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Cristina

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Capítulo 1. La sorpresa.

Lo que os voy a contar es una historia real. Por ello no vais a oír hablar de bellezas despampanantes, de preciosos cuerpos y grandes curvas. Se trata de chicas normales (que no significa feas) como pueda ser cualquiera de las chicas que conocemos todos. De hecho, puede ser que TÚ las conozcas, y no sepas nada de su vida sexual... ¿o sí? Con esto quiero decirte que no te imagines a tías de esas que salen en el Playboy o en las pelis porno. Prefiero que te imagines a ese grupo de amigas que tienes y que nunca sospecharías que fueran así.
Desde que llegue al grupo me gustó Cristina. Tenía el pelo castaño tirando a rubio y una cara muy dulce. De cuerpo no estaba mal, aunque tenía las tetas algo pequeñas para mi gusto (con 17 años, eso es muy importante). Pero lo que más me gustaba de ella era su culo. Solía vestir pantalones vaqueros, los típicos Levi\'s 501 que tan bien sientan a las tías, pero a veces se ponía alguna cosa ajustada que me volvía loco. Podía ver su forma perfectamente dibujada a través de la ropa. No paré hasta conseguir que saliera conmigo, lo cual me costó un par de meses (creo que empezó para que no le diese más la paliza). Los primeros meses de relación se limitaron a unos inocentes besos (a escondidas y con la luz apagada), pero no pasó de ahí, ya que cada vez que intentaba sobarle las tetas o el culo, me quitaba delicadamente la mano. Yo, a todo esto, cada vez que salíamos, tenía que hacerme antes un par de pajas, para evitar empalmarme cuando nos abrazábamos, ya que me daba mucha vergüenza que ella lo notase. Aun así, había un montón de veces que no lo podía evitar.
Pero una noche, en la fiesta de cumpleaños de un amigo, aprovechando un cuarto libre en la casa de éste, nos metimos y nos tumbamos en la cama. Era la primera vez que estábamos juntos de ese modo y ella se puso encima mío para besarme más cómodamente. Y de pronto comencé a notar que se me ponía dura. ¡Dios!. Cuando estábamos de pié o sentados, con retirarme un poco lo arreglaba, pero ahora estaba encima y no me podía apartar. Traté de pensar en otra cosa, pero sus apasionados besos no me dejaban. Debía estar rojo como un tomate, ya que ella tenía que notar aquella dureza justo en su coñito. De repente, ante mi asombro, comenzó a deslizarse de arriba abajo, muy suavemente. Estaba a punto de explotar y no pude evitar levantarle la falda y agarrar aquel maravilloso trasero que tanto deseaba. Aquello, lejos de enfadarla, hizo que se excitara aun más y que comenzase a moverse frenéticamente.
No habían pasado ni dos minutos cuando, entre el roce de su cuerpo, mis inexpertas manos explorando su culo, y sus suaves gemidos, me corrí salvajemente mojando mi pantalón... y sus braguitas.

-Eres un chico muy malo - me dijo cuando, tras encender una pequeña lámpara que había en la mesilla, vio nuestra ropa empapada.

-Vas a tener que compensarme -siguió.
Acto seguido, se levanto y se quitó la camiseta, la falda y las bragas, quedando ante mí con un excitante sujetador de encaje. La vista se me perdió en su coño, un perfecto triángulo en el que se podían ver unas gotitas de flujo vaginal.

