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Luisa, la profesora humillada

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

En un lujoso hotel de la costa brava catalana se impartía durante el verano un curso de iniciación a la economía empresarial de una semana de duración. Al mismo asistían veinte alumnos seleccionados de diversos puntos del país, la mayoría hijos de empresarios, de edades entre dieciocho y veinte años. Luisa era la profesora encargada de darlo. Al margen de ser muy versada en la citada economía empresarial, daba la imagen de una mujer treintañera morena, hermosa, de senos abundantes. Cuando se presentó el primer día en el aula destinada al curso, vestida con un polo blanco bastante ceñido que le marcaba algo los pezones y una falda azul por encima de las rodillas, los murmullos y las miradas de los alumnos la reconfortaron. Sabía que se alegraban de contar con una profesora como ella. Luisa los miró mientras el director del curso la presentaba. Eran todos chicos “bien”, vestidos con ropa de marca, algunos bastante guapos, y en general con aspecto de cuidar sus cuerpos. Una vez dado el primer repaso al alumnado, se dijo a sí misma que tenía que representar ante ellos el papel de mujer formal. El verano aumentaba la libido y si se mostraba demasiado accesible podía perder el orden en la clase. Por eso, íntimamente, decidió que en los siguientes días se vestiría más decorosa.
La primera mañana del curso transcurrió tranquila. Los chicos prestaron atención a la lección que recibieron y cuando terminó se fueron todos rápidamente a cambiarse para disfrutar un rato de la piscina antes de comer. Luisa se quedó un rato en el aula preparando el temario de la tarde, hasta que decidió ir a darse una ducha en su habitación. Allí se desnudó y cuando se quitó las bragas percibió lo mojadas que estaban. Entonces recordó varias miradas encontradas con un par de chicos durante la clase y el puntazo que sintió en la entrepierna. También el momento en que cruzó las piernas, cuando estaba sentada mientras el director la presentaba. Debió enseñar más de lo debido, por el murmullo que recorrió el aula a continuación. Se sintió vulnerable por ello y no le gustó. Con este pensamiento, para ayudarse en su debilidad femenina, llamó por teléfono a Paco, un ingeniero asturiano, con el que salía desde hacía un mes. Hablaron un rato y al colgar se sintió reforzada en sus sentimientos amorosos hacia él. “Me ayudarán a superarme, a evitar miradas perniciosas”, se dijo. Luego se duchó, se sintió limpia, se puso un vestido verde y bajó a comer al restaurante del hotel.
Antes de entrar, pasó cerca de la piscina y miró a sus alumnos bañándose. Desde luego, lucían unos cuerpos jóvenes verdaderamente atractivos. “¡Hola, profe!”, le saludó uno desde el agua. Luisa devolvió tímidamente el saludo y se dirigió al comedor. Se sentó con el director y comentaron asuntos del curso. A una mesa cercana fueron llegando todos los alumnos. Ella sintió algo de envidia ante las risas que venían de aquella mesa, en contraste con la seriedad de la suya hablando aburrida con el director.
Su propuesta de formalidad la mantuvo durante la clase de la tarde. Procuró no cruzar miradas directas con los chicos e incluso al terminar declinó la invitación que le hicieron Juan Carlos y Borja. Eran dos muchachos altos y guapos, que con una sonrisa le propusieron tomar unas cervezas en el bar con ellos. “Estoy cansada, quizás otro día”, se disculpó. Se fue a su habitación, pidió que le subieran la cena y se puso en la terraza de la misma a leer una novela de William Irish. Al cabo de un rato una camarera le trajo un par de sándwiches de jamón y ensalada de pollo con un botellín de cerveza. Cuando acabó con ellos se desnudó, orinó en el lavabo, se limpió los dientes, se puso unas bragas limpias y se tumbó en la cama a ver algo de televisión. No encontró un programa que le llamara la atención. La apagó y siguió leyendo la novela. Pronto se cansó también, y se quedó con los ojos cerrados pensando en su querido Paco. Recordó los besos apasionados que le daba, como le sobaba los pechos, y se fue metiendo el dedo en la raja. Se masturbó frenéticamente, frotándose con fuerza el clítoris, hasta correrse en dos orgasmos seguidos que la dejaron exhausta. A continuación se quedó profundamente dormida y soñó que por fin Paco se animaba a follar con ella.
