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Sexo con maduras

Sexo en la oficina

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Ella comenzó a acariciarme por encima del pantalón. No podía creerlo, habíamos estado tonteando, como tantas otras veces, pero nunca pensé que se atreviese a tanto. Eran las 9 de la noche, todos los de la empresa se habían ido, pero Elia y yo seguimos trabajando juntos, intentando terminar un maldito documento. Ella tenía 19 años, y yo 52. Podía ser mi hija, mi nieta, pero supe que aquella noche me la follaría hasta llenarla de leche... pero dejad que empiece, que me presente.

Me llamo Javier, y soy socio de un pequeño despacho de abogados, en la ciudad de Barcelona, estoy casado y con 3 hijos. Intento conservarme, y corro todas las mañanas varios kilómetros. Mi esposa, Carmen, es una mujer que acaba de cumplir 45 años, atractiva, muy liberal sexualmente hablando (hemos participado en tríos, intercambios de pareja, orgías...), pero siempre con gente de nuestra edad, nunca tan jóvenes. Elia era una estudiante de instituto, que habíamos contratado por unos meses, como "chica para todo", debido a la amistad de sus padres con otro socio del despacho.

Era morena, alta, con la piel muy tostada, delegada pero con los pechos erguidos. Muy parecida a la actriz Paz Vega, pero con más tetas. En seguida bromeamos, en la oficina, sobre lo buena que estaba, incluso una noche, que mi mujer vino a recogerme, a la salida del trabajo, acabamos follando en el coche, mientras mi mujer inventaba una historia de lo que sería montárnoslo los tres, en casa.

Elia y yo enseguida congeniamos, y trabajábamos juntos, algunas veces, tonteando mucho. Ella me decía que no tenía novio, que los chicos de su edad le parecían demasiado infantiles, y que una vez había tenido una aventura con un hombre mayor, casado, y que había sido la mejor historia de su vida. Me contó que ese hombre lo hacía siempre sin condón, y ella se vio obligada a dejarle, porque tenía miedo a quedarse embarazada. Elia me lo contaba así, como si fuera lo más normal del mundo, y yo acababa excitado, masturbándome en los servicios de la oficina. Esa noche hacía calor, y ella se quitó el jersey, quedándose con una pequeña camiseta negra, de tirantes, que dejaba muy marcados sus pechos y un pequeño pendiente en el ombligo. No podía dejar de mirarla. Ella sonrió y me besó en los labios, mientras colocaba su mano en mi entrepierna, rígida como un palo.

- ¡Qué dura Javi! ¿Tú mujer no te da lo que necesitas? Si fueras mi marido te aseguro que nunca tendrías que estar así de excitado.

La cogí de la cintura y la coloqué sobre mi entrepierna, mientras metía mi lengua en su boca. Ella se froto contra mi polla, mientras mis manos acariciaban sus pechos, duros como rocas. Le cogí de los tirantes de la camiseta y tiré de ellos hacía abajo, luego desabroché el sujetador, también negro, y puede ver unos pechos maravillosos, erguidos, con el pezón pequeño y duro, en forma de pico. Ella se levantó y, cogiéndome de la mano, fuimos a unos sofás en una sala de reuniones. Allí volvimos a colocarnos como antes: yo sentado y ella sobre mí, frotándome la entrepierna. Comencé a comer sus pechos con verdadero deleite.

- ¿Te gustan? Todos los días me mirabas como si quisieras comértelos. Pero nada de nada, pensé que no te gustaba... Uffff, qué bien... Sigue...

Elia me desabrochó el cinturón, la bragueta, y dejó mi polla, erecta, en el aire. Tras unos minutos acariciándola, se agachó, y se la metió en la boca. Se dedicó a succionar el glande, de forma muy suave, colocándome al borde del orgasmo... No me lo podía creer, una niñata de 19 años logrando que me corra, con solo unas caricias y un poco de saliva.

- Para, para... Uffffff... No es aquí donde tengo que correrme.

La cogí de las axilas y la levante. La besé en la boca y pude saborear mi líquido preseminal. Desabroché su pantalón de tela y le bajé un minúsculo tanga negro. Tenía el pubis depilado, apenas si era una tila de vello. Aquello me excitó más si cabe, totalmente desnuda era espléndida. La metí dos dedos en su interior, que estaba chorreando. Me quité la camisa y la obligué a sentarse sobre mi polla. Pude sentir como se abría, poco a poco, su vagina... Una delicia! Un coñito de 19 años! Lo mejor del mundo! Al entrar del todo no pudo contener un gemido. La cogí de las caderas y comencé a moverla de arriba abajo, mientras le comía las tetas.

- Eres una putita, ¿Lo sabías? Seguro que follas con cualquiera, ¿verdad? Hay que joderse... Ufffff...

Le saqué la polla y la puse a cuatro patas, sobre el sofá. Elia no dijo nada. La agarré fuertemente de los hombros y se la metí de un solo golpe, desde atrás.

- Javi, eso es, folla a tu putita, siempre que quieras podrás follarme. Me corro mi niño, me corro... No pares...

No podía aguantar más. Le agarré fuertemente de las tetas, la bombee un par de veces y comprendí, de golpe, que lo estábamos haciendo sin condón.

- Elia, cielo... Ufffff... ¿Usas la píldora?... No me he puesto nada... Puedo correrme fuera.

- No, no la saques... Tuve la regla hace unos días. Es muy difícil que me quede embarazada. Javi, cielo, vamos, llename de leche. Quiero sentir cómo me llenas... Vamos...

Dicho y hecho. Le apreté un poco más fuerte las tetas y se la metí lo más profundo que pude. Me salieron tres o cuatro descargas impresionantes, que le tuvieron que llegar hasta la tripa. Los dos nos corrimos al mismo tiempo. No podíamos dejar de gemir.

- Uffff, gritas como Andrés...

- ¿Qué? ¿También lo has hecho con Andrés?

- Con todos los socios. En esta misma sala... Tú eras el último... Creía que nunca ibas a lanzarte. Por eso lo hice yo.

Aquello era demasiado. Mis cuatro socios ya se la habían follado, y no me habían dicho nada. Seguro que los cuatro nos habíamos corrido dentro, sin goma. A partir de ahora Elia se convertiría en nuestra putita particular, con la que tendríamos grandes aventuras.

 

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