-Ponte de rodillas y cómeme el coño -me ordenó Me arrodillé y comencé a besar su monte de Venus, mientras con la mano exploraba su agujero. Aquello era nuevo para mí y trate de meter un dedo.
-Ahí no -dijo, conduciendo mi boca al clítoris.
Separé sus labios con suavidad y comencé a lamer como había visto en las pelis del "Plus".
Al cabo de unos minutos ella comenzó a retorcerse y a gritar, mientras inundaba mi boca de deliciosos jugos vaginales.
Con todo esto, mi polla estaba preparada de nuevo, pero antes de que yo dijera nada, noté como sus manos acariciaban mi aun húmeda bragueta. Pronto, me desabrochó los botones del pantalón y poco a poco me fue quitando todo hasta dejarme completamente desnudo. Me besó en la boca y me dijo:
-Ahora verás.
Sacó de una mochila (¿¿¿qué hacía allí esa mochila???) cuatro lazos de terciopelo negro. Después de pasármelos por la polla varias veces, me agarró los brazos y me los ató al cabecero de la cama. Lo mismo hizo con mis piernas y me inquirió:
-Si quieres volver a disfrutar de mi coño, tendrás que ser mi esclavo... para siempre.
Lo había preparado todo la muy puta. Así atado y con el calentón que tenía encima, no dudé en asentir con la cabeza. Noté un gesto de satisfacción en su cara antes de que me vendara los ojos con una especie de pañuelo. Después me amordazó con una bola de esas que venden en los sex-shops, dejándome totalmente a su merced. Pude escuchar con claridad como buscaba algo en la mochila mientras canturreaba algo. De pronto me sobresaltó el ruido de una especie de máquina de afeitar eléctrica mientras me decía que me iba a rapar los cojones al "uno" para luego poder afeitarme más fácilmente.
Intenté moverme, pero era inútil. Me tenía bien atado. Tampoco pude decir nada a causa de la mordaza. Pronto sentí como aquel aparato avanzaba por mis genitales dando buena cuenta de mi vello púbico. No lo podía creer. Estaba siendo humillado por la mujer de mis sueños, pero aquella situación lejos de disgustarme, me ponía aun más cachondo.

-Ahora vamos a afeitar - comentó.
Pronto noté lo fría que estaba la cuchilla de la máquina y un extraño picor por toda la zona. Al cabo de un rato, me descapulló, me besó la polla y dijo:
-Vamos con el culito.
Me soltó las manos y los pies de la cama y me hizo darme la vuelta.

-Dobla las rodillas y pon el culo en pompa.
En esa postura, tumbado boca abajo y con el culo hacia arriba, volvió a atarme, esta vez las muñecas con los tobillos. Repitió la operación: primero recortó los pelos más largos y posteriormente, afeitó todo el contorno de mi ojete. Recorrió la zona con sus dedos y exclamó:
-Así me gusta.
Y así de pronto, sin avisar, me metió el mango de la maquinilla de afeitar por mi recién rasurado culo, lo que me produjo un sobresalto y un ahogado grito de dolor.

-¿Te gusta? -me pregunto -Más te vale, porque a partir de ahora soy tu ama, y puedo hacer contigo lo que me dé la gana.
No contesté, no sólo por la mordaza, sino porque mi orgullo de macho me impedía reconocer que la nueva experiencia anal me había gustado.
Con la maquinilla aun en el culo, me soltó, me quitó la mordaza y el trapo de los ojos, me dio la vuelta y me hizo una mamada que inundo toda su boca de leche, de la que no desperdició ni una sola gota.
Me besó tiernamente y me dijo que esta era la última concesión que me permitía, y que, desde ese momento, ella decidiría cuando me tenía que correr.
Dejé a Cris en su casa con la moto y volví a la mía sin dejar de pensar lo que me había pasado. Mirando en el espejo mis huevos afeitados y acariciando mi desvirgado agujero, no dejaban de resonar en mis oídos las palabras que me dijo al despedirnos: "mañana la segunda lección"

Cristina. Capítulo 2. Mi primer castigo.

A la mañana siguiente, cuando quedamos todo el grupo de amigos, apareció ella mientras yo me moría de vergüenza. Recordaba lo sucedido anoche y no podía olvidarme de que era mi Ama. Me dio un beso y me saludó como si nada hubiera pasado. Pero noté que a lo largo de la mañana me miraba de una forma especial, como diciéndome que ella conocía mi secreto.
Mis padres se habían ido unos días de vacaciones, por lo que tenía la casa libre. Estaríamos solos, por lo que tenía la esperanza de que ella continuara con mis "lecciones".
A las nueve en punto sonó el timbre. Era Cris. Venía con unos pantalones bastante poco sugerentes y una camisa muy amplia, lo que me hizo pensar que aquella noche nada de nada.
Después de un rato hablando de temas de escasa trascendencia (los dos sabíamos perfectamente en lo que estaba pensando el otro), por fin me dijo:
-Supongo que recuerdas que eres mi esclavo ¿no? Contesté afirmativamente mientras ella iba a mi cuarto. Cerró la puerta y desde dentro me pidió que me desnudara completamente y que me tumbase en el sofá, cosa que obedecí inmediatamente.
Cuando apareció por la puerta del salón no lo podía creer. Llevaba un traje de látex rojo totalmente ajustado que marcaba perfectamente su coño y sus pezones. En su mano llevaba la famosa mochila de la que el día anterior sacó la máquina de afeitar y las tiras de terciopelo.
Naturalmente, yo ya tenía la polla a punto, pero lejos de complacerme, ella tenía unas intenciones totalmente distintas. Me hizo levantar del sofá y se sentó ella en el centro, con la mochila a su lado.

