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Dorita, la reina de las fotocopiadoras

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Tal es mi costumbre, el relato en cuestión tiene como principal protagonista y destinataria a una mujer madura. Dora, con 56 años, de cabellos rizados rojizos (el tinte de moda entre las “veteranas"), un metro sesenta y cinco de estatura y un físico bastante alejado a los mencionados en esta sección (nada de esculturas), con grandes pechos vencidos por los años, unas caderas bastante amplias, camina continuamente por las galerías de la escuela paseando un escobillón y escuchando todas las conversaciones a su alcance.

Presentada la “madura” vamos a la situación y lo que es mejor, a la resolución del relato.

Dora comparte conmigo la función de efectuar las fotocopias de los apuntes que deberían estudiar los alumnitos de la escuela. Es por ello que en varias oportunidades hemos trabajado codo a codo y me ha dado el tiempo y la confianza suficiente para observar sus escotes amplios y saber de su carencia de afecto. Por aquellos días, mes de Agosto de 2004, era natural que las protestas docentes dejasen virtualmente desierta la escuela, por lo que ambos aprovechábamos a reclasificar apuntes, ordenarlos y colocarlos en las carpetas correspondientes. El hecho de contar con más tiempo compartido y sin la presencia de alumnos, nos hizo casi confidentes. Debía lidiar con los berrinches clásicos de la edad de su hija y ello le restaba tiempo para intentar capturar a un varón que pudiese colmar sus necesidades afectivas. Viuda desde más de 10 años, solo había logrado acompañantes esporádicos en sus vacaciones estivales en una playa cercana a la ciudad, pero eso evidentemente no le alcanzaba. Todo lo comentado me fue referido por ella misma, a lo que retribuí contando de mi poca fortuna en esos momentos para conseguir una pareja medianamente estable. La situación asemejaba a una madre hablando muy claramente con su hijo, casi aconsejándolo. Pero todo fue cambiando con el paso de los días, o al menos me pareció a mí.

Al día siguiente de esa charla, Dora llegó a la escuela con indumentaria bastante insinuante y deportiva. Comenzó sus tareas en posiciones que dejaban entrever como la costura de su pantalón se insertaba muy claramente dentro del canal de sus nalgas, hasta casi perderse entre ellas. Los buzos, fueron reemplazados por remeras bastante ajustadas que marcaban excesivamente sus pechos voluminosos y solía contonearse al ritmo de la música que salía desde una pequeña radio que nos acompañaba mientras trabajábamos. La semana transcurría en ese clima, cada vez más cálido, hasta que el viernes a las 11 fuimos citados a la Dirección de la escuela. Una vez allí, la Directora nos informó que el día lunes y martes siguientes estaríamos solos, ya que se pretendía efectuar marchas de reclamo y solamente se congregarían en la escuela para luego marchar hacia la zona céntrica. Nos dejarían solos, en la escuela y encerrados ya que podrían haber disturbios y quería que alguien quedase en resguardo de las instalaciones. Ambos agradecimos la confianza dispensada y volvimos a nuestro trabajo. Ya en la sala de fotocopiado, Dora me cuenta:

- ¡Qué bueno! Trabajamos solitos, sin controles y vamos a poder ponernos al día, sin tener que vigilar si alguien entra o sale y nos interrumpe.

- Tenéis razón, además podemos venir con “ropas de guerra” para correr los mueble y limpiar todo el lugar - comenté.

- Si, tendremos libertades para vestirnos bien livianitos sin que nos critiquen por eso.

Debo reconocer que éste último comentario me dio la pauta que las demás mujeres de la escuela estaban poniendo mucho sus ojos en la ropa de Dora. Volvimos a trabajar y ella a colocarse en esa posición de sugerencia respecto a sus abultadas curvas. Para colmo de males, se quejó varias veces de alguna incomodidad y girarme para ver que sucedía y la vi quitándose la tela de entre sus nalgas de manera poco femenina, cosa que me fue levantando la temperatura. Al finalizar la jornada, comenzamos a cerrar las dependencias y nos despedimos, pero a diferencia de otros días se aproximó y me dio un beso que rozó levemente mis labios. No se imaginarán todo lo que pensé durante el fin de semana, trataba de planear las mil una formas de avanzarla el lunes, pero ante cada idea venía a mi mente su edad y la posibilidad de encontrarme con una denuncia en Dirección por intentar algo con ella.

