Relatos Eróticos Lesbicos

Nuestra mayor perversión es un secreto - Parte 1

Publicado por Gonzo el 16/03/2015

Era la hora de descargar mis lechosos pechos de ex preñada, mis senos estaban llenos de leche, y como no estarlo si hace poco había dejado la barriga, cargar con los pechos llenos a todos lados me pesaba y con el calor que hacía en Montecarlo me hacían fatigar y me producían mucho bochorno, el calor excesivo hacia que mis pechos rebosantes por el escote se pusieran a sudar y tenía que andármelos limpiando por encima del escote mientras andaba caminando, con todo eso, ya quería yo sacarme la leche lo más antes posible, y hasta miraba a los que pasaban a lado mío por la calle con ganas de que agarraran una de mis tetas y se pusieran a mamar toda la leche que llevaba cargando para que así aliviaran un poco mi carga.

Pero ya había llegado al fin a casa, y después de aflojar la cremallera de mi espalda dejaba que mi vestido resbalase por los costados de mi cuerpo, deslizándose encima de mis redondos y maduros pechos hasta que cayera de mi dorso como una sábana que rozaba a su paso mis prominentes caderas, luego mis muslos y finalmente por completo caía hasta mis pies; en seguida me deshacía de mi hilo dental, metiendo los dedos por los lados y deslizándolo por los costados de mis caderas, sintiendo como salía de entre mis nalgas y rozaba justo en medio, viendo como los pelos de mi vagina asomaban libres después de haber estado aprisionados por esa mi prenda íntima que a decir verdad me fastidiaba ponérmela todas las mañanas después del baño, pero que era necesario llevarla puesta, sobre todo para que contenga todos esos flujos que se sueltan en cualquier momento mientras una roza su entrepierna y siente ese cosquilleo entre los labios vaginales. El caso es que al llegar a casa me deshacía del hilo dental, y luego del sostén que contenía mis sobrecargados pechos; apenas liberaba mis tetas y se venían hacía adelante y hacía abajo con todo su peso. Miraba mis pezones desde arriba y me daba un poco de tristeza verlos con que fuerza se iban hacia abajo con tanto peso.

Y a pesar de eso pensaba que mis pechos ya maduros pero firmes aún eran excitantes, entonces me los empezaba a tocar; consideraba que si me iba a sacar la leche con las manos lo iba a hacer de tal manera que iba a disfrutarlo. Encontraba especial placer al tomar mis tetas por los costados aprisionando por arriba con mi dedo pulgar y por debajo con el resto de mis dedos, de tal modo que recogía mis tetas desde abajo y las amasaba hacia arriba, haciendo que mis pezones despuntaran. Y de inmediato salían las primeras gotas de leche, por encima de mis dedos comenzaba a gotear, mis pezones y aún mis aureolas sobresalían hacia afuera y gota tras gota caían pesadamente sobre mis dedos y sobre la parte de abajo de mis pechos; mi abdomen comenzaba a mojarse de mi leche y eso me excitaba, con mis manos ajustaba mis senos hacia adelante como si exprimiera dos toronjas jugosas, más leche empezaba a salir con fuerza, algunos finos chorros de leche saltaban esporádicamente, la abundante leche que tenía en mis pechos ahora empezaba a salir y eso me hacía sentir más relajada; disfrutaba de esa excitación que sentía al oprimir mis pechos, mis pezones estaban firmes, mi vientre humedecido de leche se contraía y gemidos cortos salían de mi garganta cortándome la respiración, estaba excitada disfrutando de mis pechos y de la leche que se derramaba incesantemente. Dejé uno de mis pechos y puse mi mano en mi vagina, empecé a sacudirla, las yemas de mis dedos frotaban los pliegues de mi vagina justamente donde cubrían mi clítoris, mi cuerpo se estremecía por dentro y mis piernas temblaban, una de mis manos aún estaba tomando una de mis tetas y la aprisionaba incansablemente, mis gemidos no paraban de venir seguidos uno detrás de otro sobre mi garganta, sentía que el aliento se me iba; quise parar pero no podía solo disfrutaba de mis tetas y del goteo de mi leche.

De repente oí los pasos de mi hermana que venía hacia donde yo me encontraba, tape mis pechos con ambas manos y me puse atenta tratando de calmarme y aflojar mi excitación, como ya era su costumbre ella venía a fisgonearme, a excitarse con mis pechos y con la leche que brotaba de ellos.

Como siempre, se presentaba ante mí en pijamas, y es que como recientemente había terminado la secundaria y aun no se decidía por seguir estudiando o ponerse a trabajar, se pasaba gran parte del tiempo tirada en la cama durmiendo y seguramente masturbándose el poco tiempo que pasaba despierta. Ella venía y miraba mis pechos maduros y se ponía a babear por ellos la muy cachonda. Se tocaba su propio pecho y desabotonando un par de botones de en medio de su pijama, de entre los botones sacaba sus redondos y grandes pechos juveniles, con esos pezones negros y rígidos despuntados que se veían tan o más jugosos que los míos aun cuando de ellos no brotara ni una gota de leche. Así como mis pechos la ponían cachonda, los suyos me ponían a salivar la boca del deseo; tenía una forma muy peculiar de mostrar sus adorables pechos entre la pijama; sin desabotonarse por completo la pijama ni por debajo ni por encima de sus pechos los sacaba por el centro, y eso me gustaba tanto que juntando mis piernas, movía mis muslos y rozaba mis labios vaginales en medio. Ella se daba tan perfectamente cuenta de esa mi excitación que, luego de darle una buena manoseada a sus tetas, metía su mano en el pantalón de su pijama y se tocaba excesivamente, hasta dejar sus pantaloncillos medio caídos y yo miraba casi sin pestañar como se frotaba su vagina, y como disfrutaba de hacerlo, su excitación subía cada vez más. Con su mano en medio de sus entrepiernas se frotaba juntando sus muslos en medio, parte de sus caderas quedaban al descubierto y de la piel de su firme vientre ya aparecían algunos cuantos de los pelitos de su vagina, los pantaloncillos se le chorreaban cada vez más y casi quedaba al descubierto su sexo desnudo pues ya se notaba que no tría nada dentro; y a propósito yo la reprendía preguntándole porque no traía puesta una tanga.

Y ella desafiante me miraba, alzaba una pierna como perrito en posición de meada y metiéndose más la mano entre sus piernas, frotaba groseramente su vagina delante de mí, parece que incluso podía alcanzar parte de sus nalgas o su ano metiendo la mano de esa manera, y al poco rato con voz entrecortada por su elevada excitación me respondía: “tal vez no la traigo puesta porque soy una sucia”. Y me miraba con esa su cara de boba excitada, perturbada y con la mirada perdida mientras se frotaba más el sexo.

Esas sus palabras me excitaban, mientras ella tocaba aún más sus genitales dentro de esos pantaloncillos, hasta aquí me llegaba el olor que destilaba su sexo jugoso y adolescente. Finalmente el pantaloncillo cedió al manoseo y se deslizó entre sus piernas. Separando las piernas, dejo que su vagina se abriera y la muy desvergonzada metió…

Si quieres leer completo éste lujurioso relato que viene en formato de libro digital con imágenes incluidas, escríbeme a mi correo y pídemelo por su título: ellibrodegonzo@gmail.com