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Una mujer de mirada inocente

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Hola, me llamo Juan, y el relato que os voy a contar sucedió el verano del año pasado. Podría decirse que este relato es el primer capítulo de unos acontecimientos que ocurrieron durante tres meses (julio, agosto y septiembre) y que cambiaron completamente mi vida sexual (y mi vida general también).

La peculiaridad de las relaciones que tuve durante estos tres meses, y que después se han repetido con otras protagonistas es que todas han tenido lugar con mujeres de más de 30 años, y alguna de más de 40, yo tengo 19 ahora.

Pero antes de empezar con la historia os voy a contar un poco de mi vida, para que os hagáis una idea de las circunstancias en que ha ocurrido todo.

Mis padres son de un pueblo manchego. Mi padre a los 20 años se vino a una ciudad de la costa mediterránea en la que creó de la nada dos empresas que actualmente funcionan muy bien y que, sin ser multimillonarios, nos permiten llevar un tren alto de vida.

Mi madre es mucho más joven. Cuando tenía 18 años se vino del pueblo a estudiar y, como favor entre familias conocidas de toda la vida, mi padre le dio un puesto de trabajo por la mañana para que pudiese estudiar por la tarde. El caso es que mi padre, que por entonces pasaba los 40 años, es un ligón empedernido, y mi madre entonces era una ingenua que se dejó seducir por él. Pero el tema se complicó cuando mi madre quedó embarazada.

Los que conozcáis como funcionaban las cosas en un pequeño pueblo manchego hace 20 años podréis imaginaros lo que se organizó: discusiones, tensión entre las dos familias, acusaciones de golfo a mi padre y de buscona a mi madre, y al final se acordó una boda rápida para que el niño tuviese dos padres “normales”. Todo se hizo así, pero la historia aún daría una vuelta de tuerca, porque a los seis meses de embarazo, dos después de la boda, mi madre abortó, quedando además imposibilitada para tener más hijos.

Si aquello hubiese ocurrido hoy, probablemente mis padres se hubiesen separado, pero en aquella época en la mentalidad de mi padre y de las dos familias (mi madre no contaba) aquello era impensable. Como mi padre quería sobre todas las cosas un hijo que continuase la saga familiar, decidió que iban a adoptar un niño. Entonces la adopción de un recién nacido era casi un imposible, así que para agilizar los trámites me adoptaron a mi con tres años.

Y ese es el origen de mi situación familiar actual: a mis 19 años, tengo una madre de 37 años y un padre de 60, unos padres que nunca me han querido. Mi madre, porque yo no he sido más que una carga que atender y que le ha impedido disfrutar de su juventud, y mi padre, porque nunca he compartido ni sus gustos ni sus aficiones. En el fondo, creo que él debe considerar que tiene un hijo medio maricón, porque no me gusta el futbol ni la caza, ni las partidas de cartas en el bar, y me ha tenido apartado de su vida, tanto de su tiempo libre, como de sus empresas, para las que tiene ya decidido como sucesor un lame culos que le da siempre la razón y no le discute sus decisiones.

Así que de común acuerdo mis padres se plantearon mi educación como un medio de alejarme de casa. Me llevaron a los mejores colegios masculinos en régimen de internado y me facilitaron el acceso a todas las actividades extraescolares que quise hacer. Como fui un estudiante brillante, y mi actividad deportiva favorita es la natación, llegué al inicio de la universidad con las mejores notas, un buen cuerpo de atleta, y un carácter introvertido y muy tímido.

Como os podéis imaginar, mi vida sexual desde los 15 hasta que empecé la facultad no fue muy productiva: lo mejor fueron algunos magreos con chicas de mi edad en las cortas vacaciones de agosto en el pueblo de mis padres, pero debido precisamente al poco tiempo que pasábamos allí, ninguna relación llegó a buen puerto, ni en lo sentimental ni en lo sexual. También tenía mi grupo de amigos normales, pero en nuestras salidas de copas o a la playa, debido a mi timidez, no me comía una rosca.

Así llegué al primer año en la universidad. Por primera vez iba a tener compañeras de estudios del sexo femenino y aquella podría haber sido mi primera gran oportunidad. Pronto me integré en un grupo de chicos y chicas, y empezamos a quedar para las típicas cenas de final de exámenes, de antes de vacaciones, etc. Pero una vez más tuve mala suerte y me enamoré como un gilipollas de una chica del grupo, Concha, que tenía un novio que pasaba de ella pero con él que nunca cortaba. Así pasé el curso, con la falsa esperanza de que ella rompiese su relación y saliese conmigo, desaprovechando la ocasión de haber llegado a algo con dos de sus amigas que también eran compañeras de clase y que me tiraban los tejos de forma descarada, pero con las que nunca hice nada por miedo a estropear mis (inexistentes) posibilidades con Concha.

