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El forastero

Publicado por Anónimo el 07/02/2011

Desde hacía cuatro semanas la presencia del forastero en el pueblo ponía nerviosa a María y le generaba un cosquilleo en el estómago. Ella, cada mañana, abría su negocio de computación donde adultos y jóvenes buceaban en las páginas de Internet. Se había casado a los 22 años y ahora, a los 25, se sentía plena y segura. Su vida sexual con su marido era intensa, pero no podía alejar sus fantasías que regaron su adolescencia. Pero a pesar de esos pensamientos que la sobrevolaban, se había jurado nunca ser infiel y jamás traspasar esa línea.
Aquella mañana, María vestía un jean muy ajustado que marcaba su cola dura y una remera provocativa, donde se insinuaban sus pechos. Hacia el mediodía, el pueblo se hizo noche y desde el cielo plomizo bajo una lluvia torrencial. El salón del ciber estaba vacío de clientes. Desde un auto mal estacionado bajo corriendo un varón que llegó ensopado en agua hasta el negocio. Era el forastero.
Con una sonrisa saludó a María que no pudo reprimir cierto nerviosismo. Era el tipo de hombre que la podía. Los dos intercambiaron frases de compromisos por el clima y las tormentas de verano. Un rayo cruzó el cielo y cayó sobre una antena de telefonía. Un segundo después las luces del pueblo se apagaron.
María giró el cartel de la puerta de entrada que decía cerrado por problemas técnicos y cerró con llave. Invitó al forastero a compartir una taza de café, para quitarse un poco el frío. En la cocina del comercio, cruzaron miradas chispeantes. Ella se preguntó qué estaba haciendo y cómo había llegado a un grado tal de intimidad con un desconocido. Afuera la lluvia no cedía y los truenos hacían vibrar los vidrios.
Los dos permanecieron unos minutos hablando cuestiones de su vida y María no podía dejar de pensar cómo sería él en la cama. En un instante, ella giró para lavar las tazas y sintió la respiración del forastero muy cerca de su cuello. Sintió algo de temor y de intriga. Estaba tan cerca que podía apreciar con nitidez el perfume de su piel. El desconocido avanzó más hacia ella, que seguía entretenida con las tazas, y apoyó su cuerpo contra el de María. Ella se sobresaltó al sentir la dureza del hombre en su cuerpo. Hizo un par de movimientos para zafar y le dijo que estaba loco. Él la obligó a girar y buscó su boca. María esquivaba los labios, los besos, pero por dentro sus ganas le indicaban otra cosa. El forastero la apretó con más fuerza contra su cuerpo y la boca se ambos se amoldaron. María no ofrecía resistencia, sino pasión. Su boca se entregó a los besos del desconocido y las lenguas se entretejieron. Por encima de la ropa, sentía la dureza del pene de ese hombre que desde hacía cuatro semanas la intrigaba. Ella abría las piernas y acompasaba los movimientos de excitación mutua. Los dos luchaban por quitarse algo de sus vestimentas. María bajó decidida una de sus manos, desabrochó el cinto y luego la cremallera del pantalón.
Sus dedos sintieron la piel que recubría el pene erguido y comenzó acariciarlo. Apreció su tamaño y la dureza que la conmovía. No dudo y se agachó para tomarlo con su boca. Jugó con el glande y después se metió todo el tronco en su boca. Su paladar rozaba esa pija muy dura que la estaba enloqueciendo. Acarició los testículos y descubrió que estaban muy limpios de pelos. Se excitó más por eso y sus labios no dejaban de rozar la piel del pene.
El forastero jadeaba ante las maravillosas lamidas de María. Entonces ella se alzó, se bajó los pantalones y su diminuta tanga y se dió vuelta. Apoyo las manos en la mesada y él acomodó la punta de su pene en la conchita húmeda. Enterró el glande y después todo. Así llenó todo el sexo de María que se contraía ante cada embate. Dámela toda, por favor le gritaba y el desconocido la penetraba con más ganas y más fuerza. Ella sentía toda la pija dura adentro y más se calentaba. Al tiempo que buscaban explotar, un trueno sacudió al pueblo y María acabó en un solo grito al sentir como su conchita se llenaba de semen. Los dos quedaron semi desnudos, jadeantes en la penumbra. Afuera seguía lloviendo. Adentro estaba María con su promesa de fidelidad quebrada, pero feliz.

 

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