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De cómo me follaron seis chicos a la vez en una fiesta

Publicado por Gloria el 14/03/2016

Hola a todos/as.

Soy una mujer de 39 años en la actualidad, felizmente casada desde hace 14 y con dos hijos preciosos. Podéis llamarme Gloria, aunque evidentemente ese no es mi nombre verdadero.

Lo que voy a contar es la historia de la experiencia más salvaje y más brutal que me haya sucedido nunca. Todo es absolutamente verídico aunque supongo que algunos/as no me creeréis. Me da igual, porque yo sé que todo es cierto y que, lamentablemente, hay bastantes personas que lo conocen.


Todo sucedió cuando tenía 21 años y estudiaba en la Universidad de mi localidad, una bonita pero no muy grande ciudad. Por aquel entonces yo ya me había acostado con varios chicos desde que a los 17 años perdiera la virginidad con mi primer novio, un chico del instituto. Debo dejar claro que yo no era ninguna ninfómana pero sí una chica muy liberada, liberal y feminista; una chica a la que le gustaba sentirse dueña de su cuerpo y que se rebelaba contra el hecho comunmente aceptado -y que por desgracia sigue siendo así para mucha gente- de que la mujer que dispone libremente de su sexualidad es una "zorra" mientras que el hombre que hace lo propio con la suya es un "machote".


Aquel curso, unos compañeros de Facultad -Juan, Luis y Ramiro- decidieron hacer una fiesta en el piso que compartían para celebrar la llegada de las vacaciones de Navidad. Yo ya había estado allí, ciertamente, pues Ramiro era un chico con el que ya me había acostado un par de veces después de alguna de esas locas noches de juega propias de la juventud. Era un chico razonablemente guapo, agradable, aunque un poco pijo y engreído. Pero no estaba nada mal como compañero ocasional de cama.

El caso es que decidí presentarme en su fiesta con mis amigas Elvira y Ana. Cuando llegamos yo ya iba bastante "puesta" de alcohol luego de haber estado tomando con ellas varias mistelas.. Estábamos de celebración e íbamos bastante desatadas,al menos yo.


Cuando llegamos al piso habría allí alrededor de 20 personas, más o menos mitad y mitad de chicos y chicas aunque no recuerdo haberlos contado. El ambiente ya se notaba bastante caldeado, la gente bailaba, fumaba cigarrillos -algunos algo más "fuerte"- y en la mesa del salón había una enorme ponchera con algún tipo de cóctel de color rojizo y bastante espeso. Ramiro comenzó a centrar su atención casi exclusivamente en mí y empezó a llenar mi copa cada poco con aquel brebaje dulzón y sumamente fuerte. Yo no era tonta, sabía de sobra lo que pretendía, pero no me importaba en absoluto. Yo también estaba lanzada e iba dispuesta a tener un nuevo revolcón con él.


Entre cóctel y cóctel Ramiro me pasaba alguno de los porros que corrían de mano en mano hasta que llegó el momento que yo sabía que tenía que llegar: empezó a manosearme y a besarme, primero con una cierta delicadeza, hasta que vio que yo no sólo no oponía resistencia sino que me entregaba a él y participaba activamente mientras me dejaba hacer. En un momento dado, como quien no quiere la cosa, me fue empujando hacia su habitación, la misma que yo conocía bien de mis "visitas" anteriores. Entonces, ya sin asomo de delicadeza, empezó a quitarme toda la ropa hasta dejarme completamente desnuda. Así estaba yo, tumbada en la cama preparada y dispuesta para recibirlo, cuando me percato de que Juan y Luis...también estaban allí. Mirando con una expresión de lujuria imposible de disimular


En un primer momento no me lo podía creer, y traté de taparme como pude con las manos mientras me incorporaba y exclamaba algo así como "pero...¡qué coño!..."

