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La hoguera

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres. El sexo oculto en esa musgosa intimidad parece querer pasar inadvertido ante la indiscreción de miradas iguales o parecidas a las mías. De niña me fascinaba ver a mis hermanas mayores a la hora del baño. Intuía que bajo aquellas leves sombras incipientes, palpitaba una doble y aromática carnosidad como la que yo aspiraba poseer al llegar a sus edades.

El pubis de los varones, en cambio, carece de gracia y permanece ajeno al falo, adonde irremediablemente desembocan el ojo y la caricia, sin permitir el paso de la mirada o de los dedos por otras rizadas geografías. Al menos ha sido ese mi caso con la mayor parte de los novios y amantes que he tenido, quienes sucesivamente y con orgullo han esgrimido sus penes ante mis pupilas sedientas o en el vértice de mi entrepierna, como si todo el placer y el deseo se concentraran únicamente en la posesión y en la gratificación de ese dulcemente salado fragmento de sus cuerpos.

En la secundaria admiraba con pudor y de reojo los ralos triangulitos de mis compañeras del equipo de nado sincronizado al cambiarnos de ropa en los vestuarios. Más tarde, en la preparatoria y después en la universidad, seguí admirando con eficaz discreción los montes de Venus de mis condiscípulas y amigas, obviando la fresca redondez de sus formas e intentando condensar en mi retina las cavidades que palpitaban tras el dibujo cuidadosamente recortado de su pelambre. De cierto modo, mi práctica contemplativa obedecía a que la escasez de mi propio vello me orilló a depilarlo por completo cada semana, a partir de la adolescencia, dejando expuestos mis labios al roce de la tela y la intemperie.

Pero el pubis que más me ha fascinado es el de Amarilis, mi amiga con quien desde hace algunos meses y dos tardes por semana comparto los vestidores y el sauna al concluir nuestra clase de aeróbic. Es tan espeso y abundante su vello pelirrojo que cuando está de espaldas en el vapor, éste sobresale con generosidad de entre sus nalgas; de frente bosqueja un fino sendero que asciende de la pelvis a su ombligo en el que ha colocado un anillo diminuto, similar a los que cuelgan de cada uno de sus grandes pezones.
Algunas mujeres la ven con desagrado y recelo; otras, como yo parecen extasiarse ante las compactas marañas que por igual enriquecen su pelvis y sus axilas. Ella me ha contado que jamás se afeita porque le produce alergia. Lo mismo le sucede en las ingles y en las axilas, que no soportan la aspereza del rastrillo y por esa razón albergan abultados nidos fueguinos.

Además de lucir natural, el intenso color de esas sobre pobladas matas embellecen con distinción su esbeltez renacentista, haciéndola lucir como la más elegante modelo de Botticelli. Sobre todo cuando después de ducharse se sienta con las piernas abiertas para cepillar su melena larga y ondulada como un bosque incendiándose de otoño. Es en esos breves minutos, antes de que levante la cabeza, cuando tengo oportunidad de contemplarla descaradamente sin que se percate de que mi vista resbala por sus hombros blancos y pecosos, y trepa de sus tobillos a los muslos para arrobarse en el radiante destello de su pubis. En esos momentos soy la espectadora privilegiada de su íntima belleza, con la que sólo compiten su inteligencia y la candidez de su humor.

Hoy llegó temprano por mi, a mi casa, para ir juntas al gimnasio. Al entrar a la sala sacó de su bolso de deportes una pequeña caja de laca diciéndome: --es un regalo, para que nunca me olvides--, y al entregármela me dio un beso. La abrí con cuidado y extraje un mechoncito pelirrojo, atado por una cinta verde, que se riza hasta completar un círculo perfecto. Mis dedos temblaron al sostener aquella visión que supe de donde provenía, y un súbito calor prendió mi cara y descendió en violentos oleajes a mi sexo. Amarilis sonrió complacida por mi expresión de sorpresa, se fue canturreando a la cocina por dos copas en las que escanció vino blanco y al volver puso un disco de blues. Yo intentaba recobrar la compostura y decirle algo, sin saber exactamente qué. Su obsequio maravilloso era prueba de los descuidos en que seguramente había incurrido al admirarla en el vestuario. Era por tanto un reclamo al grado de desfachatez al que mi curiosidad había llegado.

