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La doctora

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Hace algunos días, mi mujer, Paula, tuvo la desgracia de caer por las escaleras, haciéndose bastante daño y dándome un susto de muerte. Afortunadamente, todo quedó en unas cuantas contusiones, de las que pronto consiguió sanar. Lo más curioso fue de qué manera consiguió hacerlo.
Ocurrió que, al ir pasando los días y ver que el dolor no desaparecía del todo, fuimos a ver a la doctora... bueno, os diré únicamente su nombre de pila: se llama Ana. Es una mujer muy agradable, morena de ojos negros y con una bonita figura, que apenas puede adivinarse al estar oculta por la bata blanca. Pero sin duda lo más encantador de ella es algo que no se ve, y que pudimos comprobar cuando nos atendió: su voz. Tiene una voz tan dulce, tan profunda, tan clara... y pronuncia las palabras con una lentitud y un encanto admirables. Las frases más triviales sonaban encantadoras en su boca y este es un detalle que siempre hace más atractivas a las personas.

Fuimos a verla una tarde del mes de Mayo. Ana estuvo amabilísima, y al principio, para hacer más agradable la conversación, comenzó preguntándonos cosas muy diversas, que no quiero reproducir para no aburrir a quienes lean este relato, pero que ayudaron mucho a romper el hielo. Nos miraba con mucha simpatía a los dos, y mi mujer también se encontró muy a gusto con ella. A mí se me pasó toda la preocupación por Paula, y más bien me felicitaba por haber ido a visitar a una doctora tan guapa y tan agradable. Aquello parecía más una conversación de amigos que una consulta médica. Luego le explicamos los detalles de la caída de Paula, las circunstancias en las que ocurrió, etcétera. Por fin, aclarado ya suficientemente el tema, la doctora comenzó a investigar el estado actual de su paciente.


-¿Aún tienes morados? -le preguntó a Paula.


-Ya no, pero sigo teniendo dolor en algunos lugares.


-¿Sí? ¿En qué lugares?
-Pues aquí.. aquí... y aquí.

Paula iba tocando sus muslos, su espalda, sus caderas, y en definitiva casi todo su cuerpo. Llevaba una camiseta sin mangas y unos pantalones bastante ajustados. La verdad es que mi mujer está realmente buena (y no lo digo porque sea la mía). Es rubia, con ojos azules, y tiene un cuerpo bastante rollizo, con un culo redondo, perfecto para mi gusto. Sus carnes son tan apetitosas, sus pechos estan tan bien colmados de leche, su piel se ofrece tan suave a la vista y al tacto que los hombres acostumbran a quedarse algo embobados cuando la miran. Suele llamar bastante la atención en casi todas las ocasiones y esta no fue una excepción, porque la doctora la observaba muy atentamente, tanto que a mí me pareció que sus ojos brillaban un poco más que antes y que su respiración estaba ligeramente más agitada.


-¿Pero te duele ahora mismo, espontáneamente, o sólo si te tocas? -volvió a preguntar al doctora.


-Sólo si me toco, aunque algunos dolores de las piernas los noto también al caminar.


-A ver, ponte de pie, ahí, al lado de la camilla.


-¿Tengo que quitarme la ropa? -preguntó Paula.
La doctora vaciló un momento, mientras la seguía mirando fijamente.


-No... no es necesario... al menos de momento.

Noté que la voz de la doctora había cambiado. Ya no tenía esa calma, esa fluidez que me habían llamado al atención al comienzo de la consulta. Ahora había sonado algo alterada, dubitativa. La verdad es que la pregunta de Paula era para hacer dudar a cualquiera, y además la había pronunciado con una ingenuidad de colegiala tan encantadora que yo mismo, si hubiese sido médico, no habría sabido cómo interpretarla.

El caso es que Paula se fue a un rincón de la sala, en el que había una lámpara que permitía realizar mejor las observaciones. La doctora se acercó a ella y le preguntó de nuevo:


-A ver, señála donde te duele.


-Aquí -dijo Paula tocándose el triceps brazo derecho.


-Déjame ver -dijo la doctora apretando su brazo-. ¿Notas algo?
-Un ligero dolor, pero no muy fuerte.


-¿Dónde más tienes dolor?
-Aquí -dijo Paula tocándo su mano izquierda.

