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Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

No me di cuenta hasta que se lo oí a mis hermanas. Nunca había reparado en eso y desde entonces pienso que es lo primero que delata a una mujer y desde niña creo que me ha llamado más la atención que cualquier otra parte de la fisonomía de la mujer. Mis hermanas me abrieron la mente y en ese momento entendí que era mujer, una niña-mujer y mi futuro podría convertirse en un proyecto de curvas. En su cuarto, mis hermanas se intercambiaban sujetadores, con el torso desnudo sus carnes sonrosadas emulaban el color de los tizianos. Se entretenían mirándose al espejo y lo que el azogue les devolvía lo robaba con mi mirada, ellas no eran iguales a mí, ellas tenían senos, los pechos abultados como entonces pensé, me secuestraron la atención y recordaré embelesada esa escena hasta que pierda la memoria.

Ahora recuerdo a una niña con la obsesiva intención de querer crecer, de hacerse adulta y abandonar un cuerpo imperfecto al que le faltaban pechos y le sobraban lazos. Hasta entonces que nunca había visto tetas, o no había reparado en ellas, mi atención en ellas era nula y sin embargo a partir de entonces aparecían por todos los momentos de mi vida. Mi abstracción a la pantalla era superior a la de mis padres llamándome para que al ir a la cama no viera los cuerpos desnudos de los amantes ansiosos de las películas de medianoche. La niña que en la bañera se miraba al espejo y tiraba ligeramente de sus huecos pezones para aparentar lo invisible. Recuerdo mi despertar a la pubertad, al crecimiento del tapiz moreno que invadió mi inocencia como queriéndolo ocultar de los lascivos pensamientos. Despertar por la noche con una leve sensación en el pecho y desear que la naturaleza fuera generosa conmigo y poner las manos encima de mi pecho esperando notar su crecimiento. La paciencia no era virtud de mi cosecha, si encima mis mejores amigas comenzaban a llevar sujetadores, mi inquietud retorcía mi corazón para desesperarme. En las ocasiones en las que podía observar a estas llegué a odiarlas, pues no entendía como era posible que fueran tan crueles conmigo y enseñando sus blancos mamelones se dirigían a mí recordando mis formas o más concretamente mis no-formas. Las miraba discretamente sin desviar mi atención hacia cualquier otra parte, no me interesaban ni los culos respingones, ni los ralos pubis, ni las finas y largas piernas adolescentes. Los senos eran reclamo incandescente de toda mi ignorancia y perder la oportunidad de ver unos pechos desnudos suponía un fracaso por conocer una nueva forma, posición, color, textura, desarrollo. Fui descubriéndolos uno por uno, todos distintos con su cualidad particular y su personal entidad. De aquella época recuerdo las elipses de Nati, sus inmaculados pechos de tonos cálidos tintineaban en mi cabeza como campanillas prestas hacia arriba husmeaban el aire como caniches. O las de Sonia con aspecto rezagadas y cansinas, o las de Amelia de pezones fresa que marcaban el premio a la diana. Uno a uno los podría ir recordando, como recuerdo la envidia y el rencor que en mi generaba cualquier chica que tuviera senos y no fuera mayor que yo.

La llegada de aquel verano en vez de estirar mi cuerpo, el calor lo despertó y en poco tiempo los cambios que en mí se desarrollaron atropellaron mi capacidad de sorpresa sintiendo cada nueva evolución como algo mágico que estaba dentro de mí y no había sabido llamarlo. Mi piel se había oscurecido y la niña morena ya no iba a admitir que no la reconocieran como mujer. Mi adolescencia comenzaba con aquel cambio que el fenotipo me mostraba, en cambio había guardado en mi interior el mayor de todos y que sería el último en descubrir. El regalo de mi madre, mi primer sostén de "mayor", entre nerviosa y avergonzada, con la ingenuidad de una chiquilla todavía trémula me lo puse y quité varias veces, escogiendo la manera que a mí me pareció más adulta de quitarse la prenda. Crecí. Lo notaba. Cada vez que algún familiar aparecía tenía grabada la frase haciendo notar lo espigada que estaba "la niña". La ropa, los vestidos de volante y lazo, de macramé y puntilla desaparecieron de mi vestuario, sustituidos por ropa de programa de tele, de revista de adolescente y grupo musical de marketing. La visión de mi cuerpo ante el frío reflejo del liso espejo me devolvía mis formas y aquel miedo a lo inesperado fue desvaneciéndose, se evaporó el pensamiento de patito feo y la figura del plano cristal se volvía voluptuosa y femenina, muy femenina. A lo largo de aquellos años de aprendizaje mi sexualidad fue avanzando paralelamente a mi cuerpo. Pasado el verano y después de una tarde de piscina, como siempre me desnudaba en mi cuarto para mostrarle a aquella hoja de plata mi esbelto cuerpo, recuerdo aquella tarde como una foto sepia, en la que mi cuerpo tiznado por el sol brillaba al reflejo de este y que al quitarme el bikini mis pechos asemejaban a postizos blancos, injertos de masa prestados por otra mujer, mamas blancas pintadas sobre un lienzo oscuro, verdaderos tatuajes eternos implantados en mi pecho y que con un ardoroso comezón quisquilleaban hacia mi interior, no pudiendo evitar cogerlos con las palmas de mis manos y acariciarlos suavemente primero, para luego apretarlos en toda su extensión sintiendo que son míos.