Como el nivel del primer año no era muy duro para mí, y debido a que mi padre no me daba una asignación económica especialmente generosa, me busqué fuentes alternativas de ingresos, haciendo el reparto a domicilio de una carnicería importante del barrio y dando clases particulares a niños de primaria. Estas actividades no tienen mucha importancia en este relato, pero si la tendrán en los siguientes, como ya veréis en su momento.

Acabó el curso, y a principios de julio se organizó una macro-cena, a la que tenía que acudir toda la gente de la clase. Pero debido a las fechas casi todos los chicos y chicas de nuestro grupo se habían ido a pasar el verano ya a sus destinos habituales, por lo que me encontré en una cena con un montón de gente que conocía de vista, pero con la que había tenido poca o nula relación. La única noticia positiva es que ni Concha ni sus amigas fueron tampoco, lo que me permitió por primera vez en mucho tiempo estar relajado.

Cuando llegamos al restaurante, tuve que pasar al servicio, y cuando salí todo el mundo se había sentado ya, por lo que me tuve que sentar en el único sitio que había libre, una punta de la mesa. A mi lado izquierdo tenía al gracioso de la clase, uno de esos tipos que se creen chistosos a más no poder pero que maldita la gracia que me hacen a mi, y al otro estaba Carmen.

Carmen era una chica que no encajaba en el prototipo de alumna de nuestra clase. Cuando todas las demás eran unas pipiolas como yo, ella superaba los 30, por lo que algunos chistosos le llamaban “la abuela”. Era una buena estudiante, que se tomaba muy en serio las asignaturas prácticas, como la contabilidad. Como a mí también me gustaba mucho esta asignatura, había coincidido con ella en alguna tutoría, y habíamos intercambiado apuntes alguna vez, pero fuera de eso poco más había hablado con ella.

Así que al sentarme, y ante la otra alternativa de conversación que se me presentaba, recé para que fuese una chica simpática y pudiese al menos tener una charla agradable. Antes de dirigirle la palabra, me fijé por primera vez en ella como una mujer. Tenía una cara dulce, redondita, con unos ojos negros grandes y expresivos, aunque un poco tristes, una nariz más bien chata, aunque graciosa, y unos labios bonitos que encajaban bien en unas mejillas regordetas. Su pelo era negro, cortado a media melena, lo que acentuaba, para mi gusto demasiado, la redondez del rostro Esa noche se había maquillado, por lo que sin tener una cara de revista, estaba realmente guapa. Llevaba una blusa blanca, con un escote generoso que dejaba adivinar el inicio de unos pechos que, sin ser exageradamente grandes, resaltaban claramente bajo la blusa. Además, mirándola de cerca, bajo la tela de la blusa se intuía un sujetador blanco, lo que le daba un aire un poco sexy.

Nada más sentarme, me dirigió una sonrisa y me saludó. Entendí que a ella tampoco le ilusionaba el resto de la compañía que tenía y que me había elegido a mí como contertulio. Así que comenzamos a hablar, quedándonos un poco al margen del resto de la cena. Por suerte era una chica encantadora, que se fue soltando a medida que las copas de vino pasaban a nuestro estómago.

Me contó que estaba casada con un representante de comercio que esa noche tenía cena de trabajo, y por eso había venido a nuestra cena. Había empezado la carrera porque ella llevaba la administración de la empresa comercial de la que su marido era dueño, y que tras crecer mucho la empresa, el trabajo le venía un poco grande. No tenía hijos, su marido pasaba casi todo el día fuera y tenía una chica que se encargaba de las tareas domésticas, por lo que sus actividades se centraban en estudiar y trabajar, porque su marido, como mi padre, dedicaba los fines de semana a sí mismo (fútbol y copas con los amigos), mientras ella como mucho quedaba alguna tarde con las viejas amigas para ir al cine, pero ya no recordaba la última vez que había salido una noche de copas que no fuese Nochevieja.

Así acabó la cena, y los que dirigían el cotarro propusieron ir a uno de los garitos de playa que estaban de moda. Nadie se opuso, y la gente se organizó para ir. Le pregunté a Carmen:


- ¿Qué vas a hacer?

- ¿Y tú?

