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Tras los bastidores

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Las luces de la discoteca iluminaban mi rostro. Yo vestía una falda larga de hilo blanco que dejaba adivinar la mini braga que llevaba puesta. Arriba una especie de sostén blanco por el que mis generosos pechos querían saltar. Los hombres me miraban con deseo. El asunto es que te rejode el ánimo que todos se mueran por ti menos tu novio. Me tenía harta, siempre era así. Y aunque esta siempre me pareció una salida infantil y estúpida, decidí darle celos coqueteándole a otro.



Identifiqué a un chico guapo cualquiera y le lancé una sonrisita traviesa mientras mi novio y yo bailábamos. Empecé a acariciarme los muslos y el pecho y mi novio nada que se daba cuenta. Conforme yo me movía el tipo aquel se mordía los labios. Era un trigueño pelinegro medianamente fornido. Me excitó muchísimo. Tenía un aire despreocupado y divertido. Me gustó.



Dejé a mi novio en la mesa y me fui al baño, y el chico se fue detrás de mí. En lo que caminaba por el corredor se me acercó y dijo hola, soplándome en la nuca con su aliento tibio y su voz tiernísima. Sentí deseos de ser besada por él, así que frené de golpe obligándolo a que golpeara contra mi trasero y yo no perdí ocasión de restregarle mis nalgas en el pantalón. Sentí su miembro durísimo y no se si era mi lujuria pero se me figuraba listo para entrarme. Me sentí babear la vagina. No resistí y así de espaldas le tomé las manos y se las puse en mis tetas, lo cual me calentó aún más.



Hasta allí el chico se mostraba controlado pero cuando sintió mis pezones endurecer se puso como un loco. Me halo del brazo y me metió en un cuartito de materiales que había al fondo del corredor semi oscuro. La puerta no servía pero no nos importó. Me puso de espaldas contra la pared y me empezó a morder la nuca, mientras me sobaba las tetas y me apretaba los pezones. Antes de lo que pude notar, estaba levantándome la falda y poniéndome el pene entre las nalgas. Grité de excitación. Me volteó, me chupó los pechos mientras los manoseaba. Era un loco. Empezó a lamerme la vagina como nadie. Yo suspiraba, gemía y abría mis piernas con deseo.



De repente alguien entra. Son tres tipos de mal aspecto que nos han estado viendo desde el corredor del baño de hombres. Nos asustamos. El se pone de pie entre los tipos y yo, y ellos lo apartan de un empujón. Pero enseguida uno de los hombres lo saluda como si fueran grandes amigos. Entre tres me agarran y me tapan la boca y otro de los desconocidos se queda en la puerta vigilando. Empiezo a forcejear y los tipos me empiezan a sobar toda y a lamer la garganta. Les clavo las uñas, me abofetean y me golpean en el estómago. Me ponen de rodillas y se paran frente a mi dejando salir unas vergas que apestan a muelle. Y yo, obligada por el jefe de la cuadrilla, empiezo a chupar al chico que me gustaba. Ya se la estoy halando con toda la furia de mis labios y mi lengua cuando me la quitan y me hacen chupar la de uno de esos indeseables, y enseguida otra y otra forzándome por el cabello para que me tragara las pijas bien profundo. De rodillas se las chupaba a todos en fila repitiendo una y otra vez.



Me dolían las rodillas y no me dejaban descansar la boca. Mis labios estaban hinchados. Quería vomitar pero decidí lamer como una gran puta para que todo acabara. El chico guapo no resistió y se vino a chorros en mi boca, pero los otros no. Entonces, me hicieron poner de pie y uno se paró delante de mi y otro detrás apretujándome en el medio. Me besaban tanto que no me dejaban libre la boca para gritar. Me doblegaban las manos hacia atrás y metían sus lenguas asquerosas en la boca mientras yo lloraba y trataba de zafarme.



En ese momento –y no lo puedo negar pese al asco- sentí una ricura suprema cuando una verga gruesa se deslizó adentro mío hasta el fondo de mi vagina de un solo tirón, a la vez que me amarraban el cuello con una corbata. Tuve pánico, pero cuando sentí como esa verga se comenzaba a sacudir con furia adentro, abrí mis ojazos y mi boca casi para correrme entre el clímax y la asfixia. Pero enseguida el placer se convirtió en dolor: el que me sostenía por detrás me trabó la punta de su verga en el culo sin lubricación alguna. Me ardió terriblemente. Siempre le había pedido a mi novio que me lo hiciera y ahora me lo estaban haciendo a fuerzas y con una vergota en la vagina a la vez. Lancé un grito que se perdía en la música de la disco. El tipo me empujó más fuerte y me entró más y más hasta que tuvieron que acostarme para que me entrara toda. El que me daba por delante se acomodó para seguir sacudiéndome. Ahora trabajaban como equipo y yo sentía que las dos vergas se me juntaban adentro. Tenía mucho miedo y dolor. El que me daba por el culo no tenía piedad. Así me tuvieron mucho rato hasta que se corrieron. Sentí la leche hirviendo inundarme el culo.



Entonces cambiaron de turno y me pusieron en cuatro. Sentí otra pija larga penetrarme el culo aún sangrante y cabalgarme a toda velocidad como si fuéramos perros. Me dolía muchísimo el vientre y este lujurioso sólo disminuía la velocidad para pegarme en las nalgas con el cinturón de vez en cuando. Este se tardó aún más que los anteriores y uno de los que ya me habían culeado hasta el cansancio aprovechó mi posición de perrita para que le chupara la verga mientras el de la verga larga desgarraba mi culo aún más. El asco mayor lo tuve cuando este sujeto me sacó la verga del culo y me la metió enseguida en la boca casi a la vez que me la metía y me la sacaba el otro. Así casi al desmayo los dos me llenaron la boca, el rostro y el cabello de su leche apestosa.



Saciados todos, los muy cínicos me voltearon boca abajo y me dieron casi una decena de correazos en las nalgas gritándome perra asquerosa. Luego, me dejaron allí abandonada hasta que al amanecer unos empleados de la discoteca me socorrieron y me guardaron el secreto. Días después supe que mi novio se había enojado porque me le perdí y se había marchado de la disco sin darse cuenta de nada –como siempre. Rompí con él sin contarle nunca lo que pasó aquella noche.

 

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