Mi vecina Concha (Sexo con maduras)

Esta historia me ocurrió hace ya seis años cuando estaba en la Universidad. Por aquel entonces yo compartía piso con otro chico que era tres o cuatro años mayor que yo. El trabajaba en la ciudad y cada fin de semana iba a su pueblo para visitar a su novia, así que yo me quedaba solo desde el viernes tarde hasta el domingo por la noche.

Mi atracción por las mujeres maduras me viene desde muy pequeño, pero nunca había tenido oportunidad de acercamiento a ninguna, sobre todo por vergüenza o miedo a un tremendo escándalo. Como ya he dicho, vivíamos en un piso alquilado, antiguo y nuestros vecinos eran casi todos bastante mayores. Creo que nos veían como a sus nietos y nos tomaron bastante cariño. También eran bastante condescendientes con las fiestas que yo organizaba algunos sábados en la casa. Nosotros, por nuestra parte, les ayudábamos en todo lo que podíamos.

Al lado de nuestro apartamento vivía Concha con su marido que era bastante mayor que ella. Concha tendría unos 58 años y su marido debía pasar de los 65 porque estaba jubilado y parecía un auténtico abuelo. Concha, sin embargo, conservaba mucha vitalidad y era una mujer bastante alegre, siempre sonreía cuando hablábamos. Además también conservaba un físico relativamente atractivo: culo respingón, buenas caderas, muy buenos pechos y se adivinaba que había sido muy guapa de joven. Sinceramente, yo le eché el ojo la primera vez que la vi, especialmente porque cuando estaba en casa siempre vestía una bata que dejaba ver parte de sus muslos y su escote.

Concha estaba encargada de llevar los asuntos de la comunidad de vecinos, así que venía con asiduidad a nuestro apartamento para avisar de esto o aquello. Pero, lo que me puso en guardia fue observar que solía venir cuando mi compañero de piso no estaba, es decir, en horario de trabajo o durante el fin de semana. Yo empecé a mirarla con ojos viciosos y a sonreír mirando a su escote, pero siempre de una forma muy delicada. Ella parecía que entraba en el juego porque respondía a mis miradas con otras muy parecidas y cada vez encontraba una excusa más estúpida para llamar a mi casa. Sin embargo, yo no me atrevía a dar el paso.

Un día que volvía de la Universidad me vió mientras conducía y me invitó a subir al coche. Yo acepté encantado. Cuando subí al coche me percaté de que su falda estaba anormalmente subida y se podían ver casi la totalidad de sus piernas, un poco rellenitas, pero muy, muy ricas. Íbamos hablando, pero mis ojos caían una y otra vez sobre sus muslos apetitosos. Ella se daba cuenta y lejos de enfadarse, sonreía de forma pícara. Además cada vez que cambiaba de marcha separaba un poco más las piernas como si deseara que le metieran mano. Yo estaba a cien, mi polla se salía del sitio pero no se notaba porque estaba sentado. Al salir de coche intenté acomodar mi polla empalmada, pero fue imposible, la erección era tan grande que no podía hacer nada. Cuando llegamos al portal ella iba delante y al intentar abrir la puerta, sin intención, choqué contra su culo. Ella notó perfectamente la dureza de mi aparato y sonriendo dijo:

-Uy, uy, uy, pero chico!. ¿Así te has puesto por mirarme las piernas?

-No, no… bueno…, lo siento Concha –respondí- , es que…, no sé. Esto es…

-Chico!, pero si yo ya estoy mayor!, bah!. Y no pasa nada hombre, tranquilo.
Siempre es agradable sentir que aún…, ya sabes, con lo vieja que soy…
Ante su respuesta yo me sinceré al instante:

-No Concha, tú estás muy bien. De hecho me pareces una mujer muy atractiva.
Tu marido tiene mucha suerte.

-Uy!, pobre!, ese ya no tiene fuerzas para nada, el pobre!. Tú sí que estás
bien!. Pero bueno, hasta mañana.

Entré en casa como un relámpago y fui directo a mi habitación donde me hice una paja memorable pensando en Concha. Bufff, recuerdo que el chorro de semen fue tremendo.