- Pues si tú no vas me iré a casa, porque no tengo coche y no me apetece ir solo en taxi.

- ¿Y si te llevo en mi coche?

- Si te quedas a tomar una copa, yo también.

- Hecho

Así que nos fuimos a su coche, aparcamos como buenamente pudimos, y llegamos al garito. Aquello era inmenso, muchos de los de la cena al final no habían acudido, y los que quedaban estaban dispersos por el local con los corros ya formados. Carmen y yo nos quedamos en un rincón. Me preguntó qué quería tomar y me invitó a una copa, tomando ella otra. Seguimos hablando, y la conversación, debido al alcohol, pasó a temas más personales.


- ¿Tienes novia, Juan?

- No....

- Pues algunas chicas de la clase están coladitas por ti, que yo lo sé.

Le conté lo que sentía por Concha, y su recomendación fue tajante: debía olvidarme de ella y empezar a disfrutar. Le dije que era muy tímido y que me costaba hablar con las chicas.


- Pues conmigo lo has hecho muy bien

- Es que tu eres diferente

- Claro.... soy la abuela de la clase

- No digas eso. Eres una chica encantadora. Ojalá todas las chicas fuesen como tú.

Se calló durante un momento, y me miró con una mirada mezcla de dulzura y picardía. Por suerte, ella no pudo ver como me ruborizaba.


- ¿Quieres decir que me encuentras atractiva, Juan?

- .... Sí

- Ojalá mi marido pensase como tú

- ¿Es que no te hace caso?

- Últimamente no mucho, la verdad

- Pues entonces es que es imbécil

Se quedó callada, me volvió a mirar y me besó en la mejilla, mientras decía:


- Gracias, guapo. Tú si eres un encanto

Al besarme pude oler la mezcla de perfume caro y sudor, pude ver por su escote, además del principio del canalillo, un trocito de su sujetador blanco de encaje, y sentir el roce de uno de sus pechos contra mi. Todo unido hizo que empezase a excitarme.

Carmen también estaba nerviosa, y entonces me propuso bailar. En ese momento, comenzó a sonar una canción más bien lenta, y antes de que yo le contestase se había agarrado a mi, iniciando el baile.

Ninguna chica había estado conmigo tan cariñosa como Carmen en aquel baile. Como soy más alto que ella, apoyó su cabeza contra mi pecho. Podía ver su cabello negro, pero más que lo que veía, me tenía agarrotado lo que sentía. Carmen me había rodeado con sus brazos, apoyando las manos en mi espalda. Sus tetas estaban apretadas contra mi cuerpo, y notaba contra mi carne su tacto a la vez blando y firme. Estaba tan pegada a mi que restregaba descaradamente mi paquete contra su cuerpo. En aquel momento yo ya tenía la polla a punto de estallar, pero como a ella parecía no importarle puse una de mis manos en su cadera, y la otra la fui deslizando hasta su culo, abundante pero firme, cubierto por un pantalón negro amplio.

El baile seguía, y ella también empezó a tocarme el culo. Yo ya comencé a jugar descaradamente con el suyo, dibujando con mis dedos el elástico de sus bragas por encima de la tela del pantalón. Entonces separó la cabeza de mi cuerpo, y me miró con ojos de deseo, entreabriendo los labios y enseñándome la punta de la lengua. Ante esa invitación, la besé, rozando apenas sus labios con los míos, a lo que ella respondió metiendo su lengua en mi boca. Comenzó entonces un morreo en el que ambos nos magreamos el culo a conciencia, y como yo ya estaba lanzado, metí una mano por debajo de su blusa, acariciando primero su espalda, para llevarla después a una de sus tetas, que acaricié por encima del sujetador.

En ese momento Carmen se debió dar cuenta de donde estábamos, se separó de mi, y arreglándose la ropa me dijo:


- Vamos al coche

- Sí

Salimos del local, y por la calle, camino del coche, la abracé por la cintura. Ella se apretó contra mi, y metió una mano en mi bolsillo del pantalón, así que yo le volví a acariciar el culo otra vez.

Llegamos al coche. Los cristales estaban cubiertos de vaho, porque estábamos en la orilla del mar y había empezado a refrescar, por lo que era imposible desde fuera ver lo que ocurría dentro. Abrió la puerta y entramos. Sin decir nada, comenzamos a besarnos y acariciarnos sobre la ropa. Yo estaba a 100, y le desabroché la blusa. Ella me quitó la camiseta y me empezó a besar el torso. La dejé hacer, mientras con una mano le acariciaba la parte interior del muslo y el coño por encima del pantalón.

