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Aficionada a leer relatos eroticos

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Por casualidad, tropecé un día, mientras navegaba por Internet, con varias páginas de relatos eróticos. Estuve leyendo algunos, pero aquello era una porquería. La mayoría estaban mal escritos, denotando claramente la falta de preparación del autor o autora. Incluso, algunos tenían flagrantes faltas de ortografía. Muchos de ellos, constaban de un par de párrafos -aunque ocupaban más de tres páginas- sin puntos y aparte, con pocas comas puestas de forma incorrecta, muy difíciles de leer.
Luego, estaban los temas. Había cosas verdaderamente desagradables, al menos para mí. Tríos en los que un hombre lo hacía con otro, mientras éste último se "beneficiaba" a la mujer del primero. Hermanos con hermanas. Y muchos jugos que chorreaban, y mucho semen tragado ávidamente. ¡Hombre!. No he nacido ayer, ni soy virgen. Pero creo que ciertas cosas deben tratarse con un poco más de delicadeza.
Pensé que yo podía hacerlo mejor. Y casi por juego, escribí una historia dividida en tres partes -como sus tres protagonistas, un hombre y dos mujeres- y la envié a uno de aquellos sitios, que contenía pocos cuentos, pero de algo mejor calidad y un tanto más cuidados que en las otras páginas que había visitado.
Al otro día, revisé la página. Mis relatos no aparecían en ella. Esperé dos días más, y entré de nuevo. Nada.
Tampoco nada a la semana siguiente. Por fin, más de diez días después de haberlos remitido, aparecieron como novedades en la página de marras. Sentí una cierta sensación de orgullo, al ver mi trabajo publicado... hasta que advertí que allí aparecía mi dirección de correo electrónico. ¡Maldición!. Rogué por que nadie conocido entrara en ésa Web, y reconociera mi "e-mail". Me daba muchísima vergüenza que pudiera leer mis fantasías sexuales, aunque fueran más bien discretas, y no tuvieran secreciones a granel.
Poco a poco, me fui olvidando de aquello. No sentí nunca más la tentación de entrar en ninguna de aquellas páginas, ni siquiera en la que contenía mis primeros escarceos como escritor de cuentos eróticos.
Habían pasado como dos meses, cuando recibí un correo electrónico de una remitente absolutamente desconocida. Me da "repelús", en la era de los virus, recibir uno de estos mensajes, pero el antivirus no había detectado nada en él, así es que después de dudar si borrarlo directamente, finalmente pudo más la curiosidad, y lo abrí. No tenía ningún archivo adjunto, que hubiera podido ocultar un programa malicioso:
"He leído tus tres relatos en la página xxxx y me han parecido muy buenos.
¿Tienes intención de continuar el cuento con una cuarta parte?. Me gustaría leer más.
Saludos cordiales. Julia."
Pues no, no había pensado continuarlo. Pero me llenó de satisfacción que alguien hubiera apreciado el producto de mi imaginación, así es que aquella misma tarde, escribí un nuevo capítulo, de un par de páginas. Después de revisarlo cuidadosamente, de eliminar palabras redundantes, corregir algunas frases, y revisar cuidadosamente la ortografía, lo envié al mismo "site" que los anteriores.
Luego, pensé que merecía alguna atención por mi parte, como premio a su amabilidad, y se lo remití como "adjunto" en un mensaje de correo, en el que escribí:
"Gracias, Julia, por tu bondadosa opinión. Eres la primera y única persona que me ha felicitado, así es que, en agradecimiento, acompaño la continuación del relato, que en la página no se pondrá hasta dentro de dos semanas.
Muchas gracias, y un saludo".
Al día siguiente, al recibir mi correo electrónico a primera hora de la mañana, encontré un nuevo mensaje Agradezco mucho que me hayas concedido la primicia. Es mejor aún que los anteriores.
¿Sería posible que nos conociéramos?. Vivo en x (nombre de otra ciudad).
Un abrazo. Julia".
Estuve pensando un rato en aquella oferta. Alguna vez había tenido que viajar a x, por motivos profesionales. Pero, soy un hombre casado, y no quería "líos de faldas". Además, me parecía que una mujer que de aquella forma pretendía establecer relación con un desconocido, sin duda debería tener algún problema de relación. O era mayor, o poco atractiva. Y no es que crea que sólo las jovencitas, y las muy guapas, tienen derecho a la vida, pero yo tengo mis gustos. Contesté:
"Lo lamento, Julia, pero eso no es factible". Entre otras cosas, porque yo no vivo en x.