Recuerdo los primeros momentos. Las primeras veces. Los estrenos de mi vida. La primera y verdadera mirada de amor de un chico en clase. La primera confidencia a mi mejor amiga. La cita de los nervios, de la boca sellada, del gesto imperfecto. Del primer beso de amor. Subir las escaleras de casa con la alegría henchida por la caricia de sus labios. Candidez e inocencia. La tarde en el escondido rincón del café, los leves gestos de sexo no eran sino caricias por encima de la tela, sin embargo sus dedos los sentía más adentro. Sus novatas manos abrazaban como una araña de cinco patas a su presa intentando exprimir mis pechos endurecidos, pero el zumo escurría por mi sexo ajeno a las torpes intenciones de aquel aprendiz del amor. Y...recuerdo con las mismas ganas aquella noche, sola en la cama, cubierta con la intimidad de mi dormitorio, tapada por la oscuridad palpaba con miedo mi sexo aún excitado por los dedos de la tarde y la mano de la noche se atrevía a acariciar mi vello negro, a repasar mi raja de arriba abajo. Sentir como fluía néctar de mi interior y el tocar se hacía dulce; mi dedo caía en el averno, disfrutando de mi gozo de rodillas en el lecho, con la otra mano enseñándole al pecho cómo tenía que ser acunado, cogido, palpado, pellizcado, cómo ser sorprendido en completa erección de la aureola y así en posición imploratoria caí en clímax, mientras el orgasmo se adueñaba con desesperante quietud de todo mi cuerpo y osmóticamente recorría cada membrana hasta enervar el más pequeño de los músculos. Mi primer orgasmo. Escribo esto y todavía me inquieto. No me resisto a llevarme la mano a los muslos recordando aquel calor cuyo rescoldo aún permanece en mí.

Mis aventuras el amor y el sexo fueron aumentando mi creencia en que solamente otra chica puede dar placer a una mujer. Sólo nosotras sabemos nuestro cuerpo y conocemos nuestros verdaderos deseos. No sé del sexo impaciente que se abalanza y me asfixia con su cuerpo al unísono de sus precoces descargas aunque no descarto el efímero fogonazo de una noche de automóvil cuando la pasión y el sexo se adueñan de tan femeninos principios. Tan idílicos como Alba. El primer día que en ella reparé no pude menos que abstraerme de lo que hacía, un vellocino rubio caía de su cabeza en una cascada enmarañada de fajos, el bañador comprimía su cuerpo dándole aspecto más atlético, las piernas tan largas que incluso le llegaban al suelo. Valquiria frondosa que animaba a mirarla de reojo pues ser advertida en esa situación no hubiera evitado el rubor en mi cara ante los pensamientos que el cuerpo de Alba animaban mi mente. Empotrada en la esquina, seguía sus brazos secando las piernas, su torso, el cuello y aquel manojo de cabellos púrpura. Al desnudarse mi zozobra aumentó, al contemplar aunque fuera de lejos la redondez de sus senos, esféricos como tazones, erguidos y jóvenes, con olor a piel fresca y suave, sonrosados como toda su piel y encrestados por unos abultados pezones que sobresalían del conjunto sinusoidal que era aquella pieza. En mis 22 años no había contemplada algo que desde el primer momento deseara para mí con tan arrolladora necesidad. Mis tardes a la piscina y su frecuencia fueron aumentando, en mi recuerdo la desazón por no encontrarla, por llegar demasiado pronto, o cruzarme a su salida. Mi presencia fue advertida, ya que poco a poco tanto en la piscina como en las duchas o en los vestuarios físicamente estaba cada vez más cerca de ella. Estudiante como yo y con el deseo de conocerla no fue difícil congeniar con ella y creo que ella se sentía también a gusto con mi presencia. Dicen que el roce hace cariño, así que al cabo de un tiempo nuestra amistad se convirtió en confidencialidad, pero en los vestuarios todavía tenía que aprovechar cuando ella se secaba el pelo para detenerme en sus tetas, no quería que descubriera mi secreto. A veces admiraba su triángulo de las delicias, claro como su pelo, que no escondía el canal del deseo y mi cabeza se precipitaba hasta su entrada. Los finos enjambres de pubis no la protegían de mi mirada, si acaso delataban aquello que yo cada día anhelaba más y con más ...pasión.

