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En casa de Eva

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Estaba solo a medianoche en mi casa. Era un otoñal Lunes y me encontraba absorto en mis pensamientos cuando recibí su llamada.

Hola, ¿está Pablo, por favor?

¿De parte de quién?

De Eva.

Ah, hola Eva, soy yo. No te había reconocido. Caray, hace mucho tiempo que no me llamas.

Sí, bueno, es que estuve de viaje por Oriente todo el verano y he estado ordenando un poco mi vida, ¿sabes?

Vaya, tú sí que sabes aprovechar el tiempo. Tienes que contármelo.

Para eso te llamo. ¿Te apetece venir a mi casa esta noche? Aún no he cenado y me muero de ganas de hablar contigo.

Mañana me espera una dura jornada de trabajo y un examen en la facultad.

Por favor... Quiero verte.

De acuerdo. A mí también me apetece verte. Llegaré a tu casa en media hora. ¿Cuál es tu piso?

El 3º C. Por favor, date prisa, me muero de hambre.

Descuida, llegaré pronto. Prepárame un café, ¿quieres? Me caigo de sueño.

Vale. Te espero.

Eva es una chica que conocí en el cumpleaños de un amigo, morena de pelo largo y rizado, ojos oscuros y piel de un color blanco bastante pálido. Medirá un metro setenta y pesará unos sesenta kilos. Es una chica muy sensual, con unas piernas muy afiladas y un bonito trasero, que estaría mejor un poco más abultado para mi gusto. Sus pechos eran lo mejorcito de ella, ya que tenía unos redondos y rellenos pechos con unos pezones muy grandes y alargados, que me recuerdan el sabor de la nata montada de la última vez que nos vimos. Esa vez fue cuando decidimos dejar de vernos tan a menudo, ya que nuestra relación se estaba volviendo monótona, y ya hacía seis meses de eso. ¡No nos habíamos visto desde hacía seis meses! Qué rápido pasa el tiempo cuando no se tiene el suficiente y necesario ni para ir al servicio. Pero ahora iba a verla de nuevo. A medida que me acercaba más y más a su casa, mi sensación mezcla de ansiedad, añoranza y curiosidad por verla iba aumentando a un ritmo acelerado. Al fin llegué al portal de su edificio y allí estaba, sentada en las escaleras esperando mi llegada, como acostumbraba a hacer antaño. No había cambiado demasiado desde entonces. Se le veía un poco más delgada y había cambiado de peinado. Llevaba el pelo más largo que antes, lo que le hacía parecer más madura y sofisticada. Entonces levantó su mirada y se le iluminó la cara al verme.

¡Hola Pablo! (dos besos).

Estás maravillosa. El viaje parece haberte sentado bien.

Tú también estás muy bien. Te noto más mayor.

Vaya, gracias, lo tomaré como un cumplido. Te recuerdo que aún me sacas un par de añitos. Aun así sigues igual de arrebatadora que siempre.

Ja, ja, ja. Aún sabes cómo ruborizar a una mujer. Subamos a mi casa, te he preparado un plato de arroz con tomate que te vas a chupar los dedos.

No tenías que molestarte. Ya he cenado, pero tus platos son dignos de un rey.

Y además tengo un regalo para ti.

No me lo digas. Me has comprado un siamés.

Frío, frío.

Un pequinés.

Mmmm, mmmm.

Unas bolas chinas.

¡Eh!

No seas mal pensada. De las que se dan vueltas con las manos para relajarse...

No, no.

Vale, me rindo.

Sube y te lo enseñaré.