-Túmbate encima de mí y pon la polla y los huevos entre mis piernas. Obedecí su orden.

-Eres mío -Dijo mientras cerraba las piernas y aprisionaba mis genitales entre ellas, de manera que no pudiera moverme. Pronto noté una de sus manos paseando por mi culo libremente mientras con la otra sacaba una especie de vibrador de la mochila.

-Esto es para ti. -Me dijo. -Como ves, la parte final se estrecha mucho y luego se ensancha. Es para que no se mueva ni se salga.
Tenía también un bote de aceite de esos que se usan en la piscina, con el que me untó el culo. Después de lubricarlo, introdujo en él aquel artefacto, lo que me produjo al principio un intenso dolor pero que fue poco a poco transformándose en un delicioso placer.
De esta manera, inmovilizado por los huevos y follado por un aparato de unos 20 cm. Comenzó a pegarme con una pequeña fusta que tenía, una vez en un lado y otra en el otro, a la vez que soltaba barbaridades e insultos que me excitaban todavía más.
Pensareis que me estaba doliendo, ya que tenía el culo totalmente enrojecido... pues no, a cada golpe que me dada, sentía más y más placer, tanto que llegué a correrme en sus piernas.
Jamás me había interesado por temas como el masoquismo, es más, me resultaba bastante desagradable cuando algún amigote salidillo nos ponía alguna peli de esas. Pero desde el día que lo experimenté en mis propias carnes, no he podido dejarlo. No es que ya no practique otro tipo de sexo. Lo practico y mucho, pero de vez en cuando me gusta sentirme el esclavo sexual de alguna de mis amantes.
Siguiendo con la historia, cuando Cristina notó mi semen resbalando por sus pantorrillas, se enfadó muchísimo y gritando me ordenó que me pusiera de pie. Al hacerlo, noté como el vibrador se apretaba contra las paredes de mi culo, haciéndome sentir más suyo que nunca.

-¡Te he dicho que sólo puedes correrte cuando yo lo decida! ¡Ahora tendré que castigarte! Me ató a una butaca que había en el salón impidiéndome cualquier tipo de movimiento mientras insistía:
-¡Te voy a enseñar a no desobedecer a tu Ama! ¡Eres un puto esclavo y no tienes derecho a nada! Le supliqué que me perdonase, diciéndole que no volvería a pasar, pero fue inútil. Me puso la mordaza y la vi salir en dirección al baño. Al cabo de unos segundos, que a mi se me hicieron eternos, volvió con un bote de alcohol de 96 grados que vació en mis genitales.

-Esto por correrte a destiempo -Dijo, mientras yo me retorcía de dolor.
Como os imaginareis entre el capullo, que es especialmente sensible, y las miles de heriditas que me había dejado el afeitado del día anterior, el dolor era insoportable.
Pero lo peor de todo fue que yo, en mi interior, pensé que me lo tenía merecido por no acatar las ordenes de mi Ama.
Aprovechando que tenía la polla encogida por causa del dolor, me colocó en ella una serie de aros metálicos unidos por unas tiras de cuero. El de mayor diámetro tenía una especie de cierre similar al de unas esposas y lo encajó por detrás de los huevos. A lo largo de toda la polla, que ya empezaba a ponerse dura por el roce, iban los demás aros, coincidiendo el último de ellos con el frenillo.