Era viernes y habíamos quedado para dar una vuelta por los bares de copas de la zona así que fui a buscarte. Desde el portero automático me dijo que no estaba lista y subía su casa. Alba se encontraba a medio vestir y todavía estaba maquillándose. Hablábamos de banalidades sin sustancia cuando me dijo que no le apetecía salir, que parecía increíble, que un fin de semana que sus padres no están, a ella no le entraba la gana de salir. Yo, por ella, decidí hacerla compañía y dedicarnos al mejor deporte que sabemos hacer; hablar. Postradas en el sofá como si en él hubiésemos caído, comentábamos lo divino y lo humano a fuerza de una copa en la mano, en mi mente no tengo la certeza de cómo empezó, memoria vaga del recuerdo etílico.

Sé que Alba se levantó del sofá y en cuclillas se acercó a mí. Puso su dedo índice en mis labios indicándome que callara y luego en voz baja me preguntó:
- ¿Quieres verme desnuda?

Pero Alba ¿por qué preguntas eso? ¿Te ha sentado mal algo?. Su pregunta fue como un golpe que no sabes de donde viene, tan desconcertante como efectivo.

- Te lo digo porque a veces te pillo mirándome mientras me cambio, pero no te apures, no me importa. Todo lo contrario, me gusta que me mires y... si soy sincera tengo que decirte que yo también te miraba a ti.

Todo el sonrojo se concentró en mi rostro y estaba tan azorada que no articulaba respuesta. No tenía salida digna y cualquier excusa seguro que resultaba falsa.

- Sssssssiento mucho todo esto. Farfullé como pude intentando calmar unas palpitaciones que me hacían temblar de vergüenza.

- No lo sientas. Quiero que me mires sin los ojos del culpable, sin el reojo del chiquillo, sin la cabeza vuelta del que traiciona. Quiero que cada centímetro de mi cuerpo quede grabado en tu recuerdo.

Mientras me hipnotizaba con sus palabras me incorporó del sofá y delante de mi se quitó la camiseta, dejando a la vista un sencillo sujetador blanco que cayó a sus pies dejándome ver sus senos de cerca. Tan cerca que podía olerlos, tan cerca que podía discernir todos los tonos de sus pezones, tan cerca que podía oír cómo crecían. Me cogió una mano y la acompañó hasta posar nuestras palmas en uno de sus pechos. Los dedos temblaban al notar la turgencia del pecho, la cálida y lisa piel que lo envolvía, el mamelón, cúspide de tal pirámide se apretaba entre mis dedos engordando mis más intimas ganas. Mi interior se derretía y los primeros flujos resbalaron como los de una virgen en plena excitación. La sombra de mi atrevimiento me llevó a probar sus labios. Alba receptora de paso abrió su boca para que nuestras lenguas con su silencio pactaran lo que ambas codiciábamos. El beso más intenso, las manos más activas, todo, digo todo, aceleraba nuestro corazón que reclamaba con estruendo ser abierto mientras me desabotonaba la camisa y retiraba de mi pecho las cinchas que impedían que me desbocara. Ahora ella, pacientemente observaba los míos erizados apunto de abrirse entre las carnes, los acarició y acercó los suyos para mezclar nuestros pezones. El rosa y el marrón se entrecruzaban como floretes en una lucha de esgrima y aplastábamos dulcemente nuestros senos, nuestras miradas chocaban y las bocas volvían a enlazarse. Bajé la cremallera de sus pantalones y por sus muslos eslavos descendí con ellos quedando mis pupilas dilatadas a milímetros de sus bragas que delataban su pasión. Mis dedos acariciaron los límites entre la carne y la tela para que al final aflojaran la cinta elástica que se hendía en la cadera. Poco a poco le fui despojando de ellas, primero su plano y liso vientre, los primeros rizos níveos de su pubis, el canal de su monte de Venus hasta que las braguitas cedieron arrancando un hilillo de viscoso placer del mismo interior de su vagina. Ahora palpitaba mi corazón y mi sexo. Lo veía tan bonito que no me atrevía a respirar. Lo besé. Lo besé de nuevo. Lo volví a besar y lo abracé. Subí por su vientre y también besé sus tetas. Sus senos entraron en mi boca y los chupé con gusto, con ardor mientras unos gemidos sordos intentaban desprenderse de la garganta de Alba. Sus manos buscaron la abertura de mi falda y me desprendió de ella. Introdujo los dedos entre mi braga y las nalgas atrayéndome hacia ella. Notaba como el elástico bajaba y su mano traspasaba a lo más íntimo de mi cuerpo, jugando con el ensortijado vello, telón de un acto todavía más ansiado para finalmente y con toda su mano posada en mi sexo, apretarlo como si se lo quisiera llevar. Mi flujo aumentó como nunca antes lo había hecho, verdaderamente húmeda seguía jugando con el musgo de mi entrada.