El lunes llegó y a las 7:30 ingresé a la escuela. Dora estaba en sus tareas de barrido de galería como cada día, pero sus ropas eran más conservadoras que las de la semana anterior. Un vestido que le cubría hasta debajo de las rodillas y por sobre él un guardapolvo. Mucha cobertura para lo que yo esperaba y allí mi ánimo se fue por el piso. A las 8:30, la Directora y varios integrantes del cuerpo docente emprendieron el camino rumbo a la concentración, las puertas se cerraron y solo quedamos Dora y yo dentro del edificio.

- Dorita, me voy para la fotocopiadora. Cuando termines con las galerías te espero allá para movilizar todo y limpiar la sala. Ok? - le dije mientras salía rumbo al patio.

- Listo Ale, en cinco minutos voy y te llevo el mate. Préndete la radio con música.

Abrí la sala de copiado, encendí la radio y comencé mis labores. Tal como lo había dicho, minutos después Dora entraba al recinto, llevando un termo con agua caliente en una mano, el mate en la otra y ya sin el guardapolvo, tan solo el vestido era su indumentaria. Se detuvo en la puerta de entrada y el sol le dio en la espalda. Allí pude notar que su vestido era de tela muy liviana pues se traslucía bastante y marcaba una pequeña bombacha que sin llegar a ser tanga, se le asemejaba bastante. Dejó las cosas sobre una mesa y trepándose a una mesa comenzó a descolgar el cortinado de la ventana del frente del local. El sol ingresaba pleno por el ventanal y dejaba ver mucho más de ella. La transparencia de la tela gastada de su vestido era notoria, sus pechos no estaban sujetos por prenda alguna y la bombacha símil tanga que había visto de frente, se perdía enrollada, entre sus nalgas.

Sabía muy bien lo que hacía, se estiraba al máximo tratando de alcanzar los extremos del barral del cortinado y su vestido se subía hasta dejar a la vista el inicio de la curva de sus glúteos. Cada tanto, giraba su cabeza para observar si la estaba espiando o bien pretendía tomarme por sorpresa en plena tarea de fisgoneo. Quitó la cortina de la ventana, la dejó caer al suelo y colocando una silla sobre la mesa intentó alcanzar el cortinado de una claraboya que estaba más arriba. El espectáculo ya era más que interesante para mí. No solo veía la totalidad de sus gruesos muslos, sino que llegaba a observar como se perdía su bombacha dentro de su cola. Profirió un insulto y me llamó diciendo:

- Ale, venid y sostenerme la silla para terminar de sacar esta cortina. Se mueve toda esta porquería. A ver si me pego un golpe.

Dejé aquello que estaba haciendo y fui hacia ella. Tomé la silla, mientras observaba por bajo su vestido. Su ropa interior era roja y dejaba escapar algunos vellos púbicos. Sin dudas, estaba puesta así de manera premeditada, para que pudiese ver lo que quería mostrarme. Se estiró un poco más y libró la tela del cortinado, pero bajó tan rápidamente que mi cabeza quedó presa dentro de su vestido, con mi cara a centímetros de su fragante cola. No sé si hice lo correcto, pero la tentación fue demasiada. Saqué mi lengua y la pasé por el surco que había entre sus nalgas y me aferré a su cintura. Dio un pequeño gritito y trató de sacarme de allí. Lo logró a medias, la bajé de la mesa y la puse de frente a mí. Confieso que esperaba un cachetazo pero la proximidad lo impidió.

- Perdóname Dorita, pero no me pude contener. Me volví loco por un momento - dije tratando de armar una disculpa.

- Está bien, pero no tenéis que hacerlo así. Me lo hubieses pedido y te hubiera dejado hacerlo más cómodo- me respondió sonriendo.

