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En una taberna indarde

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

Aquella tarde tenía una pena tan intensa que hasta me costaba creérmela. Me llegó sin avisar, pillándome desprevenida. Era una tristeza en estado puro. Me di cuenta de que tenía que ponerle remedio y quitarme de encima aquel sentimiento tan pegajoso, o de lo contrario, acabaría ahogándome.

Así que llamé a Sergio.

Sergio era la única persona en este mundo capaz de poder arrancarme una sonrisa cuando mi estado de ánimo estaba tan bajo. Y no porque fuera un incipiente psicólogo, recién salido de la facultad, sino que... en fin, que era uno de esos eternos pretendientes: alegre, simpático, un tanto melancólico cuando sus armas de seducción no surtían el efecto deseado en la persona amada...y encima era guapo. Pero con todo, lo mejor, sin lugar a dudas, era que yo le gustaba. Él a mi me agradaba bastante, pero la cosa no iba más allá. Me agradaba y punto. Le llamaba de vez en cuando, salíamos a tomar algo y a charlar, y luego cada cual a su casa. Y tan contentos (al menos yo). Cuando yo le llamaba, él siempre quería quedar, jamás me puso objeciones y, sin embargo, cuando él trataba de quedar conmigo por su propia iniciativa, yo solía negarme. Y eso, con el tiempo, fue creando una atmósfera un tanto inhóspita: Sergio se dio cuenta, comprendió que en realidad yo le estaba utilizando.

Y esperó. Supo esperar hasta que yo volví a darle señales de vida y a demandar de nuevo su presencia en mi vida.

Y yo precisamente no tuve a bien de llamarle otro día sino aquella tarde de enero en la que hacía tanto frío que ni los perros se podían mantener de pie.

Salí de mi casa sobre las 8:30 de la noche para esperarle en mi portal y así evitar que mis padres se dieran cuenta de que iba a salir con un chico mucho más mayor que yo (por aquel entonces yo tendría unos 19 años y él unos 26), cosa que no les hacía precisamente mucha gracia.
Sergio estaba guapísimo. Llevaba una levita negra que le llegaba a la altura de medio muslo y unos pantalones negros con un jersey de cuello alto y de color beige. Yo llevaba unos vulgares vaqueros y un jersey de esos que llevan renos dibujados en el pecho, con los guantes y la bufanda de rigor, y una preciosa chaqueta de ante que aquella noche, y debido a la lluvia, pasó a mejor vida.

Nos saludamos con dos castos besos en las mejillas y echamos a andar calle abajo, buscando algún garito donde poder resguardarnos del frío, cosa que nos costó bastante, porque no hallamos ninguno que nos gustara del todo hasta bastantes manzanas andadas. En realidad lo descubrió Sergio, que parecía conocer bien aquella zona de la ciudad. Se trataba de una pequeña taberna al estilo irlandés, poco iluminada y muy acogedora, totalmente decorada con madera y con cierto olor a cerveza rancia. Era un sitio perfecto para poder hablar. Había poca luz y casi nada de gente, y con solo dos camareros dedicados a jugar a las cartas en la barra, justo en el extremo opuesto de la mesa donde nos instalamos... es decir, que estábamos situados en el fondo del local, al lado de una ventana enrejada y a través de la cual pudimos ver cómo había empezado a llover, aunque más que llover estaba diluviando. Me invadió la sensación de que jamás escamparía y eso me reconfortó, ya que estaba en un lugar seco y cálido. Me sentí muy relajada. Y mi tristeza repentina de aquel día, al contrario que la lluvia, si comenzó a disiparse de mi mente. Y además, escuchar hablar a Sergio era fantástico.

Pedimos sendas cervezas a uno de los camareros, y nos dedicamos a ponernos al día sobre nuestras respectivas vidas, fumando sin parar y escuchando de fondo a algún grupo de música celta. He de reconocer que la escena era fantástica. Y Sergio con aquella luz parecía aún más guapo. Poco a poco nos fuimos acercando el uno al otro con la excusa de que hacía frío, y comenzamos a bajar la voz hasta que nuestra conversación no pasó de ser más que un susurro prolongado. Daba la sensación de que el hecho de aproximarnos tanto el uno al otro y el de hablar en susurros, parecía un acto natural en aquel ambiente. Y creo que Sergio notó cómo yo poco a poco fui bajando las armas, deshaciéndome de mis sistemas de autodefensa que se activaban cada vez que estábamos juntos. Sin embargo, en lugar de dar comienzo a sus eternos dispositivos de táctica y estrategia, como la del los piropos pronunciados a media voz, la de las medias sonrisas y las miradas lánguidas y los fugaces roces de las manos y la de mirarme en silencio, como memorizando mis facciones o como adorando mi anatomía a pesar e las gruesas ropas, la e tocar con su rodilla mi rodilla por debajo de la mesa... a pesar de que yo me insinué, Sergio no hizo nada. Se limitó a mirarme fijamente y a hablar sobre cómo le iba en su nuevo trabajo.

