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Sexo con maduras

Doña Marga

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Hola! Mi nombre es Amadeo. Tengo 17 años y desde la muerte de mis padres en un accidente automovilístico, vivo con mi abuela paterna.


Mi abuela es viuda, tiene 72 años y vive en uno de los barrios antañones de la capital guatemalteca, el llamado Barrio de la Recolección y no tiene otros parientes cercanos, por lo que yo me convertí en su única compañía.


Para efectos de contarles mi vida, déjenme decirles que en casa de mi abuela hay un antiguo Diccionario Enciclopédico Salvat de 12 tomos, en el cual pude encontrar la palabra "Gerontofilia", la cual define como "Inclinación sexual pervertida hacia personas de edad avanzada". En este sentido, debo confesar que a mí siempre me han atraído las mujeres maduras y por ellas he vivido apasionantes historias.


Como a dos casas de la nuestra, vivía don Tomás, un señor de unos 80 años, acompañado de su esposa, doña Margarita, una mujer de 69 años de edad, muy amiga de mi abuela. Un sábado temprano, don Tomás había pedido a mi abuela mi ayuda para ordenar un cuartito elevado, que estaba al fondo del patio de su casa.


Era casi media mañana cuando llegué, e inmediatamente don Tomás me condujo al lugar que él deseaba ordenar. Era un cuarto que estaba encima de la habitación dedicada a lavandería, y al cual se subía por una empinada escalinata pegada a la pared. Amablemente me pidió que ayudara a su esposa a sacar algunas cajas al patio, para hacer espacio.


— Yo —dijo con voz lastimera—, lamentablemente ya no estoy para esos trotes y no puedo hacer fuerzas.


Don Tomás había sobrevivido a una severa enfermedad y a un derrame cerebral, que ahora lo obligaba a apoyarse en un bastón para poder caminar. Era un hombre alto y de buen porte, pese a su avanzada edad, muy amable y servicial, a quien debíamos más de un favor.


Doña Margarita, por su parte, era la esposa de don Tomás. Mujer de corta estatura, con pelo teñido, tenía unos hermosos ojos y una personalidad encantadora. De 1.56 m de estatura y algo entrada en carnes tenía hermosas caderas y un culo prominente. Pero lo más notorio, era ese par de grandes y bien formados pechos que ella gustaba de exhibir a través de generosos escotes.


El cuartito estaba ocupado con varias cajas y otros empaques, y tenía en un extremo una cama cubierta con una vieja colcha de color verde, que había acumulado bastante polvo con el tiempo. También había un armario, una cómoda pequeña y un tocador con su respectivo espejo.


La cama estaba ocupada por varios artículos de cristal y cuando doña Margarita se inclinó a recogerlos, me dio un espectáculo con el imponente panorama de la generosa porción de sus nada despreciables senos, que podía apreciarse a través del pronunciado escote. Obviamente, ella no tenía puesto brassier y las tetas de la mujer pendían despojadas de su abrazadera y se me mostraban en toda su plenitud y esplendor.


No pude evitar el sentir deseo al apreciar los atributos de la dama, y me recriminé ese instinto animal que todos guardamos en el interior de nuestro ser y que nos hacen aflorar pensamientos sexuales.


Comencé a bajar al patio algunas de las cajas que estaban cerca de la entrada y cuando subí nuevamente, la vi acomodándose uno de los senos en el interior de su vestido. Por mi cabeza se cruzaron nuevamente unas locas ideas, haciéndome ilusiones de convertirme en el receptor de los favores de aquélla mujer. Un nuevo sentimiento de culpa me invadió y traté de convencerme de que debía portarme como un caballero, y limitarme a cumplir con el favor que me habían pedido.


— Amadeo, quiero pedirte un favor.
— Si, dígame, doña Margarita.
— Por favor, subite en esa silla y bájame esa caja grande que está sobre el armario.
— Con todo gusto.


Me subí a la silla e involuntariamente volví a ver hacia abajo. Pude apreciar, de nuevo el esplendoroso panorama de sus senos a través del escote y me quedé mirándola embobado. Ella me sonrió y se tocó suavemente un pecho con cada mano, en un gesto que no supe interpretar. Un tanto turbado, volví a mi tarea. Le pasé la caja y ella anunció que la bajaría al patio.


Al acercarse al primer escalón, ella inesperadamente tropezó y cayó de bruces al suelo, donde comenzaban las gradas. Mi reacción fue inmediata y la sostuve agarrándola con firmeza, para evitar que cayera. No fue mi intención, pero en aquel momento le puse una mano sobre el seno izquierdo, y sentí un chicotazo de deseo en mi cuerpo, al tiempo que le preguntaba sobre su estado.


— ¿Está bien, doña Margarita? ¿No se golpeó?
— No, no. Estoy bien; solo un poco asustada.
— Se ha lastimado? Déjeme ayudarla.
— Gracias, estoy bien; ayúdame a levantarme.


