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Las hijas del sol naciente

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

La siguiente historia se desarrolla en un hipotético futuro, en el que la sociedad es completamente diferente a la actual. Ahora son las mujeres las que controlan el mundo, y el hombre ha quedado relegado a un papel secundario; todo comenzó en torno al año 2***, cuando la mayoría de los dirigentes mundiales comenzaron a ser sustituidos progresivamente por mujeres. Pronto la gestión llevada a cabo por éstas se mostró mucho mejor. El hambre y la pobreza desaparecieron de la tierra, y con ellos las guerras. También las enfermedades pudieron ser combatidas con mucha más eficacia, de tal forma que en la actualidad la esperanza de vida en todo el planeta ha aumentado enormemente.
Pero al pasar el tiempo, la mayor influencia de las mujeres se convirtió en una total supremacía, de modo que en la actualidad la diferencia entre ambos sexos es mucho más importante de lo que lo fue en ningún momento de la historia. Los matrimonios entre hombres y mujeres prácticamente han desparecido, y sólo el matrimonio entre dos mujeres se considera socialmente aceptable, mientras que la reproducción por medios naturales ha sido sustituida por sofisticadas técnicas artificiales. Los niños son tratados por igual hasta la pubertad, recibiendo una educación básica, pero después son considerados como inferiores. El hombre se ha convertido en un juguete para la diversión de las mujeres, en un sirviente. La venta de esclavos es una práctica extendida en todo el mundo, pero la ley no permite que una mujer posea más de un esclavo, ya que la población de mujeres es mucho más numerosa.
* * *
Mi tercera ama fue una chica dieciséis años; estuve con ella dos años, pero cuando cumplió los dieciocho decidió casarse con su novia, y ella como condición la obligó a venderme. El mercado más cercano es el de M***, así que hasta allí me llevó, con la única compañía de mi documentación, una túnica blanca para cubrirme, y mi correa.
El mercado de M***, como cualquiera que haya estado en él sabe, es una gigantesca nave que en otro tiempo fue un importante centro comercial. Cuando éste, como tantos otros, cerró (consecuencia inevitable de la desaparición de la clase media), se consideró que la infraestructura era demasiado buena como para derribar el edificio sin más, así que decidieron convertirlo en un mercado de esclavos, ya que en aquella época había una gran demanda de ellos. Era la primera vez que entraba en él, y la segunda que iba a un mercado.
Entré al servicio de mi primera ama nada más salir de la escuela, y ella me regaló a la segunda como agradecimiento por un servicio prestado, del que yo nunca supe más. Después mi segunda dueña tuvo que irse a vivir a otro continente, y decidió que era mejor venderme que llevarme consigo, y esa fue la primera vez que vi un mercado, y cuando conocí a mi tercera ama. Era una muchacha recién salida de un caro internado, y sus madres la llevaron al mercado para comprar el esclavo que más le gustara. Me eligió a mí, y pasé los dos siguientes años con ella. Era una preciosa chica, con una larga melena lisa y rubia, ojos azules, alta, y de piernas larguísimas. Sólo en una ocasión se me permitió verla desnuda; su piel era clara, sin un sólo defecto, y tenía el cuerpo completamente rasurado. Sus pechos eran de tamaño mediano, redondos, y sus pezones abultados apenas se diferenciaban por su color del resto de su piel. Aquella imagen fugaz fue suficiente como pago a mis servicios por aquellos dos años, y me acompañó durante numerosas noches solitarias en mi celda. Lamenté enormemente separarme de ella. En total seis años de servicio junto a mis diferentes amas.
El caso es que allí estaba yo, en un puesto libre del mercado, y al mirar a un lado o a otro sólo podía ver grupos de mujeres rodeando a los esclavos de los puestos de al lado. También a mi puesto se acercaron varias mujeres interesándose por mí. No obstante, el precio las desanimaba. Yo soy un esclavo muy joven y con mucha experiencia, y creo que soy bastante atractivo, así que mi dueña esperaba obtener mucho por mí. Una de aquellas mujeres incluso llegó a pedir que me desnudara. Por orden de mi ama me deshice de la túnica y mostré mi cuerpo. La mujer de nuevo se marchó al conocer mi precio.