La doctora cogió la mano de mi mujer con un cariño tan textraordinario y una mirada tan embobada que cualquiera diría que iba arrodillarse y besársela. Luego apretó un poco y la manoseó, mientras Paula iba diciendo si le dolía más o menos. El mismo ritual se siguió con el hombro izquierdo, la cadera derecha y el centro de la espalda. La doctora parecía realmente hipnotizada con el cuerpo de mi mujer. Su boca estaba entreabierta y su respiración era bastante profunda. Yo las miraba casi igual de embobado y me preguntaba qué debían sentir las dos en aquel momento. Mi mujer, por su parte, se prestaba al examen con total naturalidad, como una niña inocente que no busca intencones extrañas detrás de las actitudes de las personas. Entonces llegó el turno de las piernas.


-Aquí tengo muchas contusiones, por todas partes -dijo Paula.


-¿Sí? Bueno... entonces... quizás será mejor que te quites los pantalones, a ver cómo las tienes.

La voz de Ana sonaba algo trémula al decir aquello. Por primera vez, me miró. Se diría que me pedía permiso con la mirada para que mi mujer se quitara la ropa. Yo intenté adoptar una actitud indiferente, para no incomodarla, pero supongo que se me debió escapar alguna sonrisita, que ella interpretó como un signo de que no me parecía mal lo que estaban haciendo. Paula se quitó los zapatos y los pantalones como una chica obediente y volvió a ponerse firme. Sólo le quedaban un par de morados casi imperceptibles en sus hermosas piernas, que la doctora parecía devorar con los ojos.


-Bueno -dijo la doctora mientras se agachaba-, yo iré apretando y tú ve diciéndome si te duele mucho, poco o nada, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -respondió Paula con total disciplina.

Entonces comenzó una de las escenas más increíbles que he visto nunca. La doctora, arrodillada y con sus ojos fijos en las piernas de mi mujer, iba tocando cada rincón de su cuerpo, comenzando por los tobillos y ascendiendo poco a poco, rumbo a... bueno, a la parte superior. Su bata, entreabierta, dejaba entrever una de sus piernas, pues llevaba falda. El mimo con el que tocaba el cuerpo de Paula y la languidez con que la miraba daban a su trabajo un toque encantador. Yo incluso empecé a ponerme algo nervioso. Me parecía cada vez más evidente que la doctora estaba haciendo algo más que realizar su trabajo, y aquello me resultaba muy agradable, pero al mismo tiempo algo violento. Incluso Paula, la única que hasta entonces se había mantenido imperturbable, comenzó a respirar más aceleradamente y parecía disfrutar con aquello. Su "síes" y sus "noes" a las preguntas de la doctora sobre su dolor tenían un tono cada vez más tierno. Por un momento, me miró, y lo hizo con unos ojos... con una expresión... que parecía pedirme que me estuviera quieto, que no perturbase aquel momento en el que estaba disfrutando tanto.

La doctora, en su lento pero imparable recorrido, había llegado ya a los muslos, una de las zonas más deliciosas del cuerpo de mi esposa. Los tiene tan bien hechos, tan apetitosos, que la tentación fue esta vez demasiado grande, y se notó descaradamente que la doctora le estaba metiendo mano a mi mujer. Incluso alzó la vista para mirar a Paula, como pidiéndole perdón por hacer aquello, y reclamando permiso para seguir. Mi mujer, que sólo con la mirada ya parecía responderle: "adelante, adelante", abrió un poco las piernas, instintivamente, para facilitar la labor de la doctora. Ésta se encontraba ya tan nerviosa, su respiración era ya tan irregular, su temblor tan evidente y su mirada tan ardiente, que se veía con claridad que no podía aguantar más. Sin pensárselo dos veces, acercó sus labios al muslo derecho de Paula y lo besó con una dulzura encantadora. Luego pegó su mejilla al lugar que había besado y se abrazó ligeramente a la pierna de mi mujer, que ya mostraba los mismos síntomas de excitación que ella, y parecía tener los dos pechos más firmes, como si quisieran salirse de la camiseta. Las dos me miraron, algo temerosas, como si me pregunatasen con los ojos: "¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Nos dejas seguir?". Mi silencio pareció responderles que de acuerdo, que no había ningún problema, de modo que la doctora continuó su besuqueo por los muslos de Paula, ahora con más decisión. Mi mujer también exteriorizaba con más claridad su deleite, ahora que parecía que yo no iba a ponerles trabas.