Carmen se apartó, y se quitó el sujetador. Mirándome fijamente, me dijo:


- ¿Te gustan?

- Mucho

- Demuéstramelo.....

Ante ese ofrecimiento dediqué a esas tetas el tratamiento que se merecían. Primero con la mano, mientras la besaba en la boca, notando como sus pezones crecían al deslizarse entre mis dedos. Después con la boca, jugando con los labios y la lengua, notando como Carmen se estremecía cada vez que la punta de mi lengua acariciaba la punta de sus pezones.

Mientras tanto, mis manos le habían desabrochado el pantalón, y se habían metido por debajo de sus bragas notando los primero pelos de su conejito, y bajando uno de mis dedos hasta una raja húmeda de flujos después.

Entonces, Carmen se retiró de repente. Al mirarla, pude ver por primera vez en toda la noche una cara seria de preocupación, y comenzó a abrocharse toda la ropa.


- No puede ser, Juan, esto es una locura

- ¿Por qué?

- Porque yo estoy casada, y tu eres 16 años más joven que yo, casi un niño.

Me quedé callado un momento, pero estaba demasiado caliente para renunciar a mi trofeo tan fácilmente. Le dije algo que en otra situación se me hubiese quedado en la garganta.


- Olvídate de eso, Carmen. Puedo darte lo que tu marido no te da. Solo somos un hombre y una mujer que se desean.

- No, Juan. Olvida lo que acaba de pasar, por favor.

- No quiero olvidarlo, quiero terminarlo

- He dicho que no. No eres más que un crío y yo me he portado como una inconsciente. Eres muy simpático, y me gustaría que el próximo curso pudiésemos seguir charlando como dos buenos amigos, sin que se me caiga la cara de vergüenza al mirarte.

Me quedé sin palabras. Me estaba tratando como un niño, y mi inseguridad con las mujeres volvió a aflorar. Me preguntó mi dirección y se la dije. En todo el trayecto estuvimos en silencio, y al llegar a casa, sin mirarme siquiera, se despidió de mi hasta el inicio del siguiente curso. Yo la miré y me pareció ver que estaba llorando, pero me sentía incapaz de decirle nada. Me bajé del coche y subí a casa.

Entre el calentón que llevaba encima, y la mezcla de cabreo y estupor por lo que había pasado no tenía nada de sueño. Me di una ducha larga y fría que me tranquilizó y disminuyó el efecto del alcohol que había tomado, pero al salir seguía sin tener sueño. Me tumbé en la cama desnudo y como no podía dormirme y no dejaba de pensar en Carmen encendí la tele que tengo en mi habitación. Hice zapping y en uno de esos canales locales que por el día engañan a la gente con números 806 estaban haciendo una peli porno y anunciando líneas calientes. Me quedé viendo la película, que trataba justamente de un chico joven que se follaba a una vecina mayor que él. Eso me volvió a excitar y para calmarme me hice una paja monumental a la salud de Carmen. Al acabar conseguí dormirme por fin.

La semana siguiente fue monótona a más no poder. Mis amigos estaban fuera de vacaciones, no tenía clases particulares que dar, y el reparto de la carnicería lo acababa en poco más de una hora, porque el barrio estaba despoblado y sólo atendía algunos bares. Me pasaba el día leyendo, oyendo música y viendo la tele, y haciendo alguna que otra salida a la playa solo a tomar el sol. La única novedad fue la visita de mi tío, el hermano de mi padre, con la mujer con la que se acababa de “juntar”. Pero como ese es el principio de otra historia, no me extiendo en más detalles.

El caso es que una semana después de la famosa cena, a la hora de la siesta, sonó mi móvil. El número que me llamaba no lo tenía en memoria.


- ¿Si?

- Hola, Juan ¿cómo estas?

Era Carmen. La reconocí sin necesidad de presentarse. Recordé que durante la cena habíamos intercambiado los números. Yo rompí el suyo al día siguiente cuando lo vi, pero por lo visto ella no. Decidí mostrarme frío. ¿No quería que olvidase? Pues me iba a comportar como si nada hubiese ocurrido.


- Bien, pasando el verano lo mejor posible ¿y tú?

- Lo mismo ....

- Bueno, tú dirás

- Quería saber si el mayor experto de la clase en contabilidad me echaría un cable con unas operaciones de leasing que me están dando problemas para contabilizar

- Tengo todo el tiempo del mundo. Así que si quieres quedamos dentro de un rato.

