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La mamada inolvidable

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Con mi novia llevábamos más o menos un año de relación y, desde el primer mes, habíamos tenido relaciones sexuales. Estas eran bastante satisfactorias y en cada encuentro, mínimo lográbamos tener tres orgasmos, y en ocasiones, muchos más, especialmente cuando pasábamos toda la noche juntos.

Todos los orgasmos eran placenteros, muy intensos. Curiosamente ella los lograba muy rápido por lo que antes de que yo me derramara lograba tener dos o tres.

Nuestro sexo es muy creativo y nos gusta mucho variar las posiciones. Probamos conmigo encima, con ella arriba, de lado, desde atrás, penetración anal, en la ducha, de pie, en una silla, sobre una mesa, etc. Es una locura alcanzar dos orgasmos, uno tras otro, sin siquiera sacar el pene o descansar un minuto. Otra cosa que me encanta es que ella es muy expresiva y cuando estamos haciendo el amor suele gemir, suspirar y gritar excitándome mucho más.

Sin embargo, algo que yo deseaba mucho era que ella me hiciera una gran mamada que me permitiera derramarme en su boca y ver como tragaba el semen. Algunas veces, cuando eyaculaba sobre sus tetas, ella lamía un poco y decía que tenía buen sabor, pero nunca se había animado a mamarla.

Un día en mi casa decidí comentárselo. A ella se le iluminaron los ojos y me dijo que, aunque lo había pensado, no podía decirme porque no lo había hecho aún. Yo le dije que la próxima vez que lo hiciéramos podía ser una buena oportunidad para que lo intentáramos y ella comenzó a besarme y a acariciarme. Sus besos eran muy sugerentes y su lengua empujaba con fuerza contra mi paladar y mi lengua. Sus labios succionaban con fuerza y su saliva humedecía más y más mi boca.

Con una mano acariciaba mis tetillas mientras que con la otra llevó mi mano hasta sus tetas y me hizo acariciarla por fuera del corpiño, situación que no duró mucho pues, muy excitado, empecé a meter mis dedos y a pellizcarle sus pezones que estaban ya muy duros. Con la otra mano, mientras tanto, le acariciaba las nalgas y la vulva por encima del pantalón.

Pronto ella bajó la cremallera de mi pantalón y empezó a menear mi pene, que ya estaba duro y humedecido. Deseaba que nos desnudáramos e hiciéramos el amor. Pero ella no opinaba lo mismo, al momento me quitó el cinturón, lo bajó un poco y comenzó a lamerme el pene y a humedecerlo con su saliva.

Primero lo hizo en la parte de abajo, junto al escroto. Con mucha suavidad lo recorría de abajo hacia arriba, deteniéndose placenteramente en el surco que separa el tronco del pene con su cabeza. Luego se concentró sólo en la cabeza, que estaba hinchada y roja como nunca, lamiéndola y succionándola con sus labios. La sensación era irresistible y creía que iba a reventar.

Mientras tanto, mi mano había llegado hasta su vulva, con la parte del antebrazo frotaba sus vellitos mientras mis dedos acariciaban su clítoris que se sentía completamente empapado. Pero al parecer ella tenía la intención de concentrarse sólo en mí y me hizo sacar las manos. Yo solamente atiné a acariciar su cabello y me dedique a disfrutar.

Ella había comenzado a morder mi pene suavemente, sus dientes se hincaban sobre la piel de mi miembro y me hacía estremecer, cuando ella lo notaba optaba por lamer nuevamente. Cuando creyó que era suficiente se concentró en mis bolas. Empezó a menearlas con la mano y luego a lamerlas, mientras con su otra mano me masturbaba con firmeza apretando la verga.

Fue lo máximo: ella chupaba con mucho entusiasmo y yo no podía contenerme más. Una gran cantidad de semen espeso y caliente se derramó en su boca, ella siguió chupando y su lengua atrapaba cualquier resto de mi líquido que quedará por ahí. Tuve que contenerme para no gritar.

Cuando sintió que el pene estaba perdiendo su erección, me dejo descansar. Lo recorrió lentamente, con su lengua humedecida, y luego le dio algunos besos. Luego me abrazó y me besó, me preguntó si me había gustado. A lo que yo obviamente respondí que esperaba la oportunidad de repetir.

Esa noche, al desvestirme para acostarme miré mi pene (que seguía parado) y noté que en la punta tenía algunos moretones, producto del ímpetu con que ella lo había chupado. No resistí las ganas y la llamé para agradecérselo. Después lo hicimos muchas más veces y lo incorporamos a nuestras costumbres sexuales. También yo comencé a practicarle el sexo oral y lo combinamos con la posición 69. Pero ésta es una historia que contaré otro día.

 

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