Menos mal que nadie me sacó una foto en ese momento, porque seguro que yo debía tener esa típica cara de gilipollas que ponemos los hombres cuando vemos a dos tías montárselo entre ellas. Tragué saliva y me quedé como bloqueado pensando qué debía hacer. ¿Tenía que quedarme mirándolas sin participar? ¡Qué crimen, qué ocasión desperdiciada! Sin embargo, entrometerme en aquello me parecía casi una falta de gusto, una impertinencia. Estaban las dos tan encantadoras así... ¿qué pintaba el marido de una de ellas en medio, rompiendo la armonía de la escena? Al final, para bien o para mal, decidí ir junto a ellas, y es que me había subido tanto la excitación que parecía que se me iba a romper el pantalón. Algo tenía que hacer, y no iba a ponerme a masturbarme allí, delante de aquellas dos mujeres; eso sí habría sido algo penoso. Sin embargo, no quise intervenir aún, porque me parecía tan bello lo que estaban haciendo, que meterse por enmedio en un momento como aquel habría sido algo impertinente. Simplemente me fui acercando a ellas, poco a poco, para poder admirar mejor lo que hacían.

La doctora, después de haber disfrutado ya lo suficiente de las piernas de Paula, se fue incorporando poco a poco, sin separar sus manos del cuerpo de mi mujer, del que parecía no querer separarse. Mientras sus labios rozaban primero las bragas de Paula, luego la barriga y luego los pechos, las manos se fueron hacia su trasero. Paula reaccionó de la misma manera, y tocó con sus manos el trasero de Ana, de modo que se encontraron las dos frente a frente, medio abrazadas, y mirándose con unos ojos que, sinceramente, no sé describir. Entonces se dieron un beso tan ardiente y al mismo tiempo tan dulce, que ya no pude aguantar más y tuve que abrir mi bragueta. Aquello era demasiado para mí. Me arrodillé detrás de mi mujer y le fui bajando las bragas, cosa que la doctora aprovechó para tocarle mejor los glúteos, que ahora aparecían desnudos en todo su esplendor. Comprobé que las bragas de mi mujer tenían algo de humedad, prueba evidente de que no le había resultado desagradable la inspección.

Yo fui recorriendo con mis labios las piernas de mi mujer, mientras ellas se besaban y se abrazaban cada vez con más intensidad. Durante el recorrido que mi boca realizaba por la piel de Paula, encontré algunos restos de la saliva de la doctora, lo cual aún le daba más gracia a lo que estaba haciendo. Por fin alcé la vista y vi que la doctora se había despojado de su bata y de la camisa que llevaba. Sólo tenía puesto el sujetador y la falda, pero esta última en seguida cayó al suelo, gracias al esfuerzo de mi mujer, que parecía ansiosa por devolver al traseo de Ana las mismas caricias que había recibido el suyo.

Quise entonces cambiar de piernas y me acerqué a las de la doctora, que dejó que yo hiciera lo que quisiera mientras ella seguía besando a mi mujer y tocándole el culo. Yo le quité los zapatos y comencé a besar sus piernas con el mismo interés que las de mi esposa, y se lo merecían, porque eran igual de admirables. ¡Qué piel tan suave! ¡Qué muslos tan tiernos! Sin embargo, pese al interés que me provocaba esta parte de su cuerpo, mis manos se fueron hacia arriba, y al poco rato me encontré tocándole el culo a mi mujer con la izquierda, y a la doctora con la derecha. A ellas debía gustarles, porque me dejaban hacer lo que quería. Ahora se dedicaban a tocarse las tetas, primero por fuera, mientras se besaban, y luego, en cuanto mi mujer se despojó de la camiseta y la doctora del sujetador, directamente en la piel.

La doctora hizo a Paula sentarse en la camilla y alzar una de sus piernas, de modo que con el talón se apoyaba en la camilla y podía mostrarse más abierta. Entonces se agachó y comenzó a comerle el coño con un ardor tan debocado que parecía que iba a devorarla. Paula gemía de placer como no lo había hecho nunca. Yo me acequé y la besé, mientras la acariciaba para incrementar más aún su placer.


-¿Te gusta lo que te hace la doctora? -le pregunté.


-Oh, me vuelve loca -tartamudeó ella, llena de excitación.


-Te lo mereces -le respondió la doctora alzando sus ojos, que brillaban con el fuego de la lujuria-. Nunca me habían excitado tanto viendo y tocando a una mujer, pero tú me has impresionado tanto que nunca te habría dejado escapar.