Entonces nos dirigimos hacia su casa. Mientras esperábamos el ascensor en el descansillo, no pude evitar el echar una mirada a la blusa que llevaba puesta. Tenía tres de los botones desabrochados y dejaba entrever gran parte de sus preciosos senos, que ahora me parecían más grandes que nunca. Ella se dio cuenta y se ruborizó, pero no me dijo nada. Cuando llegó el ascensor, le abrí la puerta y pasó delante de mí, pudiendo observar cómo meneaba su estrecho pero bien formado culito. Me estaba empezando a excitar con sólo mirarla, lo que no me pareció demasiado elegante. Cuando entramos en el ascensor, nos miramos directamente a los ojos en un momento de compenetración en el que parecía que pudiéramos leernos los pensamientos. Ella por dentro me decía que me había echado mucho de menos y que necesitaba sentirme junto a ella de nuevo, y yo le decía... bueno, más o menos lo mismo. Entonces se acercó a mí, al tiempo que yo hacía lo recíproco y me besó la mejilla, me mordisqueó y chupó el lóbulo de la oreja y me dijo, esta vez oralmente, que se acordaba mucho de mí y que quería recuperarme. Yo le besé en la boca, entreteniéndome en mordisquearle los labios y en juguetear un poco con mi lengua y le dije que lo tendría difícil, ya que salía con otra chica. Entonces el ascensor se paró y nos quedamos un rato dentro de él, besándonos apasionadamente como si quisiéramos recuperar en un momento los seis meses que habían transcurrido sin intercambiarnos ni siquiera unas palabras. Salimos y abrió la puerta de su casa. Un agradable calor inundó el descansillo en el que nos encontrábamos y me invitó a pasar, agarrándome de la mano.

Tu casa sigue como siempre - le dije.

Ya sabes que me gusta conservar las cosas tal y como las conozco desde niña.

Uhmm, qué bien huele. ¿Cenamos?

Claro, ya está todo preparado.

Tienes una sonrisa maravillosa. Siempre me ha encantado la forma en que te ríes, con esa música tan agradable y esos hoyitos que se te abren cuando sonríes. (Me regala una sonrisa muy amplia agradada por mis palabras mientras nos sentamos en la mesa uno enfrente del otro)

Come, adulador, que eres un adulador incorregible.

Y esos ojazos. Tienes unos ojos preciosos. Seguro que a los orientales les traías locos.

Cuando termino de decir estas palabras, ella se limpia la boca, se levanta de la mesa y se sienta sobre mis piernas, besándome con una pasión irrefrenable a la vez que me desabrocha los botones de la camisa. Yo le correspondo y le desabrocho los pocos botones que quedan de su blusa. No llevaba puesto el sujetador. No nos molestamos en terminar de quitarnos esas dos prendas. Ella metía la mano por debajo de mis calzoncillos, acariciándome y estrujándome mi abultado pene, al tiempo que yo le intentaba desabrochar los vaqueros, que se me resistían. ¡Cómo odio los vaqueros en estos momentos! Al ver mi ofuscación, ella me ayuda y se los quita, dejándose una braguitas rosas muy coquetas. Como yo veía que la cosa se estaba poniendo muy pero que muy caliente, echo mano a mi cartera para ver si encuentro uno de los preservativos que traía para la ocasión. Para cuando consigo cogerlo, ella se pone a chupármela, echándome tomate del que había sobrado para el arroz sobre el pene. El tomate estaba ligeramente caliente, por lo que sentía una sensación muy agradable cuando ella lo desplazaba por mi pene con sus manos para posteriormente metérselo en la boca, volviendo de nuevo a repetir la operación. Realmente debía tener hambre, pues de esta guisa se zampó no menos de 100 gramos de tomate frito. Cuando estuvo saciada, le quité las braguitas con cuidado, tumbándola sobre el suelo del comedor para introducir mi lengua por su cavidad vaginal, mordisqueando sus labios y succionando el clítoris de una manera que parecía enloquecerla, pues no podía parar de convulsionarse ni de tirarme del pelo. Cuando yo consideré que estaba a punto de alcanzar el orgasmo, le introduje mi sable y la levanté en vilo, apoyándola sobre la pared de blancos azulejos de la cocina a la vez que la cogía por sus macizos y tersos muslos para llevarla hasta la mesa y poder manejarla mejor. Sus morenos pezones me pedían que los succionara y presionara y ataqué hacia ellos mientras no paraba de embestir a mi renovada amante. El tacto de sus pechos era cálido y estimulante, pues eran realmente dos buenas piezas de arte de anatomía femenina. Ella no paraba de gritarme: - No pares, cariño. Sigue, sí, así, así, asíiiiiiii. -, mientras yo me encontraba al punto de finalizar con un orgasmo de campeonato. Mi amada tenía convulsiones de todas las clases y colores, así que intuí que ya no le faltaba nada para rendirse ante mis ataques, de modo que me dije a mí mismo que tenía que aguantar un minuto más, sólo eso. Ese último minuto fue muy duro a la vez que el más placentero que vivía desde hacía mucho tiempo, y valió la pena el intenso esfuerzo que hice por darle tanto placer a mi compañera como el que yo mismo sentía. Se estaba volviendo loca y el sudor le recorría todo el cuerpo, perlándose del mismo, y su color blanco pálido contrastaba con el moreno de sus grandes pezones. Cuando soltó el último alarido característico y que reconocí al instante, como si hubiera sido ayer la última vez que lo escuché, me dije a mí mismo que era el momento que tanto tiempo (apenas 60 segundos, que en ese momento significaron lo mismo que una eternidad) había estado retrasando, para finalmente, tener uno de los orgasmos más atronadores y despiadados de todos cuantos había tenido el placer de experimentar en mi vida. Mi semen se entremezcló con el suyo y durante quince segundos estuvimos sintiendo que moríamos de placer. Cuando recuperé el aliento la levanté de la mesa y la llevé en brazos hasta su dormitorio, donde la posé sobre su cama. Ella estaba rendida. Parecía haber tenido un día tan difícil como el mío, de manera que me acosté a su lado y nos dormimos plácidamente.

