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Relatos Eróticos

Primera Vez

Los personajes

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Me llamo Aurora y quiero contarles de qué manera dejé de ser virgen y me fugué de casa, para convertirme en la reina de la noche, en la puta que hará realidad tus sueños, en la cortesana de otras épocas que te hará gozar y sufrir... si te atreves.

Desde mi temprana adolescencia me obsesioné con el sexo, y aunque tuve tres novios, nunca pasé de besos y algún fajesín. Con el último novio rompí el día anterior a mi cumpleaños 16 y desde entonces mi obsesión sexual no tenía más salida que las que yo pudiera darle. Si consideramos que de los 16 a los 18 son 730 días exactos, he de haberme provocado unos 3000 orgasmos únicamente acariciándome el cuerpo, fantaseando, leyendo novelas eróticas y, básicamente, pajeándome el clítoris.

Aprendí, pues, mil formas de tratar a mi clítoris (y otras tantas de cómo no hacerlo), pero mi vagina seguía intacta: apenas había acariciado los labios por encimita, con las yemas de los dedos, con la punta de la uña, y nada ajeno a ella la había penetrado nunca, pues yo lo tenía claro: lo primero en ingresar debía ser un miembro viril. Total, que entre eso y mis lecturas, al cumplir los 18 estaba como el caballero D´Artagnan al salir de Tarbes, es decir, a falta de práctica tenía una profunda teoría, y unas ganas enormes de salir al mundo.

Me había propuesto hacerlo el fin de semana siguiente de mi fiesta de 18 y, siguiendo mis lecturas, yo tenía dos opciones: el sexo con amor o el sexo con sexo. Mis fantasías me inclinaban al segundo, mis fantasías y mi rebeldía, dicho sea de paso, porque yo quería ser lo contrario de lo que eran mis hermanas, de lo que querría mi madre: la muchacha típica de Serrat... y apenas la de las primeras estrofas.

Porque me crié en la típica familia bien del país, a base de club hípico y zumos de frutas, misa y comunión todos los domingos, escuela de monjas y fiestas de guardar. De los 13 a los 15 traté de rebelarme, pero sólo conseguía continuos castigos y algunos azotes de mi padre, que era de los que ya no se hacen, de la vieja escuela. Algún beso furtivo con un novio secreto, la lectura de “Las edades de Lulú”, “Lolita”, “En brazos de la mujer madura” y otros libros sumamente instructivos, Led Zeppelin y Pink Floyd, vodka y cigarrillos, eran mi razón de ser, de vivir.

Pero los castigos y los azotes eran cada vez más frecuentes. Mi padre me quitó mis discos y mis libros y mi madre no me sacaba el ojo de encima. Así llegaron las vacaciones de verano en vísperas de mi 16º cumpleaños castigada y sin libros, naturalmente, porque mi madre creía (y no se equivocaba) que eran los libros los que me metían “esas malas ideas” en la cabeza.

En esas vacaciones reflexioné, pues, y decidí esperar dos años, convertida en la típica mosquita muerta, y luego soltar amarras, dejar a los tiránicos y pacatos viejos con un palmo de narices... y en vergüenza frente a todas sus amistades, pues temían más al “que dirán” que al diablo, al que temían como buenos católicos ultramontanos.

Tardé casi seis meses en “recuperar la confianza” de mis padres y regresar al club hípico, al inglés y a mis libros, aunque sólo leía clásicos (y fue una maravilla: después de mis novelas eróticas, policiacas y de aventuras, recalar en Cervantes y Stendhal). Era la niña buena de papá y mamá: de mis anteriores notas, siempre al filo de la navaja, pasé a ser de diez; no di motivos para queja alguna, aunque, como ya dije, me masturbaba hasta el cansancio... y preparaba mi fuga.

Y lo más pijo, lo que redondeó el modelito que representaba: en 6º año, a mis 17, fui electa “Reina” del Colegio. Era una reina fría y distante, virginal pero deseada, dueña de las pajas de medio colegio, de sus sueños, de sus ansias.

Hacia fines de año hice todos los trámites para ingresar a la clásica carrera MMC (Mientras Me Caso) en el Tec de Monterrey campus mi ciudad, mientras secretamente, y gracias a un apartado postal, los hice también para hacer el examen de admisión a la UNAM en las vacaciones del verano posteriores a mi 18º cumpleaños.

