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El chico de las galletas

Publicado por Mar el 31/01/2007

El segundo encuentro de mi madre y su amiga con el negro

vendedor de galletas.



Con mi mente revuelta por todo lo que había visto y lo que es peor, no haber intervenido y detener que mi madre saciara su curiosidad. Esos días fueron muy confusos pues no me animaba a decir nada de lo ocurrido pues en casa todo transcurría de lo más normal pero a pesar de tratar de distraerme saliendo con amigas, confieso que el saber que tenían una nueva cita pactada para el jueves del inicio de mis clases en la universidad, algo me impulsaba a estar presente en esa nueva sesión. Esa era mi más grande disyuntiva, dejar que eso siguiera su rumbo o detener todo de una vez por todas.



Así fue que llegó el día señalado, y a pesar de que había asistido los días anteriores a mis clases, ese jueves salí de casa pero no con rumbo a la universidad sino me quedé en el parque esperando. Después de casi 20 minutos, a lo lejos pude ver a la señora Julia dirigirse a mi casa, yo sentado al pie de un árbol me moví para no ser visto. Yo sabía que el muchacho en cuestión no demoraría en aparecer por la urbanización, y lo sabía porque como cualquier otro joven al que se le presenta tremenda oportunidad de satisfacerse con 2 mujeres, no desearía perder ni un sólo minuto.



Casi pasaron cerca de 40 minutos cuando vi al muchacho que llevaba consigo su maletín, que con paso alegre se dirigía a mi casa. Yo me guardé el libro que estaba leyendo mientras esperaba y fui tras el muchacho pero guardando la distancia. Desde la esquina lo observé tocando el timbre de mi casa, al instante salió mi madre y lo hizo pasar. Vaya, definitivamente se llevaría a cabo otro encuentro para dolor mío.



Decidí esperar unos minutos más para entrar en casa, pues no sabía si estarían en la sala o en otro lugar. Con cuidado me acerqué hasta la puerta y puse el oído, intentando escuchar algo, pero era difícil así que simplemente seguí con el plan, introduje mi llave y muy despacio abrí la puerta. Al entrar, me acomodé en el mismo lugar de la vez anterior pero al asomar la cabeza, me di con la sorpresa que no había nadie, ni siquiera sus ropas. Eso me llevó a pensar que estarían en el cuarto de mis padres. Ingresé tratando que la puerta de la sala no hiciera ruido alguno, desde allí podía escuchar los murmullos y risas que provenían de donde lo imaginé, y a paso lento me acerqué hasta el cuarto, que tenía la puerta cerrada.



Y ahora ¿cómo haría para verlos? Mi mente trabajo rápidamente y la solución estaba ahí nomás. Ese cuarto da hacia el patio posterior al giual que su ventana, y está cubierta por esas cortinas que se abren del medio y que cuando se cierran dejan una pequeña, pero suficiente, abertura. No demoré más y pasé cuidadosamente, y lentamente me acerqué hasta la parte de la abertura. Tal como sospeché, era más que suficiente para observar el cuarto en su totalidad.



Los 3 ya estaban completamente desnudos, el muchacho echado en la cama boca arriba, dejaba que mi madre y la señora Julia, se devoraran su negra verga. Mientras una trabajaba el inmenso glande, la otra jugaba lujuriosa con los huevos del negro, intercambiando de lugar de rato en rato, cualquiera que las viera pensaría que era común en ellas satisfacer a un hombre a la misma vez. Actuaban como si se leyeran la mente. Y eso aún no me cabía en la mente, como era posible que unas señoras casadas pudieran caer rendidas ante los deseos de un chico más joven aunque grotescamente aventajado. Eso me hizo pensar que ante nuestra indiferencia por la vida de amas de casa, monótona y aburrida de mi madre y su amiga, pues se arriesgaron a experimentar, a probar, a sentirse vivas de verdad. Y de eso sólo éramos culpables nosotros, sus familias que contribuimos a que cayeran en manos de un aprovechado.



La madre de Fernando pasaba su lengua desde la base de los huevos por todo el tronco hasta llegar al morado glande tragándoselo por completo. Luego le cedía, como buena amiga, a mi madre su lugar en la mamada que el muchacho disfrutaba como loco dándoles de comer su descomunal fierro. Ya el recato y el pudor natural de madres se había esfumado de ellas, lo único que sus cuerpos deseaban eran ser satisfechas por su macho.