Pasaron un par de días sin apenas incidencias. Ella continuó con su papel de profesora seria, amable con los alumnos en las cuestiones propias del curso, pero distante ante cualquier intento de aproximación personal.
Hasta que el jueves por la tarde apareció el hermano de Juan Carlos, uno de los chicos. Cuando salían de clase se acercó a saludarla. Luisa se quedó paralizada al verle. Tendría unos veinticinco años y era un ejemplar masculino muy atractivo. Con la barba a medio afeitar, moreno, de ojos azules, atlético, y una sonrisa tremendamente seductora. “Me llamo Manolo, tú debes ser Luisa, la profe de mi hermano, ¿verdad?”, dijo dándole la mano. Ella se la estrechó, le dijo que sí, y repitió el mismo sí cuando él le propuso ir a tomar una copa al bar del hotel.
Pidieron un par de vinos fríos y charlaron animadamente. Manolo le contó que dirigía un concesionario de automóviles. Que estaba soltero, después de unas experiencias negativas con un par de chicas. Luisa escuchó más que habló y se sintió seducida cada vez que él la miraba a los ojos. Sintió temor de sí misma y se propuso rechazar cualquier tipo de invitación para la noche, pero cuando él la tomó de la mano y le dijo: “vamos a cenar a un restaurante que conozco cerca de aquí, donde sirven un marisco sensacional”, se dejó llevar y ni siquiera le advirtió que hubiera deseado ponerse otro vestido para salir. El que llevaba, un conjunto beige poco favorecedor, no le parecía apropiado. Pero se calló y sin soltar la mano del chico salieron juntos del hotel dirigiéndose hacia el aparcamiento.
En el coche, un todo terreno amplio, Manolo le expresó su satisfacción al haber encontrado una mujer culta y atractiva como ella. Luisa le dijo que no exagerara, pero notó alegrado su ego con los piropos del chico. En el restaurante pidieron marisco, vino blanco muy frío y tarta de chocolate, rematando la cena con champagne francés. La atrayente compañía masculina y la bebida consiguieron que Luisa se soltara y le dijera a Manolo que estaba muy contenta por pasar un rato tan agradable con alguien tan interesante.
Cuando salieron, antes de subir al coche, Manolo la tomó de la cintura e intentó besarla en la boca. Ella se resistió, pero el chico insistió: “no seas estrecha, que sé que estas deseando besarme”, le dijo con altanería. Luisa le llamó grosero y soltándose le pidió que se estuviera quieto y la llevara al hotel. Manolo se calló y sin decir una palabra más hizo lo que ella le solicitaba.
Al cabo de unos minutos, sin hablar en el coche durante el trayecto, llegaron al hotel. Luisa, al ver la cara de decepción del chico, sintió algo de pena. Pero no quiso mostrarse accesible. Bajó del coche, entró en la recepción y se dirigió a los ascensores sin despedirse de Manolo. Pero cuando se abrió un ascensor y entró, se metió el chico dentro tras ella. “Sal de aquí. ¿A dónde vas?”, le dijo Luisa. Manolo no se anduvo con tontería. La cogió de los brazos y la inmovilizó. Ella, sorprendida, quiso zafarse del ataque, pero el chico era fuerte. “No grites o te pesará, guapa”, le advirtió. Luisa tuvo miedo y permaneció callada. Cuando salieron del ascensor se dirigieron a su habitación. Manolo le buscó en el bolso la tarjeta para abrir la puerta. La encontró, abrió y se metió con ella dentro. Cerró a continuación y la soltó. “Déjame, no seas así. No quiero que te pases conmigo”, le rogó al muchacho. Manolo se rió y le dijo: “Eres una calienta pollas y te vas a enterar. Me ha contado mi hermano que te haces la santa con ellos, pero que se nota que te va la marcha, que les calentaste el primer día y luego cambiaste. Por eso vine. Para que disfrutes de una vez”. Luisa intentó darle una bofetada, pero él la evitó. Excitado por esta agresiva reacción, Manolo la cogió del pelo y la tiró en la cama. Se echó luego encima de ella, le dio un gran sopapo en la cara y cogiendo un brazo primero y después otro, le ató las manos en el cabezal. Así, Luisa se quedó sin posibilidad de escapar. Entonces, Manolo sacó una navaja y le cortó el vestido de arriba abajo, de un costado a otro, hasta destrozarlo y dejarla en ropa interior. Ella agitó las piernas intentando defenderse. Pero no consiguió nada. Manolo le comenzó a sobar los pechos por encima del sujetador y a apretarle con fuerza el coño por encima de las bragas. “Están húmedas, puta, chorreas de gusto”, le dijo. Ella lo miró con odio, no le gustaba que comprobara de esa manera sus intimidades. Manolo le cortó las bragas con la navaja, las arrancó y se las puso en la nariz para que oliera la mezcla de sudor y flujo que las impregnaba. Luisa, sintiendo sus propios efluvios, comenzó a bajar la guardia. Sin saber la razón, se estaba excitando con la violencia del chico.