Intenté buscar las frases que le ofrecieran alguna explicación a modo de disculpa, pero ella interrumpió mis pensamientos--: He advertido la forma en que te quedas mirándome en los vestuarios, y quise darte un poco de mi; muchas veces cuando tú no te das cuenta también observo, con envidia de las buenas, tu pubis libre de veladuras, lo que me permite ver los hilos que humedecen tus labios abultados, e imaginar la manera en que te lo rasuras. Me encantaría que mi pubis luciese como el tuyo, así de provocador. Yo continuaba sosteniendo en una mano el cofrecito y en la otra aquel vellocino cuya ternura quemaba mi palma. Ella los tomó, los puso en la mesa y me entregó una de las copas que bebí casi entera luego de hacerla tintinear contra la suya. Por las tímidas fisgonas, la pelona y la peluda --brindó para subrayar mi sonrojo, y sirvió otro chorro espumoso en cada copa. Por el placer de la vista --añadí aparentando una ecuanimidad que no tenía.
Durante minutos eternos permanecimos paradas en medio de la sala, sin hablarnos, intercambiando sonrisas desde los bordes de cristal. Eran los primeros instantes en que ambas estábamos solas frente a frente y en silencio en una misma habitación. Parecía que nosotras, que siempre compartíamos infinidad de confidencias, esta vez no teníamos nada que decirnos. Así es que aunque dudosa, di el paso que hacía semanas quería dar sin atreverme y que muchas veces había dado en mi imaginación. Estoy avergonzada --atiné a hablar con un tono que hacía evidente mi nerviosismo-- pero ya que me has descubierto y como parece no molestarte mi mirada, quisiera pedirte que me permitas ver tu pubis de cerca.


Me asaltó una sensación de extrañeza por haber sido capaz de pronunciar esas palabras que tornaron la atmósfera más densa de lo que ya era, aligerada tan sólo por los acordes que fluían de las bocinas; pero a la vez, me alivió decírselas. Traté de adivinar su reacción sin saber aún cuál era la mía. Sus hermosas facciones no me daban ninguna señal de desaprobación ni mostraban desconcierto. Permaneció impávida unos segundos más mirándome a los ojos, y dejó la copa en la mesa.

Sin dejar de observarme y como callado consentimiento, se sacó el vestido por encima de su cabeza. Con los pulgares bajó su tanga, enrollándola en las sandalias. Se quedó desnuda y de pie, como deidad en la luz ambarina del atardecer, y su belleza y su perfume llenaron la estancia de fulgores. Ahora podía admirarla de cuerpo entero, y sin tapujos, aunque temblorosa, contemplé su espigada estatura semejante a la mía, la fronda bermellón que acariciaba sus hombros y el rostro limpio de maquillaje, la pelusilla de los antebrazos, sus finas manos largas, la armonía que guardaba cada protuberancia y curvatura de su cuerpo.

De los anillos que adornaban sus aureolas pendía la cadenilla de plata que le había comprado en Taxco semanas atrás, y que era similar a la que yo llevaba en la cintura. ¿Te gusta el lugar donde la puse? —preguntó alegre. Atiné a contestar que sí, con la cabeza. Recogió su cabello detrás del cuello para que me deslumbrara el gemelo sol de sus axilas, y con las manos en la nuca caminó hacia el extremo de la sala. Se tendió en el sofá de piel azabache que de inmediato formó un alto contraste con la suya. Y elevó la llamarada de su montículo entre el que apenas asomaban unos labios gruesos.

Amarilis parecía una imagen potenciada de Egon Schiele, una milenaria sacerdotisa tribal ataviada por los aros y la cadenilla que ascendían y descendían al compás de su respiración. Recostada boca arriba y expuesta a mi deseo de contemplarla, la metáfora del vello desparramaba su abundancia crespa y rojiza. Ella empezó a desenmarañarlo con sensual desenfado. Yo seguía inmóvil. Ven, acércate --pidió--, también quiero ver tu pubis muy de cerca; tengo ganas de observarlo mientras tú miras el mío. Aclaré la garganta con otro sorbo de vino y caminé hacia ella. Aún temblaban mis rodillas y el corazón me latía furiosamente.
Al tiempo que mis ojos seguían el recorrido hipnótico de sus dedos entre los rulos, me despojé de los jeans, de la tanga y de la blusa. Me acosté encima de ella, oprimiendo mis senos contra la dureza de sus pezones. La piel del pubis absorbió de lleno el hormigueo de la boscosa densidad que yo adoraba. Me estremecí, estrechándola. Vi mis ojos arder en el hondo cobalto de los suyos, sintiendo su aliento contra la boca y en mi espalda la suavidad de las manos que jugueteaban con mi cadena. Nos besamos los labios con ternura. Hundí los dedos en su pelo y murmuré a su oído: —Nunca he estado tan cerca de una mujer. Amplió su sonrisa y dijo en voz muy baja, como sí alguien más pudiera escuchar: —Tampoco yo. Las dos soltamos una carcajada cómplice que al fin liberó nuestras tensiones.