- Yo no me quiero deshacer de tí. - me dijo mi ama - Has sido un buen esclavo, obediente, complaciente, y estoy muy contenta con tu servicio. Pero María no deja que me quede contigo. Es muy celosa, y piensa que me gustas demasiado. Sólo quiere que me acueste con ella.

- No importa ama. Soy tu esclavo, y puedes hacer conmigo lo que más te plazca. He disfrutado mucho sirviéndote.
Así pasó el día. Habíamos llegado al mercado a las 8:30, pero la que sería mi nueva dueña no apareció hasta que fue de noche. En medio del tumulto de la gente, vimos aparecer una comitiva de mujeres trajeadas, que parecían las guardaespaldas de la que iba en el centro de ellas. Esta última iba vestida con un kimono que ocultaba su cuerpo hasta el cuello. Sus manos quedaban escondidas bajo las mangas del kimono, y sus pies estaban calzados con unas sandalias típicas japonesas, que dejaban ver las medias blancas sobre sus pies; así, lo único que se veía de ellas era la cara. Parecía muy joven, como de unos quince o dieciséis años, aunque en su mirada había un aire de dignidad que hacía pensar que fuese de sangre azul. Por lo demás era muy hermosa; su cara era ovalada, y sus ojos, a pesar de los rasgos orientales, eran grandes, de color marrón muy oscuro, casi negro. Su boca era estrecha, pero tenía unos labios gruesos y carnosos, pintados de un color rosa claro, blanquecino. Tenía una nariz muy diferente a lo que suele ser lo normal en las asiáticas, gruesa, achatada, pero de una belleza extraordinaria. Sus cejas estrechas, arqueadas, aumentaban el aire de gravedad de su rostro. El conjunto quedaba completado por una larga melena lisa y castaña, que caía sobre sus hombros lánguidamente. Los únicos adornos que llevaba eran unos largos pendientes de cristales de colores, y un finísimo collar de oro.
A pesar del numeroso séquito que la seguía, fue ella misma quien se dirigió a mi ama, hablando con un acento tan perfecto que hubiera sido imposible adivinar que era extranjera:

- Este esclavo es joven, y hermoso. ¿Por qué te deshaces de él? ¿Acaso es desobediente?

- Al contrario, es muy sumiso, y jamás he tenido que castigarle. Pero estoy a punto de casarme, y mi prometida no quiere que tenga un esclavo. Tiene celos.

- ¿Cuánto tiempo lleva contigo?

- Dos años; fue mi regalo de cumpleaños cuando cumplí 16.

- ¿Sólo dos años? ¿Y antes de ti?

- Tiene experiencia. Es esclavo desde los 16.

- Déjame ver su cuerpo.

- Ya la has oído. Desnúdate.
Obedecí al instante, volviendo a despojarme de mi túnica. La princesa japonesa me observó detenidamente, dando varias vueltas a mi alrededor.

- Está completamente depilado...

- Sí. El mismo se depila todas las semanas. Todo el cuerpo. El pecho, las piernas, las axilas, el ano...

- Conmigo lo harás dos veces por semana. Bien. Veremos si eres tan obediente como dice tu ama. Me lo quedo. ¡Makoto!, encárgate de todo el papeleo.
Enseguida una de aquellas mujeres vestidas con traje y corbata se acercó; también era japonesa. Mientras ellas y mi antigua dueña se fueron a parte para arreglar los detalles de la compra, la princesa siguió hablándome.

- Soy hija de una importante mujer de negocios japonesa. Miembro de la nobleza. Yo misma tengo el título de princesa desde que el año pasado cumplí catorce años. Los negocios de mi madre nos van a obligar a pasar cuatro años en este país. Desde ahora eres mi esclavo. Debes obedecer mis órdenes, y contestar siempre "ama". ¿Lo has entendido?

- Si, ama.

