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La almacenera

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Una almacenera es obligada a practicar sexo oral con dos maleantes como una forma de torturar a su marido para que entergue más dinero

Como todos los días a la hora del almuerzo, mi marido y yo nos disponíamos a cerrar el almacén. La pequeña ciudad donde vivimos realmente deja de funcionar a la hora del almuerzo, y ya no viene nadie hasta después de la siesta. Hacía diez minutos que la última clienta había pasado a hacer las compras por nuestro negocio, por lo que yo fuí hasta la cocina (nuestro almacén es el antiguo living de nuestro hogar) mientras mi esposo se encargaba de cerrar las puertas.

En eso estaba él cuando de pronto un hombre con la cabeza cubierta por un pasamontañas y un revolver en su mano entró por la fuerza, empujando a mi marido y haciéndolo caer al suelo. Inmediatamente dos tipos más, con sus rostros ocultos de la misma forma, aunque desarmados, entraron al negocio. Mientras uno cerraba la puerta del local y corria las cortinas para evitar que desde afuera pudiera verse algo, el otro vino derecho hasta donde estaba yo, que con el teléfono en la mano trataba de discar el número de la policía. El mismo colgó el aparato y me dijo tomándome del brazo

—No me obligue a pegarle un tiro, señora, y acompáñeme.

Me obligó a ir hasta donde estaban los otros, que ya habían hecho sentar a mi marido en una silla, y mientras el del arma le apuntaba en la cabeza, el otro ya había ido hasta la caja registradora y había tomado todo el dinero del día.

—Ya tienen lo que buscaban, ahora vayanse— les dije

—No señora— me respondió uno de ellos, el que entró primero —vinimos a buscar algo más... dígame... ¿Dónde guardan el resto de la plata?

Mi marido y yo nos miramos. Alguien debió haberles dicho que nosotros teníamos guardada una fuerte suma de dinero en efectivo en nuestra casa. eso era cierto hasta hace poco, pero nuestros hijos, que ya están grandes y no viven con nosotros, nos convencieron de abrir una caja de seguridad en el banco para evitar correr riesgos. Y ahora... nosotros, un matrimonio mayor (mi esposo tiene 65 y yo 52 años) estabamos siendo interrogados por tres maleantes quetenian la seguridad de que los estábamos engañando.
Después de un largo rato de discusión, el tipo buscó unas sogas en el almacén y ató a mi marido a la silla. Apoyó el revolver contra su sien y le dijo

—Bueno, ahora vamos a ver que vale más para ustedes. Vos —me dijo—, si llegás a gritar o a resistirte, vas a ser la culpable de que yo mate a este viejo. Y vos —dirigiéndose a mi marido— si querés que paremos, decime donde está la plata.

—Les juro que no tenemos nada más... no le hagan nada, ya nos robaron todo...

—Desvístanla.

Los dos tipos se pusieron a mis costados, obedeciendo las órdenes del que debía ser su jefe y que estaba apuntando a mi esposo con su revolver.

Me desabrocharon el vestido marrón que tenía puesto, sin que yo me atreviera a gritar ni a resistirme, por miedo a que ocurriera una desgracia. En seguida me dejaron en corpiño y bombacha, que eran de un color beige un poco transparente, por lo que se traslucían mis grandes pezones y los pelos de la entrepierna. Afortunadamente, siguiendo una seña de su jefe, no me desnudaron. Los dos se bajaron los pantalones y dejaron a la vista sus penes. Me hicieron arrodillar y me ordenaron que se los chupara.

Yo hace años, muchos años, que no veo un pito que no sea el de mi marido. No voy a negar que extrañaba ver otros pedazos de carne que no fueran el de él. Y aunque hubiera preferido que esto hubiera sido en otra situación, no dejaba de agradarme el tener al alcance de mi mano dos buenas pijas paradas. Las dos eran de tamaño normal, y de ninguna manera se podían comparar con el tremendo trozo que el hombre con el que me casé guarda bajo sus pantalones, pero igual yo estaba secretamente encanda de la situación, cuidandome, de todas formas, de no manifestarlo en esa situación. Agarr´una con cada mano y se las chupé por turnos, conforme ellos mismos me tiraban de los pelos para reclamar un poco de atención en sus penes.
Mientras tanto, el otro tipo, con el arma en la mano, no dejaba de presionar a mi esposo

—¿Dónde está la guita, pelotudo? ¿Te gusta verla a tu mujer chupando pijas? ¿Qué querés? ¿Que los mate a los dos? Dame la guita, sorete...

Así estuvimos largo rato, el tipo amenazandolo, él mirando la escena que hacía yo con los dos chorros, y yo sin parar de chuparselas a ellos. Acabaron en mi cara (nunca nadie antes me había hecho semejante cochinada) y no me dejaron limpiarme. Tenía las mejillas, la frente, la naríz, los ojos y la boca cubiertas por el semen de esos dos degenerados, y no me dejanan secarme. Pasaban los minutos mientras el tipo segúi interrogando a mi marido, y el semen resbalaba, lentamente, goteando, sobre mis tetas, mojando el corpiño.
El tipo, finalmente, se resignó a que ya no encontraría el dinero que ansiaba, por lo que al fin nos dejó en paz y los tres se marcharon con lo que ya nos habían robado, dejando que yo, bañada en semen, desatara al pobre de mi esposo.

 

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