Terminé la prepa con honores y dos semanas después celebré mi cumpleaños. Me quedaba una semana en mi ciudad, en los que di los últimos toques a mis planes. Iba a alzar el vuelo con el dinero de la inscripción al Tec y la primera colegiatura, más el bimestre del hípico y una mensualidad del inglés. No mucho, pero suficiente.

Me iría también con una camper y sin el virgo. El virgo lo iba a cambiar por la camper, una ford 250 casi nueva, con una caseta amplia y un aparato de sonido espectacular.

Cuando la camper de marras acababa de salir de la agencia, dos años antes, yo había tenido en ella mis escarceos más serios (estuve a punto de dárselas, pero afortunadamente no lo hice, porque esperar dos años y meses fue mejor para mi placer y mi futuro, como verán) con Marcos, el último de mis “novios”, copropietario de la camper. Yo tenía 15 y el 21, lo conocí en el hípico, donde él sólo estuvo unos meses para aprender ciertas técnicas ecuestres.

Marcos provenía de una familia de hacendados ganaderos cuyos varones, todos, tenían a orgullo ser charros y, como no era buen jinete, se metió al club para pulirse, suponiendo con razón que luego de montar con albardón dominaría sin problemas la silla charra.

La camper la habían comprado Marcos y mateo, su hermano mayor. Eran muy parecidos: fornidos por el trabajo de campo y la buena alimentación, de baja estatura (un poco más bajos que yo), tostados por el sol, de ojos verdes, grandes manos y bastante brutos. Cuando pasó esta historia Marcos tenía 24 y Mateo 26.

Que aceptaran mi virginidad (y algo más) a cambio de su adorada troca, sólo se entiende en el contexto puritano de mi medio y mi ciudad, aunque también algo se debió a mi belleza y mi “reinado”. Al cumplir 18 era un cromo... aunque ahora estoy mucho mejor, pero esa es otra historia. A los 18 era alta, bella, de medidas casi perfectas y con la carga sensual, el sumum que da el peso del deseo de los hombres. Es cierto que durante algún tiempo desconfié de mi belleza, no me la creía, me encerraba en mi misma, pero ya llevaba algunos meses de saberme bella y deseada.

Me reuní con mis charros en un café, el jueves que siguió a mi cumpleaños, y aunque Marcos aceptó desde el principio, Mateo vaciló hasta que les ofrecí el suplemento:


-Pueden sacar todas las fotos que quieran y enseñárselas a quien quieran, siempre que me prometan sólo enseñarlas y nunca publicarlas, que me den su palabra de charros, en la que confío.

Yo sabía que eso los haría ceder y así fue. Pero aún faltaba por arreglar un asunto: sólo uno de los dos podría gozar mi virginidad. Luego de debatirlo mucho, acordaron jugarlo a tres suertes del charro completo, que no les contaré, porque no es este un relato costumbrista. Sólo hay que decir que el mano a mano fue el sábado y que ganó Marco, muy apretadamente. Mateo se reservaría, dijo, mi virginidad anal.

También es pertinente mencionar que el album de fotografías donde guardo la constancia gráfica de mi holocausto, ese primer album privado que sólo muestro a los más selectos de mis clientes, inicia con 17 fotos que les tomé durante el mini torneo en que disputaron mi virginidad: vestían como en la canción de Cortazar y Esperón en voz de Jorge Negrete: “con mi sombrero bordado/y mi traje alamarado/mi botonadura de oro/mis espuelas de Amozóc/mi carrillera plateada/mi pistola niquelada...”: eran dos perfectos ejemplares masculinos a pesar de su corta estatura, máxime, al ejecutar sus suertes ecuestres y pie a tierra, sudorosos, con el ceño fruncido, el bigote erizado y los músculos en tensión.

El domingo me porté como todos los domingos, misa y comunión incluidas, y en la noche, silenciosamente, empaqué mis cosas. Y el lunes en la mañana, tan pronto salió mi madre a un té de caridad (sic), Marcos y Mateo, que espiaban en la esquina, entraron con la camper y me ayudaron a subir dos maletas con mi ropa, mis 127 discos y otros 43 que le bajé a mis jefes, cuatro pilas de libros, mi lap-top y alguna otra cosa (“mi patria y mi guitarra”, diría Serrat). Dejé una nota hipócrita que terminaba con un falaz “los amo” seguido de un auténtico “no me busquen”, y subí al lado de mis charros.

Por petición mía, iban vestidos con trajes charros de faena y me senté entre ambos, le di un beso a cada uno y enfilamos rumbo a su casa, que estaría sola todo el día.