Gracias por tu amabilidad y un saludo".
Después de releer el texto, borré "saludo" y lo sustituí por "abrazo". Luego pensé "¡Qué demonios!. Voy a darle alguna satisfacción por su ofrecimiento". Borré "abrazo", lo sustituí por "beso", y envié el mensaje.
A primera hora de la tarde, me conecté de nuevo con el servidor de correo. Había tres mensajes, uno de ellos de Julia:
"Al menos, no te importará hablar conmigo por teléfono. Mi número es el 9xx xxx xxx.
Espero tu llamada. Muchos besos".
¡Caramba!. Esto se estaba poniendo cada vez más íntimo. Después de pensarlo largamente, traté de convencerme a mí mismo de que aquello no me comprometía a nada, y quizá, podría saciar mi curiosidad acerca de la chica. La dificultad era encontrar el momento propicio. En casa ni pensarlo, y en el trabajo, mi secretaria podía perfectamente escuchar la conversación. Decidí olvidarme de ello.
Pero no pude evitar estar dándole vueltas al tema todo el día siguiente. Por un lado, aquello no conducía a nada. Aunque fuera la mujer más deseable del mundo -y yo lo dudaba- y salvadas las dificultades debidas a la distancia, no me atrevería nunca a conocerla, y menos a tener una aventura con ella, que era el único motivo por el que podría decidirme a hacerlo. Soy ya mayorcito para meterme en problemas. Por otra parte, la idea de "echar una cana al aire", aunque no fuera de inmediato, me producía cierto cosquilleo en el bajo vientre...
Al otro día, recibí un correo de juliar@etc. que tenía un archivo gráfico adjunto. Lo abrí. Era la foto digitalizada de una chica morena, ojos oscuros -aunque en la foto no se distinguía el color- y bonita cara. Estaba en bikini, con un fondo de olas y arena de playa. Tenía unos pechos llenos, cintura proporcionada, estupendas caderas, y unos muslos incitantes.
"¡No te lo crees ni tú! -pensé-. ¿Para qué demonios va a necesitar un bombón así tener una aventura a ciegas, a través de la Red?. Esta foto es de una conocida, o de su hermana pequeña".
El texto decía:
"Esa soy yo. ¡Anímate a llamarme!. Quiero oír tu voz. Muchos besos. Julia".
Sin detenerme a pensarlo, elegí una foto en la que yo estaba solo, de cuerpo entero, y en bañador, tomada en las últimas vacaciones. La pasé por el "scanner", y se la envié como acompañamiento de un nuevo mensaje de correo:
"Pues, ésta es una imagen de quasimodo -mi dirección electrónica es quasimodo@xxxx-. No sé que idea te habrás hecho de mí, pero como podrás ver, no soy precisamente Arnold S..
Besos".
Esa noche me quedé sólo en casa. Mi mujer tenía una cena con los compañeros de la oficina, y me dijo que volvería algo tarde. Y mi hijo lleva algún tiempo estudiando en Estados Unidos.
Lo estuve pensando mucho, hasta que al final me decidí, pensando que no habría mejor ocasión de hacer la llamada. Me senté ante el ordenador, con la foto de la chica en pantalla. Tomé el teléfono móvil de mi hijo -es de tarjeta, por lo que no habría huella en ninguna factura- y marqué el número del mensaje del día anterior.
Tras dos señales, oí una bonita voz de mujer:
- Diga...
- Quiero hablar con Julia.
- Soy Julia. ¿Quién llama?.
- Quasimodo.
- ¡Hola quasimodo!. Bueno Alberto. Me encanta que al final te hayas decidido a llamarme. He visto tu foto. No eres tan feo como indica tu apodo.
"¡Rayos!. ¿De dónde habrá sacado mi nombre?. ¡Estúpido de mí!, de los mensajes de correo".
- No. Me vino el personaje a la cabeza cuando estaba buscando un identificador.
Hubo una pausa.
- Los cuentos son experiencias o fantasías?.
Dudé un momento.
- Fantasías. ¡Ojala lo hubiera vivido de verdad!.
- Eres muy sincero. Otro en tu lugar, habría presumido de habérselo "montado" con dos chicas a la vez.
- He leído que la gente se hace pasar por quien no es en Internet, y no quiero engañar a nadie. ¿Tu foto es actual?.