Entoces Ramiro se sentó junto a mí y mientras me sujetaba por lo hombros me dijo:

-Mira, Gloria, déjame que te lo explique...Sé que eres una chica abierta y sin complejos, a la que le gusta follar, no me digas que no porque nos conocemos. Y eso está bien, que todos disfrutemos de nuestros cuerpos con libertad.; para eso somos jóvenes y debemos aprovechar mientras podamos hacerlo. El caso es que Juan y Luis siempre te han deseado y se me ocurrió que tal vez no te importaría darles una oportunidad. La verdad es que a los tres nos pone mucho la idea de compartir una chica, lo hemos hablado varias veces, y es algo que no hicimos nunca. Y seguro que tú tampoco has estado nunca con más de uno. Seguro que te apetece probar por una vez.... no me digas que no ahora.


Yo estaba atónita. Lo que estaba escuchando, lo que me decía Ramiro ante la mirada ávida de los otros dos era algo que nunca podía haber esperado que sucediera en realidad. Y entonces, sin saber cómo, empecé a humedecerme y a sentirme excitada como jamás lo había estado. Llevada por esa increíble excitación que sentía, además de por el alcohol que había ingerido en cantidad y los porros que había fumado, me escuché decir:
- ¡Sí, sí, qué diablos! ¿Por qué no? ¡Folladme los tres, cabrones! ¡Uno detrás de otro!
Se lanzaron sobre mí como lobos hambrientos, se desnudaban sobre la marcha mientras no dejaban de manosearme las tetas y competían entre sí por masajearme el sexo ya húmedo e introducir sus dedos frenéticos en él. Después todo se iría haciendo confuso, no podría recordar quién ni en qué orden, ni cuantas veces me hizo esto o lo otro, pero recuerdo perfectamente que el primero que estuvo listo fue Luis quien, adelantándose a los otros, se me tiró encima y me penetró sin preámbulos. Empezó a sucudirme con fuerza, sin la menor delicadeza, mientras murmuraba entre jadeos:
- Una diosa, eso es lo que eres, una diosa del sexo...¡Oh, dios!
Eso me excitó aún más si cabe y me dio por pensar que, en efecto, eso era yo ahora: una diosa del sexo que oficiaba en el altar de la Lujuria ante sus devotos. Yo los tenía a los tres en mi poder, a mi disposición, sometidos a mi voluntad. Aquellos falos erectos, el que me penetraba y los que disputaban por captar mi atención para que me los metiera en la boca, estaban así por mí, porque era yo la que despertaba en ellos aquel descomunal deseo. ¡Cómo me sentí de poderosa en aquellos momentos!
De pronto Luis, sin parar de follarme, dijo:
-Hostia, no me he puesto condón con las prisas
-No importa -dijo Ramiro- Gloria está acostumbrada a follar y toma la píldora. Es una chica prevenida, limpia y sana. Podemos corrernos en ella con toda confianza.
-¿De verdad que no te importa, Gloria? -dijo Luis entre jadeos- ¿Puedo correrme dentro?
- ¡Sí, Sí, Sí, correros todos dentro de mí! -dije yo sin reconocerme a mí misma y mientras me sacaba de la boca la polla de uno de los otros- ¡Llenadme bien!
- Joder, no me lo puedo creer -dijo Juan mientras volvía a llenarme la boca- ¿Y en tu boca...también podemos? ¿También tragas?
- ¡Sí, Sí! -seguía diciendo yo completamente enloquecida- Haced conmigo lo que os plazca salvo por el culo, que es algo que no soporto, me duele...
- Se me había olvidado deciros eso -dijo Ramiro sonriendo- pero tampoco es una contrariedad teniendo a nuestra disposición los otros dos agujeros, ¿verdad chicos?
Y debo decir que en eso se comportaron y respetaron mi virginidad trasera.