Le brindé apoyo para que ella se incorporara, y con el trasero, se recostó sobre mi pubis, provocándome una erección que, según creo, no pasó inadvertida para ella. Por causa de aquella caída y mi forma de agarrarla, el pecho se le había salido del vestido y yo no podía quitar mis manos de encima de aquella carne tersa y cálida, con un pezón rosa oscuro que se ponía firme ante mi tacto e invitaba al amor. La mujer caminó unos pasos y se dio vuelta, al tiempo que trataba de acomodar su escote, permitiendo por un instante que la teta se mostrara ante mí.


— Parece que te estoy dando un espectáculo. ¡Qué vergüenza!
— No se preocupe —respondí sin poder quitar mis ojos de su busto.


Con el pretexto de ayudarla a llegar a la cama con seguridad, pasé mi brazo izquierdo por debajo del de doña Margarita, de tal manera que con la mano alcanzaba el costado de su teta izquierda en forma disimulada mientras que doña Margarita, como quien no quiere la cosa, movió fugazmente su mano derecha, rozando el bulto en mis pantalones.


La dejé sentada en la cama y volví a trepar a la silla, para seguir bajando cajas de la parte superior del armario. Ella, ya recuperada, se acercó a mí y con voz suave, me dijo, al tiempo que me ponía una mano sobre mi pierna izquierda:


— Ten cuidado, Amadeo. No vayas a caerte.
— No tenga pena — respondí.


Comenzó a decirme lo mucho que apreciaba mi ayuda y lo mucho que le hacía falta un hombre en la casa, ya que don Tomás no podía satisfacerla en nada. Hizo énfasis en estas últimas palabras. Hablaba y asía mi pierna, al tiempo que mi bulto notorio quedaba en frente directo de su cara.


De improviso, puso su mano directa y descaradamente sobre mi órgano genital, haciéndome dar un respingo. Para entonces, la calentura ya hacía presa de los dos. Ambos nos conducíamos a una inminente fornicación, disimulada en parte, evidentemente deseada y por que no decirlo, premeditada.


Me bajó el cierre de mis pantalones y, metiendo la mano, me sacó la verga, la que comenzó a mamar sin esperar nada. Casi me caigo de la silla ante aquella sensación. Deseé abalanzarme sobre ella y hacerle el amor. De pronto, se escuchó la voz de don Tomás, para que viera unas fotos antiguas que tenía en la mano y que él había encontrado en una de las cajas que habíamos bajado. Eso me sobresaltó, al grado de hacerme perder la erección.


— Creo que es hora de irme, antes de que don Tomás pueda pensar mal —le dije—. Además, mi abuela ya debe tener listo el almuerzo.


Ella me miró y me dijo:


— Venite inmediatamente después de almorzar. Tomás siempre toma una siesta y se va levantando a eso de las cuatro de la tarde. Te voy a dejar la puerta sin cerrar. No toqués el timbre. Sólo empujá la puerta, entrás y te venís directo a este cuarto. Te voy a estar esperando.


Sin saber qué responder, me limité a sonreírle y salí.


Eran las dos de la tarde en punto cuando regresé a casa de doña Margarita. La puerta estaba sin llave, tal y como ella me había anunciado. Entré sin decir palabra y fui hasta el cuartito superior. Ella no estaba allí, pero noté que la cama ya estaba aseada, con sábanas y colcha limpias. Oí unos pasos subiendo por la escalera y vi a doña Margarita con una bata floreada y fresca, recién bañada y oliendo a un delicioso perfume. Me sonrió y me dijo:


— Ahora sí, tenemos dos horas para nosotros.


Deseosa de actuar rápido, la mujercita se recostó en la cama de espaldas y desenlazó su bata, liberando completamente sus hermosos senos, que quedaron mostrándose ante mí. Paralelamente elevo una rodilla y con ese movimiento descubrió el bloomer rosado que permitía mostrar la preciosa concha y la parte baja del par de sus deliciosas nalgas, una maniobra descarada de la excitada fémina.


— ¿Qué me dices, Amadeo? —preguntó


Yo no sabía que responder, sólo atinaba a deleitarme con el cuadro de exhibicionismo que se me brindaba; las cortas piernas se balanceaban frente a mí. Acto seguido el cuerpo de la señora se giró en 180 grados para mostrar la otra mitad, como tratando de convencer al cliente de que la mercancía vale el costo que se pide, el costo de la sexualidad juvenil.


— ¿Qué te parece? —insistió.
— Es usted muy hermosa —atiné a decir con cierta torpeza.


Embobado, respondí, pero no dejaba de contemplar toda la sexualidad de la señora, quien no se perdía un solo detalle del efecto que en mí causaba.


— No debemos perder el tiempo —sentenció.