Necesitaba orinar y se lo dijo a Manolo. No lo había hecho desde media tarde. En la cena bebió bastante vino y champagne. El le dijo que se meara en la cama, que le gustaría verla mear. Luisa sintió una gran vergüenza, intentó aguantarse, pero eran tan intensas las ganas, que finalmente cerró los ojos y fue haciendo pipi a cortos chorritos, con algo de escozor en la raja, por el estado de excitación que le impedía mear a gusto. El chico se quitó la camisa y se agachó cuando ella acabó su meada, comenzando a lamerle el chorreante coño. No le importó mojarse en la sábana inundada con la orina de Luisa, echado en la cama con la cabeza entre las piernas de ella. Le pasó la lengua por los pliegues de la vulva, se la metió por el agujero, le mordió el clítoris, la hizo gemir de placer y dolor. Luisa se dejó hacer, el chico sabía lo que hacía y la estaba llevando al orgasmo con sus hábiles lamidas y mordiscos. Con las manos, además, le estiraba los pezones salvajemente, cogiéndolos por encima del sujetador. Por temor a que la oyeran emitió apagados grititos cuando le llegó el orgasmo. Manolo se dio cuenta y la insultó: “Puta, te está gustando lo que te hago. Eres una perra salida” A ella no le importó ya que la ofendiera. Había asumido su inmolación sexual y sabía que no valía la pena intentar rechazarla.
Entonces el chico le quitó el sujetador y la dejó totalmente desnuda. El se quitó también los pantalones y se sacó la polla por encima de los calzoncillos. Se puso encima de ella y le ordenó que se la mamara. Se la metió en la boca y Luisa, a pesar de que sabía mal, a pipi y sudor, se esforzó en la tarea. Le lamió el glande y los huevos a conciencia. Luego le dio largas chupadas a la polla hasta que estuvo bien dura y crecida. Cuando Manolo notó que la tenía a punto, la sacó de la boca y la puso entre las tetas El mismo se practicó una cubana con las abundantes ubres que tenía en las manos. No tardó en correrse y lo hizo en la boca de ella, que recibió una copiosa descarga de semen del chico en su garganta, teniendo que tragar parte del mismo.
Manolo se echó después a su lado y encendió un cigarrillo. “Me gusta fumar después de una buena corrida”, le explicó a Luisa. Ella le pidió que la desatara, que ya le daba todo igual y no iba a resistirse más. El accedió, no sin antes hacerla prometer que haría lo que le ordenase sin replicar. La desató y Luisa le propuso cambiar las sábanas que estaban mojadas de pipi. Manolo le dijo que no, que así estaban bien. Que si no quería que estuvieran más mojadas que abriera la boca pues el que iba a mear ahora era él. Ella sintió asco ante la propuesta pero no puso pegas. Aguantando las arcadas que le vinieron mientras recibía la orina del chico en su boca, se tragó toda la meada hasta la última gota. “Eres una tía increíble, un volcán sexual”, le comentó cuando ella empezó a lamerle el glande dejándolo limpio de pipi y semen.