Después de que Luis se hubo corrido con un rugido en mi interior, me pusieron a cuatro patas en la cama. Juan fue el siguiente en entrar como una fiera en mi sexo por detrás mientras Luis me ofrecía su polla pringosa para que yo se la chupara y la limpiara de sus jugos y los míos. Y así, cuando estaba en esa posición "atendiendo" a Juan y a Luis, miré hacia la puerta y por un momento me volví a quedar helada:

La puerta estaba abierta de par en par y allí, mudos de asombro, se agolpaban varios de los demás asistentes a la fiesta dándose codazos unos a otros, empujándose para hacerse sitio, elevando sus cabezas por encima de los demás para ver mejor. Vi a Ana y a Elvira con los ojos completamente abiertos de incredulidad y ¿espanto? mientras al menos una de ellas se tapaba la boca con la mano.
- ¡No puede ser! ¿Pero qué es esto?
- Por dios, ¡Se la están follando entre todos!
- Gloria, ¿qué haces?, ¡Qué vergüenza!, ¿Te has vuelto loca?
Y los tíos se reían y miraban alucinados mientras se decían entre sí:

- ¡Qué pasada, tío! ¡Le están dando por detrás mientras se la chupa a otro, joder!
- Menuda guarra la tía, si no lo veo no lo creo, jo, jo jo...¡es como una peli porno pero en vivo!

Al verlos allí, turnándose para ver mejor, escuchándolos decir esas cosas, sentí que me invadía una sensación de profunda vergüenza. Pero instantáneamente me di cuenta de que hiciera lo que hiciera el mal ya estaba hecho, el espectáculo ya había sido visto. ¡Y yo me lo estaba pasando tan bien! ¡Me sentía tan excitada y "perversa" allí expuesta, completamente desnuda, siendo follada por un tío a la vista de todos mientras le chupaba el miembro a otro! Era la sensación más incríblemente morbosa que había experimentado jamás y no quería parar. No podía parar. Todo me daba igual en ese momento.

Fue entonces cuando Ramiro dijo que si había algún voluntario más que quisiera unirse a la "fiesta" era libre de hacerlo, que no se cortara. En cuanto lo dijo vi que algunos chicos que yo no conocía se apresuraron a entrar en la habitación, aunque no supe el número exacto hasta después. Supongo que si no entraron más fue porque estaban con sus novias, o temían que estas se enterasen o simplemente les daba vergüenza "faenar" delante de los demás. O porque no estaban lo suficientemente borrachos. Al día siguiente daría gracias de que hubiera sido así y no hubiera habido más "voluntarios".

De los tres últimos que entraron sólo recuerdo con claridad a uno tremendamente grande, gordo y seboso, con unas greñas sudadas y barba de tres días, un tipo al que en condiciones normales nunca hubiera dejado que me pusiera la mano encima. No puedo olvidar cómo cuando me obligaba a mamársela sujetando mi cabeza contra su polla, entre que trataba de metérmela lo más adentro posible de la boca y que mi nariz se hundía en su flácido y abultado vientre, yo casi me ahogaba y tenía que hacer esfuerzos para respirar. En realidad aquel bruto me follaba la cara más que chuparle la polla yo a él. Y así fue como me abandoné definitivamente a la lujuria desatada que me poseía y durante no sé cuánto tiempo dejé que los seis se turnaran en mí a su antojo, me tomaran como quisieran, me poseyeran de todas las formas que se les ocurrió y se corrieran en mi boca y mi sexo todas las veces que pudieron. Ahora a puerta cerrada, gracias a Dios.

Cerca de las ocho de la mañana sentí que alguien me despertaba. Delante de mí estaba Ramiro en calzoncillos, ofreciéndome una toalla. Me dijo que no quería despertarme y que no le importaba si quería quedarme más tiempo, pero que tal vez debería llamar a casa para que no se preocuparan. En medio de la resaca y el malestar que tenía recordé con alarma de que efectivamente no había avisado a mis padres de que iba a tardar tanto, así que sin coger siquiera la toalla que me ofrecía, completamente desnuda como estaba, corrí al teléfono y le dije a mi preocupada madre que la fiesta se había alargado y me había quedado a dormir en casa de una mis amigas, que pronto regresaría.