- Bien, en mi país la disciplina es fundamental. Tu anterior dueña me ha dicho que jamás te ha castigado; pero yo soy más dura. Mis normas son más estrictas y mis castigos más severos. Pero también puedo ser muy generosa con mis recompensas.
Una vez finalizados los trámites, mi antigua ama le entregó mi correa a la princesa, lo cuál simbolizaba que era ya de su propiedad. Salí del mercado junto a aquella comitiva, custodiado por dos de aquellas mujeres. Montamos en una enorme limusina negra, y me condujeron hasta una apartada mansión en la misma M***. Era un edificio imponente, en cuya fachada principal llegué a contar hasta 100 ventanas, muchas de las cuales daban a elegantes balcones enrejados. Bajamos del coche, y fui conducido a través de un enorme jardín lleno de flores exóticas hasta la entrada a las casa, una gigantesca puerta de madera a la que se accedía subiendo tres escalones de mármol blanco con forma de media luna. Allí los árboles no estorbaban la vista, y de noche como era pude ver el precioso jardín, con sus numerosas fuentes en cuyos centros se observaban esculturas de mármol de todo tipo. Además de las numerosas flores de todos los lugares del mundo, el verde césped quedaba salpicado aquí y allá por arbustos, árboles, y exquisitas esculturas.
Entramos, y la puerta se cerró tras de mí. Enseguida la guardia se retiró, y quedé en el recibidor acompañado sólo de la princesa y de Makoto.

- En esta casa estarás siempre desnudo. Sólo llevarás ropa cuando se te permita excepcionalmente. Makoto te llevará hasta tu celda. Ella es mi ayudante personal, y mi mujer de confianza. Debes obedecerla en todo como si de mí misma se tratase.
Diciendo esto, se retiró. Makoto desató mi cinturón, y me quitó la túnica. Después tomó mi correa, que la princesa le había confiado, me dijo que me arrodillase, y la ató en torno a mi cuello. Así me condujo hasta mi cuarto, caminando a gatas en pos de ella. Atravesamos el recibidor y bajamos por unas escaleras de mármol hacia el sótano. El suelo estaba helado, y deseé que mi cuarto tuviera moqueta. Llegamos a un largo corredor, y tuvimos que caminar por él hasta el final, donde llegamos hasta una pesada puerta de madera, que Makoto abrió. Me quitó la correa y me hizo pasar, cerrando la puerta con llave cuando hube entrado. Por suerte el suelo era de madera, y estaba a la temperatura adecuada. Eché un vistazo en torno al cuarto. Tendría unos seis metros de ancho por siete de largo. En él el único mueble era una cama muy ancha, cubierta sólo por una sábana y una colcha. Además, la única ventana era una estrecha claraboya demasiado alta como para mirar al exterior, protegida además por una reja. Opté entonces por tumbarme en la cama, y tapándome con la colcha, me dormí.
* * *
A la mañana siguiente me despertó el ruido de la llave en el cerrojo de la puerta. Apareció Makoto, vestida con un traje similar al del día anterior, y con mi correa en la mano. Vamos. Ya es la 1. Hora de comer para tí. Había dormido mucho; supongo que estaba cansado del día anterior, cuando me estuve despidiendo de mi antigua ama, luego el viaje hasta M***, el haberme ido a la cama tan tarde...
A gatas y con mi correa al cuello, seguí a Makoto deshaciendo el camino del día anterior. De nuevo pude sentir el frío del mármol en mis manos y mis rodillas. Una vez en el recibidor, fui conducido a una sala contigua, donde me esperaba la princesa. Ya no llevaba el aparatoso kimono que lucía cuando me compró, sino que en su lugar cubría su cuerpo una delgada bata blanca de seda, que dejaba ver sus rodillas e incluso parte de sus muslos. También mostraba un generoso escote que insinuaba sus pechos pequeños, erguidos, tersos. Su postura desgarbada sobre el sillón, con las piernas cruzadas sobre el apoyabrazos de éste le daban un cierto aire infantil, acentuado por las piernas un tanto regordetas y las rodillas como las de una chiquilla de aquella niña-mujer. También pude ver por primera vez sus manos; sus dedos eran delgados y alargados, y sus uñas, cortas, estaban pintadas de color dorado. No llevaba anillos, pero sí lucía unas hermosas pulseritas plateadas en su muñeca derecha.

- Es hora de comer.