MARCO

Hay muchas formas de contar lo que sigue pero, para no confiar en la memoria, lo haré siguiendo la secuencia fotográfica, empezando por las fotos tomadas por Mateo, de mi desvirgamiento a manos de Marco.

Hay muchas formas de contarlo pero esta es egocéntrica: me estoy vendiendo, así que no llamen la atención sobre lo que digo de mi. Además, es cierto como los evangelios. Es historia gráfica, ahora tan de moda en círculos académicos.

Va pues la simple descripción de las fotos y, entre paréntesis, sólo de cuando en cuando, muy de cuando en cuando, un aparte entre paréntesis.

1. Yo estoy sentada a la mesa, dos ligas formaban otras tantas coletas de rubio cabello a los lados de mis orejas. Se ve mi blusita azul cielo, de corte casi infantil (mi madre compraba mi ropa), mientras Marco, detrás de mi, vestido con su traje charro de faena (sin sombrero), mete la mano en el escote.

2. En similar posición, pero inclinando la cara a la izquierda y con media sonrisa, los ojos bajos, recibo el roce de los labios de Marco en mi mejilla. Me ha levantado la blusa y se ven mis pechos, erguidos y juntos por el bra, sobre los cuales posa apenas su mano derecha.

(Yo sabía lo que venía y estaba asustada, asustada y excitada. Esos primeros roces bastaron para sensibilizar toda mi piel, para ponerme la carne de gallina. Hay que poner atención a la sonrisa).

3. La tercera foto es un close up. La mano de Marco ya no se posa sobre mis pechos sino que, dentro del bra, oprime suavemente mi seno izquierdo, todavía atrás de mi. La sonrisa es casi la misma, un poco más enigmática quizá. Entre la mesa y mi bra se advierte mi estrecho torax, mi joven piel.

4. Sigo con los ojos bajos. Ya no sonrío: mi boca está entreabierta y asoman apenas mis blancos dientes. Mi pecho izquierdo, más pequeño de lo que parecía en la foto anterior, se muestra desafiante ante la cámara, en el centro luminoso de la foto. Se notan claramente las marcas del bikini en mi piel, el cambio de tonos, del dorado de mis brazos y mis hombros al blanco de mi pecho y el morado de mi pezón. Su mano izquierda acaricia mi hombro, su mano derecha empieza a bajar el otro tirante del bra.

5. Me he vuelto. Con los ojos entrecerrados lo beso en la mejilla. Rodeo su cuello con mi brazo derecho mientras él sigue acariciando mis pechos. He perdido el vestido y el bra sigue cubriendo mi seno derecho.

6. Marco, sin camisa, inclinado sobre mi, me abraza. Su brazo izquierdo rodea mi espalda, su mano derecha toma mi cintura, que sobresale sobre la mesa. Mi torso desnudo es hermoso, como el suyo: ha perdido la camisa y muestra sus poderosos hombros. Yo no lo veo mi espalda está arqueada y mis ojos, entrecerrados, miran hacia el techo. Como me he dado vuelta para recibir a Marco, la footo muestra mi perfil, mi plano estómago, mi pequeño y erguido pecho. Me he soltado las ligas del pelo y mi cabello cae sobre mi espalda como cascada de oro.

7. Mateo se ha movido de posición y me fotografía de frente. Es ahora Marca, agachado sobre mí, quien está de perfil. Mis dos pechos se ven perfectamente ahora y, como la mesa no estorba, se tiene un primer atisbo de mis caderas, enfundadas en los clásicos bluejeans. Tengo las piernas púdicamente juntas, aunque mi mano derecha acaricia la espalda de Marco, quien tiene su mano en mi estómago, muy cerca del cierre del pantalón.

8. Es evidente que Marco me ha subido a la mesa. Mis pantorrillas cuelgan, fuera de la foto. Estamos uno frente al otro y yo desabrocho la gruesa hebilla del cinturón mientras él me acaricia, me besa.

9. Seguimos en la misma posición. Se ve mi espalda desnuda. Una de sus manos acaricia mi cara y la otra explora mis nalgas bajo el pantalón, desabrochado. Él está en trusa (ha desaparecido el pantalón) y yo busco con las manos el tesoro oculto. Se ven claramente la bella y hercúlea línea de sus piernas y su torax poderoso, de animal en reposo.

10. Close up: mi mano acaricia su verga enhiesta, casi negra, de tamaño regular pero erección firme. Sólo se ven mis antebrazos, cubiertos de dorada pelusilla, su miembro, su estómago.