Ella rió brevemente:
- Tengo 28 años. Soy morena, ojos castaños, mido 81-60-83 y 1,75 de alta. Los que me conocen, me dicen que estoy muy bien, aunque me esté mal decirlo. Y la foto es del año pasado.
"¡Y un cuerno!. Una mujer así debe tener los pretendientes a patadas. No me necesita a mí para nada".
Decidí desanimarla, diciéndole la pura verdad:
- Mi foto es reciente, de las últimas vacaciones. Tengo 51 años. 1,80 de estatura. Ojos verdes. Estoy casado, y tengo un hijo mayor. No me conservo mal, pero, aunque tengo pocas canas, he echado un poco de barriga, como habrás podido ver. Eso sí, no estoy jorobado. Vivo en Barcelona.
- ¡Qué casualidad!. El miércoles de la semana próxima tengo que ir a Barcelona. Me alojaré en el hotel X (un hotel de 5 estrellas, en el centro de la ciudad).
No creo en las casualidades. Seguro que mentía. Pero me halagaba que la chica estuviera dispuesta a hacer un viaje tan largo solo por verme. Y, sin embargo, le había salido el nombre del hotel sin pensarlo...
Hubo una pausa de unos segundos. Luego, volví a oír su voz:
- O me estas engañando de una forma muy rara, o es la primera vez que encuentro a alguien sincero en Internet. Tienes razón en lo que decías. En el chat, los hombres son siempre solteros y sin compromiso, guapos como Adonis, de fuertes brazos, y cuerpo de culturista. Todos son unos verdaderos sementales, capaces de satisfacer a varias mujeres, una detrás de otra. -Cambió el tono, a otro más cálido-. Tienes una voz muy interesante...
- Te he dicho la pura verdad.
- ¿Que piensas de la infidelidad?.
Medité un poco la respuesta.
- Tan solo una vez tuve un lío con una compañera de trabajo, en el transcurso de un viaje de negocios. No se lo he contado a mi mujer, y aun me siento culpable cada vez que lo recuerdo. -Hice una pausa-. ¿Es una proposición?.
- ¡Creía que te habías negado a verme! -oí su risa cristalina-.
- Era broma. ¿Cómo estás segura de que es ésa mi foto?.
- Porque, después de tu sinceridad, no tengo duda de que la foto es de verdad.
Me quedé callado. No sabía qué decir. Ella pensó que se había cortado la comunicación:
- ¡Oye, Alberto!. ¿Estás aún ahí?.
- Si -respondí-.
- ¿Estás sólo?. -Su voz era un susurro-.
- Sí. ¿Y tu?.
- Estoy en mi dormitorio. -Ahora era insinuante-. Sólo tengo puestas unas braguitas...
Noté el principio de una erección.
- Yo estoy sentado ante el ordenador. Y estoy vestido.
- Quítate poco a poco la ropa. Y, cuéntamelo mientras lo haces -dijo ella-.
"¡Joder con la niña!. Ahora quiere teléfono erótico gratuito".
- Me estoy quitando los pantalones -dije yo-. Pero era mentira.
- ¿Estás... -vaciló- empalmado?.
- Estoy viento tu fotografía en el monitor. Te imagino casi desnuda, y se me ha puesto muy tiesa. -Y ésa vez no mentía-.
- Tengo tu foto también delante de mí, en la mesilla. Estoy acariciándome los pechos con la otra mano. Quítate la camisa.
Dejé transcurrir unos segundos, antes de responder, siguiendo su juego:
- Tengo el torso desnudo.
- Me estoy acariciando la... "rajita". Estoy muy mojada... Quítate los calzoncillos.
Mi erección era tremenda. Opté por abrir la cremallera, y dejar que mi pene saliera fuera del pantalón. Respondí:
- Ya lo he hecho. Estoy muy excitado.
- Me estoy quitando las braguitas... -Y, tras una pausa, continuó-:
- Estoy completamente desnuda sobre la cama. Tengo las piernas abiertas, y me gustaría que tú estuvieras mirando...
Casi sin darme cuenta, empecé a masturbarme. No lo había hecho en muchos años. Decidí continuar el juego.
- Yo también estoy desnudo, y me estoy... masturbando. -Seguía vestido, sólo lo último era verdad-.
- Mmmm.
"Pues, si quieres teléfono erótico, lo vas a tener".
