió. - ¡Dios!- le oyó murmurar.

No contó, sin embargo, con que la posición le impedía, no sólo participar, sino además ver lo que él planeaba hacer. Esto la incomodó y la excitó al mismo tiempo. Él seguía mirando entre extasiado y satisfecho, jamás una mujer se le había ofrecido de aquella manera y, a pesar de la llamada estentórea que palpitaba entre sus piernas, decidió que el momento sería lo más largo posible, que disfrutaría de cada segundo. Y así lo hizo.

Le sintió moverse detrás suya y procuró no mirar hacia atrás. Entonces notó sus manos, una en cada uno de sus glúteos, sabía lo que iba a hacer y gimió de pura anticipación. Comenzó a mover las manos, apretadas contra sus nalgas, no tanto hacia afuera como hacia atrás, tirando de la piel de su entrepierna. Lo hacía lentamente, casi con deliberación, haciéndola apretar los dientes para no gritarle que terminara ya.

Cuando había llegado al máximo de tensión, sin hacerla daño, y había conseguido descubrir toda la extensión de su intimidad, colocó un pulgar justo detrás de la vagina. La exposición al ambiente había enfriado su humedad, así que ella se sorprendió cuando notó cálido el contacto sobre el lugar más febril de su cuerpo. Él deslizó el dedo por toda la zona húmeda hasta que llegó al clítoris, que mantuvo ligeramente presionado mientras el otro pulgar repetía la actuación de su compañero, hasta que llegaba abajo y el primero volvía a repetir. Se cansó pronto de este juego, apartó los dedos y estampó un sonoro beso en sus labios, ella lanzó una exclamación y sonrió divertida.

Entonces él se levantó, acarició la cara interna de sus muslos y terminó colocando su mano extendida entre las pierna y las nalgas. Ella contrajo un momento los músculos bajo su mano, en una muda invitación que él no pareció recoger porque se frotó un poco primero, apartó luego la mano y retrocedió unos pasos para admirar lo que tenía ante él.

La chica esperó mordiéndose los labios que, milagrosamente, aún no estaban destrozados. - Vamos- murmuró, maravillada de que él pudiera aguantar tanto. Quizá fue su ofuscación o quizá que él supo ser muy sigiloso, el caso es que no le oyó acercarse y agacharse a su lado, lo único que sintió de pronto fue algo, que no era su mano ni su pene, como ella hubiera querido, sino su lengua apoyada contra su vagina. Lanzó un grito de sorpresa y no pudo evitar seguir gimiendo cuando esta se introdujo en su interior, juguetona, haciéndola temblar, mientras sus dedos accionaban el clítoris, pellizcándolo, girando a su alrededor.

La lengua de él pareció reptar a lo largo de su hendidura, entonces, apartando los labios externos con las manos, apoyó la boca alrededor de los internos, tocando a la vez el botón con sus propios labios, y succionó. Ella sintió como si se le fuese a salir el cuerpo entero por abajo, gritó. Naturalmente la succión no fue perfecta porque los labios de él no encajaban perfectamente con los de ella pero cuando entró el aire, el sonido que produjo, resonó en todo su cuerpo, por dentro y por fuera.

Perdidos ya los nervios, ella movió las piernas y consiguió que se apartara. - Bueno, ya.- Jadeó casi histérica- Termina ya, ¿me oyes?... Date prisa. Juntó las piernas como para dar a entender que no quería más y estuvo a punto de erguirse. A él esto debió de hacerle mucha gracia, porque colocó inmediatamente su mano sobre la parte húmeda que había quedado al descubierto. Ella lanzó un suspiro de fastidio, pero el mensaje estaba clarísimo, decía: "Tu defensa hace aguas", y no pudo evitar echarse a reír.

Por fin él se decidió a darle el gusto, se aproximó para dejar que sintiera contra los glúteos algo que a ella le pareció excesivamente duro para estar lleno sólo de líquido. Bajó sus mallas hasta las rodillas y se dio cuenta de que tampoco él podía aguantar más tiempo. Aún así, la penetró lentamente, disfrutando de la facilidad con que se deslizaba en su interior, saboreando la calidez que le llamaba hacia dentro. Entonces alargó una mano para acariciar su cuello y su cara, sólo un momento, antes de que ella levantara la suya y entrelazaran sus dedos.

A ella le agradó, a pesar de la urgencia, la delicadeza con que él la amaba. Trató de participar de la única forma que podía, apresádole cada vez que entraba y soltándole después, aunque nunca estaba segura de que él percibiera estos movimientos. Algo parecía tirar de la parte baja de su cuerpo, provocándole una especie de dolor placentero, la tensión se incrementaba con cada lento rebote. Un cambio en el ritmo de la pelvis de él puso la cuerda totalmente en tensión. Oyó, sin escuchar, los gritos de ambos, un momento después, la cuerda se rompió produciendo oleadas de placer, como una goma que se estira y se suelta de pronto haciendo que rebote y haga ondas.

... Se quedaron quietos unos segundos, después él se separó, haciéndola sentir algo parecido a pérdida, la ayudó a incorporarse y la vistió, después se vistió él. Salieron del cuarto justo cuando un encargado de limpieza se disponía a entrar, se vieron el uno al otro tragar saliva y pensar sólamente "¡Dios mío!".

¡Cuánto, cuánto juego dan los carnavales! Y cuántas y qué distintas pueden ser las formas en que una persona puede ser atropellada. Ya lo decía yo, una simple cuestión de tapas....

 

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