A pesar de sus esfuerzos bucales, ninguna de las 2 podía tragar completo el garrote del chico, que tenía el gusto de agarrarles el cabello en una colita y moverlas de arriba y abajo casi obligándolas, para que comieran bien su pedazo de carne.



- Que buenas son chupándola, señoras.- dijo el muchacho sonriendo.

- Gracias, Mauricio.- respondió mi madre, sacándose un vello púbico del negro de la boca.



La señora Julia seguía abocada en una mamada de esas que marcan época y hubieran destrozado el corazón de su familia, mientras mi madre se besaba con el chico, pasándose saliva de una lengua a otra, para mi absoluto asombro de que fuera capaz de algo así. Ni a mí se me había ocurrido hacer eso con alguna chica y mi madre ni se inmutó en hacerlo con ese muchacho menor que ella en edad pero de larga herramienta.



Mientras la madre de Fernando se daba un respiro, mi madre se sentó sobre el estómago del chico marcado de abdominales y se quedó mirándolo.



- Vaya, señora Olga, ya se está despavilando.- dijo el negro alegre de ver que mi madre empezaba a liberar su libido.

- Y aún no has visto nada, muchachito.- respondió mi madre con una voz de arrecha que me asustó.



Con una mano acomodó el negro vergón que descansaba sobre el estómago, y se sentó sobre él pero sin metérsela sino que fue moviéndose de atrás hacia adelante, cosa que sus labios vaginales se deslizaban por el tronco gordo y venoso del chico. Mi corazón latía a mil por hora ante los actos de mi madre, la mujer que más amaba en el mundo y que se comportaba como una vil traidora.



Sus caderas se movían delicadamente dejando que el placer se fuera apoderando de su cuerpo. El negro observaba contento las maniobras de mi madre mientras atrapaba sus senos con las manos, apretando sus pezones con furia que mi madrecita aprobaba incitándolo a continuar.



Acostada al lado del chico, la señora Julia lo acariciaba y besaba. Yo estaba viendo los malabares de la madre de Fernando cuando un suspiro me hizo volver a mi madre. Algo levantada, mi madre dirigía con su mano el cañón de su amante hasta la entrada de su concha. Mis latidos se aceleraron ante esta visión, a pesar de haberla visto hace casi 2 semanas antes, mi amor de hijo se veía vapuleado por el descaro de mi madre... negro de mierda, ¿acaso le gustaría que un desconocido se cogiera a su madre? Poco a poco se fue sentando, mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes, dejaba que el maldito negro la penetrara. La verga del chico se adentraba centímetro a centímetro en el interior de mi madre, mientras ellos se miraban con deseo, enfermizo y lleno de lujuria. El muchacho dio un empujón con sus caderas y mi madre, al sentirse llena por completo, soltó un grito de dolor, otra vez esa monstruosa verga estaba siendo apresada por las paredes vaginales de mi madre. Por qué tenía que ser ella, por qué no podía saber que su acción me rompía el corazón en pedacitos muy difíciles de volver a unir. Pero estoy seguro que no se hubiera detenido a pesar de que supiera que yo la observaba.



- Ayayay... que grande, muchacho, que grande.- gimió mi madre haciendo círculos perfectos sobre la verga del negro.

- Siga señora, no me decepcione.- dijo el chico sujetándola ahora por las caderas. Que concha más deliciosa me estoy cogiendo.



Luego, el muchacho se ensalivó un dedo y se puso a frotar el clítoris de su esclava sexual. Mientras la madre de Fernando le daba de probar sus senos maduros y respingones que el negro comía con gusto. Y pensar que esos mismos pezones le dieron de alimentar a mi amigo en su infancia.



Los minutos pasaban unos tras otros sin detenerse y también sin detenerse estaban el chico y mi madre en una cogida muy ruidosa y violenta por los movimientos de cadera de ella que empezaba a salpicar sus cuerpos de incontables gotas de sudor. Así continuaron varios y dolorosos minutos, con mi madre cabalgando alegre y salvajemente a su joven amante, su cabello se movía pegándose a su sudoroso cuerpo. Unos palmazos en las nalgas de mi madre le hicieron saber que había llegado el turno de su amiga que no lo dudo 2 veces al momento de subirse sobre el enorme miembro. Ayudado por los jugos vaginales de mi madre que forraban el fierro del negro, la facilidad con que el garrote desapareció en su chucha fue alucinante, increíble.



