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Profesora de sexo

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Sería mi amigo Carlos. Comencé a recordar que esa misma mañana habíamos conocido a un grupo de chicas en la cafetería del hotel. Estaban de viaje de fin de curso del último año de instituto, al igual que nosotros, aunque procedían de la otra punta de España.

Nos habíamos conocido casualmente. Sus nombres eran Sara, Paula, Laura y Elena. Sara era la que ejercía de líder del grupo. Ella nos había invitado a la habitación de Paula porque pensaban organizar una pequeña fiesta. Beber, hablar, reír y quién sabe qué más cosas. Sus ojos eran azules y su pelo, castaño claro, era largo y liso. Por la mañana llevaba un top ajustado que le marcaba los pezones. Sus pechos eran perfectos. Me alegré de que no llevara sujetador. Apoyada en la barra, también dejaba entrever su bonito tanga negro.

Paula también impresionaba. Sus ojazos negros, su piel morena y su pelo negro rizado cayendo sobre sus hombros ya bastaban por sí mismos para llamar la atención. Pero era su cuerpo lo que hacía volar mi imaginación. Sus pechos eran más grandes que los de Sara y su culo era, si cabe, más perfecto. Laura y Elena, aunque guapas, eran más normalitas. Ambas eran morenas y de ojos marrones. Pero había algo en Laura que me llamó la atención. Su timidez le daba un morbo especial.

Tras la conversación con las chicas, hablé un rato con mi amigo. El estaba convencido de que se enrollaría con Paula, aunque confesó que ninguna le disgustada. Muy típico. Yo, consciente de nuestras limitaciones, no solía emocionarme en estos casos. Le dije que era un flipao. Posteriormente, en mi habitación, pensé en la fiesta. La verdad es que me excitaba solamente con pensar en Sara, Paula e incluso en Laura.

Ahora nos dirigíamos a su habitación. No podía ni imaginarme que sería la mejor noche de mi vida. Abrió la puerta Sara, que usaba una camiseta larga y su tanga como pijama. Nos recibió con un abrazo y dos sonoros besos. Su efusividad y las risas del interior nos hizo ver que no habían esperado por nosotros para empezar a beber. Tras saludar a todas me senté en la cama junto a Paula, que llevaba puesto un pijama. Pronto para mi alegría, se apoyó sobre mi hombro y pude notar el tacto de su pelo y su suave olor. Frente a mí se había sentado Sara. Por su posición, yo podía ver sin problemas su tanga. Esta visión y el tacto de Paula sobre mi hombro produjo mi primera erección. Noté que Sara se había dado cuenta y miraba mi paquete con descaro. Nos pusimos a hablar.

Al cabo de un rato, vi que Elena estaba tanteando a mi amigo. No tardaron mucho en comenzar a besarse y a la media hora se fueron a otra habitación. Allí me quedé yo, solo con tres bellas mujeres. Paula, quizá debido al alcohol, cada vez estaba muy cariñosa y ya nos habíamos dado varios besos en la boca. Pero fue Sara la que comenzó a caldear el ambiente. Cuando se acercó a mí, se sentó sobre mis rodillas y me propuso jugar a la botella. Yo alucinado, dije que sí, como no, que siempre me tocaría a mí. Pero Sara me corrigió y me dijo que ella besaría a cualquiera de los que estaban en la habitación. Inmediatamente, le dio un largo e intenso beso en la boca a Paula a apenas unos centímetros de mi cara. La única que no estaba del todo convencida era Laura. Pero, al final, Sara la convenció y decidió unirse al juego. Esto es mejor de lo que me esperaba, pensé. Era demasiado inocente como para imaginar que lo mejor estaba por venir, que me esperaba una gran noche de sexo, mi primera noche.

El juego había sido increíble. Mientras que Paula y Sara eran muy ardientes y sus lenguas buscaban con ansia la mía, Laura era más dulce y se limitaba a besuquear con ternura mis labios. Debido a la excitación creciente, en los últimos turnos las manos habían comenzado a desaparecer por debajo de las ropas. Especialmente Sara, cuya mano últimamente no se había movido de entre mis piernas, me había hecho pasar un rato muy placentero. Yo, para mi sorpresa, había comprobado que no había nada bajo el pijama de Paula. A Laura mis caricias le habían arrancado algún que otro suspiro.