Tras descansar unos minutos, cerca de la medianoche, Manolo conectó la música ambiental. Puso el canal de música romántica y la sacó a bailar. “Nos podíamos lavar antes”, propuso Luisa. Pero él no quiso. Pringosos de pipi y semen, se abrazaron desnudos bailando una lenta balada. Pronto la polla del chico comenzó a ponerse erecta, con el contacto del pubis femenino. “¡Qué vitalidad, ya vuelves a estar a punto!”, le susurró ella al oído. Siguieron bailando. Manolo alcanzó la plena erección de su polla mientras pellizcaba las nalgas de Luisa y la besaba en la boca. Ella se dejaba hacer y percibía el charco de humedad que de nuevo inundaba su coño. Empezaba a estar a gusto con el muchacho cuando se oyeron unos toquecitos en la puerta de la habitación. Manolo la soltó y se fue a abrir. Ella le dijo: “No abras, no espero a nadie”. Pero él le respondió: “Yo sí”. Y sin dar más explicaciones abrió la puerta. Luisa se cubrió como pudo con la camisa del chico que tomó del suelo. No daba crédito a sus ojos. Contempló espantada como entraban en la habitación cinco de los chicos del curso, entre ellos Juan Carlos, el hermano de Manolo. Aunque era amplia le pareció que la llenaban hasta los topes. “¡Coño, la profe, qué buena está! ¡Qué golfa! ¡Está en pelotas la tía, vaya tetas tiene!”, escuchó que decían entre otras lindezas. Se quiso esconder en el aseo, pero Manolo la agarró antes de que pudiera entrar. Le quitó la camisa con la que intentaba tapar sus intimidades y la echó desnuda en el suelo, en medio de los chicos. Ella se sintió avergonzada, como una hembra humillada hasta límites inimaginables, sucia y a merced de seis machos. Vio como los recién llegados se quitaban los pantalones y los calzoncillos, animados por Manolo: “anda, disfrutadla bien, que le gusta la marcha”, oyó que les decía. En pocos segundos todas las pollas de los chicos estuvieron a su vista. “¡Cógelas y empieza a chuparlas, puta!”, le ordenó Manolo. Luisa se enderezó y quedó sentada en el suelo. Con sus dos manos agarró pollas y comenzó a menearlas. Con su boca mamó una a una cambiando de posición para dar gusto a todas. Se esforzó en la tarea, con sus labios, lengua y manos, trabajando bien a los cinco chicos hasta que les consiguió una notable erección. Mientras lo hacía, Manolo, entusiasmado con sus hermosas tetas, se las estrujó y le paseó dedos por el coño, para que se entonara ella también. Y a fe que lo consiguió, porque Luisa sintió enormes oleadas de gusto y casi se corre.
Juan Carlos, que lucía una polla tremenda, pidió ser el primero en poseerla. La hizo ponerse a cuatro patas, como una yegua, y se puso a lamerle el agujero anal. Por delante, Manolo le puso la polla en la boca para que se la mamara otra vez. Así lo hizo, dándole largos lametones desde los huevos hasta el glande. Pronto notó como se dilataba bien su ano por la habilidad de Juan Carlos con su lengua y como comenzaba después a introducirle la polla por allí. Le dolió mucho al principio, sintió como si la desgarrara la penetración, pero cuando estuvo toda metida, el placer que le proporcionó superó con creces al dolor llevándola a un imparable orgasmo. “¡Toma polla, puta, cómo te gusta, guarra!”, le decía el chico mientras le daba por el culo. Los otros cuatro se meneaban las pollas con el espectáculo. Uno de ellos, Tomás se llamaba, se agachó y se puso a estirarle con saña los pezones. “¡No seas bruto, que me duele!”, gritó Luisa dejando de mamar la polla de Manolo. Este se cabreó por dejarlo y le arreó una bofetada. “¡No dejes de mamar, guarra, o te rompo la cara!”, le gritó. Ella se asustó y retomó la mamada poniendo mucho esmero en complacerle. Tomás no le hizo mucho caso pues, aunque dejó de estirarle los pezones, se dedicó a darle fortísimas palmadas en las nalgas. Luisa quería gritar del daño que sentía pero tenía miedo de sacar la polla que tenía en su boca. Manolo pronto se puso a tono y quiso encularla antes de correrse. Se acercó donde estaba su hermano, le dijo que la sacara, Juan Carlos le obedeció, y entonces él la clavó de un solo golpe en el ano. Luisa chilló de dolor con la violenta enculada, que iba acompañada de palmeos en sus nalgas, enrojecidas ya por los azotes de Tomás. Al cabo de un par de minutos ella sintió como por fin Manolo se corría en sus entrañas, llenándolas de semen caliente. A continuación, Juan Carlos la volvió a penetrar por allí y no tardó en correrse. El ano de Luisa comenzó a rebosar semen, pero eso no fue impedimento para que los otros cuatro chicos imitaran a sus predecesores. La encularon, uno tras otro, con gran brutalidad, y se corrieron también dentro de ella. Cuando el último acabó, estaba al borde del desmayo, sin fuerzas, con el culo dilatado a tope lleno del semen mezclado de los seis chicos. Se dejó caer agotada en el suelo, boca abajo, abierta de piernas. Ellos charlaban mientras animadamente de lo que les había gustado darla por el culo. Juan Carlos dijo que se iba al lavabo a mear. Pero su hermano le dijo que no fuera, que se meara encima de Luisa. Ella lo oyó, pero no dijo nada. Se preparó a ser nuevamente humillada, a sentir en sus espaldas el chorro caliente de pipi del chico. Pero no fue un solo chorro el que recibió. Fueron tres a la vez los que la mearon llenándola de orina desde los pies hasta los cabellos. Luego Manolo le dijo que se diera la vuelta. Luisa, empapada por detrás, se puso boca arriba obedeciendo. Y entonces los otros tres la mearon también a la vez, mojándola de pipi ahora desde la cara hasta el coño. Cuando acabaron, ella sintió asco de sí misma, por la cantidad de orina y semen que le impregnaba todo su cuerpo.