-Tendrás que llevar esto puesto todo el día. Si te empalmas, las anillas te apretarán y te dolerá. No podrás estar con otra, ni excitarte, ni hacerte pajas... Sólo yo tengo la llave de tu placer.
Inmediatamente comencé a notar lo que decía. A medida que crecía mi polla, me dolía más.
Pero no acabó todo allí. Todavía iba a continuar con su "venganza" por correrme.
Se despojó del traje de látex lentamente dejando a la vista su coño ahora perfectamente recortado, con una tira de pelo justo encima del clítoris y el resto depilado. Sus labios se mostraban como los de una niña. Cuando los separó, pude ver claramente un pequeño anillo dorado en el interior. Como os imaginareis, mi excitación a esas alturas era tremenda. He de confesar que siempre he sentido debilidad por los chochitos afeitados, y entre eso y el anillo... A todo esto, los aros seguían castigando mi más que nunca dilatada polla, que empezaba a enrojecer.

-¿Te gusta? -me preguntó. -Pues no vas a empezar por ahí.
Acto seguido, se dio la vuelta mostrándome el culo. Se inclinó y separó las nalgas, dejándome ver su agujerito también depilado.

-¡Cómetelo, cabronazo! -me grito.
Sin pensármelo dos veces, empecé a lamer aquel culito que tanto me gustaba y acabé metiéndole toda la lengua mientras ella se retorcía de placer. Cuando yo ya no podía aguantar los aros de la polla, ella se retiró y me dijo que quería que la follase por detrás. Como pudo me quitó el aparato (con el empalme que tenía no fue nada fácil) y se puso a cuatro patas mientras gritaba que la rompiera el culo, cosa que hice de inmediato, no sin antes embadurnarme la polla de aceite. Al principio, me costó un poco penetrar aquel agujero virgen, pero una vez que entró el capullo, todo fue más fácil.
No habían pasado ni tres minutos de encule cuando sentí la irreprimible necesidad de correrme. Para evitar nuevos "castigos", paré y pedí permiso a mi Ama. Ella, al borde del orgasmo, me ordenó que siguiera y que lo hiciera dentro.
Tras unos instantes, llené su culo de esperma con la mejor eyaculación que había tenido nunca. Al sentir mi semen caliente en sus entrañas, ella también se corrió entre gritos y gemidos. Después de esto, caímos los dos rendidos sobre la cama y nos quedamos dormidos.

Me desperté a eso de las 12 de la mañana. Mi polla volvía a estar apresada por los aros de mi Ama. Ella ya no estaba, y me los había puesto mientras dormía. Sobre la mesilla había una nota que decía: "Sácate el consolador del culo y lávalo. Volveré a las 8 en punto. Espérame desnudo. Cris" Hice lo que me ordenó, comí y dormí la siesta. A eso de las 7, me duché, repasé mi "afeitado" y me puse a ver la tele hasta que ella llegó.

Cristina. Capítulo 3. Las amigas.

A las 8 en punto llegó. Encantado por la ausencia de mis padres, corría a abrir la puerta. Antes de hacerlo, me aseguré de que era ella a través de la mirilla, ya que estaba desnudo.
Venía vestida como una lolita. Dos trenzas, una blusa blanca un poco transparente, una faldita escocesa muy, muy corta, calzas (que me ponen...) y zapatos de hebilla. Estaba preciosa.
Arrodíllate ante tu Ama, me dijo Lo hice, se levantó la falda y me hizo besar su coño por encima de las braguitas, blancas y sencillas, como las de las colegialas.

Ya en el dormitorio, me ató a la cama, y se sentó encima de mí para que lamiese su culito. Para ello, apartó un poco las braguitas y buscó mi lengua. Así estuve unos 10 minutos, cada vez, como imaginaréis, más excitado.
De pronto, se retiró, vio mi polla completamente tiesa, la acarició y se fue. Desde la puerta gritó:
-Me voy a tomar algo.

Así que allí me dejó, atado y sin poder hacer nada...

Tardó más o menos una hora. Pude oír como llegaba y automáticamente mi polla volvió a ponerse como un mástil.
De pronto, en el dormitorio, entraron, además de mi novia, Esther y Cristina (dos de las chicas de la panda con la que vamos en verano)

NOTA: Como una de las chicas también se llama Cristina, en adelante, me referiré a mi novia como Cristina y a nuestra amiga como Cris.

Sigo: Yo estaba atado en aspa en la cama, con los brazos y las piernas abiertas, con la polla y los cojones afeitados y con una erección tremenda.
Me puse rojo como un tomate. ¡¡¡Eran mis amigas de toda la vida, con las que quedaba para ir a la piscina o para ir de copas!!!