Comprendí que ella urgidamente deseaba realizar el acto sexual y que yo le regalara ese pedazo de carne que guardaba prisión en mi ya abultado pantalón. La mujercita se incorporó en la cama y aprovechó para aferrase a mi duro mástil que ya no resistía el enclaustramiento. Con las tetas colgando, dimensionó el aparato: unos buenos 22 ó 23 centímetros.


— Uyyy... Amadeo, ¡mirá lo que tenemos acá!
— No es nada — respondí nervioso.
— ¡Que bárbaro! ¡Tan jovencito y tan bien dotado!
— No diga eso, es normal nada mas.


Ya habían sido puestas las cartas sobre la mesa, y sin mas recato; la señora procedió a bajar el cierre que ocultaba el pedazo de carne que enrojecía a causa de la sangre que recorría el miembro con una velocidad espantosa, lo liberó y con la mano comenzó un encantador masaje que me transportaba hacia las extremidades del placer, la verga parecía haber sido invadida por una enredadera que la abarcaba en toda su longitud, tal la impresión que le daban las hinchadas venas del mástil.


El latido de nuestros corazones colmaba el cuartito con un ritmo que se intercalaba de un corazón a otro, mis pantalones se deslizaron por las piernas y lanzaron un sonido originado por el choque de la hebilla con el suelo, mientras que desesperadamente la mujer se despojaba de la bata. Apretó mis glúteos y la erguida verga fue a clavarse al orificio bucal de doña Margarita, quien sin ningún recelo comenzó a prodigarle unas lamidas electrizantes, el glande aparecía y desaparecía en su boca y cada vez que salía adquiría un color más oscuro, casi amoratado.


La excitación estaba al máximo de su potencia, la vieja se dejó caer de espaldas en la cama, halándome consigo, provocando de forma impresionante que el falo fuera a introducirse directamente al humedecido agujero de la mujercita. Era tanta la humedad de la concha que la capacidad de la verga reemplazó una cantidad equivalente de jugos y por supuesto, entró como surfeando en un mar de placer y yo instintivamente empujé con mis nalgas para ahondar mas en la profundidad de doña Margarita.


Mi instinto animal salió a flote y colocando las rodillas en la cama, tomé de las piernas a la hembra y la alcé a la altura de mi vientre para perforar con todas mis fuerzas a esa mujer que me brindaba su intimidad, la sensación fue lo mejor del momento; la vieja sentía que sus entrañas eran invadidas por el mástil y no quería que el intruso se le escapara, por lo que apretó las piernas para aprisionar al miembro y contrajo su interior y el masaje me brindaba un placer indescriptible.


Decidí incorporarme en la cama y paralelamente aprisionaba las nalgas de la mujer, lo que hice con tal vehemencia que parecía que la hembra se partiría en dos, literalmente la estaba descuartizando; con los ojos cerrados y alzando la vista hacia el techo, atraje las nalgas de la mujer y el falo alcanzaba lo más recóndito de la intimidad femenina, la que a su vez sentía como su cabeza apenas rozaba la cama y con las manos trataba de dar estabilidad a su cuerpo, sintiendo como la penetración le daba un gozo de proporciones inimaginables, un poco de dolor mezclado con un cosquilleo placentero le anunciaba un cercano acto de clausura, la sangre se calentaba al compás de las embestidas.


El chapoteo que se escuchaba con cardíaco ritmo, aumentaba la sensación de placer; los cuerpos se tensaban y las piernas temblaban, la fuerza con que yo apretaba las nalgas de la mujer, hizo que el tronco de la hembra se incorporara y la ayudé con una mano en la espalda, al momento que las piernas femeninas abrazaban mi cintura y nuestras bocas se fundían en un húmedo beso, las tetas comprimían su volumen en mi pecho y se producía la inevitable descarga de semen. Una corriente eléctrica recorría ambos cuerpos y el efecto me obligó a doblar las piernas y caer arrodillado en la cama mientras la hembra caía sentada en mis piernas de él, sin soltar al prisionero mástil, completamente envainado.


Las fuerzas nos abandonaron a ambos y pesadamente nos desplomamos hacia un costado, las jadeantes respiraciones delataban un acalorado ajetreo mientras la tarde seguía su curso, el tiempo había avanzado inexorablemente, y en cualquier momento se despertaría don Tomás.


¡Qué momento, qué cogida, qué estupidez! —pensé, sintiéndome culpable de haber traicionado a mi amable vecino, pero sabiendo también que había valido la pena.
Si don Tomás se enteraba de esto, no me iba a gustar el resultado, por lo que me vestí rápido y abandoné la habitación donde se había cometido la fechoría.


Apenas un instante después de haber bajado al patio, apareció don Tomás apoyándose en su bastón. Sin casi poner atención a lo que él decía emprendí mi labor de ordenar las cajas en el patio, al tiempo que vi a doña Margarita sonriendo desde la ventana de la habitación superior.

 

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