“¿Ya habéis terminado, por favor?”, les rogó echada en el suelo desnuda. “¿Terminar?, si todavía no te hemos follado”, le contestó Manolo. Haciendo una señal a los demás chicos, entre todos la levantaron del suelo y la llevaron a la cama. Allí le abrieron bien las piernas y, uno a uno, le trabajaron el coño. Le pasaron las lenguas por los pliegues de la vagina, le mordisquearon el clítoris, le metieron dedos dentro. Luisa estaba casi exhausta, pero consiguieron calentarla de nuevo, haciendo que el coño se le pusiera húmedo y correoso, y la llevaron a un formidable orgasmo que acompañó con grititos de gusto. “Veis como es una zorra salida. Vamos a follarla de dos en dos”, comentó Manolo. Y así lo hicieron. Primero se puso él debajo de ella y se la metió hasta el fondo. Su hermano la introdujo por delante y al momento ella tuvo dos pollas metidas juntas en su coño. La bestial penetración le dolía, pero aguantó bien hasta que se corrieron. Cuando los dos a la vez lo hicieron, le retorcieron las tetas y le dieron pellizcos brutales en las nalgas al mismo tiempo. Con el coño lleno de semen recibió la embestida de la siguiente pareja de chicos que repitieron, al igual que más tarde la tercera, la misma operación. Le metieron las pollas juntas en el coño y se ensañaron violentamente con sus tetas y sus nalgas al correrse.
Una vez satisfechos de nuevo los seis, sin decir nada y sin mirarla apenas, se vistieron todos y se fueron. Luisa, hecha añicos física y moralmente, se quedó echada en la cama. Esa forma de despedirse la hizo sentirse más ultrajada todavía. En la habitación olía a pipi, sudor, flujo y semen, y ella misma olía también a lo mismo. Haciendo un esfuerzo se levantó. Abrió el ventanal para renovar el aire. Cogiendo unas toallas del lavabo secó lo que pudo la orina y el semen que había en el suelo. Luego cambió las sábanas que estaban mojadas.
Después de estas operaciones llenó la bañera y se metió en ella. Estuvo largo rato disfrutando del agua tibia, se lavó bien la cabeza, pero no pudo comprender, por muchas vueltas que le dio, lo que había pasado esa noche. Al salir del baño se aplicó crema en los pezones, en los agujeros, en las nalgas, en todos los sitios donde sentía dolor y escozor de los ataques recibidos. Luego se acostó y sin poder leer ni una página de la novela que estaba leyendo, se durmió al instante.
Al día siguiente fue a dar la clase con gafas oscuras y traje pantalón. Los nervios iniciales que tenía al entrar en el aula le desaparecieron cuando encontró una nota en su mesa dentro de un sobre cerrado. En ella ponía: “Profe, lo de anoche es un secreto de los cinco. Manolo se fue ya. Nadie lo sabe ni lo sabrá. Pero tendrá que darnos otra sesión mañana de despedida, al acabar el cursillo, aunque sea menos fuerte que la de ayer.”
Luisa, después de leerla, miró a Juan Carlos. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa.

 

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