Me di cuenta de que me costaba hablar, de que tenía la voz pastosa y un mal sabor de boca imposible de describir. Aún así lo primero que le pregunté a Ramiro en cuanto colgué el teléfono fue. "¿Cuántos?".

- ¿No te acuerdas? -dijo como avergonzado- verás, fuimos seis en total. Pero todos con tu pleno consentimiento, ¿eh?, nadie participó ni hizo nada que tú no quisieras hacer...hay...hay testigos. Y tú sabes que lo disfrutaste tanto como nosotros.
El cabrón se estaba curando en salud por si a mí se me ocurría alegar que me forzaron o algo así. Pero yo sabía de sobra que él decía la verdad. Nadie me había obligado a comportarme como lo había hecho. Si me comporté como una auténtica zorra, pues así me sentía, fue porque quise hacerlo. Para mi vergüenza.

No me hacía falta ver el estado en el que había quedado la cama, toda revuelta y llena de manchas secas perfectamente reconocibles, para tomar conciencia de lo que había sucedido. Me bastaba con ver el estado en que me hallaba yo misma: Ahora me daba cuenta de que notaba mi sexo tremendamente irritado, pringoso y pegajoso; que tenía las ingles doloridas y que me costaba andar si no llevaba las piernas un poco separadas. También notaba la mandíbula entumecida de haber tenido la boca abierta y ocupada tanto tiempo.

Cuando me miré al espejo en el baño vi mis muslos, mi vientre, mi vello púbico, mi pecho, mi cuello y mi cara llenos de restos secos de semen. Incluso en mi cabello había cuajarones apelmazados de la leche de aquellos seis que me habían poseído. Me duché, restregándome todo lo que pude, y regresé a la habitación para vestirme y marcharme de allí lo antes posible. No encontré mis bragas por ningún sitio pero no me molesté en preguntarle por ellas a Ramiro: supe de inmediato que alguno de ellos se las había quedado de recuerdo, como un trofeo. Y me sentí todavía peor. Así que me vestí sin ellas y, sin despedirme de Ramiro ni de los otros dos que dormían exhaustos, me marché a toda prisa.

Cuando llegué a casa, tras explicar otra vez a mis padres el retraso como pude, me encerré de nuevo en el baño y me sumergí en la bañera durante mucho tiempo. Allí a solas, por fin, pude pensar en lo que había hecho en un momento de locura, excitación, alcohol y porros. Entonces lloré sintiéndome infinitamente avergonzada, humillada, mancillada, emputecida. Me sentía absolutamente usada y sucia por más que me enjabonara una y otra vez, por más que pasara la esponja por mi cuerpo dolorido y utilizado. Me había comportado como la más desatada de las putas y como tal había sido tratada.

Pero probablemente lo que me hacía sentir peor era tener que admitir que yo había disfrutado como una loca con aquello, que había gozado como nunca antes lo había hecho. No podía engañarme a mí misma. Yo pude pararlo y sin embargo les di carta blanca. Incluso los alenté a hacerme todo aquello.

Me acordé entonces de mis amigas, de mis compañeros, del resto de los que habían mirado desde la puerta...y a la tremenda vergüenza se añadió ahora la certidumbre de lo que estaba por venir. Y lloré más, con amargura.

Porque lógicamente, después de las vacaciones navideñas, la noticia corrió como la pólvora por toda la Facultad. Yo era consciente de que la gente cuchicheaba a mis espaldas y que sonreían maliciosamente cuando creían que yo no los veía. Y como suele pasar en estos casos lo que era un hecho cierto se fue convirtiendo en un bulo que iba creciendo de tamaño: lo que había sido una sola vez con seis chicos se transformó en que yo era una ninfómana adicta a las orgías y que me había acostado en varias ocasiones con diez, veinte o un equipo de fútbol al completo. Incluso supe que algunos me habían puesto un mote: "La viciosilla". Debo reconocer que puestos a ponerme uno, aunque me humillara, no me pusieron el peor que podían haber elegido. Pero de todas formas yo sentía que me había convertido en algo sí como la "puta oficial" de la Facultad, la "chica fácil" a la que todos se creían con licencia para intentar follársela. Se me empezaron a acercar más chicos de lo acostumbrado, pero yo sabía que lo que pretendían era acostarse conmigo lo más rápidamente posible. Una vez un miserable al que contesté de mala manera ante sus insinuaciones me soltó que quién me creía yo para hacerme la estrecha cuando todos sabían que me acostaba con tíos de diez en diez. Incluso mis amigas comenzaron a distanciarse poco a poco de mí, como quien no quiere la cosa, tal vez pensando que si andaban con una "zorra" alguien podría pensar que algo compartirían con ella.