- Sí, ama.
Inmediatamente apareció una criada pequeñita, que sin levantar la cabeza dejó un bol en el suelo, a los pies de la princesa, y se marchó tan rápido como había venido. Ella me dijo que me acercara con un leve movimiento de su brazo. Miré el interior del bol. Eran espaguetis con tomate.

- Come. - Me dijo. E introdujo sus dos pies en el bol. Metí la cabeza entera, y empecé a comer con ansia, llenándome la boca de pasta. - ¿Vas a dejar la comida que hay junto a mis dedos? - me dijo. - No, ama.- Entonces saqué la lengua, y lamí sus pies de arriba a abajo, luego en círculos. Cogía mi comida con la lengua y la ponía sobre sus pies, luego la sacaba de ellos de largos lengüetazos, para masticarla y tragármela; así vacié todo el plato. Después mi princesa levantó los pies, y pude lamer sus delicadas plantas, pasando mi lengua una y otra vez hasta no dejar ni rastro de comida. Después repetí la operación con sus empeines, y luego con la parte superior, pero dejé el postre para el final. Cuando la mayor parte de sus pies estaba empapada con mi saliva, me introduje sus dedos en la boca, uno por uno, rozándolos con mi lengua, que pasaba después entre sus dedos para meterme en la boca otro de ellos.
El placer que aquello me producía es indescriptible. Podía notar los pequeños dedos de la princesa retorcerse rítmicamente en el interior de mi boca, y su piel suave y caliente dejaba un exquisito sabor salado en mi paladar. Sin osar levantar la cabeza miraba sus delicados tobillos, los veía girar sobre sí mismos, doblarse para estirarse. Mientras tanto mi lengua recorría todos los rincones de aquellos maravillosos pies, buscaba en sus ocultos escondrijos la fuente de todos los placeres, los masajeaba, los saboreaba, casi los devoraba. Podía oir la respiración entrecortada de la princesa, los suspiros que trataban de escaparse desde su garganta, pero que quedaban aprisionados entre sus labios siempre cerrados, con su expresión severa inmutable. Se estaba excitando.
Con un suave gesto la princesa empujó su pie hacia el interior de mi boca, introduciéndolo lentamente en ella hasta casi la mitad. Mi boca se había llenado de pronto con aquel aroma fresco y salado, y ahora mi lengua recorría en círculos la planta de su pie, extraordinariamente suave, llenando con mi saliva aquella piel de seda. Lentamente, con calma, la princesa empezó a sacar su pie para volver a introducirlo inmediatamente, con la misma exquisita suavidad. Así siguió por un tiempo, bombeando su pie dentro de mi boca. Sus movimientos expertos, tan gráciles y refinados eran desde luego impropios de una muchacha de su edad, y dejaban adivinar un enorme refinamiento en su educación.
Cuando se hubo cansado de aquel juego, retiró su pie. Yo bajé la cabeza para mostrarle mi respeto, y quedé a gatas y con la cara apoyada en el suelo. Ella puso su pie derecho sobre mi cabeza y dijo:

- Debes de tener sed. - Y en aquel momento apareció la misma sirvienta que había traído mi comida, y dejo un bol de agua a los pies de mi señora, llevándose consigo el otro, ya vacío. De nuevo se repitió la escena, y bebí de entre sus dedos hasta saciarme, mientras notaba cómo su respiración iba a más. Cuando hube terminado, la princesa se puso en pie, y por primera vez miré hacia arriba. La bata había caído ya sobre sus rodillas, que quedaron ocultas. También cayó más su escote, que ahora dejaba ver la práctica totalidad de su pecho izquierdo, del que sólo un abultado pezón quedaba resguardado de la vista. Su melena castaña le caía sobre la cara, tapando la mitad de su cara, lo que le daba un aire salvaje. Me miró sólo un momento, y dijo: - Makoto, encárgate de él -. Se dio la vuelta y atravesó la inmensa habitación hasta una puerta en un lateral, mientras yo observaba el hipnótico vaivén de sus caderas perfectamente formadas y la redondez de sus glúteos, que la delgadísima bata marcaba por completo. Y quedé a solas con Makoto.

