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Una deliciosa experiencia

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Nunca me pude imaginar que tendría esta experiencia con mi amiga Lourdes hace cuatro años. Es cierto que cuando estamos madurando siempre nos surge alguna experiencia lésbica, sobre todo con alguna de tus amigas. Yo no iba a ser la excepción. Ya sabes, se habla de chicos, nos desnudamos juntas, observas el cuerpo de tu amiga, nos contamos experiencias con chicas e incluso, tenemos alguna masturbación ambas, llegando incluso a acariciar el cuerpo de tu amiga para darle más placer si te lo pide. Nunca le presté mayor importancia, aunque debo decir que me gustaba ese tipo de juegos. Después me casé y nunca tuve otra relación con una mujer hasta lo pasado con Lourdes. Tenía 47 años por aquel entonces, morena, ojos marrones y aún conservo bastante bien mis lineas. Mido sobre 1,68 mtrs. peso sobre 70 kgs. Tengo unos senos aceptables (100) y el resto del cuerpo tampoco ha perdido sus encantos, sobre todo estoy muy contenta con mi trasero. Pero bueno, vamos a relatar mi experiencia que es lo que importa.


Era verano. Los niños estaban fuera y nuestros maridos en su trabajo. Habíamos venido de la playa y como casi siempre, nos fuimos a casa de Lourdes para ducharnos y ponernos ropa más adecuada. Teníamos mucha confianza y eso nos permitía ducharnos juntas sin ningún pudor y en más de una ocasión me fijaba en el cuerpo de Lourdes. La verdad, es que a sus 38 años conservaba un tipo muy, pero que muy atractivo. Tenia una boca no muy grande, pero sensual, pero sobre todo, me llamaba la atención su cuerpo, pero nunca se me había pasado por la cabeza llegar a algo más con ella que las bromas o el mutuo enjabonado. Alguna vez me rozó mi pecho, e incluso me enjabonaba con las manos.


Nunca pasamos de eso hasta que llegó aquélla ocasión.


Salimos del baño con un simple albornoz, debido al calor que hacia. Nos sentamos en el salón, y, como tantas veces, nos preparamos unas copas y algo de picar.


No recuerdo muy bien como y porqué se inició una conversación acerca del sexo y de las actitudes de los hombres. Me acuerdo que empezamos a hablar sobre el placer que sentíamos cuando un hombre nos acariciaba y besaba los pechos. Comentamos si ellos sentrían el mismo placer y sin esperármelo, Lourdes me dijo algo así:


- Pués a mí me gustaría saberlo.


Me quedé mirándola con cierta sorpresa y desconcierto, ya que no esperaba esa respuesta.

- Seguro que para ellos es algo especial.


Acariciar y besar los pechos de una mujer debe de excitarles mucho.


Los ojos de Lourdes trasmitian una expresión diferente a lo que había visto hasta ese momento.

Grandes y brillantes. Me desconcertaron e hicieron que me sintiera un punto incómoda que traté de superar sirviéndome otra copa y dándole un buen trago.


- Gloria, me dijo. A otra mujer a lo mejor no se lo diría, pero somos amigas desde hace tiempo y ese deseo me gustaría realizarlo....


- ¡Estas pasada¡ le interrumpí. Deben ser las dos copas que te has tomado.


- Bueno, es posible, me dijo sin darle mayor improtancia. Pero me gustaría probarlo.


No supe que contestarle, quizás las copas, quizás el morbo, no sé... pero no me dió opción y antes de que pudiera contestarle me abrió el albornoz para posar un beso en mi pezón derecho. Lo primero que sentí fué un latigazo electrizante. Sin quererlo noté que mis pezones se endurecian.


- Lourdes, ¡por favor¡ atiné a decir


Pero ella continuaba. Ahora, no solamente me besaba, sino que su lengua empezaba a recorrer todo el pecho. Sentí en ese momento que mi respiración se entrecortaba, aunque en ese momento solo era yo quien sentia esa sensación. Quería apartar su cabeza de mi pecho, pero una extraña fuerza me lo no me lo permitía.


La situación era tensa, el silencio se apoderó de nostras dos. Lourdes continuaba su exploración y yo asistia entre un no querer y desear.

En ese momento noté que su mano se posaba en mi otro pecho para acariciarlo. Notaba la suavidad de sus manos y el roce de sus uñas contra mi pezón. ¡Dios¡ que sensaciones estaban atravesando, mientras que mi cerebro estaba como narcotizado. Mis brazos no eran capaz de apartar de mis pechos ni su boca, ni sus manos. El placer estaba acabando con mi resistencia


- ¡Lourdes¡ por favor... Mis palabras no sonaban amenazantes y menos mi mano resultó suficiente cuando la tomé por la muñeca intentando separarla de mi pecho. Al contrario, fué tan débil que Lourdes lo interpretó como una aprobación.


- Me gusta, me susurró, me gustan tus pechos y siguió acariciándolos, ahora abiertamente y sin ningún reparo, si es que antes tenía alguno. A esas alturas mi voluntad era de entrega y la respiración dejó de seer silenciosa para hacerse más agitada.


Fué entonces cuando Lourdes, sin dejar de acariciarme los pechos, comenzó a subir sus besos por el hombro, el cuello, la oreja... Yo ya no hacia otra cosa que recibirlos con placer. Estaba excitada.

Notaba la explosión de los flujos de mi sexo sin que pudiera remediarlo ni desearlo.


Mi boca se abria para tomar aire y sentí sus labios posarse en los míos suavemente. Un torrente de placer me recorrió todo el cuerpo, desde mi cabeza hasta la punta de los piés. Ahora era su lengua la que penetraba en mi boca buscando la respuesta de la mía que no se hizo tardar. Mientras el beso era largo y profundo, noté como me desataba el cinturón del albornoz y su mano comenzaba a acariciar mi cueva.


Primero los labios, luego me penetraba suavemente hasta comenzar con mi clítoris. No pude reprimir un suspiro de placer, para soltar a continuación otro y luego otro. Me acostó en el sofá, se quitó el albornoz y se echó encima de mí. Aquél cuerpo y aquéllos pechos que tan sensuales me parecían ahora esa sensación se multiplicaba y provocaba en mi cuerpo oleadas de placer. Su boca en mi boca, sus pechos en los míos y su sexo en el mío.


La tomé por sus hombros, la acariciaba, mientras nuestros cuerpos se movian la unísono. Notaba su respiración acelerada, como la mía y los gritos de placer de las dos se oian en todo el salón.


Me estás destrozando de placer. Siento que voy a llegar me dijo. Yo también le conteste. Yo también, no pares por favor. Fueron como palabras mágicas ya que en ese momento explotamos las dos en un orgasmo como jamás había sentido. Mis brazos apretaban su culo para apurar hasta el límite el contacto y así prolongarlo lo máximo posible.


Quedamos extenuadas, tal y como estábamos, mientras Lourdes me daba pequeños besos cariñosos por toda la cara.


- Siempre te deseé, me dijo, y hoy he podido por fin cumplir mi fantasia. Le devolví una sonrisa acompañada de un tierno beso.

 

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