- ¿Pedirte permiso? ¿Tenéis ganas de estar conmigo ahora mismo? - repliqué.

- Sí, ya quiero tenerte. Estuve todo el fin de semana pensando como insinuarlo y creo que lo hice más que bien.

Me dejó entre sorprendido y estático. No atinaba a nada, entonces fue ella quien comenzó a trabajar sobre mí. Tomó mis manos y las acomodó en su cola, de tal modo que mis dedos se ubicaron en su zanja, para luego acercar mi boca a la suya y depositarme un beso suave, cálido y húmedo en los labios. Fue como poner en marcha un motor, la atraje hacia mí siempre amarrado a su cola y mientras la besaba, restregaba mi bulto contra su vientre. Comencé a subir la tela de su vestido para entrar en contacto con su piel, amasando sus cachetes. Ella en tanto bajó su mano derecha y la colocó dentro de mis joggins y se aferró a mi herramienta, dura, caliente y muy erguida, la acariciaba y recorría de arriba hacia abajo. Quise llevar una de mis manos al triángulo delantero de su ropa interior pero no me dejaba, el darme paso hacía allí no le permitiría acariciarme, entonces tomé desde atrás el elástico de sus bombachas y las subí hasta más no poder, enterrando la tela dentro de su cuerpo produciéndole un ligero dolor que la separó unos segundos. Ese fue el tiempo suficiente para que recorriendo su cadera llegase al frente de su sexo, estaba mojada a más no poder y el estirado del elástico había marcado muy profundamente su raja hasta abrir sus labios.

- Uff, que calientito estás y que ganas me estás dando. A mis años y apretándome un hombre joven. Qué hermosura... - me susurró al oído.

- Tus pechos y tu cola me tienen enloquecido. Quiero perderme en tu cuerpo - le respondí.

Fueron las últimas palabras que mencionamos por unos quince minutos. En ese lapso nos fundimos en besos, abrazos, caricias que moldearon cada centímetro de ambos cuerpos. Ella con la experiencia que su edad le daba, me llevaba a límites bastante poco conocidos o al menos explotados, por mi parte recorría torpemente su cuerpo hasta donde me lo permitía su vestido, el que lentamente fui logrando desprender para dejar al descubierto esos pechos que tanto me atraían. Bajé mis labios hasta uno de ellos, eran generosos, bastante bronceados y coronados por un círculo amarronado que se coronaban con un pezón muy erguido y de buen tamaño. Estaba durísimo, pero comenzó a ablandarse cuando mis labios y lengua iniciaron a recorrerlo de manera circular en tanto mi mano torturaba su otro pecho, acariciándolo y dándole pequeños pellizcos al pezón. Ella respiraba de manera entrecortada, al tiempo que seguía acariciando mi herramienta de base a cabeza, rozando con sus uñas la cabeza que me hacía dar escalofríos. Cambié de posición mi boca y torturé el otro pecho de igual modo que lo había hecho con el primero. Ahora mi mano derecha bajaba hacia su triángulo húmedo y cubierto de escaso vello, no me resultó muy difícil hallar su clítoris entre sus labios muy mojados; mis dedos viajaban desde el origen de su rajita hasta el límite que marcaba el orificio de su cola.

- Me encanta eso... pero hacérmelo con ésta - dijo mientras aprisionaba un poco más fuerte mi miembro - Paséamela de punta a punta, pero no lo metas todavía.

La levanté y la apoyé sobre una mesa, abrí sus piernas robustas para instalarme entre ellas. Ella bajó mis pantalones y liberó de su prisión a la herramienta que comenzó a pasar como si estuviese pintando su raja. Ya no había humedad en sus labios sino una inundación, gemía y pedía que siguiese ante mi desesperación por penetrarla. Afirmó sus manos sobre la mesa y se inclinó hacia atrás, dándome más espacio para recorrerla desde su cola hasta el nacimiento de sus labios. Fueron tres o cuatro pasadas muy lentas, con la cabeza casi metida en ella. No pudo más y cuando intentaba un nuevo recorrido me tomó por mis nalgas y me llevó adentro de su cuerpo caliente, me retuvo unos segundos interminables en esa posición para luego empezar a moverse de manera circular. Recorrer toda la profundidad de esa gruta cálida me estaba acelerando. Decidí tomar el control y aferrándola por la cintura comencé a entrar y salir lentamente de ella, mientras me prendía a sus labios y mandaba mi lengua dentro de su boca. Gozábamos esa situación, la cadencia de los movimientos fue acelerándose en tanto nuestros besos se hacían más intensos y profundos. Ya era velocidad pura, a tal punto que en más de una oportunidad me salí completamente de su cuerpo y volvía a su interior muy violentamente.

