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Primera Vez

Su desgracia fue mi suerte

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

A veces las desgracias vienen acompañadas de muy buena suerte. Esta es una historia real, solo matizada de algunos detalles para hacerla mas atractiva.
Mi nombre es Pablo, tengo treinta y nueve años y vivo en Rosario, Argentina. Poseo un pequeño negocio, el cual me obliga a tener que recorrer los distintos lados de mi país.
Mi historia comienza en un viaje a Buenos Aires, distante aproximadamente unos trescientos kilómetros de mi ciudad.
Ya en la autopista, en medio del recorrido, siento un fuerte golpe en la parte de abajo del auto, y en seguida, la dirección del mismo se tornó incontrolable. Con suerte y algo de pericia conductiva, pude detenerme en la banquina, y chequear que el neumático se encontraba destruido. Pero la sorpresa desagradable fue encontrar el de repuesto totalmente desinflado.
Ahí me encontraba yo, varado en medio del camino, sin posibilidad alguna de continuar el viaje. Los vehículos pasaban a mi lado a toda velocidad, y estaba seguro que ninguno se detendría. Solo me quedaba esperar el auxilio del concesionario de la autopista, pero sabía que podía demorar horas.
Resignado a mi suerte, encendí un cigarrillo, y antes de terminar de fumarlo, noto que un viejo camión, totalmente destartalado, para delante mío.
De el baja un anciano pequeñito, ataviado a la usanza del hombre de campo. Gentilmente me ofrece ayudarme, y con un matafuego logramos inflar la desgraciada goma en llanta. Al agradecerle la ayuda, meto mi mano en el bolsillo para darle unos pesos, a lo que el anciano se niega meneando la cabeza con vigor.

- Gracias.- Se expresa. – Los favores no se pagan.- Me dijo con voz grave y decidida.

- Bueno, en todo caso las gracias debo dárselas yo a usted.-

- De nada.- Cuando yo a daba el asunto por resuelto, y comenzaba a dirigirme al coche, el anciano volvió a hablar.

- Ahora bien señor, podría usted hacerme un favor a mi?- Nada es gratis en este mundo, pero la nobleza obliga.

- Por supuesto!-

- Vea joven, con mi camión llevaba a mi nietita al pueblo, para que tome el colectivo hacia Buenos Aires, pero si usted va por ese camino, quisiera pedirle el favor de arrimarla.-
Sin saber muy bien que responder, y aún pudiendo negarme con la excusa de tener otro camino, acepté. El ancianito desapareció dentro del camión, y por la otra puerta apareció la nietita, una terrible mujer de unos veinte años, alta, rubia y con un cuerpo exuberante, propio de las niñas criadas a campo. Mariana se llama, y tras las presentaciones de rigor, reemprendí mi camino.
Lamento mucho lo extenso del relato, fundamentalmente sin partes de sexo, pero sé que ustedes me perdonarán, y si me tienen un poco mas de paciencia, esas partes llegarán.
Mariana era de poco hablar, solo me enteré por su boca que tenía diecinueve años, y que iba a Buenos Aires a trabajar, porque una amiga suya le había conseguido un empleo.
Ya en Buenos Aires, la dejé donde me pidió, y rápidamente me ocupé de mis asuntos, olvidándome de Marianita. Debo confesar que en el viaje la miré de arriba abajo, y aunque era una mujer espectacular, solo la observé.
Tras terminar mi agitado día de trabajo, me dirigí al Hotel. Siempre paraba en el mismo, estaba situado en el centro de la ciudad.
Grande fue mi sorpresa cuando el gerente del hotel, al que conocía, me dijo que una mujer joven me esperaba en el lobby del mismo. Cansado ya por el trajín del día, ni imaginé que fuera Marianita, la que me estuviera esperando.
Solo al verme comenzó a llorar, tratando de reprimir el llanto. La tomé de los hombros, y la dirigí al bar del hotel.
Una vez acomodados, ella me explicó la situación. Entre llantos me contó que su amiga trabajaba de puta fina, en una casa a todo lujo, y que cuando ella comprendió cual sería su trabajo, salió de la casa corriendo, dejando ahí todas sus pertenencias, incluido el poco dinero que tenía encima. Sin saber que hacer, recordó haber visto una tarjeta del hotel en mi auto, y se dirigió para acá. Había caminado kilómetros hasta llegar.
El tema principal era saber si yo la podía llevar de nuevo hacia su pueblo. Le dije que no tenía inconveniente, que le conseguiría una habitación para pasar la noche y que mañana la llevaría.
Pero las malas noticias seguían, ni una habitación el hotel, ni en ninguno por los alrededores. Eran malas noticias, pero seguía teniendo suerte.
Convenimos con Mariana para pasar ambos la noche en mi habitación, lo cual era un inconveniente serio.
Tras ducharme, tuve que ponerme ropa de calle nuevamente, ya que no uso ninguna para dormir, y ella, tras ducharse también, salió envuelta en una toalla, pidiéndome por enésima vez disculpas, por todos los inconvenientes que me producía. Pero el mayor inconveniente era la formidable erección que me había producido verla así.
Se quedó parada al pie de la cama, inmóvil, esperando no se qué. Caí en cuenta de que no sabía como acomodarse en la cama. Era una de plaza y media, y el único lugar donde poder descansar.