Como lo intuí desde la primera vez que los vi, la señora Julia era el manjar de más predilección del chico. Él la sujetaba de las caderas y ambos estaban sin moverse, la señora Julia la miraba como extrañada de que no iniciara la cópula que tanto deseaba.



- ¿Qué pasa Mauricio?- preguntó la madre de Fernando con la verga incrustada en lo más hondo de su ser.

- Pues, nada, sólo que me gusta sentir como su vagina me aprieta la verga por completo.- dijo honestamente el negro. Es muy sabrosa, señora, siempre tan caliente y mojadita.

- Ahhh, jajaja, ¿en serio?- inquirió sorprendida y maravillada. Nadie me dijo eso antes... ni siquiera mi esposo.

- Que mal, muy mal por su esposo.- dijo acariciando sus caderas. Yo podría hacerle el amor por el resto de mi vida.

- Uhmmm, gracias por tus palabras tan halagadoras.- respondió la señora Julia evidentemente caliente por esta situación. Tú si sabes como tratar a una mujer.

- Si supiera señora Julia, si supiera.- dijo iniciando de una vez el coito.



La madre de Fernando no se quedó atrás pues sus movimientos fueron desde un inicio salvajes y constantes, dejando claramente maravillado al chico que parecía muy convencido que eso iba a ocurrir. Algo me decía, al verlo, que este muchacho ya llevaba una buena cuenta de mujeres cogidas y eso que sólo tendría unos 18 años aproximadamente. Su destreza casi natural me daba que pensar.



Tanto es así, que el chico no hacía nada sino que se dejaba coger por la misma señora Julia, ella hacía toda la labor coital. El cuarto se encontraba inundado de gritos y gemidos desgarrados, que hacían vibrar el vidrio de la ventana. Su cabello rubio volaba por los aires ante sus movimientos desbocados y sus senos brincaban de arriba para abajo muy gracilmente. Definitivamente la madre de Fernando era toda una diosa dorada y que nada tenía que envidiar a las muchas actrices pornos que había visto en innumerables películas.



- Que rica conchita blanca me estoy cogiendo.- gimió levantando sus caderas y con esto hacía levantar a la señora Julia.

- Vaya que fuerza tienes, muchacho, me tienes loca del gusto.- dijo la madre de Fernando dejándose llevar por el placer.



La señora se encontraba maravillada por la resistencia y vigor del negro, y se movía a un ritmo por momentos desbocado que hacía gritar del gusto al chico y luego cuando sentía que podía eyacular, se detenía y se relajaba sólo para volver a cabalgarlo como un vil jumento. Este maldito negro aguantaba una eternidad, fácil podría hacerlo por horas.



- Señoras, escuchen.- dijo el muchacho a duras penas aguantando al máximo el final. Antes de que termine se echan boca arriba las 2 juntas.

- Está bien, Mauricio.- respondió mi obediente madre.



Su amiga sólo atinó a mover la cabeza en forma asentiva aunque creo que eso se debió más que nada a lo mucho que estaba disfrutando cogerse a ese negro. De un momento a otro, el chico gritó, permitiendo que la madre de Fernando desmonte y ambas mujeres hicieron lo acordado. Mientras sontenía su verga con la mano derecha, se acercó de rodillas hasta quedar a la altura de sus bocas, con unas cuantas jaladas más a su fierro, este empezó a soltar unos borbotones de semen, que más parecía requesón aguado. Tanto alcanzó, que pudo embarrar las barbillas, labios y mejillas de sus perras, mientras una que otras gotas saltaron a sus bocas, siendo tragadas por ellas. Esa imagen me provocó algo de nauseas pues una cosa era ver a mi madre chupándosela pero otra era verla comiendo del producto de sus huevos, que las muy pendejas lamían de sus propios labios para no desperciar ni una sola gota. El negro hijo de puta sonreía divertido ante lo que veía y mientras restregaba la cabezota de su verga en los labios de las señoras.



Mi propia madre terminó de exprimirle el garrote al chico y apropiarse de las últimas gotas de leche. Su amante de ébano sudando y bufando por el calor asfixiante y la faena realizada, se acostó en medio de las mujeres y con una a cada lado se quedaron acariciando y conversando.