Esther era morena, con el pelo rizado, no mal cuerpo, resultona, más que guapa. Siempre me habían gustado sus tetas y era la más "cachonda" del grupo (siempre de boquilla, claro). Su coño resultaba al contrario de lo que siempre había imaginado. Como tiene mucho pelo en la cabeza, pensaba que el pubis sería igual. No lo tenía depilado (excepto la llamada línea del bañador) pero tenía muy pocos pelitos, lo que dejaba ver perfectamente los labios.
Cris también era morena, tenía el pelo más largo que Esther, tetas pequeñitas pero monas y un culo que, aunque un poco grande, volvía locos a los hombres. Tenía el coño con pelo, sin arreglar, como el de cualquier chica.

Esther me hizo cosquillas en un pié y Cris deslizó una mano pierna arriba hasta mi pubis depilado y dijo, con una sonrisa:
- Vamos a divertirnos un rato.
Cristina mandó a las chicas al salón, mientras, como ella dijo, "me preparaba" Me desató, me puso un minúsculo taparrabos, un collar con una cadena en el cuello y me ordenó que cumpliera cualquier cosa que quisieran las amigas.

Cris y Esther comenzaron a quitarse la ropa, pero cuando estaban en braguitas, les invitó a que pararan para que las desnudase yo.

Pasó la correa a Esther e inmediatamente hizo que le chupase las tetas. Pero de pronto, Cris le quitó la correa a Esther y me obligó a que le quitara las bragas con los dientes. Lo fui haciendo y de nuevo, Esther le quitó la correa, con lo que empezaron una especie de lucha por hacerse conmigo.

Para evitar esto, Cristina (mi novia) propuso un juego. La ganadora tendría el derecho de usarme primero.
Me quitó el taparrabos y me sentó en la cama, con ellas cada una a un lado.
Tendrían que hacerme una paja por turnos de 15 segundos. La que consiguiese la corrida, ganaría.

Esther utilizó una técnica firme y lenta, pero fueron las rápidas sacudidas de Cris las que liberaran el chorro.

Unos minutos después ya estaba listo otra vez. Cris me ató boca arriba, se sentó en mi cara y comencé a chupetearle el coño.

- Así no, dijo.
Me puse entonces a meter la lengua en su coño, pero eso tampoco parecía satisfacerla, y hasta que no empecé a darle largos lengüetazos desde el clítoris hasta el agujero del culo no me regaló sus jugos vaginales.
Se ensartó entonces mi verga y se corrió dos veces (o eso me pareció a mí) antes de que yo me vaciase en su interior, lo que dejó mi polla inservible por un rato.

Le tocó el turno a Esther, que me desató, me dio la vuelta violentamente y me ató las muñecas de nuevo.
Cristina abrió la mochila que todos conocéis y sacó de ella un tubo de vaselina y un arnés con dos pollas, una interior, pequeña y otra exterior, de unos 22 ó 23 centímetros.

Mi polla aún estaba fláccida cuando Esther me hizo ponerme en la postura del perrito, pero se empalmó rápidamente cuando comenzó a embadurnarme de crema el culo. Por supuesto, para asegurarse de que el cacharro entrara sin problemas, metió antes dos o tres dedos (no puedo determinarlo) para lubricar también el interior.
Intenté revolverme, pero Esther me agarró con fuerza por las caderas y en un rápido movimiento, me metió el vibrador entero.
En cada envestida la polla interior se le clavaba y la base del aparato le rozaba el clítoris, así que se puso a follarme como una desesperada, más rápido, más rápido, cada vez más rápido hasta que, por fin, le vino el orgasmo.
Al correrse, clavó el consolador de tal modo que incluso la base debió entrar en mi culo, lo que, sin que nadie me hubiese ni tan siquiera rozado la polla, hizo que soltase una ración doble de semen sobre el edredón que Cristina me hizo luego limpiar con la lengua por descuidado.

Cristina. Capítulo 4. Experiencia Homosexual.

Nada volvió a ser igual en la panda. Esther y Cris me usaban indistintamente cuando y para lo que se les antojaba, ya que contaban para ello con el permiso de mi novia.