- Imagínate ahora que me subo en tu cama. Siente mi aliento sobre tu sexo. Piensa que te estoy chupando lentamente el coñito.
- Mmmm, mmmm.
- Ahora, estoy tomando tu clítoris entre los labios, y lo estoy lamiendo con la punta de la lengua. Imagina que la introduzco ahora en tu vagina, y la muevo dentro de ella. Nota como te acaricia por dentro...
- Mmmmm. Tengo dos dedos en mi... agujerito. Yo también me estoy masturbando... Dime que sientes.
- Estoy a punto de explotar. No tardaré en correrme.
Continué el excitante juego:
- Me he subido sobre ti. Estoy acariciando tu vulva con mi pene.
- Ahhhhh, mmmmmm.
- ¿Sientes como te estoy penetrando?.
- Ahhhhh, ohhhhh.
- Me estoy moviendo sobre ti. ¿Notas como mi pene entra profundamente en tu vagina?.
- Me estoy... mmmmmm "viniendo". -Su voz era ahora jadeante-. ¡Ahhhh!, ¡ahhhh!, ¡¡¡¡¡ahhhhhhhhhhhhhhh!!!!!.
Hubo un largo silencio, en el transcurso del cual, eyaculé, manchando mis pantalones y el suelo. Mis suspiros se habían debido sentir también a través de la línea, porque dijo:
- ¿Te has... corrido?.
- Si, -repliqué-.
- Yo también, pero necesito más. Tengo que verte.
- No puedo -dije yo con infinita frustración-.
- Ven el miércoles a mi hotel -contestó ella-. Estaré esperándote, sola, desde las cinco de la tarde.
- De veras que es imposible -pero yo estaba ya cavilando el modo de acudir a la cita-.
- Solo un ratito... -dijo ella melosa-.
Me decidí:
- No sé como lo voy a arreglar, pero iré. No puedo decirte a qué hora...
- Te esperaré impaciente, mi amor. Un beso en tu... "cosita".
Colgué.
Limpié como pude los restos de mi aventura telefónica, rogando para que no quedaran manchas en la prenda. Estuve mucho rato pensando en la experiencia. Finalmente, me decidí con un encogimiento de hombros:
"¡Qué diablos!. Sólo se vive una vez. Y si, al final, resulta que la foto no es suya, pues la dejo plantada, y que le den... Se lo tendría merecido, por embustera".
Estuve nervioso y desasosegado el resto de la semana. El miércoles siguiente, después de comer, llamé a mi mujer, diciéndole que tenía una reunión a las siete -lo cual me dejaba tiempo de margen para volver a casa a las nueve o las diez-. Como esto no era desacostumbrado, ella sólo me dijo que viniera pronto, y colgó.
A las cuatro y media, me marché de la oficina, diciéndole a mi secretaria que tenía una reunión en casa de un cliente -sin especificar-.
Como a las cinco y diez, tras una parada para comprar un ramo de flores, y a pesar del intenso tráfico, logré estacionar el coche en el parking del hotel. En recepción, averigüé el número de su habitación, después de que el empleado me preguntara mi nombre, y llamara a Julia. Subí de dos en dos los escalones hasta el segundo piso, "pasando" del ascensor, aunque estaba detenido en la planta baja.
Repiqueteé con los nudillos. Entre la carrera, y la excitación del momento, mi corazón saltaba en el pecho. Y tenía una erección más que regular.
Se abrió la puerta, y me quedé de piedra. ¡Era tal y como se veía en la foto!, solo que más deseable al natural. Llevaba un vestido amplio, de una sola pieza. Era bastante escotado, y sus altos pechos -que claramente no estaban ceñidos por ningún sujetador- pugnaban por escaparse de la fina tela. La falda, muy cortita, dejaba ver unas piernas preciosas, a las que no había hecho justicia la cámara, o eso me pareció. Tenía la piel ligeramente tostada, y sonreía ampliamente.
- Pasa. No estaba segura de que al final vinieras...
- Eres preciosa -dije, mientras cerraba la puerta a mi espalda-.
Se apretó contra mi, y me besó sin más preámbulos, introduciendo su lengua entre mis labios, sus manos en torno a mi cuello. Yo la abracé estrechamente por la cintura, las manos en sus nalgas, y correspondí al beso. Tras unos segundos enlazados, se apartó:
-¿Quieres beber algo?.
- No. -Me lancé-. Sólo quiero tu boca, y ese maravilloso cuerpo tuyo.