11. Me flexiono sobre mi misma, aún sentada en la mesa, y llevo la verga de Marco a mi boca. No se ve claramente lo que estoy haciendo, aunque es evidente. Mi mano izquierda, en primer plano, ase firmemente su miembro por la base. El resto desaparece de la imagen, oculto por mis cabellos. Está totalmente desnudo, bello como el prototipo del charro. Lo mejor de la foto es su cara: los ojos cerrados, la boca entreabierta, la expresión de sorpresa y placer...

(Aquí es donde empecé a aplicar la teoría, a saborear la sal de mi primera verga, a seguir sus indicaciones).

12, 13 y 14. Close up: se ve mi cara de perfil, mis pestañas cubriendo el ojo derecho, mi barbilla apuntando hacia su estómago, mis ojos hacia el suelo, mi nariz, mis pequillas, perfectamente visibles. Mi mano izquierda sigue asiendo por la base la verga de Marco. Succiono con aplicación su morado glande: alcanza a verse el frenillo y un buen pedazo de miembro entre mi mano y mis labios. Hay algunas diferencias entre foto y foto que muestran el movimiento de mi boca, de mi mano...

15. Marco ha subido mi pierna derecha a la mesa. Aún cubierta por los jeans aparece su elegante línea. Aparece también una zapatilla blanca de tennis. Mi desnudo torso está semirecostado en la mesa y él, desnudo y bello, se muestra casi de espaldas. Sus firmes nalgas aparecen desafiantes ante la cámara.

16. Me ha bajado el pantalón. Mis braguitas, del mismo blanco algodón del bra, cubren mi sexo y muestran mis blancas caderas. Sus manos están ocupadas quitándome la ropa. Yo estoy recargada en mis dos codos, con las piernas obre la mesa... esperándolo.

17. Es una foto de miedo. Él está a la izquierda, agachado sobre la mesa. Su verga erecta toca su estómago formando una línea paralela. Sus manos acarician mis pantorrillas, una cada mano. Ya no hay nada que ocultar, ambos estamos completamente desnudos, Mis piernas, flexionadas y abiertas, muestran la roja herida de mi sexo, cubierta de rubia pelusilla, sobre el ángulo que forman su velludo antebrazo y su poderoso brazo. En cambio, nuestras caras no se ven: mi cabeza está echada hacia atrás, mostrando mis pechos como dos montes que apuntan al cielo; la suya está vuelta hacia mí, por lo que es su nuca la que aparece en la foto, su corto cabello castaño.

18. Casi igual que la anterior, sólo que él y la cámara más cerca de mi sexo. Desde arriba, los dedos índice y pulgar de su mano izquierda abren mis rojos labios mayores.

19. Aún más cerca. Mis nalgas y mis muslos cubren casi toda la foto. Arriba, bajo su nariz, sus ojos vigilantes, sus dedos siguen abriendo mis labios mayores, mostrando mi intimidad, mi clítoris, pequeño pero hinchado, mis rojos y brillantes labios menores, la pequeña entrada de mi vagina y, más abajo, el negro agujero del culo, la suave línea que divide mis blancas posaderas.

20, 21, 22 y 23. Igual... casi, porque su lengua, roja y audaz, se ha posado sobre mi clítoris, juega sobre él, baja a la entrada de mi vagina, chupa y se adueña...

(Y yo, que ya estaba muy calientita, siento estallar mi sexo, siento que todo mi ser se concentra ahía abajo).

24. Estoy sentada en la mesa. Por primera vez veo directamente hacia la cámara, mostrando mis grandes ojos verdes. No me gustan mi mirada ni mi expresión. Estoy echa un ovillo. Mi cabeza descansa en su hombro. Mi pierna izquierda, doblada, deja ver, bajo el bien torneado muslo, la herida en carne viva de mi sexo. Él me abraza.

25. Marco me carga, me lleva en sus brazos. Yo lo abrazo y el centro de la foto lo forman mis cabellos. Bajo mi cuerpo destaca su verga y el nacimiento de sus muslos, sólidos como columnas.

26. Desnudos los dos y en la camita. Yo, tendida boca abajo, el culo levantado, las piernas flexionadas. En primer plano la elegante curva de mi pantorrilla y la parte posterior de mi muslo. Mi breve cintura y, volteando hacia atrás sobre mi hombro, observo lo que está pasándome con una cara que es, evidentemente, miedo. Él está hincado. Sus fuertes muslos inclinados hacia delante, con sus brazos como troncos se apoya en mi cintura. Se ven sus hermosas nalgas y su firme estómago, pero no sus hombros ni su cara. Y lo más importante, su verga, firme como un mástil, se apoya en la entrada de mi vagina.