- La princesa ya te explicó ayer que en nuestro país de origen las normas son mucho más estrictas. Tú eres un recién llegado, y debes ganarte nuestra confianza. He recibido órdenes de mi señora de convertirte en un siervo disciplinado. Por eso, hasta que no demuestres ser un esclavo fiel, obediente, y leal, recibirás todos los días diez latigazos que yo misma te daré. ¿Lo has comprendido?

- Si, ama. Gracias por enseñarme.
Me hizo una seña para que me levantase, y me condujo a través del recibidor, por las escaleras, y luego por el corredor que llevaba a mi cuarto, esta vez de pie, hasta otra de las habitaciones de ese mismo pasillo. Una vez abierta la puerta de madera, me hizo pasar y dio la luz. El cuarto era del mismo tamaño que el mío, pero no había ninguna ventana, y las paredes eran de ladrillo. No había ningún mueble, y sólo se distinguían en aquellas paredes un par de argollas en la pared frente a la puerta y un látigo de cuero colgado junto a ellas. Me hizo levantar los brazos, y sujetó mis muñecas a aquellas argollas. Después tomó el látigo y se alejó unos pasos. Oí cómo se quitaba la chaqueta de su traje.
Inmediatamente comencé a sentir los golpes; caían en mi espalda, en mis piernas, en mis glúteos. Pensé que Makoto debía de tener experiencia en ese trabajo. Cada latigazo me producía un estremecimiento, quemaba mi piel; tras el picor inicial que producía cada golpe, entre latigazo y latigazo, sentía un creciente escozor que pronto se hacía insoportable, hasta hacerme gritar. Justo entonces llegaba un nuevo golpe, esta vez en los glúteos, que me causaba un vivo dolor. Makoto estaba empleando toda su fuerza, y era implacable en su trabajo. Por fin acabó mi castigo, y Makoto se acercó, no sin antes volver a ponerse su chaqueta. Noté cómo su lengua acariciaba una de las marcas en mi espalda mientras me desataba. Agotado, me condujo hasta un nuevo cuarto de la mansión, donde una sirvienta curó mis heridas y pude lavarme. Después me volvieron a llevar a mi cuarto, donde descansé hasta la noche...
* * *
Poco después del anochecer la puerta de mi celda se abrió, y dejó paso a Makoto, que inmediatamente la cerró tras de sí. Para mi sorpresa, esta vez no traía su atuendo habitual, sino que venía vestida con una bata de seda igual a la que le vi a la princesa, aunque algo más reducida. Hasta ese momento no había reparado en su belleza.
Makoto era algo mayor que mi ama; tendría unos veintidós o veintitrés años. También era algo más alta que ella, y sus generosos pechos apenas eran contenidos por la minúscula bata atada en su cintura, de forma que la parte delantera de ésta estaba tirante, y oprimía el pecho de Makoto transparentándose por completo. Su cara tenía unos rasgos asiáticos más tradicionales, la cara más alargada, y los ojos más rasgados, bajo unas cejas finas y arqueadas. Su nariz era fina y afilada, y sobresalía sólo un poco de su cara aplanada. Al igual que la princesa, tenía una larga melena castaña, y unos profundos ojos negros. Su boca era alargada, sensual, y sus rojos labios, siempre entreabiertos, dejaban entrever una dentadura perfecta. Makoto no llevaba ningún tipo de adorno: ni pulseras, ni pendientes, ni collares. Sin embargo, llevaba consigo un neceser de cuero negro.
Adelantándose por la habitación, se subió a mi cama, y se sentó a horcajadas sobre mi pecho. Y tirando del cinturón de su bata, abrió ésta, dejando su cuerpo al aire. Apenas lograba apartar la vista de sus enormes pechos. Su piel era clara, más que la de la princesa, y sus pezones sonrosados y erectos eran dos pequeños círculos que adornaban las cumbres de aquellos dos objetos de deseo, sin destacarse apenas de ellos, salvo por una mínima rojez. El resto de su cuerpo era atlético, su vientre liso, y dos larguísimas piernas se extendían desde sus caderas estilizadas hasta unos preciosos pies, blancos como la nieve, cuyos delicados y perfectos dedos culminaban en unas uñas exquisitamente cuidadas, sin pintar. Al igual que las de la princesa, sus manos también eran hermosas, de dedos largos y delgados, pero sus uñas eran más largas, con una manicura perfecta, y también sin pintar. El calor de nuestros cuerpos estaba ya haciéndonos sudar, y Makoto comenzó a frotar su culo contra mi pecho. Mi piel depilada sentía la caricia de su vello púbico, única parte del cuerpo que no llevaba rasurada; al contrario, tenía una espesa mata de largos pelos negros que me hacían cosquillas. Ya empapados en sudor, me dijo:

- Soy la ayudante personal de la princesa Juriko, y debes obedecerme en todo como si de ella misma se tratase.