- Hagamos una cosa.- Le dije. –Vos métete dentro de la cama, que yo, que estoy vestido duermo por fuera de las sábanas.-
Ella, sin decir palabra, se acostó según de dije, quedándose totalmente quieta. Pero al poco tiempo comenzó a sollozar, muy bajito, sin ruido, dándome cuenta solo por el movimiento que percibía por el colchón. Fastidiado ya, traté de hacerme el dormido, pero al poco tiempo, ya incapaz de seguir esperando, giré bruscamente en la cama, como para increparla, pero al verla sufrir, solo pude acariciarle torpemente la cabeza. Lentamente se tranquilizó, y luego de en tiempo su respiración fue haciéndose rítmica. Calculé que estaba dormida ya, y al retirar mi mano de su cabeza, ella habló.

- Señor Pablo, nunca sabré como agradecerle.-

- Yo si sé.- Las palabras salieron de mi boca sin pensar. Inmediatamente me arrepentí, pero ya las había dicho. Reconozco que mi corazón latía con fuerza, hasta que Mariana volvió a hablar.

- ¿Cómo?.- Me dijo con voz muy bajita y tímida.
Sin decirle nada, la tomé por el hombro, guiándola para que gire, y una vez de frente a mi, bajé la sábana que la cubría, tomé su mano, y la puse por sobre la ropa en mi pene erecto.
Para mi sorpresa, ella no hizo nada. Ni siquiera un gesto. Se limitó a seguir tal cual yo la había dejado. Con rápidos movimientos, me bajé hasta donde pude el pantalón y los calzoncillos. Su mano seguía en el mismo lugar, apoyada sobre mi pene.

- Soy virgen.- Me dijo. Esta chica era una caja llena de sorpresas. Pero yo ya no podía volver atrás.

- ¿Y eso es inconveniente?.-

- No.-
Encendí una luz, quería verla. Estaba ahí, mirándome con esos ojazos azules, la boca entreabierta, sus senos erguidos, grandes redondos rotundos. Ella es blanca, muy blanca, más que yo. Es sus senos aparecían dos tenues y grandes aureolas rosadas, pálidas, coronadas de dos pezones enormes, enhiestos.
Destapé el resto de su cuerpo, para ver las sinuosas curvas de su cintura y su cadera. Una gran mata de pelo ¿oscuro? tapaba su sexo. Las piernas parecían torneadas por un escultor maestro. Y ahí, desnuda ante mí, parecía una chiquilla en un cuerpo de mujer.

- No tengas miedo, y si algo te disgusta, me dices. – Le expresé.-
Ante su silencio, la besé dulcemente en los labios, en su mentón, en el cuello. Su única reacción fue la de cerrar los ojos. Llegué a sus senos, los besé con ternura, jugué con mi lengua por debajo de ellos, por su canal intermedio. Con una mano los tomaba, los apretaba levemente, y con la boca succionaba despacio su pezón. Largo tiempo me dedique a ellos, eran los mejores senos de mi vida. Cada momento, cada roce, era una experiencia increíble. Jamás imagine que un par de tetas, en vulgo, me podían producir tanto placer.
Seguí bajando, besé con delicia su vientre, plano, duro, fuerte. Invadí su ombligo, lo inundé. Ya con la parte superior de mis antebrazos, fui separando sus piernas, delicadamente.
La gran mata de pelos ocultaba cualquier visión. Acomodé mi cabeza, y con ambas manos fui descubriendo el gran tesoro que esos feos pelos ocultaban. Ahora si podía ver la entrada del placer. Una delgada línea gris rosada. Con dos dedos abrí sus labios, y ante mi, un rojo clítoris que contrastaba con su pálido entorno. Pero no era aún el tiempo. Me faltaba reconocer sus piernas, acariciarlas, besar sus dedos.
Ella estaba quieta, tensa, con un muy bonito rictus en su cara. La expresión del placer. Animado por esto, decidí reconocer bien su intimidad. Acerque nuevamente mi cara a su vagina, hurgué dentro de ella hasta encontrar su dulce botón, lo masaje con mi dedo, de arriba abajo, hacia los costados, haciendo círculos. Mi dedo le cedió su lugar a mi lengua. Pude percibir su olor, su sabor. Sublime.
Lentamente sus caderas se elevaban. Su respiración era ya entrecortada. Se tensó al máximo, y con un fuerte suspiro, me indicó su orgasmo. Puse mi cuerpo en su misma altura. La bese en los labios, y esta vez su lengua jugó con la mía.
Era ya mi hora. Con delicadeza situé mi glande en la entrada. Lo frotaba lentamente, jugaba, con ella, pero no la penetraba más que un poco. Mi cadera iba descendiendo con estudiada cautela. Paso largo rato, pero al fin llegue al fondo. Nunca mejor expresión, se ajustaba a mí como un guante.
Me quede quieto, disfrutando del momento. Comencé un vaivén exageradamente lento. Al principio solo me movía un poco, para ir separándome y acercándome cada vez más. La velocidad se incrementaba. Inconscientemente Mariana seguía mi ritmo. Sus manos, antes inertes, ahora desgarraban mi espalda, al compás de nuestros movimientos. Quisiera mentir, y poder decir que ese lapso de tiempo fue infinito.
Pero no sería cierto, y en cuanto su cuerpo me transmitió su placer al máximo, me descargue dentro de ella. No encuentro adjetivo para ese momento.
Extenuado, me deje caer sobre un costado, tomando a Mariana por la cintura, quedando ella sobre mi cuerpo, quedando mi miembro aún dentro de ella.
Miré sus ojos, llenos de ternura y ¿amor?. Por primera vez me besó, luego reposó su frente en mi hombro, y con cálida voz, me dijo.
- Te amo.-

 

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