- Vaya, señoras, ahora sí que les doy a cada una la corona como las reinas de la mamada.- dijo el chico recobrando el ritmo normal de su respiración.

- Gracias, mi semental lindo.- dijo la señora Julia.

- Sí, Mauricio, me alegro que te gustara.- dijo mi madre apoyando su cabeza en el pecho del muchacho.

- No, gracias a ustedes por ser tan especiales.- respondió dándoles un beso a cada una.



Ahí estaban los 3 exhaustos y desnudos de tanto cachar, un par de señoras infieles a sus maridos y sus familias y un muchacho negro, mostrando con orgullo su aventajado miembro.



- Oye, muchacho, ¿te puedo hacer una pregunta?- dijo la señora Julia.

- Sí, digame señora.- respondió mirando a los ojos verdes de la madre de Fernando.

- Pues, que a pesar de ser muy joven, sabes bastante de sexo.- dijo curiosa. ¿A qué se debe?



El chico las miró y lanzó una risa que pareció el aullido de un animal.



- Bueno, eso tiene su explicación.- contestó sonriendo ante la mirada atenta de sus esclavas. Pues eso se debe a que mi vecina me enseñó todo.

- ¿Tu vecina? ¿quién es?- preguntó la señora Julia asombrada.

- Sí, Norma se llama la señora.- respondió el muchacho. Ella fue mi maestra sexual.

- Ahhhh, todavía casada era ¿no?- inquirió mi madre ahora.

- Así es.- dijo tranquilo. Yo soy amigo de su hijo David.

- Ya, ¿y?- preguntó la señora Julia.

- Bueno, es larga la historia pero para resumir con ella fue que aprendí desde que tenía los 1X años.- contestó a tantas preguntas.

- Con razón sabes tratar bien a las mujeres pues te enseñó muy bien.- dijo mi madre. Ella fue la primera mujer con la que estuvistes.

- Aja, la señora Norma fue la primera.- respondió sonriendo.

- ¿Y hasta ahora se siguen viendo?- inquirió la señora Julia algo celosa.

- Pues, sí.- dijo honestamente. De vez en cuando nos vemos.

- Bueno, no importa porque nosotras te vamos a hacer olvidarla.- dijo la madre de Fernando sonriendo.

- Uhmmm, eso tengo que verlo.- murmuró riendo el muchacho mientras su fierro empezaba a cobrar vida nuevamente.



Ya sabía que algo escondido tenía ese muchacho y ahora entendía muy bien el por qué de su sapiencia sexual.



Por las caricias prodigadas, solito se fue izando su negro mástil ante las miradas de sus amantes, que se mostraban satisfechas por la rapidez que podía entrar en combate.



Entre las 2 mujeres se fueron turnando al momento de masturbarlo e incluso llegaron a un mismo tiempo estar las 2 manos pajeándolo vigorosamente. Sus lenguas volvieron a saborear los restos de salivas y semen, con un gusto que más parecía que probaban un sabroso dulce. Unos instantes después, el negro se encontraba listo para seguir castigando a las señoras y ellas se entregaron con sumisión a sus designios. Y yo no podía hacer nada por evitarlo o, tal vez, en el fondo de mi ser así deseaba que ocurriera.



Ellas se quedaron echadas ante órdenes del chico, que se acercó a mi madre y empezó a pasar la mano por su chucha, sus piernas se abrieron y le dejaron la vía libre. Mientras se miraban, mi madre era palpada por la mano de su amante tan negra e invasora, que introdujo de golpe 2 dedos en su concha mojada. Lentamente fue dándole una cogida con los dedos que salían húmedos por la obvia excitación que la inundaba por completo.



- Ya, Mauricio, cógeme de una vez, por favor.- gimió mi madre al sentir como la masturbaban.



Ante los ruegos de ella, el chico sacó sus dedos y se los llevó a la boca catando los sabores de mi madre. Ya era más que increíble y doloroso para mi pobre corazón, mi madre pidiéndole a un negro que se la cachara.