- Si, ama.
Y de un salto se arrodilló frente a mi cara, poniendo a mi alcance su sexo, que desprendía un aroma profundo, un aroma que embriagaba mis sentidos. Sin poder resistirme más, saqué la lengua y empecé a acariciar con ella sus labios, a la vez que sujetaba sus glúteos entre mis manos. Empecé recorriendo aquella fruta exquisita de abajo hacia arriba, y luego en círculos cada vez más estrechos que me iban acercando a su clítoris. La oía jadear y notaba cómo se estremecía. Entonces, cuando sus flujos comenzaban ya a llenar mi boca, deslicé mis manos desde sus glúteos, por debajo de sus piernas, hacia sus labios, que abría con mis dedos. Entonces, aplastando mi cara contra ella, introduje mi lengua en su vagina tanto como pude, a la vez que abría y cerraba mis labios masajeando su vulva. Makoto entró en una especie de éxtasis. Miré su cara, y ví cómo se recogía frenéticamente el pelo mientras miraba al techo con la boca abierta, muy abierta; parecía que quería tragarse toda la habitación. Al mismo tiempo se empujaba violentamente contra mi cara, aplastando rítmicamente su sexo contra ella, ya completamente fuera de sí. A los pocos segundos su cuerpo se tensó completamente, y el movimiento cesó: ahora simplemente se apretaba cuanto podía contra mi cara, frotándose lateralmente. Un intenso grito pugnaba por salir de ella, pero su respiración entrecortada lo convirtió en un ronco gruñido seguido de un jadeo atormentado.
Tras unos instantes, el cuerpo de Makoto se relajó, y comenzó a temblar; sus manos dejaron la larga melena en libertad y su cabeza cayó del techo como una hoja en otoño. Entonces bajó la vista, y en sus ojos había una mirada salvaje, casi violenta. Se dejó desplomar sobre mí, y nuestros cuerpos se deslizaron el uno sobre el otro, lubricados por nuestro propio sudor. El contacto de su piel caliente era abrasador. Empezó a morder mi cuello, clavando sus dientes como si quisiera beberse mi sangre. Así permanecimos unos instantes, ella sentada sobre mi vientre, inclinada hacia adelante, y yo acariciando su espalda. Entonces Makoto decidió cambiar de posición, y lentamente, sin separar su cuerpo del mío, cerró sus piernas, aprisionando entre sus muslos mi miembro al rojo vivo. Podía sentir la opresión de sus grandes pechos sobre mi cuerpo, como dos cojines que casi me quemaban. Su vello púbico me producía un extraño picor al aplastarse contra mí. Notaba su cálido aliento sobre mi cara, como un jadeo nervioso, mientras se reponía poco a poco. Entonces se incorporó, quedándose de rodillas en la cama con mi cuerpo entre sus piernas. Se inclinó hacia un lado en esa misma posición, y alargando el brazo izquierdo alcanzó el neceser de cuero negro que había dejado a un lado.
Mientras abría lentamente la cremallera, volví a ver en sus ojos negros la misma mirada que ya le había visto antes. Me ordenó que me diera la vuelta, y obedecí al instante, quedando tumbado boca-abajo sobre la cama. Volví mi cara para mirarla. Con los ojos cerrados, se había vuelto a sentar a horcajadas sobre mis piernas, y había comenzado una especie de baile sensual, describiendo lentos círculos con su cintura a la vez que se introducía el dedo índice en la boca. Así estuvo un breve instante; luego abrió los ojos, e inclinándose sólo un poco, introdujo su dedo en mi culo, y empezó a masturbarme. Yo estaba enormemente excitado, así que mis músculos estaban muy relajados, y aquella caricia no me producía ningún dolor. Makoto parecía complacida.