-Oh, vamos, sigue -le exhortó mi mujer- que me vuelve loca lo que haces.

Y Ana volvió al lamerle la entrepierna, mientras Paula gemía ya con un descontrol tan evidente que parecía que estuviese a punto de acabar. Yo me acerqué a la doctora y me arrodillé junto a ella para ayudarla a lamer. Nos ibamos alternando en la labor, o bien nos repartíamos la vulva, de modo que ella lamía el labio izquierdo y yo el derecho, mientras yo le metía mano a ella entre sus piernas, y ella agarraba mi miembro como podía y lo agitaba. También hubo un momento en el que nos miramos y nos besamos en la boca. ¡Dios mío, que mujer más caliente! Nunca me habían besado así. Supongo que es la excitación que producen las escenas extraordinarias, como esta, la que hace que las personas adopten una actitud fuera de lo normal.

Por fin nos incorporamos. Al mirar a la cara a mi mujer me di cuenta de que estaba calentísima, y como la veía así, abierta de piernas y totalmente desnuda, no pude resistir la tentación de follarla. Esto aún la excitó más; parecía haber subido al cielo del placer. La doctora se puso entonces sobre ella y la besó en la boca. Paula la abrazaba mientras sus pechos se frotaban contra los de su compañera y yo tenía a la vista el culo de la doctora, que , por supuesto, no dejé de manosear. Vi aparecer por debajo una mano: era la de mi mujer que aprovechaba para masturabar a la doctora.

Supongo que después de todas estas descripciones ya os podéis imaginar en qué estado me encontraba yo. Era lo más increíble que me había pasado en la vida, y estaba tan excitado que tenía miedo de acabar demasiado pronto, por lo que disminuí un poco el ritmo de mis ataques para intentar calmarme un poco. Fue entonces cuando a la doctora se le ocurrió cambiar de postura: se giró, y puso su cara mirando hacia mí, mientras mi mujer le lamía entre las piernas. Tendríais que haberla visto, completamente excitada, mirándome con unos ojos que más parecían los de una borracha que los de una profesional que estuviera tratando a una paciente. Pero lo que más me excitaba era lo que no podía ver. En efecto, me imaginaba a mi propia esposa paseando su lengua por los labios vaginales de la doctora, sorbiendo sus jugos, comiéndole el coño, y eso me excitaba tanto que no pude aguantar más. Saqué mi aparato del interior del cuerpo de mi mujer y lancé una de las descargas más violentas de mi vida, que empaparon todo el coño de Paula y parte de su abdomen. Algunas gotas fueron a parar a la cara de la doctora, que cerró los ojos instintivamente y giró su rostro, sin poder evitar del todo que le alcanzase parte de mi semen. Sin embargo, pude comprobar que no le daba asco, porque lo primero que hizo en cuanto yo me retiré de allí fue lamer la entrepierna de mi mujer. Yo, aunque cansado y satisfecho, seguía contemplando la escena con placer. Me apoyé en la pared de manera que podía ver cómo mi mujer lamía el sexo de su compañera. Uf, que pasada, aquello era tan increíble que si no hubiese tenido un orgasmo justo antes, de buen gusto la habría besado y la habría ayudado en su labor. Pero ahora era mejor dejar que las dos mujeres acabasen por su cuenta. No tardaron mucho, porque a Paula le estaba gustando tanto aquello que a los pocos segundos comenzón a gritar como una posesa y a contonearse de un modo que mostraba muy claramente lo que estaba ocurriendo en su cuerpo. Quedó entonces semidesmayada, como si la hubiesen matado de placer. Yo me acerqué y me puse a lamer la vulva de la doctora, para no dejarla a medias, ya que ella seguía saboreando con placer el coño de mi esposa y aún no había alcanzado la cima del placer. Paula se recuperó a los pocos segundos y volvió a su labor. De este modo lamíamos los dos a la doctora, al tiempo que nos parábamos de vez en cuando para besarnos, mientras nos mirábamos con una mezcla de complicidad y satisfacción. Yo quería precipitar el orgasmo de nuestra compañera, y como comprobé que su culo estaba limpio, no pude evitar pasear mi lengua por él. Fue el golpe de gracia: la doctora, al grito de "¡Ah, sí, me estáis matando con vuestras lenguas!" llegó a la cima del placer, agitándose violentamente y abrazando con fuerza las piernas de mi mujer, hasta el punto de que más tarde Paula me confesó que le había hecho daño en sus contusiones.

 

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