Pasaron unos días y llegó el sábado. Era el mes de octubre y estaban empezando a conectar la calefacción. Yo estaba haciendo la comida y me di cuenta que no tenía sal, así que pensé en ir a pedirle a Concha, no sin la enorme esperanza de... Toqué a su puerta y abrió Concha. Me invitó a pasar y me dijo que su marido había ido al pueblo y que estaría fuera todo el día. Llevaba puesta la bata de costumbre, bastante desabrochada, lo que dejaba intuir el rico escote y sus muslos rellenitos. Fue a la cocina y trajo sal, pero noté que se había desabrochado un par de botones más que dejaban al descubierto sus piernas al andar. Me quedé embelesado y ella lo volvió a notar y me sonrió, sin embargo yo no tuve la valentía de alargar la mano y sobar ese culo apetitoso. Vamos que volví a mi casa súper empalmado, tanto que me la tuve que cascar.

Por la tarde fue ella quien tocó a mi puerta. Me dijo que tenía que purgar los radiadores de la calefacción para que funcionaran bien y me preguntó que si necesitaba ayuda. Ahí vi el momento!!!, le dije que sí con una sonrisa encantadora y entró en casa. Llevaba la bata de antes, bien abierta, aún más que antes, con lo que parte de sus pechos estaban a la vista. Ella se agachaba a purgar los radiadores y me dejaba ver sus tetas y sus muslos, casi hasta el coño. Me empalmé como un caballo. Yo pensé que ya estaba bien, así que mientras ella hablaba, en cuclillas, le puse la mano en el interior del muslo. Mmmmm, dios!, que sensación!, mi polla era una barra de hierro!!.

Concha se sobresaltó y quedó en silencio, mirándome. Yo mantenía la mano ahí, sobando el muslo. La otra mano fue a las tetas. Ella entonces intentó escapar de mis manos:

-Oye, oye, ¿no te parece que te estás pasando?. Esto no está bien!

-Concha –dije- déjame, por favor. Me excitas muchísimo y tú te desabrochas los botones, así que también quieres esto –dije señalando el bulto que tenía entre las piernas.

-No, no, no te equivoques!

-Ven –dije-

La agarré de las nalgas y le apreté mi polla contra su coño. Ella entonces pareció estar de acuerdo porque soltó un gemido y me agarró el culo. Entonces le metí la lengua en la boca y le di un morreo de la ostia mientras le sobaba el coño. Ella gemía:

-Ay!, aaaaaay!, siii, siiiiiii, cuanto tiempo sin sentir una polla dura!, aaahhh

La llevé a mi cuarto y le quité la bata mientras la sobaba todo el cuerpo y la besaba. Estaba buenísima y tenía el coño totalmente mojado, así que sin pensarlo le quité las bragas, me bajé el pantalón y de una embestida la penetré como un toro. Ella se corrió a la primera dando gritos de placer, gritaba bastante. Se notaba que llevaba años sin follar. Entonces seguí bombeando como un loco, me gustaba muchísimo, me excitaba mogollón ver a esa señora gritando de placer. Tuvo otro orgasmo muy rápido. Estaba fuera de sí. Entonces la puse a cuatro patas y la penetré desde atrás. Ella decía que así no, pero en cuanto notó mi polla, se apretaba como una puta. Gritaba muchísimo. Se lo estaba pasando pipa. Movía la cabeza descontrolada en pleno éxtasis.

Yo ya no podía más, llevábamos más de diez minutos follando como posesos así que cambiamos de nuevo y seguí fallándomela yo encima. Ella cerraba los ojos, estaba en la gloria. Yo dale y dale, echándole un polvo de primera. Volvió a correrse, me apretaba el culo con sus manos y movía su culo al compás de mis empellones. Yo estaba como un loco, le daba unos empujones fortísimos hasta que me corrí. Fue una corrida impresionante, no paraba de salir. El placer era indescriptible. Seguíamos dale que te pego. Bufff, que polvazo!

Entonces ella volvió en sus cabales y empezó a decir que estábamos locos y tal y cual, así que se vistió y se fue rápidamente. Os aseguro que me quedé tumbado como muerto y cuando empecé a recordar lo que acababa de pasar me tuve que hacer una paja porque la polla se puso como una vara. En días posteriores nos hablábamos menos, hasta que un día charlamos abiertamente de ello. Ella quería repetir, reconoció que había estado provocándome, así que estuve follándome a mi vecina de 59 años durante un curso entero, je je. Fue buenísimo.