- Estás muy relajado; bien. Eso me ahorra trabajo. - Y mientras decía esto me introdujo un segundo dedo. Dejó de meterlos y sacarlos de mi interior, y en lugar de ello los mantuvo dentro doblándolos ligeramente, moviéndolos en círculos, todo ello con el propósito de ensanchar mi agujero. De repente los sacó, y tomando el neceser, sacó un frasquito que contenía un líquido transparente y aceitoso, y una pequeña jeringuilla. - Estate quieto.- me dijo mientras llenaba la jeringuilla. Me la metió entera; no era mucho mayor que uno de sus dedos, así que aquello tampoco me dolió. Lentamente empujó el émbolo hacia delante, y mi recto comenzó a llenarse con aquel lubricante; se deslizó hasta el fondo, llenando mi culo de aquella sustancia, que además producía en mi interior un vivo escozor. Cuando Makoto sacó aquella jeringuilla, el contacto de las paredes de mi recto, irritadas por el lubricante, me produjo una quemazón insoportable. Comencé a retorcerme de dolor. - No exageres - me dijo Makoto - unas cuantas veces más y te acostumbrarás.
Desde luego no era la primera vez que alguna de mis amas me usaba por detrás, pero jamás habían usado aquella técnica de lubricación. Incluso cuando me habían puesto una lavativa la sensación era mucho menos dolorosa, ya que el agua no me irritaba, y además salía enseguida de mi cuerpo. Makoto se levantó, liberándome, y me colocó en una nueva posición; arrodillado en la cama, inclinó mi cuerpo hacia adelante, quedando con las rodillas junto al pecho, y las palmas de las manos apoyadas por delante de la cabeza. En aquella posición podía separar mis glúteos, lo que aliviaba en parte el escozor. Liberado en parte de aquel tormento, volví a mirar a Makoto. Había aprovechado aquellos instantes para colocarse un consolador a la cintura, sujetado con un par de correas. Se acercó a mí avanzando a gatas sobre la cama, como una tigresa en celo, hasta colocar su cuerpo sobre el mío; podía sentir el ocasional roce de sus pezones en la espalda. Entonces, dirigiendo una mano hacia su pubis, tomó el extremo de aquel cilindro alargado con la mano, y lo dirigió junto a mi agujero. La desagradable experiencia con el lubricante había hecho que perdiera parte de mi relajación, así que mi torturadora tuvo algunas dificultades para introducirme la punta de aquel aparato; pero una vez dentro la punta, un leve empujón bastó para que entrase hasta el fondo.
El lubricante desde luego había logrado su efecto. Makoto bombeaba dentro y fuera de mi cuerpo sin ninguna dificultad. Por otra parte, el tacto fresco y muy suave de aquel instrumento me aliviaba enormemente, aunque al salir dejaba otra vez cerrarse mi culo, volviendo el escozor. Esto hacía que yo desease impaciente la penetración, acompañando con mi culo las embestidas de sus caderas. Cada nuevo empujón llegaba más dentro de sí, hasta que a los pocos minutos el artilugio entraba hasta su base, y yo podía sentir en mis glúteos el vello púbico de Makoto, que con su voz aguda me decía:

- Te has portado muy bien, mereces un premio. Así que te haré el amor hasta que te corras. - Y siguió empujándome por detrás. Tras unos larguísimos minutos, empezó a subir su ritmo, y las suaves embestidas se convirtieron en un martilleo rápido y continuo; Makoto se incorporó, y quedando de rodillas se agarró a mis caderas, clavando en ellas sus uñas, estrujando mi piel entre sus manos. Me penetraba con violencia, empujándome con todas sus fuerzas. Tanto, que el consolador se hundía cada vez más, y cuando entraba notaba una punzada en el fondo de mis entrañas, un placer morboso, una especie de dolor intermitente que no deseaba que acabase, al contrario, quería que aquella cosa quedase dentro de mí, para experimentar con aquel dolor, para saber hasta qué punto podía soportarlo.
Mientras tanto mi pene no había bajado ni un centímetro, y mi glande parecía querer escaparse lejos, lejos de mi verga, al tiempo que chorreaba. A pesar del tiempo que llevábamos follando, todavía no me había corrido; Makoto no desesperaba, y cada vez me penetraba más y más fuerte, más y más rápido. Llegué a notar la base del consolador, que se ensanchaba para apoyarse en el pubis, dentro de mí, a la vez que su otro extremo llegaba más lejos que nunca. El dolor punzante se convirtió en un éxtasis, casi continuo por la velocidad a la que lo movía Makoto, y por fin me corrí salvajemente, con numerosas y abundantes oleadas de semen que, incontroladas, salían hacia delante hasta formar un pequeño charco en la sábana.
Makoto, satisfecha de sí misma, me sacó de un golpe el consolador. El largo rato que nos llevó aquello hizo que sintiera después una sensación hormigueante, de adormecimiento. Se quitó las correas, se sentó, y empezó a acariciarme. - Lo has hecho muy bien. - Dijo distraída, con la mirada perdida; y mientras me acariciaba con la mano derecha, dirigió la izquierda hacia el pubis, y se masturbó. Yo la observaba, embelesado por la belleza de aquella diosa japonesa; Makoto alargó su larga pierna, blanca, estilizada, y estirando el pie lo frotó por la sábana, justo en el lugar donde yo me había corrido. Con sus dedos recogió todo el semen que pudo, encogiéndolos y estirándolos, acariciando la sábana en círculos. Después dobló la rodilla y quedó sentada, con las piernas abiertas y dobladas, y las plantas de los pies apoyadas muy cerca de ellas. Mientras usaba una mano para masturbarse, con la otra acariciaba sus pechos, pellizcaba sus pezones, o bien metía las yemas de los dedos en su boca, humedeciéndolas con los labios, para inmediatamente sacarlas y seguir acariciándose. - Chúpame el pie - dijo mientras extendía la pierna hacia mí, y su pie empapado en semen quedaba a mi alcance.
Su pie delicado, blanco, que introduje en mi boca. Makoto estiró el tobillo, y el semen comenzó a escurrir por mi garganta. Cuando acabó el goteo, me saqué el pie y comencé a lamerlo, saboreando mi propio semen. No era la primera vez, pero la mezcla de su sabor con la del sudor de aquella chica, con el de su piel, resultaba nuevo y excitante. Deslizaba mi lengua por su piel suave mientras la oía gemir. Después lamí la planta del pie, sin dejar un sólo centímetro por humedecer, y luego sus dedos, uno por uno, metiéndomelos en la boca, pasando la lengua entre sus pliegues. Pronto Makoto volvió a correrse, dejando salir un agudo y profundo gemido, y echándose hacia atrás, quedó rendida sobre la cama. Descansó sólo unos instantes. Luego se levantó, recogió sus cosas en el neceser y volvió a ponerse su bata.
* * *
Cuando Makoto se hubo ido, traté de calcular el tiempo que había pasado desde que llegó. Aunque no puedo saberlo a ciencia cierta, estoy seguro de que no fueron menos de tres horas. Tres horas en las que no descansamos ni un momento. Pensé que Makoto sin duda era una mujer increíble; entonces fue cuando empecé a darme cuenta de lo que quería decir la princesa Juriko (por fin sabía cuál era su nombre) cuando me explicó que en su país de origen eran disciplinados; unas habilidades como las de Makoto sin duda podían provenir sólo de una entrenamiento excepcional, y de un control sobre su cuerpo y su mente fuera de lo común.
En estos pensamientos estaba ocupado cuando me dormí profundamente, presa del cansancio. Cuando desperté al día siguiente, de nuevo era ya muy tarde. Fue la entrada de Makoto en mi celda la que hizo que acabase mi sueño. Para mi decepción, me traía la comida; venía vestida con su uniforme habitual, y con indiferencia, como si la noche anterior no hubiese existido, me dijo: - la princesa Juriko ha tenido que salir a resolver unos asuntos, pero me ha pedido que te diga que esta tarde tendrá una visita, así que debes prepararte para servirla como es debido. - Y se fue. Después de comer, una sirvienta me condujo al mismo cuarto del día anterior, y allí pasé el tiempo hasta la vuelta de mi señora, ocupado en mi aseo personal.

 

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