(La cara de la foto es de miedo, sin duda, pero en mi recuerdo ese miedo está mezclado con deseo, con ansiosa prisa. sentir la suave piel de su glande apoyada en mis sensibles terminales nerviosas me incitaba a pedir más... y lo pedí, si no mal recuerdo).

27. La foto es casi igual, pero el grado de inclinación de sus muslos, de todo su cuerpo, es mayor. Está volcado sobre mí. Sus brazos se apoyan con fuerza en mi cintura y sus músculos pectorales resaltan, lucen hermosos y brillantes. La verga ha empezado a entrar: se ve claramente, ya inserta la punta aunque casi toda sigue fuera, muy visible. Es evidente mi grito: la cámara capta mi expresión de dolor, mi boca abierta, mi ceño fruncido, mis ojos fuertemente cerrados.

28. Ha entrado ya completa... no puede saberse porque su perfil oculta nuestros sexos, pero por la distancia entre nuestros cuerpos, es evidente que ha entrado entera. Ya no grito: mi boca se cierra, mis músculos maxilares resaltan apretados, el ceño sigue fruncido, los ojos bien cerrados.

(¡Ya no soy virgen!)

29. Mateo cambia el encuadre: es ahora mi cara la que está fuera del angular y es la de Marco, gozosa, delirante, la que se ve.

30. Seguramente Mateo se ha recostado junto a la cabecera (así fue, lo recuerdo bien), y en el momento en que abro los ojos dispara, enfrente de mi, muy cerca. Sólo se ven mi cara y mis hombros. Los ojos abiertos ven la cámara con sorpresa; las cejas ligeramente fruncidas y un rictus de dolor, de placer y dolor, abre mis gruesos labios, dejando ver mis dientes. Un delgado mechón de dorado cabello baja por la nariz, dividiendo mi cara en dos partes. Soy, no cabe dura, muy bonita.

(Le dije, lo recuerdo: “Largo de aquí, que me desconcentras”).

31, 32, 33 y 34. Variaciones de la 27 y 28. Mateo regresó a fotografiar ese encuadre, desde esa posición. En la 32 y la 34 se ve buena parte de su pene, como en la 27, pero no se ve mi rostro: he hundido la cara en la cama. En la 31 y la 33, me la ha insertado entera. Si se siguen las diferencias entre las fotos puede verse cómo empiezo a moverme a su ritmo y cómo, en la última, extiendo los brazos al frente y me estiro voluptuosamente.

35. Se ha dejado caer sobre mí, con todo su peso. Mira hacia la cámara con plácida expresión

36. Abrazados...

(Pero Mateo no nos da tiempo de acariciarnos: me obliga a ponerme un par de prendas y me llava con él, ansioso y colorado, a su habitación).

MATEO.

37. Sentada en cuclillas, en otra habitación, le mamo la verga a Mateo. Estoy vestida con mis braguitas y una mínima camiseta blanca de tirantes, que dejan mis hombros y mi cuello al descubierto. Mis senos apenas apuntan y me veo menor de lo que soy. Mi cara, de perfil, refleja placidez, con los ojos cerrados, la grácil línea de las cejas y las dilatadas ventanas de la nariz. Los labios, bien abiertos, acogen el miembro de Mateo, más grande y grueso que el de Marco. Mi mano izquierda ase con cuidado la base de su rígido miembro mientras la derecha se posa en mi sexo, sobre las bragas. De él, además de la verga, sólo se ven sus pantalones bajados hasta la cadera y su camisa levantada.

38. Más cerca. Ya no estoy exactamente de perfil, sino de tres cuartos. Hay varios centímetros entre mi cara y su estómago, a pesar de que he engullido un buen trozo, a juzgar por el bulto que se forma en mi cachete. Sigo con la misma plácida expresión, los ojos cerrados. Se ve perfectamente el prieto cuerpo de su verga, sus venas azules, que casi laten en la imagen, los escasos vellos rubios que cubren la encogida bolsa de sus huevos. Su potente erección.

(Y vuelve a antojárseme, amigos, como se me antojo aquel día).