Posteriormente comenzamos a hablar sobre temas subidos de tono y Sara me preguntó si era virgen. Ella, por supuesto, no lo era. Yo le dije la verdad, que sí lo era. Miró hacia Laura y le dijo: "Venga, antes me dijiste que te gustaba, lo vas a pasar muy bien". Laura se puso colorada e hizo un amago de irse. Posteriormente Sara me miró a mí y me preguntó si me gustaba Laura. Le dije que sí. Me preguntó si me gustaría perder la virginidad con ella. Buff, mi corazón empezó a latir muy fuerte. Le dije que no me importaría. Sara me rodeó con su brazo y me acercó a Laura. Comenzamos a besarnos. Paula estaba comenzando a desnudarme, mientras Sara hacía lo propio con Laura. ¿Pero qué pretendían?¿Acaso querían que lo hiciésemos allí frente a ellas?. Pronto comprobé que sí.

Guiado por las dos chicas, mi cuerpo fue a parar encima de Laura, cuya timidez desaparecía por momentos. La candidez de hacía unos minutos se había convertido en pasión. Mis labios comenzaron a chupar el lóbulo de su oreja mientras mi mano acariciaba la parte posterior de su cuello. Después introducí mi pene totalmente erecto en su coño. Aunque al principio hallé un poco de resistencia, finalmente se introdujo sin problemas y pude comprobar que se encontraba perfectamente lubricada. Mientras la penetraba por primera vez, pude comprobar que Sara y Paula también se desnudaban.

La situación era maravillosa. Mis labios se deslizaban por la boca, las mejillas y el cuello de Laura. Mientras tanto, me introducía dentro de ella a un ritmo constante, suavemente. Sus gemidos y el olor de su perfume me excitaban como nunca. Podía notar la humedad y el calor de su vagina, nunca antes penetrada, cuya puerta había sucumbido sin problemas a la primera de mis embestidas. Mientras tanto, notaba como otras manos, que no eran las de Laura acariciaban también mi espalda. Unas uñas largas estaban moviéndose a lo largo de mi espalda, desde el cuello hasta el culo. Levanté un poco la mirada y pude ver como Paula y Sara, completamente desnudas se besaban, se acariciaban, me acariciaban.

Los jadeos de Laura habían ido aumentando, al ritmo que imponía. Cerraba los ojos y mordía su labio inferior intentando contener sus gritos. Un ligero rubor coloreaba sus mejillas. Pronto más gemidos se unieron al de Laura. Sara se encontraba ahora mismo entre las piernas de Paula y su lengua le proporcionaba un dulce placer. Pensé que iba a correrme. Aguanté un poco más. Laura comenzó a experimentar un intenso orgasmo. Sus gemidos se habían convertido en gritos, bajo mi cuerpo notaba como ella se estremecía y sus uñas se clavaban en mi espalda. Yo notaba como se deshacía de placer. Fue entonces cuando me corrí. Durante un momento nos fundimos en el mayor placer que se puede experimentar, nuestros cuerpos, empapados uno del otro, se movían al unísono y parecían uno solo.

Pasó un rato hasta que me recuperé de esa intensa sensación. Abrazado a Laura, apenas pude oír el ruidoso orgasmo que Paula acababa de tener. Por un momento todos (menos Sara, que acariciaba con sus dedos su precioso y húmedo coño) nos quedamos parados intentando recuperar la respiración. Yo me sentía como flotando. Pronto salí de esa sensación, tras oír los gemidos de Sara, que se encontraba tendida junto a mí y que arqueaba la espalda en espasmos de placer. Cuando recuperó su respiración normal, se acercó a mí y comenzó a susurrarme al oído. Notaba su respiración, su aliento y eso me ponía a cien. Me dijo: "Paula y yo te hemos hecho un favor. ¿No crees que deberías agradecérnoslo?". Me confesó que, como pago por los servicios prestados, solamente querían que les comiera sus respectivas rajitas.