Me precedió, entrando en el dormitorio, y se sentó sonriente sobre una de las dos camas, la falda arremangada por la postura hasta muy arriba, las piernas separadas, permitiéndome ver la entrepierna de sus braguitas blancas. Fue ella la que rompió el silencio, juguetona:
- Si tus ojos pudieran moverse solos, los tendría debajo de la falda.
- Mis ojos no. Pero mis manos sí -respondí-.
Me acerqué, sentándome junto a ella, y comencé a acariciar sus muslos, mientras la besaba largamente. Luego, introduje la otra mano por su escote, y acaricié sus dos suaves y firmes pechos. Los pezones se endurecieron inmediatamente con el contacto. La mano que yo tenía entre sus piernas, acariciaba ahora su vulva por encima de la tela.
Tuve una idea repentina. Me levanté, y me senté en una pequeña butaca que había frente a ella. Empecé a desprenderme lentamente de la camisa, mientras decía:
- Tengo el torso desnudo...
Ella, que se había quedado momentáneamente parada, comprendió inmediatamente el juego, sonriente. Deslizó los tirantes de su vestido por los brazos, muy despacio, dejando al aire sus dos hermosos senos, erguidos sin necesidad alguna de sujetador, mientras decía:
- Me he bajado la pechera del vestido. Tengo los pechos al aire.
Su mano se introdujo bajo la cinturilla de la braguita, y vi moverse sus dedos, acariciándose por debajo de la prenda. Prosiguió:
- Tengo un dedo metido en la vagina. Me estoy masturbando.
Yo estaba también tocando el enorme bulto de mi entrepierna. Me puse en pie, quitándome rápidamente los pantalones y los zapatos, y metí también la mano debajo del slip.
- Yo también me estoy dando placer con la mano.
Pero tenía la mano quieta. No quería, por segunda vez, manchar estérilmente el piso. Estaba muy excitado, mis testículos hinchados, mi pene erecto intentando escapar de la breve prenda que me quedaba.
Ella se puso también en pie, dejando deslizar el vestido hasta el suelo. Luego, volvió a sentarse sobre la cama, las piernas abiertas y encogidas, mientras seguía acariciándose. Su respiración era jadeante:
- Estoy muy caliente...
Me quité el slip, quedando totalmente desnudo. Ella se despojó también de las braguitas, volviendo después a su posición anterior, los labios de su vulva presionados arriba y abajo con los movimientos de su mano.
No tenía ningún sentido contarle, como a través del teléfono, lo que le estaba haciendo. Me subí en la cama. Ella continuó con las piernas abiertas, su sexo turgente totalmente a la vista Sus dos manos se enlazaron tras mi cuello, mientras jadeaba profundamente, expectante.
Separé los abultados labios, y lamí los pliegues internos, ahora expuestos. Al poco tiempo, apretó mi cabeza contra ella, estremeciéndose en un intenso orgasmo.
Ahora, empecé a besar suavemente sus párpados, las aletas de su nariz, sus pómulos. Deposité un largo beso en su boca entreabierta, nuestras lenguas en contacto. Después, continué con sus pequeñas orejas, su cuello. Mordisqueé sus enhiestos pezones, lamiendo después las aréolas oscuras. Luego, uno tras otro, los succioné, mientras los recorría con la lengua.
Ella, que había empezado a calmarse, volvió a iniciar sus jadeos.
Continué besando su vientre. Después, lamí el botoncito de su ombligo, descendiendo hasta su pubis, y besando la suave cara interior de sus muslos, y sus ingles. Estaba contorsionándose, los ojos cerrados, y sus manos competían con las mías por masajear sus pechos.
Cuando, al fin, puse otra vez mi boca en su sexo, me dediqué a presionar el clítoris entre mis labios entreabiertos, la punta de mi lengua acariciándolo suavemente. Tuve que sujetarla por las caderas. Sus estremecimientos eran de tal magnitud que me impedían gozar de su ardiente feminidad.
Introduje la punta de mi lengua en su vagina, y la lamí con movimientos circulares. Su cuerpo se estremecía, como si sufriera convulsiones. Me tomó del pelo, y sus gritos me indicaron que estaba disfrutando de un nuevo orgasmo.
Hice el propósito de dejarla descansar, pero yo estaba ya fuera de mí. Introduje mi pene profundamente dentro de ella, y me moví, con suaves embestidas, mientras la besaba por toda la cara, mis manos pellizcando suavemente sus pezones. Sentí que iba a acabar inmediatamente, por lo que me contuve, mi falo agradablemente alojado en su interior, volviendo a cubrir su cara de suaves besos.