Deslizándome giré sobre ella y coloqué mi rostro ante su pelvis. Ella subió una pierna en el respaldo, para que nada quedase fuera del ávido alcance de mis ojos que a unos cuantos milímetros podían admirar los caracoles naranja tostado que se ensortijaban sus ingles, formando dos amplias medias lunas; los rizos donde sus labios se acolchaban y que se extendían profusamente mojados alrededor y más arriba de los pliegues del ano; el clítoris erecto y grande como una uva, las mieles cristalinas derramándose por el cuero del sofá.

Su sexo irradiaba un calor húmedo y tenía el turbador aroma del sándalo y la lluvia en el mar. Mis yemas recorrían su tersura selvática, peinando y jalando las frondas pelirrojas donde se confundían unos cuantos vellos rubios y que parecían suaves racimos de cobre. Los alisé y estiré minuciosa hacia los lados de la vulva, acomodándolos todos con las uñas para contemplarla y poder descubrir su textura y acariciarla con la misma lentitud con la que froto por las noches la mía.

Separé mis muslos y a horcajadas acerqué mi sexo a su cara hasta recibir su respiración agitándose en mi vulva. Me hechiza esta textura, sin vello pareces inocente como una ovejita recién esquilada —dijo. Me depilé esta mañana —le repliqué sin dejar de reír con ella—, tú en cambio pareces una fuente de zanahoria rallada y con aceite de oliva. Nuestros comentarios acerca del aspecto de la otra y los ataques de risa se fueron espaciando, convirtiéndose en suspiros. Mis caderas comenzaron a balancearse cuando también ella empezó a indagar entre mis labios.

En el surco moreno de mis nalgas, junto a su aliento y sus dedos, podía sentir la fiebre de sus ojos encendidos. A cada estremecimiento, a cada temblor que su sexo me ofrendaba, crecía bajo mi vientre un fuego nuevo. El calor que llegaba en oleadas nos hacía quejar de placer, vertiendo nuestra comunicación en profundos monosílabos. Estás mojadísima --la oí decirme, muy de lejos.

Yo ya había alzado vuelo por el toque de sus yemas hacia un orgasmo que era tenue, que se sostenía sin alejarse y me llevaba a flotar entre las densas transparencias de su aroma. Me dolían los pezones y percibía con claridad cómo brotaba un manantial de entre mis labios lubricados a medida que sus manos resbalaban de mis muslos a la espalda, para volver a mi entrepierna, atrayéndome más cerca de su cara y rozándome el clítoris con dulce y penetrante sutileza. Mi sexo recibió el empuje urgente de un índice, y lo abrazó con fuerza.

Cuando sentí entrar la punta de su lengua, llegué casi a la cresta. La mía hizo lo mismo entre sus pétalos de carne, imitando sus movimientos y aferrándome a la firme redondez de sus nalgas, como si a cada gemido suyo y mío fuéramos a caer por un pozo ciego, como si de pronto el mundo, la casa, la habitación, el sofá fueran a ser oscurecidos por un relámpago negro. Aquellas sensaciones que me hacían resollar contra su sexo eran distintas a cuantas había experimentado antes. Todo me sorprendía, extasiándome, haciéndome inhalar a fondo, llenándome a grandes bocanadas de aquel fruto de musgo líquido que mis pupilas y mi lengua golosas degustaban. Me sorprendía sobre todo, abierta y encima de Amarilis, mi capacidad de entregar y de recibir esa espiral de placer sin egoísmos.

No puedo más, estoy a punto de venirme —susurró encajando sus talones en el asiento. También yo estoy muy cerca —conseguí responderle con un hilo de voz entrecortada, jadeante por el sedoso clímax que la filigrana de su lengua había encendido hacía buen rato, y por el oceánico sabor de su vulva, cuyo reflujo no cesaba de manar ante mis ojos y que ya descendía por mi garganta.

