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Una cena fabulosa

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Mientras el resto de los invitados permanecía en la terraza, Marta entró a la cocina, a preparar unos tragos. Esta es mi oportunidad, pensó Juan, siguiéndola disimuladamente. Ella era una rubia hermosa, con todo el aire de juventud que le brindaban sus 30 años. No tenía unos grandes pechos, pero su figura era espigada y muy bien conformada. Su culo, el que era causa de muchos desvelos para Juan, se adivinaba redondo, turgente, una tentación. Vestía una colorida pollera, amarrada a un costado, la que se entreabría al caminar, mostrando el comienzo de un muslo blanco y consistente. Juan se aproximó por detrás de ella, en el estrecho pasillo de su cocina, procurando rozarla, como en forma descuidada.

Podía haberlo hecho de espaldas a ella, pero el control de sus acciones ya no estaba en su mente, sino que era asumido por su sexo, como era común en etapa de cachondeo, de manera que pasó detrás de ella de manera intencional, refregando tenuemente su paquete en sus nalgas. La sensación fugaz de sentir la verga alojada por un segundo en su culo causó un efecto instantáneo en su pene. Perdón, le dijo, ¿dónde están los vasos?, en forma inocente. Ahí, en la puerta de arriba, repuso ella mostrando la alacena a la vez que se daba vuelta rápidamente, reaccionando indudablemente al roce y mirándole fijamente. En esa fracción de segundo Juan percibió que lo había sentido. Pero no hizo ninguna otra manifestación evidente. Los ojos del hombre permanecían fijos en ese soñado trasero. Volvió a pasar, repitiendo lo mismo. Pero además decidió jugar la carta decisiva. Al momento de enfrentar su culo, detuvo un segundo el desplazamiento y le hizo sentir su levantamiento. Ella interrumpió lo que estaba haciendo, y apoyó sus manos en la mesa.

Vas a pasar o …, ¿O qué?- le dijo Juan, desafiante- ¿te molesté?, agregó, casi en su oído. Percibió su exquisito perfume. No, pero me parece que ya encontraste el vaso, ¿no?. Si, lo tengo en la mano… le dijo Juan, en un tono picaresco. Claro, pero noto que buscas algo más, dijo. ¿Lo notas, realmente?, y me podrías ayudar a encontrar ese algo más, contestó, sin aflojar la presión contra su delicioso culo… Lo sorprendente era que habían pasado cinco segundos, en ese diálogo, y la tenía perfectamente empalmada. Su verga, levantada bajo el pantalón, ajustada entre sus nalgas y ella sin variar su posición.

Podría ser, repuso, pero no es el momento...concluyó al tiempo que dio un leve respingo hacia atrás, regalándole un apretón de su culo contra su verga, que lo hizo arder. Allá abajo, el pene derramó una gota de líquido en agradecimiento. Quedó paralizado, mientras ella salía de la cocina, cimbrando su cuerpo con altivez. Juan tardó unos instantes en reponerse y analizar lo ocurrido. Sin duda, algo había pasado, que presagiaba un buen futuro. Con lo avanzado, no dejaría de insistir en el resto de la velada. Una nueva oportunidad surgió luego, al momento de estar sentados en torno a la mesa, ella buscó el momento de sentarse en una silla desocupada al lado de Juan. El resto de los invitados, colmaba los demás lugares, conversando de variados temas.

Bajo la mesa, inmediatamente hizo sentir su muslo apegándose a él. La llamada de alerta fue instantánea. Su pene nuevamente comenzó a presionar entre las piernas. Respondió con una ligera presión hacia su muslo, disimuladamente, bajó una mano y tocó su muslo tibio, estaba con las piernas cruzadas, de manera que el tajo de su falda, dejaba desnuda gran parte de su pierna. El roce de su piel lo llevó al cielo, su excitación se desató, pero debía disimular. Ella no hizo ningún ademán de reacción. Conversaba con los demás, indiferente, pero Juan sabía que era solo un ardid, pues sin duda estaba conciente de lo que estaba pasando. Lentamente, los dedos del hombre recorrieron su pierna, de la rodilla subiendo con suavidad, eran dedos que sabían desplazarse. Sabía que una buena caricia no podía ser rápida, y que bien dada era capaz de producir un efecto interesante… Pero un inconveniente se presentaba, el corte de su falda obstruía el avance hacia posiciones más propicias.

