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Todo tiene un principio

Publicado por Anónimo el 30/11/-0001

A menudo las cosas ocurren por sí solas y nos muestran algo de nuestra propia personalidad que ni siquiera sospechábamos. A mí me pasó. Vivía feliz, conviviendo un piso que mi novio había heredado de su abuelo. Éramos una pareja bastante estable y nunca hasta entonces se me había ocurrido serle infiel. En nuestro bloque (de seis pisos contando el ático) había dos viviendas por planta. La comunicación entre ambas era más que evidente, porque la mayoría de las habitaciones daban a un patio interior. El piso era antiguo pero bien rehabilitado. Enseguida nos sentimos cómodos y empezamos a integrarnos en aquella comunidad en que a todo mundo parecía no importarle la vida de los demás... Y eso, al menos por mi parte, harta como estaba de gente que metía las narices en asuntos ajenos, me gustó.
El piso vecino lo ocupaba una pareja algo mayor que Ramón (mi novio) y yo. Tendrían unos 35 o así, sin hijos. Ella, que se llamaba Ana, parecía bastante pija. Su marido, Juan, era otra historia. Enseguida congeniamos, teníamos horarios parecidos y cada dos por tres nos cruzábamos en el portal o compartíamos el ascensor. Él trabajaba en la empresa de su suegro. Yo, licenciada hacía un año en Filología inglesa, daba clases de refuerzo en una academia para redondear los pocos ingresos que me sacaba con las traducciones, que era a lo que realmente quería dedicarme.
A Ramón, que había acabado periodismo, mis suegros le pagaban un master en Madrid de periodismo científico. Él dudaba, pero me hizo caso y aceptó, así que empezamos a vernos muchísimo menos. Al principio venía cada fin de semana, pero en cuanto empezaron con sesiones prácticas nuestros encuentros se distanciaron, aunque hablábamos por teléfono casi a diario y nos enviábamos una media de dos o tres mails por día.
Una noche no podía dormir, así que cogí la novela que estaba leyendo y me fui hacia el comedor para estar más cómoda hasta que me entrara el sueño. Entonces los oí. Eran unos gemidos fuertes, acompasados, de hombre y mujer. Se escuchaban perfectamente. Hice como si nada e intenté enfrascarme en la lectura, pero fue imposible. Cada vez me parecían más nítidos y cercanos. No podía evitarlo: empezaba a calentarme. Me levanté y acerqué la cabeza hasta la pared. Entonces escuché a Juan:

- ¿Te gusta, verdad? Te gusta cómo te la meto, putita! ¿A que sí? Venga, dímelo, quiero que me lo digas... Suplícame, va...

- Sí, sí, sí.... –Ahora era Ana, mi vecina, la pija que se hacía la recatada, la que gemía más fuerte....

- Va, mámamela, va.... Quiero que me la chupes hasta dejármela seca!

- No, Juan.... Eso no... Sigue follándome, sigue follándome!

- Putita, algún día lo lograré! Algún día me suplicarás que también te folle la boca, ya verás!
Y siguieron gimiendo. Imaginaba a Juan entre las piernas de su mujer, embistiéndola, una y otra vez, metiéndosela en un conejito tan o más mojado que el mío...
El calentón era tremendo. Decidí ir a por agua fresca, así que sofocada me dirigí hacia la cocina. Entré sin poner la luz, porque al dejar siempre la ventana abierta me bastaba con la que entraba del patio interior. Entonces los vi: mis vecinos estaban montándoselo sobre una mesa en su cocina. Ella estaba debajo, totalmente expuesta, con las tetas balanceándose, y recibiendo a Juan una y otra vez. Él se agarraba en los bordes de la mesa para tomar impulso. Estuve tentada de ir hacia el comedor de nuevo, pero algo me lo impidió. Me sentía atraída por la escena. Juan estaba follándosela a una velocidad pasmosa. Ella ahora apenas gemía. Tan sólo murmuraba "más, más..." Él estaba como loco. Jamás vi a nadie hacer el amor así. Quise ser mi vecina y que fuera el miembro de mi vecino el que me trepanara de esa manera. Casi sin darme cuenta dirigí mis dedos hacia mi entrepierna. No me sorprendió estar completamente mojada, me bajé sin hacer nada de ruido el tanga que llevaba y me quedé

- Eres asqueroso... No me gusta que te corras encima mío!
Se lo quitó de encima como pudo y marchó hacia el comedor. Juan se quedó allí, todavía traspuesto de placer, mientras su miembro apenas se estremecía ya. Me supo mal. De haber sido Ana me habría arrodillado, le habría suplicado que acabara en mi boca y habría lamido hasta la última gota de esa leche... Me levanté como pude, también. Sentía como el flujo resbalaba entre mis piernas... Fue entonces cuando empezó lo que habría de cambiar mi vida, y fue un descuido, una casualidad... o una simple broma del destino. Al poner el taburete en su sitio, sin querer, le di un golpe a la escoba, que encendió el interruptor. Mi primera reacción no fue apagar la luz, sino girarme. Juan me estaba mirando con los ojos como platos y yo me quedé quieta, sin saber qué hacer o decir. Entonces me recorrió el cuerpo con la mirada y me imaginé: con una camiseta de tirantes, sin nada debajo, los pechos visibles y los pezones erguidos, con mi entrepierna chorreando, depilada... .. No necesitó mucho para...
Lo nuestro no había hecho más que empezar, no tardaría en darme cuenta de ello.

 

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