- Más, más, más fuerte y más adentro, si, si... - gimió, como recordando que podía hablar.

- Ahí va todo adentro, todo todo... - le respondí

- Siiii, me vengoooo – gritó

- Tomaaaaa... - le dije

Estábamos al borde de la explosión, nos tomamos con muchísima fuerza, como queriendo partirnos mientras conjugábamos un orgasmo intensísimo. Sentía como despachaba todo un torrente de semen en esa vagina que se apretaba en derredor de mi herramienta. Fueron dos o tres minutos de presión mutua, como tratando de retener tanto placer desplegado. Lentamente nos fuimos aflojando, los brazos se relajaban pero los besos y las lenguas proseguían disfrutándose mutuamente. Cuando mermaron los movimientos hasta la quietud total, volvimos a mirarnos, y acariciarnos. No pretendíamos otra actividad que agradecernos mutuamente el muy buen momento vivido, no hablábamos, solo miradas y caricias. Sin salir de su cuerpo, me acomodé nuevamente.

- No me imaginé que eras tan fogosa y hábil para el arte del amor - dije tratando de no romper el encanto del momento.

- Deseaba hacer el amor, satisfacer y satisfacerme totalmente. Y de a poco me di cuenta que me importabas un poco más que como compañero de trabajo, me propuse conquistarte y acá estas, dentro de mí haciéndome feliz - respondió.

- Pensé que me ibas a rechazar, pero hacía ya más de una semana que quería tocarte. Cada vez que quedábamos solos, tenía que hacer un gran esfuerzo para no desbordarme tocando tus pechos o tu cola. Me estabas volviendo loco con tus ropas tan sugestivas - le comente.

- Yo creí que no querrías amarme, soy bastante más vieja que vos y algo “flojita” de carnes, no me imaginé que me deseabas tanto. Seguís excitado, te noto parado dentro mi cueva. ¿Queréis más? Cambiamos de posición por algo más cómodo y seguimos... - consultó.

No le respondí con palabras, la levanté en vilo con sus piernas alrededor de mi cintura y me dirigí al rincón donde los profesores de gimnasia habían dejado unas colchonetas. Me tumbé allí lentamente y la dejé, clavada, encima de mi cuerpo. Destrabó sus piernas, y comenzó a moverse muy despacio, otra vez de manera circular en principio para después desplazarse atrás y adelante. Siempre de manera lenta pero continua. En esas condiciones, mis manos estaban libres y se apropiaron de sus pechos, recorriéndolos a manera de círculos de afuera hacia adentro hasta llegar a sus pezones. Sin dudas la excitaba, ya que con cada recorrido terminado aceleraba sus movimientos. Bajé mis manos a sus caderas, tomándola desde allí podía frenar sus embestidas y hacer de aquel momento algo más placentero y duradero. Colocó sus manos en mis hombros y aceleró, de nada valieron mis esfuerzos por detenerla. Parecía una fiera desbocada por la velocidad y vehemencia, sus gemidos eran profundos y cada vez más seguidos. Los músculos de su vagina eran exprimidores, y su cabalgata frenética potenciaban la presión al máximo.

Diez minutos, eso duró nuestra segunda relación. Cayó rendida, aplastando mi cuerpo con el suyo y por que no decirlo, también yo estaba agotado. Para ser un día lunes, más que bueno, pero tranquilos habrá día martes. Lo que es mejor, hubo un tercer encuentro exactamente ayer.

Comentarios a: alejo_sallago@yahoo.com.ar

 

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