A la mañana siguiente me desperté a las 8 de la mañana. Seguramente llegaría tarde a trabajar, así que no me apresuré para intentar evitar lo inevitable. Ella seguía durmiendo y tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho. Sus cabellos rizados me hacían cosquillas en el cuello y el cálido tacto de su piel me hacía sentir un hombre nuevo y con suerte. Me levanté lentamente y con cuidado la aparté intentando no despertarla, cosa que no fue difícil, pues en estos momentos se encontraba en los brazos de Morfeo cual bebé recién nacido. Cuando me hube levantado me fijé en una especie de bastón que se encontraba apoyado al lado de una silla. Me acerqué más y lo cogí entre mis manos. No era un bastón, sino algo así como una katana samurai con una vaina de marfil y una hoja con dibujos e inscripciones grabados en caracteres orientales. El mango también era de marfil, y tenía unas estampas de dragones grabadas en distintos colores que me parecieron de gran maestría y belleza. En la base del mango había una inscripción que podía leer y que parecía haber sido realizada recientemente. En ella decía: "Para Pablo, de tu eterna e incombustible amiga Eva". Cuando la leí no pude evitar dejarme llevar por la emoción y unas lágrimas que lucharon por emanar de mis conductos, pues era mucho el tiempo que habían estado inactivos, comenzaron a bajar por mis mejillas hasta llegar a mi barbilla y caer a mis pies. En ese momento se cambiaron las tornas, ya no era Eva la que actuaba como un bebé, sino yo, un hombre al que habían enseñado que llorar no era propio de nuestro sexo. Pero de pronto desapareció esa convicción que tanto tiempo me había estado creyendo y ahora comprendía que no era más que un estúpido tópico, pues me sentí renacer. Me acerqué a la cama y besé a Eva, ya no como una conducta sensual, sino como muestra de un afecto verdadero y sincero paralelo al que ella había reflejado en la inscripción.

Me vestí, le escribí una nota diciéndole que volvería a verla esa noche y dejé un número para que me llamara. Minutos después me enfrentaba a otro rutinario y agobiante día de duro trabajo, pero esta vez con una sonrisa en la cara, pues sentí que el amor estaba volviendo a hacer su aparición tras llevar largo tiempo escondido en lo más profundo de mi alma.

 

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