Levantándome los brazos giró alrededor mío besando y lamiendo de mi cuerpo todo aquello que le parecía podría tener gusto. Me arrastró hasta el sofá y caímos yo encima de ella. Aquello ya no era un juego. Necesitábamos darnos la una a la otra como verdaderas amantes, escondiendo la vergüenza para sacar de cada una hasta el último hálito de placer. Alba se introdujo debajo de mí, accediendo al encharcado portal enmarcado por unos labios que palpitaban a cada torrente de sangre que los henchía. Pasó su lengua sintiendo cada papila como papel secante y una nueva oleada de calor bajó por mi útero que se comprimía, me separó los labios y buscó con su vípera lengua mi clítoris. Su sexo se acercaba a mi boca. Con la punta de la lengua tintineaba los alrededores de su vagina. Sus labios se desplegaban tiernos y relucientes, bañados en la miel del placer y a cada paso de mi lengua tiritaban de gusto. Con apenas vello admiraba su clítoris bermellón irrigado ahora por miles de calambres que la provocaban que levantara sus caderas para ofrecérseme entera. Así lo hice, mi lengua barruntaba cualquier rincón, mis dedos acariciaban todos los resquicios para terminar por hundirse en el angosto túnel. Mi estado rozabala agonía pues ella pedía más mientras que yo suplicaba por favor que me llegara el orgasmo, mi lengua bailaba sola y no podía seguir el movimiento de mis dedos cuando Alba comenzó a apretar sus muslos contra mis mojados carrillos y tomando aire con toda la fuerza de un asfixiado juntó las piernas para que no me moviera y no perdiera imagen de su orgasmo. Una larga contracción de su cuerpo que poco a poco se fue relajando con pequeños estertores, pequeñas convulsiones de gozo que salían con retardo a la llamada del clímax. Al poco rato ella metió su lengua en mi distraído sexo, sacó de nuevo la pasión en sus movimientos, su boca se volvió caníbal y su gusto frenético, las respiraciones se me hicieron cortas e imposibles de controlar, así como los gemidos y jadeos que profanaban mi boca nunca habían sido desatados de esa manera, su lengua rozó mi ano y un punto de deleite se sumó a mi placer, después una, otra y otra vez. La lengua pasaba de la vagina al ano y en ese pequeño recorrido me retorcía, hasta que introdujo lo más que pudo la lengua en mi sexo y me senté en su cara abrazándome pues quería estar dispuesta para lo que iba a venir. Resoplando en mi interior Alba dio con el timbre del placer y a su llamada acudieron torrentes de espeso placer que a paso lento fundían mi cuerpo y sus cenizas dejaron caer mi cuerpo hundiendo mi desollado sexo en la boca de Alba. Caí de bruces sobre sus caderas, abrazándome a una de sus piernas. Acurrucada como una niña besaba sus ingles sin ánimo de moverme recordando el fuego que prendió dentro y que alguna chispa todavía crepita dentro de mí. Alba acariciaba mis nalgas y tampoco ella quería perder mi calor. Poco después me giré y nos abrazamos con la intención de descansar unidas a la vez que yo posaba mi cabeza en aquellos almohadones anhelos de mi niñez, esperanzas de mi pubertad, juegos de mi adolescencia y tesoros de mi juventud. Así, el recuerdo de sus pechos al cerrar los ojos me sigue turbando y aquélla noche ocupará siempre un lugar preferente en mi memoria.

 

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