No esperó más el muchacho y tomándola de los tobillos, los puso en sus hombros para luego dirigir su verga en la entrada de la vagina de mi madre. Así como pasó antes con la señora Julia, la chucha absorvió de una embestida ese deforme e inmenso garrote. El maldito negro estaba, cuan largo y grueso era, dentro de mi madre, apretando tanto que sus huevos negros se contrastaban extrañamente con el ano rosado oscuro de ella. Los ojos de mi madre llameaban furiosos y demoniacos, la lujuria la dominaba en cuerpo y alma, el chico respondió echándose encima de ella y, así, se fundían en un prolongado y húmedo beso. Definitivamente había perdido a mi adorada madre por completo y nunca la volvería a recuperar.



Estuvieron mucho más rato de lo que imaginé, besándose y dejándole sentir la enorme magnitud de su vergón llenándola toda. Eso quería el negro de mierda, eso era lo que hacía, seducir a indefensas y curiosas amas de casa con su descomunal fierro; y muy bien que sabía el efecto que tenía en ellas, muy bien que lo sabía y bien que lo aprovechaba ahora en mi madre.



- Ayyyy, que rico, mi negrito, me siento tan llena de ti.- susurró la muy perra.



De un momento a otro el muchacho inició el coito, entrando y saliendo de la lubricada concha de mi madre, poco a poco iba aumentando la velocidad y la fuerza de las embestidas. Los gritos empezaron a salir de la garganta de ella, que cerraba los ojos, resistiendo el dolor, su vagina no aguantaba demasiado el calibre de su amo que salía brillando por la humedad interna de mi madre. La señora Julia se autosatisfacía en una labor dactilar. Con el avanzar del tiempo, me sorprendía cada vez más con la resistencia del chico y de su violenta manera de copular con sus parejas. El condenado volaba sobre mi madre, parecía que estuviera haciendo planchas encima de ella y sus huevos hacían un fuerte sonido al golpear su ano mojado de sus propios fluidos que salían de su vagina.



Después de unos minutos, que quedaban marcados para siempre en mi vida, mi madre explotaba en un orgasmo endemoniado y brutal. Sus gritos fueron acompañados por los bufidos del muchacho que inevitablemente soltaba su lechada dentro de mi progenitora, el negro de mierda había inundado su útero como tanto deseaba. Aún abrazados, mi madre y el chico se besaban después de ese coito que habían compartido ante mi presencia. Y parecía que ese condenado nunca se agotaba pues sus nalgas se marcaban cada vez que empujaba su verga aún dentro de la vagina de mi madre como alargando el placer al máximo para goce de los dos y dolor mío.



- Tu leche me salto dentro tan rico.- gimió mi madre alborotada.

- Y usted tiene una de las vaginas más deliciosas que haya probado.- dijo el muchacho aún moviéndose.

- No la saques, no la saques.- susurró mi madre. Quiero sentir tu vergota, mi semental.

- Como usted ordene, señora Olga.- contestó el chico apretándose más contra el cuerpo desnudo de su perra.



Era por demás desgarrador escuchar las palabras que salían de la boca de mi madre, la autora de mis días, que gozaba siendo rellenada por ese inmenso fierro. Mi alma se caía en pedacitos como antes lo hizo mi corazón destrozado. Los minutos pasaron lentamente, con la señora Julia como simple observadora de las caricias de ellos sin dejar de autosatisfacerse. Minutos incontables y casi eternos pasaban, y ellos, aún después de terminar juntos, seguían comiéndose las lenguas como dos poseídos y el maldito chico sin dejar de mover sus caderas suavemente en círculos para que su garrote no perdiera tamaño dentro de la concha de mi madre, que al sentir ese fierro desmesurado empujando en su interior, cerraba los ojos por el dolor para diversión del negro de mierda que disfrutaba haciendo sufrir a mi mamá. Eso me hería mucho, ver en los ojos de mi madre la satisfacción de tener dentro suyo algo tan grotesco que la llenaba por completo y la ultrajaba para su placer. El esperma del negro le habría llenado incluso las trompas de falopio, y mi temor en el sentido que quedara embarazada pues era lo de menos, dado que mi madre se las ligó años después de nacer yo.



Sus labios se movían pronunciando palabras que no alcanzaba a oír pero que nada bueno serían para mí. Con nuevos contoneos de sus caderas, estas se fueron moviendo, arriba y abajo, iniciando una vez más el coito. Mi madre empezó a soltar gemidos lastimeros, ante la agresividad de su amo que hacía oídos sordos a ella. De un momento a otro se retiró cuan largo era y miró a la señora Julia que esperaba ansiosa su turno.