Un par de semanas después de lo que pasó con mis amigas, y después de sesiones sado más o menos como las que ya os he contado, un día Cristina me hizo ir a su casa. Mis padres ya habían vuelto, pero los de Cristina estaban de cena, así que tenía la casa vacía. Me hizo pasar al salón, donde me esperaba una butaca cómoda pero rígida.
Me desnudó, me senté y me ató las piernas y las manos a la silla, dejándome una vez más inmovilizado. Me amordazó con la bola, asegurándose de que quedara bien prieta.

Ella abrió una puerta y entraron en la habitación dos tíos altos y musculosos. Uno rubio y otro moreno.

- Del gimnasio, me dijo

Antes de que me diese tiempo a pensar lo que estaba pasando, los dos se pusieron a sobarla y a besarla por todas partes. La muy puta se lo estaba montando con los dos delante de mí.

El rubio empezó a desnudarla mientras el otro le metía mano por todas partes. Ella me miraba con satisfacción. Estaba gozando como nunca.
Cuando estuvo desnuda, ella hizo lo propio con los chicos, para al final, agacharse y empezar a chupar sus rabos alternativamente.
El rubio tenía una polla impresionante, y que lo parecía más aún porque la tenía afeitada, dejando solo unos pelillos encima de ella. El moreno no estaba tan bien dotado, pero eso a ella no parecía importarle. Mirándome a los ojos se metió aquellas dos pollas en la boca. Un momento después, el rubio se tumbó en el suelo con los pies hacia mí y Cristina se tumbó encima de él. Pude ver con todo detalle como se la metía mientras escuchaba sus gemidos. El moreno se colocó encima de ambos y comenzó a metérsela por el culo a mi novia, que se retorcía de placer. Ya con las dos pollas metidas, empezaron un frenético cabalgar que duró unos 5 minutos.

Y una vez más, lo peor de todo no fue el acto en sí, sino mi reacción: lejos de sentir celos, estaba excitado.
Dos tipos se estaban follando a mi novia y yo con un empalme increíble.

Después de esto, Cristina se levantó y vino hacia mí con una mirada lasciva.
- Los chicos ya están calientes, comentó

Me desató y me ordenó arrodillarme.
- Espera aquí.
Se fue y al instante volvió con un trípode y una cámara de vídeo. Lo preparó todo y pude ver como se encendía la luz roja que indica que está grabando.

Se acercó a mí y retiró la mordaza. Hizo una señal a los tipos para que se acercaran. El moreno se plantó delante de mí, con la polla a escasos centímetro de mi cara.

- Chúpasela, ordenó Cristina.
Intenté protestar, pero de repente sentí unas fuertes manos que me sujetaban y me acercaban la cabeza. Era el rubio, que se había colocado detrás.
Mi cara llegó a la polla y me la restregó por ella. Luego Cristina, con un latigazo me obligó a abrir la boca.

Primero chupé sus huevos, luego pasé mi lengua por toda la polla y finalmente me la metí. Empecé a mamársela lo mejor que sabía y, no voy a mentiros, me empezó a gustar.
Vista mi "colaboración", me hicieron ponerme a cuatro patas sobre el sofá y mientras se la chupaba al rubio (habían cambiado) el otro empezó a embadurnarme el culo con vaselina.

A todo esto, Cristina había quitado la cámara del trípode y se afanaba en grabarlo con todo lujo de detalles.
Pronto me metió la polla y empecé a culear. Estaba gozando mucho. Así se fueron turnando el uno y el otro durante un rato mientras Cristina grababa.

De pronto, pararon y me tumbaron boca arriba. Se iban a correr, y no querían desperdiciar su semen. El moreno (con la ayuda de Cristina que había vuelto a dejar la cámara en el trípode) fue el primero en regar mi cara con su esperma.
Un minuto más tarde, y a la vista del espectáculo, lo hizo el rubio.
Para rematar la faena, Cristina empezó a lamer todo el esperma que había sobre mí y me lo fue metiendo en la boca con cálidos besos. Tragué hasta la última gota de aquel manjar y mientras lo saboreaba, Cristina hizo que me corriera con una espectacular mamada (que en menos de 30 segundos acabó) y también me hizo beber mi semen, que lo tenía en la boca.

 

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