- Mejor mañana por la mañana. Mi marido se va de viaje todo el día y la chica libra. Así podemos quedar en casa y estar más tranquilos.

- Tengo reparto, pero creo que a las 11 habré terminado. Podemos quedar sobre las 12.

- Vale, pero por si no nos da tiempo por la mañana y seguimos por la tarde, te invito a comer. Es lo menos que puedo hacer para compensarte las molestias.

- O.K. . Dame tu dirección y a las 12 estoy allí

Colgué el teléfono hecho un lío. Ninguno de los dos había hablado de lo que había ocurrido. Yo, porque estaba enfadado y estaba decidido a no hacerlo pero ¿y ella?. Era tan buena como yo en contabilidad, y a pesar de eso me había pedido ayuda. Además, lo había organizado para que fuese en su casa en un día en que nadie nos molestase. ¿Lo tenía tan superado que no le importaba quedarse a solas conmigo porque me veía como un compañero de clase nada más, quería aprovechar el momento a solas para hablar con tranquilidad, o tenía otros planes?

Decidí no pensar en ello y esperar a que llegase el momento. Durante el resto de la tarde medité sobre cómo me iba a comportar cuando la viese. Decidí seguir marcando distancias, y comportarme como si nada hubiese ocurrido, incluso cuando estuviésemos los dos solos. No sería yo el que sacase el tema, y si era preciso pensaba mostrarme irónico y cortante.

Así que al día siguiente dije en casa que había quedado a comer con uno de clase y a las 12 menos cinco estaba llamando a la puerta de su casa. Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, y se notaba que era una finca antigua con solera, aunque bien restaurada y muy elegante. Por suerte el portero estaba de vacaciones y me abrió Carmen desde arriba, por lo que no tuve que dar explicaciones de a dónde iba.

Cuando me abrió la puerta, casi me caigo de culo. No me recibió en camisón, como pasa en alguno de estos relatos, pero lo que llevaba era casi más provocativo. Iba de rojo, un rojo intenso. La blusa era de seda semitransparente. Manga larga y sin botones, la llevaba anudada enseñando el ombligo y con un escote de los que quitan el hipo. Por la cantidad de pecho que enseñaba y lo que se movían las tetas estaba seguro de que no llevaba sujetador. La minifalda era elástica y muy corta. Le dibujaba perfectamente las caderas y le permitía enseñar unas piernas bien torneadas cubiertas con unas medias también rojas. Recordé que Carmen me había comentado que iba al gimnasio, y pensé lo bien que le sentaba el ejercicio. A pesar de ser ancha de caderas y de muslos, no tenía ni un solo centímetro de carne flácida (yo ya lo había sentido al magrearle el culo), la cintura era estrecha, lo que resaltaba más la curva de la cadera, y el vientre plano resaltaba un pecho que sin ser exagerado, tenía un tamaño de los de llamar la atención, como yo ya había disfrutado. Además, se había maquillado como la noche de la cena, menos los labios que ahora llevaba pintados, como no, de un rojo intenso.

Me saludó, me dio dos besos y me hizo pasar. Ahora estaba seguro de que no llevaba sujetador, y al seguirla la vi contonearse moviendo el culo como nunca antes la había visto. Además, la falda era muy ajustada y no se notaba ni una raya. ¿Tampoco llevaba bragas? ¿Qué es lo que intentaba? Decidí tomar yo la iniciativa para que no jugase conmigo. Si quería alguna cosa, tendría que plantearla abiertamente. Tras sacar dos cervezas nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro. En la mesa del salón nos esperaban un montón de carpetas cerradas.


- Bueno, Carmen ¿dónde están esos contratos de leasing que crean problemas a la segunda mejor experta en contabilidad de la clase?

- Directo al grano. No pierdes el tiempo.

- Para eso hemos quedado ¿no?

- Bueno, los amigos también hablan de cosas más personales....

- Poco te puedo contar de esta última semana. Como no me cuentes algo interesante tú...

- He pensado mucho en ti durante esta semana....

- ¿En mi...?

- Si. En lo que ocurrió después de la cena.

- Puedes estar tranquila. Por mi parte está olvidado y como si no hubiese pasado nada. Nadie va a saber por mí lo que ocurrió.

- Te creo. Pero cuando estés solo ¿también lo vas a olvidar?

- Si frente a los demás y contigo me comporto normalmente, lo que piense en privado es un problema exclusivamente mío ¿no crees?