La madre de Fernando se sacó los 3 dedos que ya tenía metidos en su interior, totalmente mojados y preparándolo para el garrote de su dueño. El chico la jaló de las piernas y se acomodó entre ellas, dejando descansar su fierro babeante sobre el estómago de la señora Julia, que lo agarró para seguir pajeándolo. Su propia mano dirigió esa deforme verga hasta su entrada vaginal, la señora estaba que se cocinaba en su propio jugo. La concha de ella le absorvió con facilidad la herramienta al negro, que se deleitaba jugando como un niño con los vellos púbicos rubios de su compañera sexual. Luego, con los pies de la madre de Fernando sirviéndole de teléfonos en sus oídos, este se echó bruscamente sobre ella, haciéndole sentir la inmensidad de su ser. Pobre de mi amigo si viera a su madre cómo gozaba, se hubiera puesto a llorar como una niña.



Al igual que con mi madre, el chico se quedó quieto sobre ella, besándose con deseo y pasión. Una vez más la hacía sentir que sin él estarían vacías e incompletas, poco a poco se volvían adictas al garrote descomunal del negro. Largos minutos después, el muchacho empezaba a salir y entrar de su perra favorita, que dejaba escapar una serenata de alaridos y gemidos desbocados. Su negra verga salía y entraba muy lubricada de las entrañas de la señora Julia, que susurraba algunas palabras al oído de su amante. Las caderas del negro se movían dando salvajes embestidas sabiendo que su esfuerzo sería recompensado con la sumisión absoluta de sus esclavas. De eso ni yo tenía dudas para tristeza mía al recordar que mi madre también formaba parte de su harém.



Ambos se daban íntegros y vigorosos en el coito, sudando y respirando violentamente, disfrutando a más no poder y demostrando que eran muy buenos apareándose para envidia mía de ver a esa señora tan guapa y deseable, que por muy mamá de mi amigo que fuera no dejaba de reconocer su hermosura, con ese maldito negro. Y mientras, el chico seguía batiendo records de resistencia, honestamente yo no podría aguantar tanto pero él parecía haber nacido para eso, para ser un semental como le decían ellas.



- Rápido, mi negro semental, rápido... cógeme más rápido.- suplicó la madre de Fernando desquiciada por la cachada.

- Cómo le gusta mi perrita.- dijo el negro deteniéndose para hacer círculos que le provocaban una mezcla de dolor y placer a la señora Julia.

- Que rico, papito, que rico.- gimió la muy perra apretando los dientes mientras sus ojos verdes colapsaban por el placer.



Después de muchas y violentas embestidas, y un violento espasmo y gritos de por medio, ambos quedaron temblando, agotados pero contentos de ese orgasmo monumental. Otra vez, el maldito había dejado volar su simiente dentro de la matriz de la madre de Fernando, que por lo visto le importaba muy poco el peligro de quedar embarazada o tal vez se cuidara. El negro soltó las piernas de la señora Julia, que al sentirse liberada las estiró completamente pero sin desprenderse de su unión, tratando que su vagina se amoldase cada vez más al apéndice grotesco de su amante.



- Sentí toda tu leche salpicando dentro de mí.- gimió sonriendo y relajada abrazándose al chico.



Mi madre se echó al lado de ellos, que siguieron sin soltarse de su coito, y se quedó mirándolos sonriente. Y así como con mi madre, el muchacho repetía sus movimientos apretando sus nalgas fuertemente aunque tal vez para terminar de soltar hasta la última gota de su leche en el interior de ella. Algo me hacía pensar que la señora Julia se comportaba de esa manera porque deseaba borrar toda huella de su esposo, parecía que cualquier lazo que la uniera debía ser enterrado. Quién pensaría en que una mujer se pudiera comportar de esa manera, una madre ejemplar y sencilla se había convertido en una loba salvaje. Y recordando, mi madre no se quedaba muy atrás.



Al ver que entre susurros se quedaban dormidos, decidí salir de mi escondite, con cuidado caminé por el pasillo hasta llegar a la puerta de la casa, pensando en todo. No había podido hacer nada, mi madre se encontraba desbocada y lejana, muy lejana de su familia. Mi corazón lloraba en silencio y sólo pude salir de casa a refugiarme en el internet.

 

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