Por ello, comenzó a presionar con suavidad pero dando evidencia del obstáculo. Con gran sorpresa, ella descruzó sus piernas, lo cual era la autorización de acceso que Juan esperaba. Los dedos del hombre avanzaron con parsimonia entre los muslos de ella, que se fueron separando al ritmo del avance. La palma completa de la mano, se unió al fantástico viaje, acariciando por completo el interior del muslo derecho de ella. Los dedos ágiles se detuvieron, pasmados, al tocar el vértice en que se unen los muslos. Un suave y mullido triángulo de vellos era la recepción que le esperaban: la muy perra estaba sin calzones. Juan casi dio un salto en su silla, pero el que lo hizo fue su herramienta. Nuevamente otra gota saltó de su envase. Los dedos, entreabrieron el maravilloso par de labios de la vagina, con pericia. Su dedo medio se hundió un segundo en la pequeña rajita. Estaba caliente y anegada en un jugo lubricante, su clítoris ligeramente levantado…

Fue un segundo, pues la mano de ella, tomó la de Juan y la retiró, al tiempo que volvía a cruzar sus piernas, clausurando la diversión. Acto seguido se levantó de la mesa, llevando un plato, hacia la cocina. Nuestro héroe, quedó allí, empalmado, y sin poder levantarse, para no hacer evidente la erección ante los demás. Mientras se relamía de gusto, Juan pensó: que caliente, estamos listos…

Ella se demoraba demasiado, pensó. Se levantó y también entró a la casa, pero directo al baño de visitas. Necesitaba aliviar al oprimido…Sacó su herramienta, que asomaba en su punta, la muestra de la fugaz excitación. El espejo le devolvió la imagen de su regalón, erecto y palpitante. Lo aferró en su mano y le dedicó una caricia: tranquilo muchacho, vamos a tener fiesta, te prometo que esta noche entrarás en ese culito soñado. La tentación de masturbarse era grande, así que su mano repitió el masaje. Toc, Toc, sintió la puerta. Si, está ocupado… dijo. Eres tú , Juan… era la voz de ella: Juan reaccionó y abrió la puerta, con su verga en la mano… Marta entró rauda, y cerró la puerta. Me tienes loca, dijo, al tiempo que lo abrazaba.

Y tú a mi, como crees, dijo Juan, mira como me tienes de caliente. Ella tomó la verga y reemplazó con su mano el masaje. Juan levantó su falda y comenzó a acariciar los muslos ya sin trabas, sus dedos recorrían ansiosos, cada centímetro de piel. Tenemos que apurarnos, antes que se den cuenta, le dijo ella, . Si, déjame, la dio vuelta y apoyándola contra el espejo del baño, le levantó su falda. Allí quedó extasiado: tenía ante sus ojos el culo más rosado, prieto y perfecto que había visto, superaba el mejor de sus sueños. Que exquisito¡ dijo, al tiempo que comenzaba a besarlo. Con sus manos entreabrió las preciosas nalgas mirando extasiado el perfecto juego de pliegues que conformaba el pequeño agujerito. Su lengua comenzó a recorrer la hermosa flor de su culo, mojando cada pétalo. Ayudado por sus manos que mantenían abiertas las redondas nalgas, introdujo la punta de su lengua en aquel prometedor forado. Por fin su sueño era realidad, ella respondía con gemidos a esa deliciosa avalancha de caricias. La lengua se deslizó en el agujerito, ella aflojó la tensión, permitiendo que su esfínter cediera. Por ello, la lengua de Juan entró dos centímetros en el culito.

El entrar y salir de su sabia lengua trasportaba a la mujer, sentía que sus jugos chorreaban por su sexo, el que era ayudado por su propia mano. Ella estaba masturbándose, mientras Juan le penetraba con la lengua en su culo. Habían transcurrido dos minutos solamente, pero a ambos le pareció una eternidad de placer. El chorro de semen de Juan salió disparado entre las piernas mezclándose con los jugos de ella que se deslizaban por sus muslos. Marta se retorció de goce, hundiendo dos dedos en su vagina, incrementando su orgasmo. El ojete de su culo se dilató aún más, permitiendo que la lengua de Juan conociera los pliegues más misteriosos de ella. Juan estaba saboreando las delicias, entrando y saliendo de aquel hermoso agujero.

Ella estaba como loca, su culito se abría y cerraba oprimiendo la lengua de Juan, buscando más placer a cada instante. Marta se volteó y puso su sexo sobre la cara de Juan, Cómela… le dijo, en un gemido de hembra caliente. Y Juan, lo hizo. Metió su lengua en medio de la vulva, como si fuera pene, entrando y saliendo. Por su barbilla corrían los jugos de Marta, mientras ella le aferraba la cabeza, con ambas manos. La atraía hacia si, como buscando mayor penetración de la lengua. Su mente deliraba, a Marta siempre le había gustado que le chuparan su sexo, y estaba recibiendo la mejor sesión que recordaba. Ni siquiera su marido, que bien conocía su debilidad, le había brindado semejante goce…Un orgasmo enorme le llegó, arrojando profusas riadas de néctar, que Juan con placer tragó hasta la última gota.

 

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