Flexionó sus rodillas hasta colocar su piernas en mis flancos y espalda, y me afirmé sobre la pulpa de su boca. Debajo de su cabeza acomodé un cojín y otro bajo las nalgas, pronunciando el ángulo de sus caderas. Quédate así —murmuré—, no me dejes de chupar. Lamí de arriba a abajo su jugosa hendedura y apreté rítmicamente su índice adentro de la mía, succioné el botón de su delicadeza y le metí la lengua lo más que pude en el anillo blando y sonrosado del culo hasta oírla gritar.

Hasta los nudillos sumergí mis dedos por las dos deliciosas cavidades que su excitación me ofrecía y que la hacía empujar su pubis con mayor vigor para que mi lengua y mis dedos entraran a lo más profundo de su deleite. Separados apenas por aquella delgadísima membrana, los deslicé en círculos, sintiéndolos moverse y latir uno contra otro nadando en sus hirvientes pasadizos.

Amarilis se retorcía de pasión entre gemidos, oprimiendo y soltando mi cabeza entre la cara interna de sus muslos. Sus afelpadas medias lunas frotaban por dentro mis oídos. Dámelo todo —jadeó mientras me mamaba el clítoris hinchado e introducía un dedo más en la estrechez de mi culo sin sacar el de adelante—, dámelo y cómeme completa que me vengo. Metió otro. Mi aullido de placer se ahogó en la inundación de su vagina. Nuestras caderas apretaron su cadencia; dedos y lenguas salían y entraban con delirio y rapidez buscando mitigar con anhelo su hormigueo.
En mi humedad ella agitaba su lengua como una mariposa ante la luz inquieta. Yo volaba cada vez más arriba entre sus alas, amortiguando en su dulzura turgente mi resuello. Le abrí totalmente la vulva y entera metí la boca entre sus flamas hasta que mechones y labios escurrieron por mis mejillas febriles. Centelleante, el vértigo aumentaba e iba en alto, desbocándose y precipitándome por una catarata de voluptuosidad, por un chorro que caía ruidosamente y se derretía chapoteando en la circunferencia de fuego que su boca formaba entre mis nalgas.

Su espalda se arqueó. Nos quedamos inmóviles, de golpe, cuando el foso se hendió en millones de infinitos relámpagos. Me senté en su boca. Y estallamos.

La música de los gemidos y la ondulatoria sincronía de nuestro deseo se volvieron un grito primigenio que brotó en ciclos concéntricos. El orgasmo recomenzaba con más brío cuando parecía disolverse y disolvernos, haciéndonos caer sin peso, una y otra vez, hasta ser una en la otra y las dos, una. Palpamos el fondo sin fondo de nosotras, lengüeteando y estremeciéndonos abrazadas en una danza horizontal hasta el último de los músculos que al fin han encontrado su reposo.

Ya se ha hecho de noche. Desde hace horas ninguna de las dos ha querido moverse de su sitio. Seguimos conversando acerca de nuestras vidas que tienen numerosas coincidencias, y mi mejilla descansa en la ruta mullida de su pelvis. Indolentes, las manos recorren los eslabones de la cadenilla de la otra y los cuerpos amorosos siguen adheridos en el brillante sudor y la saliva. Ella me escucha contarle que desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres, pero que ninguno me ha deslumbrado tanto como el suyo, el suyo que en este momento mis ojos besan y devoran.

Amarilis ríe y con frescura me confiesa que cuando me observó el primer día desnuda en los vestuarios tuvo la fantasía de acariciar y sentir la piel de mi sexo depilado, pero que no imaginó que pudiera ser una experiencia tan apasionante y hermosa como lo ha sido. Me cuenta que ese día se masturbó en el sauna, después de verme cepillándome el pelo, con las piernas separadas. Dice que desde entonces ansiaba paladearme, que mi consistencia y sabor le han trastornado.

Oigo su voz cercana en la lejanía de mi cuerpo, como si al hablarme también hablara con mi sexo que ella ha mantenido entreabierto al igual que una ofrenda humeante entre sus dedos. Sus largas pestañas rozan mis labios y me producen temblores y accesos de risa. Entre las sombras, al tacto de mi lengua y de mis ojos, la espesura de su vulva, semejante a una hoguera ceremonial, chorrea y brilla con mayor esplendor. Mi clítoris también está encendido.

 

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