39. Más lejos, de tal modo que su cara y la mía sean perfectamente reconocibles.

40. Desde arriba. Marco, claramente, se ha puesto al lado de Mateo. Esta vez poso: dirijo mi vista a Mateo y la cámara capta el tamaño, el color, la expresión de mis ventanas. Sonrío divertida, mostrando mis dientes superiores. Sonrío con toda la cara. Mi lengua asoma por abajo y acaricia, según se adivina, la parte anterior de su glande. Se ve su verga, completa y poderosa, la cabeza posada en mi lengua, su rosado glande, su moreno tronco.

41. Casi la misma posición que la 38, solo que ahora no tengo su miembro dentro, sino que mi lengua se posa apenas en su glande.

42. Mateo se derrama

(Entonces, Mateo pidió una segunda serie. Me hizo vestirme y pidió a Marco que tomara las siguientes fotos desde el mismo lugar, una posición fija de su recámara. Quería follarme, sí, pero también quería dejar constancia gráfica de la “seducción de la reina”).

43. Estoy vestida con la camisetita blanca, jeans, calcetines. De mis orejas cuelgan unas grandes arracadas y tengo el pelo peinado hacia atrás, recogido en una cola de caballo. Hincada en una cama con colcha azul, abrazo a mi charro Mateo y lo beso. La foto permite que se vean bien nuestras caras y el beso apasionado, su mano en mi cintura, la mía en su espalda. Él, para do a mi lado, estrechando su cuerpo junto al mío, viste tennis, jeans y camisa vaquera.

44. Misma posición, o casi, porque en lugar de buscar hincada la cercanía de su cuerpo, me inclino hacia atrás, con mis manos en la hebilla del cinturón piteado. Sus dos manos amasan mis pechos. Ambos estamos sin camisa y luce mi esbelta cintura, mi plano abdomen y los músculos de sus brazos y su tórax. El me ve a la cara, con expresión anhelante. Yo, atiendo la maniobra de mis manos.

45. Yo sigo hincada pero me he girado para ver la cámara de frente y la foto me muestra casi entera. Los jeans a las rodillas, las bragas a medio camino, Mateo besando la orilla de mi cadera y con sus manos deslizando mis bragas. Aparezco en todo mi esplendor.

46. Mateo se ha quitado de encima. En la orillita de la foto aparece apenas su perfil. Me muestro a la cámara. Mis manos se entrelazan detrás de mi nuca. Mis ojos están pudorosamente cerrados. La cara se inclina ligeramente hacia la izquierda, aumentando la expresión soñadora. Los firmes pero delgados músculos de mis brazos están en tensión, mostrándose blancos y suaves, uno a uno, y eso jala hacia arriba mis pequeños senos, lechosos y delicados. Los morados pezones, en desafiante punta, señalan hacia fuera, ligeramente, y los senos bajan en suave curva hacia el recto abdomen, las costillas que resaltan. ¿Qué mas quieren que les platique?, la curva de mi cintura, el ensanche de mis caderas, la rubia mata sobre la roja herida... no, algo debo dejarles a la imaginación.

47. Se ha perdido la secuencia porque mi cadera se recarga en la orilla de la cama y él está entre mis piernas, ya ensartándome. De hecho, ya estoy completamente ensartada. Yo estoy a la derecha de la foto, recargada en la cama con el codo izquierdo y tomando su nuca con la mano derecha. Mateo muerde mi pezón derecho y me agarra firmemente de las caderas. Si se observa con atención, se verá que la verga de Mateo no entra en mi coño, sino en mi ano.

(No fue fácil su ingreso hasta que seguí sus instrucciones y aflojé correctamente el esfinter).

48. Tengo una expresión extraña mientras él, aún de pie, me penetra. No se ve claramente la acción porque la oculta mi pierna izquierda mientras la derecha sube a su hombro.

49 a 53. Mateo me penetra de pie, con mis piernas en sus hombros. Entra y sale su verga de mi ano

FUERA DE ORDEN

(Entonces dejaron de tomar secuencias. Recuerdo que nos bañamos, comimos algo y volvimos a empezar. Tomaron dos últimas fotos y luego seguimos follando).

54. Mateo está tendido boca arriba en la cama y se ve el flanco izquierdo de su torax, aunque sus dos deliciosos muslos aparecen completos, ligeramente abiertos. Yo estoy hincada, a horcajadas sobre él, y se ve su dura y firme verga debajo de mi sexo, entrando en mi sexo. Mis nalgas apuntan hacia atrás y mi espalda forma una curva hasta donde mis brazos sostienen mi cuerpo. Tengo mi cabeza levantada y me aplico con la boca a la verga de Marco, semierecta. Marco, de pie sobre la cama, con las piernas abiertas, me acaricia la cara.

 

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