En esa situación me encontraba cuando un día se me acercó en la cafetería un chico del último curso al que no conocía y me dijo: "¿Eres Gloria, verdad? ¿Me permites que te pague el café?" Yo me puse en guardia pensando que sería otro cabrón que venía buscando lo mismo que todos, pero él me traquilizó enseguida. Me dijo que había escuchado los rumores que algunos difundían sobre mí, que no le importaba si era cierto o no pero que le parecía muy mal lo que me estaban haciendo, que entendía que debía estar pasando por un mal rato, que si quería un amigo con el que desahogarme podía contar con él, que hacía tiempo que se había fijado en mí, que le diera una oportunidad para conocerme y demostrarme que él no era como los demás y que no buscaba de mí lo mismo que los otros. Creo que fue allí mismo cuando comencé a enamorarme del que luego se convertiría en mi marido.

El caso es que a su lado, con su amor y comprensión, pude rehacerme poco a poco de la humillación que sentía. Nos casamos unos años después y las circunstancias laborales nos llevaron a otra ciudad distinta de la nuestra. Eso fue un alivio para mí porque todavía es el día de hoy que no me siento a gusto paseando por aquella pequeña ciudad nuestra. Siempre tengo la incómoda sensación de que alguien me puede reconocer, de que puedo encontrame en cualquier sitio con alguno de los que me vieron desde la puerta en aquella situación y no digamos ya con alguno de los que me poseyeron de aquella manera. De hecho, hará un par de años, durante un viaje que hicimos para visitar a la familia, nos encontramos en un bar con mi antigua amiga Ana. Ella estaba en una mesa con otras cinco o seis personas y me saludó al reconocerme con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. Yo hice lo mismo y eso era más de lo que se merecía. Después no pude evitar mirar hacia su mesa con disimulo para ver que ella estaba hablando animadamente con los otros, señalándome, mientras todos me observaban fijamente. Pude ver en sus miradas, en sus sonrisillas, que les estaba contando la historia de "la viciosilla". Aparté la vista y no le dije nada a mi marido, para que no se sintiera tan mal como me sentía yo.

Algunos se preguntarán por qué ahora rememoro por escrito y de forma pública, si bien desde el anonimato, esta historia que tanto daño me hizo. Con el riesgo añadido de que lo puedan leer algunos de los que tomaron parte directa o indirectamente en ella y me puedan reconocer bajo el seudónimo. La respuesta es que ni yo misma lo sé muy bien. Tal vez lo hago como un intento de conjurar definitivamente un mal recuerdo, una mala experiencia que me marcó profundamente. O como una manera de alertar a otras mujeres, a otras chicas, de las consecuencias indeseadas que todavía hoy nos acarrea a nosotras el sucumbir a un momento de desenfreno y desinhibición sin control en comparación con lo que le sucede a los hombres. Y también puede ser que, después de todo, sí que me gustaría que leyera esta confesión alguna de aquellas "amigas", alguno de aquellos "compañeros". Que supieran así el daño que me hicieron. Y no me refiero exactamente a los seis que disfrutaron en grupo de mi cuerpo, pues a esos es a los que menos tengo que reprocharles a pesar de que se hubieran aprovechado de mi estado de embiaguez. Yo sé que lo que hicieron fue con mi pleno consentimiento.

 

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