Pronto comencé a hacerlo con Paula. Mi lengua se deslizó por la parte interior de sus piernas, desde las rodillas, acercándose cada vez más al lugar esperado. Mientras tanto, mis manos acariciaban sus piernas y sus pies. Posteriormente mi lengua se puso a lamer los labios de su coñito, con movimientos de abajo a arriba terminando en la zona del clítoris. De vez en cuando, trataba de separar los labios para poder introducir mi lengua en su interior o daba besitos, unas veces suaves y otras más fuerte. Su olor, su sabor y las reacciones que provocaba en ella me excitaban cada vez más. Cuando ya estaba lo suficientemente caliente y su clítoris estaba lo suficientemente duro, lo sujeté entre mis labios, como tratando de succionarlo, y jugueteé con él rozándolo con mi lengua. Mis manos, en ningún momento, habían parado de acariciar a Paula. Sus gemidos aumentaron y comenzó a pronunciar mi nombre, me pedía que no parase nunca.

No me explico cómo pudo suceder, pero no habían pasado ni diez minutos y mi pene ya estaba completamente duro. Alguien se dio cuenta rápidamente pues noté que una lengua comenzaba a juguetear con mi pene. ¿Una? No, eran dos. Increíble, Sara y Laura jugueteaban con sus labios y lenguas conmigo en medio y yo sentía el mayor placer que se pueda imaginar. Algunas veces, sus lenguas subían y bajaban como si estuvieran tomando un apetitoso helado. Otras veces lo besaban, especialmente la punta. También lo introducían en su boca y lo chupaban y succionaban.

Animado por las dos chicas, decidí concentrarme en Paula y ella comenzó a gritar de placer. Estaba completamente a mi merced y yo regulaba sus sensaciones. No la dejé llegar al orgasmo hasta después de un rato. Cuando levantaba la pelvis en estremecimientos de placer, yo la seguía, me movía con ella, mantenía mi boca en su clítoris. Jugaba, aumentando y disminuyendo el ritmo a mi voluntad. Deslizaba dos de mis dedos suavemente por su raja. Presionaba la lengua contra el clítoris, cubriéndolo con mis labios. Cuando finalmente llegó al éxtasis yo ya estaba casi a punto de llegar al orgasmo. Aún gritaba Paula cuando Sara introdujo casi todo mi pene en su boca. Ya no pude aguantar más y allí mismo me corrí. Se dirigió hacia al baño para limpiar lo que yo acababa de derramar. Antes de irse pude ver como un pequeño hilillo de semen le asomaba por la comisura de los labios. Posteriormente, cuando volvió, comencé a lamer a Sara. Nadie me hizo nada en esa ocasión pues Sara había dejado claro que mi tercer orgasmo iba a ser solamente para ella. Me había prometido el polvo de mi vida y yo la creí.

Sara me explicó qué era lo que quería que hiciese. Como si fuera una profesora, me decía qué zonas de su coño debía estimular y cómo para llevarla al límite del placer. Mis labios y mi lengua, guiados por sus indicaciones le proporcionaron un fabuloso orgasmo. Casi inmediatamente, se sentó sobre mi pene y comenzó a cumplir su promesa. Si el polvo con Laura había sido maravilloso, no hay adjetivos para describir lo que Sara era capaz de hacer en la cama. Como una bailarina, ejecutaba los movimientos idóneos en cada momento. Tan pronto me encontraba encima como debajo. Tan pronto mis labios succionaban sus pezones y recorrían su vientre como su lengua se centraba en mi cuello y en mi pecho. Yo sentía que hacía lo que ella, en cada momento, deseaba. Fui como un juguete destinado únicamente a darle placer, pero, a cambio, pude experimentar unas sensaciones que nadie más ha conseguido igualar. Como un sólo cuerpo estremeciéndose una y otra vez, yo sentía que me perdía en un pozo sin fondo y ella me susurraba al oído, entre gemidos, mi nombre.

Bajo la mirada de Paula y Laura, que se masturbaban una a la otra, alcanzamos un éxtasis total que pareció eterno y nuestros labios se fundieron en un beso entrecortado por los gemidos que ni uno ni otro podíamos contener. Posteriormente nos abrazamos y así, por causa del alcohol y del dulce ejercicio que habíamos realizado, nos dormimos.

Esa gran noche acabó ahí, aunque durante tres días más pude disfrutar de la belleza y la pasión de Sara. Después, a lo largo de mi vida, he tenido más experiencias pero ninguna ha podido igualar lo que pasó aquella noche, en la que tres mujeres jóvenes y bellas me enseñaron los secretos del sexo.

 

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