Y aquello me descolocó. No comprendí su cambio de actitud, pero surtió efecto en mi casi de inmediato, pues pronto comencé a sentir cómo la sangre me empezaba a hervir en las venas, cómo el deseo se me iba encendiendo por entro, cómo sus ojos, que tan fijamente me observaban, me comenzaban a parecer teas encendidas dispuestas a quemarme las entrañas... a sentir cómo mi respiración se volvía más profunda y entrecortada. Entonces sentí que no podía esperar mucho más. Le miré con ojos suplicantes, humillada, y pronuncié su nombre quejumbrosamente. Deseaba tanto aquel cuerpo que hubiera hecho lo impronunciable con tal de hacerlo mío. Me sentía humillada, porque después de tantos años negándome a estar con él, adoptando una fría pose de reina de hielo, por fin, y en contra de mis espectativas, había llegado el día en que Sergio me había derretido por completo, consiguiendo que le deseara con violencia, hasta la extenuación. Y lo había conseguido justamente cuando dejó de tratarme como a la perfecta imagen de mujer fría y distante que yo misma me había impuesto. Lo había conseguido justo cuando me había mirado de frente y no de rodillas, sin hacerme distinciones especiales. Fue como si se hubieran trastocado los papeles y ahora fuera él quien se había convertido en el mismísimo rey del hielo.

Por eso pronuncié su nombre quedamente, presa de una pasión enfermiza, “Sergio!”, y temblando ante la idea de que aquel hombre me hiciera suya.

No obstante él permaneció impasible, quizás felicitándose interiormente por haber conseguido provocarme la reacción esperada. “Una venganza un tanto amarga”, pensé. Pero no soy una mujer que se amilane tan fácilmente y decidí arriesgarme. Me incliné hacia él y le besé suavemente en los labios, notando por primera vez su sabor y su textura, permitiéndole a mi lengua inspeccionar tímidamente los entresijos de su boca. Sentí cómo un escalofrío me recorrió la espalda cuando él posó una de sus manos sobre mi cintura, presionándola con sus dedos hacia abajo, hacia abajo... entonces me quité los zapatos sin dejar de besarle y me levanté, separándome de él, para observar la situación en la que estábamos.

Había llegado un grupo de gente joven que estaba en la mesa más cercana a la puerta el pub y los camareros seguían con su juego de naipes. No había nadie más en todo el local, y de los que había, ninguno parecía interesarse mucho por nosotros. La poca luz estaba de nuestra parte y, además, el extremo de la barra nos ocultaba de cuello para abajo, más o menos.

Sin perder tiempo, me desabroché los botones de mis vaqueros y me liberé de ellos ante la atónita mirada de Sergio, quien, aun habiendo entendido mis intenciones, no daba demasiado crédito a ellas. Sin embargo no había tiempo para andar dando explicaciones, porque podrían pillarnos en cualquier momento y yo estaba demasiado caliente como para andarme con tonterías. Le insté en voz baja que se bajara los pantalones, pero solo se los bajó lo mínimo y lo justo para sacarse la considerable verga que se guardaba en el pantalón. Recuerdo que pensé fugazmente en lo triste de la situación, ya que era la primera vez que hacíamos el amor (si cabe llamarlo así) y la forma, ese luego, estaba muy lejos de ser la ideal, si bien era bastante excitante... y además necesitaba librarme del fuego que estaba abrasando mi sexo. Tratando de disimular lo máximo posible, a fin de que no nos descubrieran, me senté a horcajadas sobre Sergio. Estaba lubricada de sobra, por lo que me acomodé sobre él, guiando la punta de su pene hacía mi vagina y sintiendo cómo me penetraba. Todo me estaba resultando muy excitante, pero me costó mucho controlar los nervios. Me abracé a él y hundí mi cara en su cuello, mientras que Sergio me cogió con ambas manos de la cintura, con aquellas manos tan enormes que tenía, a pesar de su estatura, y me ayudó a hacerlo mejor, impulsándome suavemente hacia arriba para luego dejarme caer, a la vez que yo contraía los músculos de mi vagina para proporcionarle más placer.

Fue fantástico. Eso si, quizás demasiado rápido, ya que aún a pesar de lo lentos que eran mis movimientos, Sergio se corrió enseguida dentro de mi, llenándome con su cálido semen y su palpitante miembro. Yo continué abrazada a él durante un rato, hasta que nos tranquilizamos. Supongo que la gente, al vernos así, pensaría que solo éramos una pareja de enamorados y nadie nos molestó. Me incorporé al cabo de un rato y me compuse un poco mientras Sergio pagaba las cervezas y salimos el local.

Fuera continuaba diluviando, así que echamos a correr hasta el soportal más cercano. Sergio me preguntó si me apetecía ir a algún sitio... como a su casa (vivía con otros dos chicos más, todos estudiantes), pero ya se me había hecho bastante tarde y tenía que volver a la casa de mis padres. Se ofreció a acompañarme y caminamos juntos y sin hablar, totalmente en silencio, por debajo de los alféizares de los edificios para evitar acabar empapados por la lluvia (cosa que no conseguimos, por cierto). Al llegar a mi portal me confesó que para él había sido la primera vez que “follaba en un lugar público”, y aquella confesión me excitó tanto, que cuando subí a casa descubrí que no solo mi chaqueta de ante había pasado a mejor vida, sino que también mis braguitas ya no volverían a ser las que fueron.

 

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