- Entendido. Me estas diciendo que aunque ahora estuviese desnuda a tu lado has decidido que eso no te impida explicarme la contabilización de los leasings.

- No estás desnuda, y aunque vayas vestida muy sexy, no me enseñas más de lo que ya he visto y tocado.

- Gracias por el cumplido......

Me había ganado la primera batalla. Había tratado de hacerme el duro, pero al final me había hecho decirle que estaba muy sexy antes de que ella dejase claras sus intenciones. Así que decidí soltarle la parrafada que llevaba preparada casi de memoria y que la obligaría a decirme a qué estaba jugando.


- Mira Carmen, yo también he pensado mucho en lo que pasó. Me pediste que olvidase ¿no?, y eso es lo que he hecho. No lo he comentado con nadie. En privado, ya te lo he dicho, el problema es mío. Al fin y al cabo, si me tengo que hacer una paja es más lógico que lo haga pensando en unas tetas que he besado y en un coño húmedo que he acariciado que en las tías de una peli porno o de una revista. Pero tranquila, que esta será la última vez que te lo diga. Mi mayor problema, el único, es que no sé que hacer cuando estoy contigo. Hoy he venido a hablar de contabilidad y a no sacar el tema, pero tú sí lo has hecho, y aún no me has dicho lo que piensas ni lo que quieres.

- Yo también me he masturbado pensando en ti.

Carmen seguía jugando conmigo. En lugar de contestarme directamente, se seguía metiendo en terrenos cada vez más incómodos para mí sin aclararme nada. Empecé a cabrearme y utilicé la ironía como defensa.


- Vaya, así que te corres recordando como te chupan las tetas y te soban el coño. Eres fácil de contentar.

- Te pones muy sexy cuando te enfadas....

- No estoy enfadado. Solo marco el terreno, ya que tú no lo haces.

- .... Vale, cuando me he masturbado pensaba que me hacías otras cosas

- Estupendo.... Consuela saber que no soy un bicho raro por imaginar que te echo un polvo. Pero eso no cambia nada. En tu coche dejamos una cosa a medias, una cosa que según tú tengo que olvidar, pero que no paras de recordarme.

- ¿Y te gustaría acabar lo que empezaste?

Seguía contestando mi pregunta con otra pregunta. No me resultaba fácil enfadarme mirando a los ojos a Carmen, así que las últimas frases las había dicho sin mirarla. Tomé fuerzas para decirle a la cara que dejase de jugar conmigo, pero cuando la miré me quedé sin habla. Tenía la misma mirada que en el garito de playa, mezcla de inocencia y provocación. Así su última pregunta cambiaba totalmente de sentido: no estaba jugando conmigo, me estaba invitando a continuar.

Me quedé callado. Le sonreí, pero sin contestarle. Ella me sonrió también, y tras unos segundos eternos, se llevó sin decir nada las manos al nudo de su blusa y lo deshizo. Se quedó así, con la blusa abierta enseñándome unos pechos que, efectivamente no llevaban sujetador, y sin dejar de mirarme a los ojos.

Me levanté del sofá y me coloqué detrás de ella. Carmen me miraba, sin saber lo que iba a hacer. Coloqué mis manos en su cuello, y las deslicé hasta los hombros, haciendo que la blusa los dejase al descubierto. Ahora podía ver sus pechos desde arriba. Le empecé a dar un masaje pasando de los hombros al cuello y volviendo a los hombros otra vez. Carmen se relajó, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se dejó hacer. Mi masaje se desplazó hacia delante, primero hasta el inicio de sus pechos y luego dedicándome a ellos en exclusiva. Eran unos pechos firmes para su tamaño, con unos pezones grandes que yo hacía deslizar entre mis dedos, notando como crecían por la excitación, y los comencé a pellizcar suavemente con el pulgar y el índice.

Carmen ahora gemía de gusto, y aproveché que seguía con la cabeza hacia atrás para inclinarme sobre ella y besarla en la boca. Me dio su lengua, y yo a ella la mía, mientras mis manos, después de jugar un rato con sus tetas, le acariciaron el vientre y el ombligo primero, las caderas después, y por último los muslos por encima de la falda.

Di la vuelta al sofá y me puse frente a ella. Me arrodillé en el suelo, quedando con la boca a la altura de sus tetas, y las besé y chupé durante un buen rato. Carmen gemía cada vez más, y abrazaba mi cuerpo con sus piernas. Bajé con mi lengua hasta el ombligo, que acaricié con la punta, y bajando cada vez más llegué hasta la cintura de su falda.

 

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