Ella estaba ahora intentando recuperar el ritmo normal de su respiración, sus manos acariciando mis nalgas.
Tras unos instantes, volví a moverme, muy despacio. Quería prolongar lo más posible la sensación de mi pene entrando y retirándose de su húmeda concavidad. De nuevo, noté su respiración acelerada, y sus manos engarfiadas en mi trasero. Me detuve otra vez, mordiendo suavemente sus pechos, mientras su aliento volvía a convertirse en jadeante.
No me pude contener más. Arremetí contra ella con desesperación, gimiendo roncamente, eyaculando casi de inmediato dentro de su vientre. A los pocos segundos, mientras yo continuaba con mis movimientos, ella consiguió un nuevo y convulso orgasmo, que duró muchos segundos.
Estuvimos mucho rato abrazados en la cama, besándonos dulcemente, sin hablar. Sólo mirándonos a los ojos.
Después, ella me condujo al cuarto de baño. Abrió el grifo, ofreciéndome al inclinarse una maravillosa visión de su espalda -que aún no había tenido ocasión de contemplar- y de sus redondas nalgas, su vulva y su ano mostrándose desde atrás.
Se introdujo bajo el agua, y me tomó de la mano, haciéndome entrar con ella. Lenta, morosamente, estuvimos enjabonándonos los dos, uno al otro. Cuando metí mi mano entre sus piernas, me entretuve, masajeando con mis dedos lubricados por el jabón entre los hinchados labios de su sexo.
Luego, introduje un dedo en su vagina, que moví dentro y fuera, como si fuera un pequeño pene, la palma de mi mano acariciando al mismo tiempo el resto de su vulva. Tras unos segundos, apretó los muslos contra mi mano, estremeciéndose con un nuevo orgasmo.
Nos secamos muy despacio, y volvimos a la cama. Ahora fue ella la que se inclinó sobre mí, tomando mi pene entre sus labios, y lamiéndolo suavemente, mientras sus manos acariciaban todo mi cuerpo.
Noté el principio de una nueva erección. Ella continuó un rato, pasando de vez en cuando su boca de mi pene a los testículos, mientras yo, a mi vez, volvía a acariciar su vulva húmeda, y no sólo por la reciente ducha. De nuevo, introduje dos dedos en su vagina, y los moví muy despacio dentro y fuera de ella.
Los dos jadeábamos fuertemente, yo con la maravillosa sensación de sus labios en torno a mi verga, su lengua lamiendo mi glande. Sentí que iba a correrme en su boca. Ante su desilusión, la aparté. Pero su cara se tornó en gozosa, los ojos cerrados, las mejillas muy encendidas, cuando volvió a sentirme dentro de ella...
Muy poco después, ambos nos estremecimos, con un intenso orgasmo compartido...
Plenamente saciados, estuvimos un rato acariciándonos cariñosamente, tendidos frente a frente en la cama. A pesar de sus nada velados intentos, no le di ningún dato más sobre mi. Ella, sin embargo, me contó innumerables cosas sobre su vida y sus proyectos.
En algún momento, advertí que había oscurecido, y que la habitación sólo estaba iluminada por la lámpara de su mesilla. Las manecillas de mi reloj indicaban las 9:20. Me levanté muy despacio, deshaciendo el abrazo, y comencé a vestirme. Oí su voz decepcionada:
- ¿Tienes que marcharte ya?.
- Lo siento, mi amor, pero no tengo más remedio. Nada me gustaría más que dormir ésta noche entre tus brazos. Pero, no es posible.
- ¿Volveré a verte? -preguntó ella-.
Y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas, con un llanto silencioso.
- No. Tenemos que ser sensatos. Vivimos separados por más de 500 km. Yo casi te doblo la edad; hasta podrías ser mi hija. No tenemos ningún futuro, y sólo podemos causarnos daño a nosotros mismos y a otros, si seguimos adelante con esto. Imagina que ha sido un maravilloso sueño, producto de la lectura de un relato erótico. Aunque sea el tópico de todo marido infiel, es mucho mejor para ti.
Me volví, saliendo de la habitación. No podía soportar la visión de su llanto, ni seguir contemplando ni un momento más su maravilloso cuerpo desnudo sobre la cama.
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